Archivos por Etiqueta: yucatán

Mentiras verdaderas

Mucho se ha hablado de la responsabilidad atribuible a Facebook o a los sitios que generan o difunden contenidos chatarra, pero pocas veces se menciona que las personas que comparten estos contenidos son responsables por compartirlos. Este artículo estará dedicado defender que quienes comparten contenido chatarra o de sitios chatarra tienen un grado de responsabilidad, y que algún tipo de sanción social es necesaria para comunicarles que este es el caso.
En plena temporada electoral, contenidos chatarras o falsos han inundado las redes sociales de miles de yucatecxs. Estos contenidos, que pueden tomar distintas formas —memes, vídeos editados o engañosos o infografías sin sustento— han tomado el rol de justificadores de lo que muchas personas opinan y creen conocer. Así, en discusiones en redes sociales y foros en internet se utilizan contenidos chatarra para respaldar creencias. El problema es que si la justificación es falsa, la creencia es falsa y, entonces, se termina comentando sobre algo que se desconoce o difundiendo mentiras.
¿Por qué la acción de compartir contenido chatarra o de sitios chatarra es condenable? Hay al menos dos formas de responder a esta pregunta

 

Para continuar leyendo:

http://www.yucatan.com.mx/editorial/mentiras-verdaderas-2

Artículo completo en PDF: Mentiras Verdaderas

Un oasis qué preservar

El progreso es incapaz de reciclar sus propios desechosManuel Reyes-Mate, filósofo español


Al menos por ahora, Yucatán es de los estados más seguros de México. Sin embargo, la actitud bipolar con que el gobierno estatal afronta el tema de la seguridad, uno de los que más preocupan a la sociedad en nuestro país, podría alterar el tranquilo estado de cosas que muchos yucatecos aún disfrutamos.

 

Es preciso comenzar este análisis aclarando que difícilmente en nuestro estado llegaremos a ver la violencia relacionada con el tráfico de drogas que inunda buena parte del territorio nacional. En su más reciente visita a la Universidad Marista de Mérida a invitación de la Escuela de Administración, Turismo y Mercadotecnia, el doctor Sergio Aguayo Quezada afirmó que un cambio en las rutas de tráfico de drogas ocurrido hace varios años fue fundamental para que se dibujara el complicado escenario que hoy todos conocemos. En su informe “El problema de las drogas en las américas” (2013), la OEA explica que la violencia relativa al narcotráfico es producida por enfrentamientos entre cárteles por controlar las rutas, por lo que está focalizada en las regiones de tránsito y no en las de consumo. Es justamente por su ubicación que Yucatán podría no ser una ruta atractiva para el tránsito de drogas, y por tanto, que no experimente la violencia que origina su tránsito.

 

Aún si se pone entre paréntesis la anterior coyuntura, es posible afirmar que el trabajo policiaco en Yucatán es mucho más eficiente que el del resto del país. Entre 2013 y 2014 se registró un decremento en el porcentaje de yucatecos que dicen tener poca o ninguna confianza en su policía, situación que contrasta notablemente con una tendencia nacional en sentido opuesto. La policía en este estado ha obtenido una confianza difícil de encontrar en el resto del país, mérito que no debe dejar de ser reconocido. Esta circunstancia es notable, aunque no excluye, desde luego, que existan importantes oportunidades de mejora, como lo es el campo de los derechos humanos.

 

Los esfuerzos en ofrecer una mejor capacitación al personal policiaco y la adquisición de equipo de punta para prevenir o detectar crímenes podrían contribuir a que la seguridad de la que los yucatecos gozamos se mantenga a corto plazo. Sin embargo, al mismo tiempo que genera las condiciones necesarias para preservar la seguridad actual, el gobierno de Yucatán incuba las circunstancias propicias para que esta seguridad resulte insostenible a mediano plazo. La hipótesis que motiva este texto es que en la desigualdad y en el mal manejo de la economía yucateca se cultiva un caldo del que están surgiendo cada más seres humanos desesperados convertidos en delincuentes.

