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Vigilados desde adentro

La soledad, que es la condición que sostenía al individuo contra y más allá de la sociedad, se ha hecho técnicamente imposibleHerbert Marcuse, filósofo alemán


Uno de los derechos humanos más ultrajados en el siglo XXI es el derecho a la privacidad. El surgimiento de nuevas tecnologías, y con ellas de pretextos para emplearlas en labores de vigilancia y registro de actividades de individuos, hacen técnica y legalmente posible que tanto gobiernos como empresas tengan acceso a todo tipo de información sobre la vida privada de millones de personas. En las próximas semanas el Estado mexicano intentará quedarse con una mayor rebanada de este suculento pastel.

 

De acuerdo con el periódico “Reforma”, pronto “el Instituto Federal de Telecomunicaciones (IFT) fijará las reglas que deberán seguir los operadores del sector a fin de cumplir con las solicitudes de intervenciones que hagan las dependencias de seguridad”. De esta forma, “Llamadas, mensajes de texto, correos electrónicos y búsquedas en internet, entre otras comunicaciones de voz y datos de los mexicanos, podrán ser revisados por el Gobierno”. Para aumentar aún más las suspicacias, uno de los puntos más polémicos de este proyecto es que no queda claramente definido qué tipo de autoridad podrá acceder a nuestra información ni bajo qué circunstancias específicas podrán hacerlo.

 

Tal parece que una vez más el gobierno federal lucrará con el miedo mítico y con el terror derivados de la creciente violencia desatada por la guerra al tráfico de drogas en nuestro país. Con el pretexto la prevención de delitos y la salvaguarda de la seguridad de los mexicanos, derechos y libertades fundamentales serán nuevamente vulnerados.  Existen al menos un par de elementos muy concretos que obligan a mirar con serias sospechas el establecimiento de reglas como las que podría fijar el IFT.

 

En primer término, no existe en este momento en el público una plena conciencia de lo que ceder nuestra información personal a las diversas compañías de telecomunicaciones o financieras implica. Empero, a diferencia del usuario promedio,  las empresas que se dedican a recabar datos personales de los consumidores sí que se dan perfecta cuenta del valor del producto que tienen en sus manos.

 

La información que las empresas privadas recaudan de sus clientes es cada vez más valiosa y voluminosa. Existen dos maneras principales por las que las compañías obtienen datos de los consumidores: la primera es a través de sus propios medios -llenado de formularios, por ejemplo-. La segunda es mediante la compra de esta información a terceros; es decir, a empresas que son invisibles para la mayoría de los individuos y que se dedican exclusivamente a recolectar su información personal para luego vendérsela al mejor postor. La compañía Blu Kay es una compañía de este tipo y tiene una base de datos con perfiles de mil millones de personas, cada uno de los cuáles contiene al menos 50 atributos del individuo datificado (“The Economist”, 13/09/2014).

 

Las grandes compañías tienen en su poder información valiosísima que emplean para maximizar sus ventas mediante estrategias de publicidad dirigida. Esto constituye, de suyo, una invasión a la privacidad de miles de millones de individuos y a largo plazo un auténtico riesgo para su libertad personal. Este escrito no se detendrá en este punto -abordado en textos anteriores y que seguirá siendo analizado en este mismo espacio en un futuro-; pero sí es necesario subrayar que con el advenimiento del “internet de las cosas” prácticamente todos los aparatos eléctricos reaccionarán ante la presencia de sus usuarios y tendrán conexión a internet, por lo que la cantidad de datos recopilados en las bases conocidas como metadatos se incrementará exponencialmente.

 

Con la tecnología actual el gobierno podría exigir a compañías privadas nuestros metadatos que incluyen registros de información de a quiénes enviamos mensajes por teléfono celular o las características de nuestros círculos de amigos y familiares. Pero, bajo la misma lógica y considerando la evolución tecnológica esperada, estos datos podrían llegar a succionarse en tiempo real desde el momento mismo en que se generan, de forma tal que cada uno de nuestros electrodomésticos conectados al “internet de las cosas” sería una ventana abierta por la cual se nos podría vigilar permanentemente.

 

Las señales de alarma se intensifican si a lo anterior agregamos que toda esta información no se quedaría en las empresas que la recopilan, sino que pasaría a manos de nuestras autoridades. Basta recordar que en México la PGR responde al presidente en turno, que nuestra historia de espionaje estatal es vastísima y que, bajo el amparo de la irracional “guerra contra el narco”, nuestras autoridades han venido justificando sin rubor un creciente número de violaciones a derechos humanos (“Human Rights Watch”, 2011), entre las cuales se debe incluir la vigilancia y el espionaje “preventivos”. Me parece que sería ingenuo pensar que contamos con alguna garantía de que nuestros metadatos no puedan ser empleados con fines políticos, coercitivos o represivos.

 

En segundo lugar, es evidente que la capacidad actual  de nuestras autoridades de salvaguardar la información que ellas mismas recaban es, por decir lo menos, muy cuestionable. Una investigación del periódico “El Universal” (19/04/2010) comprobó que en 2010 en el mercado de Tepito en la ciudad de México se vendía, por apenas US$12,000, 160GB divididos en tres memorias externas entre cuyo contenido figuraban bases de datos en manos del gobierno como la lista completa del padrón del IFE, el registro nacional de vehículos, el registro completo de licencias de conducir y listados de policías del país con la dirección y fotografía de cada agente “entre otros”.