 

La economía yucateca ha crecido en los últimos años a tasas inferiores que los ya de por sí raquíticos e insuficientes incrementos nacionales. Estamos experimentando un importante incremento poblacional que no está siendo debidamente acompañado de oportunidades de inclusión equitativas. A ello hay que sumar que en las últimas décadas el bienestar de los mexicanos ha recibido duros golpes como la pérdida de beneficios sociales básicos, entre los que destacan el desmantelamiento de la seguridad social vía una reciente reforma laboral, los efectos presentes de la contrarreforma agraria impulsada por Carlos Salinas y una pronunciada pérdida del poder adquisitivo del salario mínimo.

 

El gobierno que encabeza Rolando Zapata Bello ha respondido a esta coyuntura con el crecimiento de programas sociales clientelares —tinacos, pinturas, pollitos…— que sólo contribuyen a disimular unas cuantas de las manifestaciones de la miseria de los más necesitados. Paliativos de este tipo resultan claramente insuficientes ya que no contribuyen en lo más mínimo a generar las condiciones necesarias para que miles de seres humanos hoy marginados encuentren oportunidades de incorporarse a la economía formal con condiciones laborales suficientes para autodeterminarse o vivir una vida digna.

 

Las repercusiones del mal manejo económico en la seguridad de los yucatecos podrían estar ya a la vista. A pesar de que el porcentaje de personas que dicen sentirse seguras sigue siendo más alto en Yucatán que en cualquier estado de la república, este indicador ha disminuido 10 puntos porcentuales en los últimos 2 años. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública de 2014 (Envipe) en 2012, 81% de los yucatecos afirmaba sentirse seguro en su estado, mientras que en 2014 71% contestó en el mismo sentido. Según la misma medición, el número de delitos —incidencia delictiva— y la cantidad de personas que sufrieron algún delito —prevalencia delictiva— en nuestro estado se incrementó durante el mismo período.

 

A lo anterior es preciso agregar fenómenos focalizados como el incremento en el número de pandillas en el sur de nuestro estado y los robos a casa habitación en colonias específicas de Mérida, que podrían diluirse si sólo se considera en el buen estado general de seguridad del que aún disfrutamos buena parte de los yucatecos. Tal como ha señalado la organización México Evalúa “dentro de un estado se pueden registrar marcadas diferencias entre regiones, municipios, o incluso colonias y calles… la violencia y la delincuencia no impactan de la misma forma a toda la población de determinada entidad: es decir, hay zonas más inseguras que otras”.

 

Una tarea pendiente para la sociedad yucateca es elaborar un análisis más detallado y profundo de los fenómenos revelados por la Envipe mencionados en este texto. Nos hemos habituado a vivir en un oasis que la eficiente tarea policiaca ha podido preservar hasta el día de hoy. Empero, por los motivos expuestos anteriormente, a mediano plazo podría no haber, por eficiente y bien intencionada que pueda ser, estrategia policiaca que baste para contener al creciente ejército de individuos desesperados que el gobierno de Yucatán está fabricando.— Mérida, Yucatán.

 

asalgadoborge@gmail.com
@asalgadoborge
asalgadoborge.wordpress.com
—————
*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM)

 

– See more at: http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/un-oasis-que-preservar#sthash.RaB9GpRv.gIKXEzV8.dpuf

 

Un oasis qué preservar.pdf

Desigualdad y destino

La dominación se transforma en administraciónHerbert Marcuse, filósofo alemán


 

Mérida es una de las ciudades con mejor calidad de vida en el país. Sin embargo, los meridanos que pueden ir de compras a los modernos centros comerciales que caracterizan al norte de esta ciudad son una minoría. 90% de todo el dinero gastado en Mérida proviene del 30% de sus habitantes. Consecuentemente, 10% del gasto total de los meridanos se divide entre el 70% de los ciudadanos restantes.

 

La desigualdad es, sin duda, uno de los problemas más graves de nuestra era. Las políticas neoliberales iniciadas en la década de los 1980, que apostaban por reducir al mínimo la intervención del Estado en política económica y en las bondades autorregulatorias del libre mercado, han probado su fracaso espectacularmente. En buena parte del mundo, incluidos México y Estados Unidos, la riqueza se ha acumulado en los estratos socioeconómicos más altos y la movilidad social se ha estancado, situación que ha puesto en tela de juicio las promesas y la viabilidad de un modelo económico que genera más perdedores que ganadores.

 

En este contexto, muchos de los argumentos históricamente sostenidos por los críticos del capitalismo han sido revindicados. El marxismo ha resurgido desmitificado (“The Guardian”, 04/07/2012) ya no como sistema salvador o como uno villano, sino como un conjunto de categorías alejadas de la ortodoxia, cuya pertinencia es hoy tan vigente como lo fue en sus orígenes (“The Nation”, 05/05/2014). Sin embargo, los yucatecos, como la mayoría de los mexicanos normalmente alienados y ajenos al contexto internacional, no estamos discutiendo las causas y los efectos de la desigualdad, que debería preocuparnos al menos por dos razones fundamentales.

 

La primera se puede englobar en la categoría justicia. Bajo el argumento de que la economía sigue leyes inmutables e incuestionables -como las leyes de la física-, desde el espectro neoliberal suele desestimarse la pertinencia de discutir la justicia o injusticia de nuestro modelo económico. La economía no sigue, empero, reglas análogas a las de la física. Por principio de cuentas, el ser humano no “crea” las leyes de la naturaleza sino que las descubre. En este sentido, el enorme mérito de científicos como Newton o Einstein no consiste en haber inventado leyes cosmológicas, sino en su capacidad de capturar y explicitar patrones contraintuitivos en sus trascendentales teorías.

 

No ocurre lo mismo con las “leyes” económicas. Éstas distan mucho de ser absolutas y han sido urdidas gradualmente por los seres humanos en nuestro caminar por este planeta y seguramente dejarán de existir cuando termine nuestro ciclo en la Tierra. Claramente sería tan inútil como insensato quejarnos de la subordinación de la Tierra al poder de la gravedad solar y exigir a la naturaleza que dé a nuestro planeta un trato y un lugar similares a los del Sol; pero no tiene nada de descabellado exigir que las reglas del juego de un sistema creado por humanos sean justas para todas las mujeres y hombres cuyas vidas dependen de éstas.

 

Aunque en ocasiones tenga fuertes tintes deterministas, la economía no sigue un patrón necesitarista. Ambos conceptos -necesitarismo y determinismo- postulan que dadas ciertas causas se producirán ciertos efectos. La diferencia estriba en que, mientras que el necesitarismo implica que las causas están dadas de antemano y no pueden ser modificadas -son necesarias-, el determinismo deja abierta la posibilidad de que las causas no se produzcan necesariamente, aunque una vez producidas, sus efectos estarán determinados. No es ni natural ni necesario que un yucateco o un mexicano pobre, por el hecho de nacer pobre, esté condenado a morir pobre. Evidentemente tampoco es justo, pero de mantenerse las mismas causas actuales, seguro se mantendrán los mismos efectos.

 

La segunda razón por la que la desigualdad debería preocuparnos tiene que ver con consideraciones de corte utilitario. Aun quienes consideran la injusticia como una variable sistémica residual deberían preocuparse por los efectos que nuestra creciente desigualdad augura. En los últimos años, el producto interno bruto de México ha crecido casi al mismo ritmo que la población, estancamiento del que la desigualdad puede ser una de sus causas determinantes. Incluso el Fondo Monetario Internacional, uno de los principales e incondicionales promotores de las políticas económicas neoliberales, ha tenido que admitir que la desigualdad termina por dañar gravemente al crecimiento económico (FMI, 12/04/2014).

 

Es precisamente la desigualdad la barrera que produce que muchos de los negocios meridanos limiten su enfoque a 30% del mercado potencial. El restante 70% apenas sobrevive y no puede entrar en el juego de deseos que desata el consumo capitalista. Nuestro mercado es raquítico e insuficiente para repartir entre todos los yucatecos que aspiran a ser emprendedores -lo cual ocasiona a su vez que no se generen nuevos y mejores empleos- y, encima de todo, las dificultades económicas que muchas empresas locales atraviesan se han acentuado por la llegada de competidores foráneos.

 

Poco o nada están haciendo nuestras autoridades estatales o federales por diseñar estrategias sociales, económicas, científicas y educativas destinadas a redistribuir eficientemente los recursos de los que disponen para combatir la condiciones que permiten la injusticia y para generar consumidores que conformen un mercado interno boyante. En vez de ello, la apuesta parece limitarse a repartir algunos bienes materiales a posicionar algunos productos locales fuera de nuestro estado -tarea que será cada vez más difícil dado nuestro cada vez más marcado rezago tecnológico- y atraer inversiones extranjeras que ven en nosotros la oportunidad de hacerse provisionalmente de mano de obra barata. A corto plazo, el único elemento extraordinario que podría alterar este estado de cosas es un aumento importante en los salarios mínimos.

 

Bajo el esquema actual de cosas, la gran división expuesta seguro se mantendrá y como consecuencia de ello se seguirá cocinando a fuego lento la peligrosa mezcla resentimiento-frustración que ha venido descomponiendo nuestro tejido social y que se materializa en patologías cada vez más comunes como la informalidad, la mendicidad o la delincuencia. Aunque este desalentador destino no es de ningún modo necesario, por el momento nuestro futuro sí parece estar fatalmente determinado.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

—–

*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

Texto publicado originalmente en el Diario de Yucatán el 10 de octubre de 2014.

 

La gran división.pdf

 

De la caza a la agricultura

Las cosas que concuerdan sólo en algo negativo, o sea, en algo que no tienen, no concuerdan realmente en nadaBaruch Spinoza, filósofo holandés.


 

Inmediatamente después de la represión del 4 de julio de 2011, un grupo de meridanos, tan generoso como plural, levantó la voz y salió a las calles a demandar justicia. El gobierno ejerció un control de daños mediante una estrategia dual: en primer término, acudió a su usual cerco informativo para evitar que aquellos sin acceso a internet o al Diario de Yucatán pudieran enterarse de lo acontecido. En segundo lugar, se apoyó en el afán de protagonismo de algunos panistas para diseminar la versión de que realmente todo se había tratado de un conflicto entre partidos.

 

El éxito de esta estrategia está hoy a la vista de todos. Con una tardía retirada que fue, y sigue siendo, muy poco creíble, el PAN dio al PRI los baldes de agua necesarios para apagar el breve fuego que por unos instantes amenazó con incendiarles el edificio completo. El movimiento surgido alcanzó su tope a los pocos días de la golpiza y a partir de entonces el volumen de las voces que protestaban ha disminuido al mismo ritmo al que éstas han perdido adeptos hasta convertirse en un susurro prácticamente inaudible. Actualmente, un puñado de personas, en su mayoría mayores de 50 años, mantiene viva la veladora testimonial de lo que pudo haber sido un despertar social sin precedente.

 

Para la mayor parte de los jóvenes universitarios y los profesionistas que se manifestaron indignados, el 4 de julio se quedó en 2011. No es posible pisar terrenos seguros en le intento de explicar las causas del éxodo descrito. Tendremos que conformarnos, al menos por ahora, a transitar en los terrenos de la hipótesis para entender factores que pueden incidir en este alejamiento. El caso de #Yosoy132 Yucatán puede ofrecer algunas luces en este sentido.

 

En su muy recomendable texto “La primavera yucateca: la emergencia del movimiento #yosoy132 Yucatán (UADY, 2013), el antropólogo Rodrigo LLanes Salazar explica algunos de los motivos que llevaron a que este movimiento empezara aglutinando, en su primer evento público, a más de 2,000 personas, y terminara convocando, hacia el final de su vida, a tan sólo 2. En este trabajo, Llanes Salazar describe puntualmente cómo el apartidismo inicial de #yosoy132 se tambaleó ante filias y fobias partidistas, y cómo los intentos de imponer verticalmente liderazgos terminaron por atentar contra la esencia horizontal de este movimiento.

 

Si consideramos que la democracia “se basa en el respeto y el interés por el otro, que a su vez se fundan en la capacidad de ver a los demás como seres humanos y no como meros objetos” (Nussbaum 2014), entonces serían los universitarios quienes tendrían las mejores credenciales democráticas en nuestro país.

 

De acuerdo a la Encuesta nacional de discriminación 46 % de quienes tienen como grado máximo primaria no estarían dispuestos a vivir bajo el mismo techo que una persona –familiar o no- con alguna discapacidad o de distinta raza, 40% no aceptarían a vivir con un homosexual y 44% no vivirían con alguien de otra religión. En el caso de quienes tienen grado universitario o superior, ninguno de estos rubros rebasa el 9% (Enadis, 2010). Los universitarios mexicanos realizan más actos de solidaridad que los que no tienen este grado.

 

Sin embargo, los jóvenes –no necesariamente universitarios- votan por debajo del promedio nacional y no parecen particularmente interesados en actividades democráticas no electorales. Los universitarios participan más en organizaciones sociales que el resto de los mexicanos, pero la mayoría de estas agrupaciones no tienen relación con temas políticos o de derechos humanos. Apenas 11% cree poder influir en las acciones de sus gobernantes –porcentaje idéntico al de las personas que no tienen ningún tipo de educación- (INE, 2014).

 

Es posible inferir que la politización, explicita o velada, de los movimientos sociales podría ahuyentar a buena parte de los universitarios que podrían estar interesados en sumarse a las causas que estos movimientos defienden.

 

A tres años de los sucesos del 4 de julio de 2011, las organizaciones de la sociedad civil yucatecas que defienden causas democráticas están obligadas a replantear su estructura –operativa y humana-, sus modos y sus prioridades si pretenden incidir en la vida pública del estado. Por bien sustentadas que estén, las denuncias de corruptelas y componendas no gozarán de la empatía de un segmento de la población mientras se perciba –y los universitarios siempre lo perciben- que éstas surgen de la agenda del satélite disimulado de un determinado partido político o de intereses particulares que van más allá de la causa abanderada.

 

Las organizaciones que tengan las mejores intenciones deben entender que nunca llegarán muy lejos si no empiezan estableciendo las condiciones necesarias para la edificación de una verdadera cultura democrática. Para ello se requiere empezar desde la base, educando con paciencia sobre temas existenciales antes que políticos y reflexionando públicamente sobre las grandes cuestiones humanas; usualmente dejadas de lado para atacar, con más ímpetu que razón, las consecuencias de la ausencia de reflexión sobre éstas.

 

De acuerdo a la filósofa Martha Nussbeaum (2014), las humanidades son básicas para desarrollar algunas aptitudes fundamentales en una democracia. Figuran entre éstas: reconocer a los otros ciudadanos como personas con los mismos derechos, interesarse en la vida de los otros y entender las consecuencias que cada política implica para las oportunidades de otros, imaginar cuestiones complejas, emitir un juicio crítico sobre los dirigentes políticos con una idea realista y bien fundamentada, pensar en el bien común de la nación como un todo y concebir a la nación como parte de un orden mundial complejo.

 

Las verdaderas humanidades conciben al ser humano como un proyecto en constante construcción y nunca terminado. El futuro siempre puede ser mejor que el presente. Una cosmovisión de esta naturaleza es necesariamente crítica e inconforme con el estado actual de cosas.

 

El recuerdo del 4 de julio de 2011 debe servir entonces como testimonio de la necesidad de que las organizaciones de la sociedad civil no supediten lo más importante a lo más inmediato; de la urgencia de dar un salto civilizatorio que les lleve a dejar de ser bandas de cazadores furtivos para convertirse los agricultores que tanta falta le hacen a nuestra democracia.

 


 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

https://asalgadoborge.wordpress.com/

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Artículo publicado originalmente en el Diario de Yucatán el 6 de julio de 2014:  http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/4-de-julio-el-salto-civilizatorio-pendiente

 

15640_V_iPad_52804.00_Pagina_1.pdf