 

Es la misma autoridad que ha fallado en conservar sus bases de datos -disponibles ilimitadamente lo mismo para grupos criminales que para vendedores por catálogo- la que ahora pretende obligar a las empresas a brindarle acceso ilimitado a las suyas. Bajo el estado presente de cosas no existe ninguna garantía para los ciudadanos de que será adecuadamente resguardada. Lo que sí podemos anticipar es que muchas manos adicionales tendrían acceso a datos muy delicados y que la posibilidad de que éstos sean vendidos o malempleados será mayor que la actual, que ya es lo suficientemente alta.

 

A pesar de que el IFT ha aclarado que aún no existe una versión final de los lineamientos en materia de seguridad y de justicia, lo que sabemos hasta ahora es lo suficientemente preocupante como para exigir el respeto pleno de nuestro derecho fundamental a la privacidad. El sentido de una resolución de esta naturaleza no sólo es de la mayor relevancia para nuestra privacidad presente, sino que nos revelará si nuestras instituciones pretenden sentar las bases para la protección de los mexicanos o si lo que quieren es forjar una llave maestra que les permita, «por nuestra propia seguridad», vigilarnos desde el interior de nuestras casas.- Mérida, Yucatán.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

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El «internet de las cosas»

Lo que ve una persona depende tanto de a qué mira como también de qué le ha enseñado a ver su experiencia visual y conceptual previaThomas Kuhn, filósofo de la ciencia estadounidense.


 

La mudanza gradual de las telecomunicaciones y de los mercados al ciberespacio ha generado que la cantidad de actividades en línea, el tiempo que dedicamos a éstas y sus efectos en el mundo físico sean cada vez mayores.

 

Por el momento, el mundo “real” y el mundo “virtual” convergen, casi exclusivamente, en las pantallas de computadoras, de teléfonos celulares o de tabletas. Apenas 1% de las cosas que podrían contar con una conexión a internet están equipadas hoy con la tecnología necesaria para acceder a esta red (“The Guardian”, 25/10/2013), por lo que la mayor parte de nuestras actividades cotidianas ocurren offline. Empero, dado que la intensidad del explosivo proceso de hiperinflación cibernética dista mucho de haber disminuido, podemos afirmar que el mundo “virtual” pronto se hará omnipresente en nuestras vidas. Es cuestión de tiempo para que el restante 99% de los aparatos que podrían tener, y que actualmente no tienen, acceso a internet alcancen a sus más avanzados hermanos “inteligentes”.

 

Este proceso está en marcha y tiene nombre. El “internet de las cosas” –o internet de todo- es el neologismo empleado para denominar a la red conformada por aparatos inteligentes que, equipados con sensores, detectan eventos relacionados con su uso y crean un registro histórico de cada una de las actividades para las cuales han sido diseñados. Los artefactos que integran el “internet de las cosas” están también interconectados, por lo que comparten información y reaccionan de forma sincronizada ante eventos específicos. Se estima que para 2020 habrá en el mundo 30 mil millones de dispositivos equipados con capacidades para relacionarse entre sí de forma interactiva y para recolectar datos de sus usuarios humanos (“Mother Jones” 25/04/2014).

 

La posibilidad de que nuestros aparatos transmitan por medio de internet información que hasta el día de hoy es, a grandes rasgos, confidencial abre la puerta para simplificar o mejorar parte de nuestra vida. Así, un cepillo de dientes eléctrico podría recabar información sobre posibles caries en los molares que limpia y presentar al usuario un reporte cada determinado tiempo, o un aire acondicionado modificar la temperatura de una sala en función de su registro de la temperatura de los cuerpos presentes en ella.

 

Pero el “internet de las cosas” no se queda en las capacidades de registro o de diagnóstico de los artefactos que le conforman. Dado que sus objetos estarán conectados entre sí a través de una plataforma –sistema operativo o lenguaje compartido- en común, estos productos podrán intercambiar información que les permita operar de forma coordinada. Con un simple comando de voz como “cine” las luces de una sala de televisión podrían atenuarse, las cortinas descender, la televisión encenderse y la plataforma de videos en línea preferida de su propietario sintonizarse en una película sugerida de acuerdo a sus gustos. Los exponentes más avanzados de este tipo de sistema son Google Glass y el automóvil sin conductor, artefacto que se encuentra actualmente en desarrollo.

 

A pesar de potenciales comodidades y beneficios como los descritos líneas arriba, un escenario donde la presencia del “internet de las cosas” es la norma dista mucho de ser utópico. Es lógico suponer que, con la llegada de esta tecnología, el proceso de datificación –tomar todos los aspectos del mundo y convertirlos en datos- al que actualmente son sometidas todas nuestras actividades en línea crecerá exponencialmente. A estas alturas, para pocos es un secreto que tanto gobiernos como algunas grandes empresas constantemente recolectan e interpretan los metadatos –registros omnicomprensivos de datos- que pueden obtener de los ciberanutas. La perspectiva de un mundo en el que la mayoría de los aparatos con los que interactuamos datifiquen permanentemente nuestras acciones reduciría, al mínimo, nuestro cada vez más estrecho margen de privacidad.

 

También se verán afectadas nuestras capacidades de evaluación y de análisis. Una de las más importantes funciones de los artefactos conectados al “internet de las cosas” es su facultad de anticipar los deseos y necesidades humanos antes de que seamos conscientes de los mismos o, incluso, antes de que éstos se generen. De esta forma, un sensor en el jardín de una casa puede detectar que es momento de podar el césped basado en un registro histórico de podas anteriores y, gracias a esta detección, mandar una alerta al teléfono móvil del propietario del predio o enviar directamente una alerta de servicio a una empresa dedicada a la jardinería.

 

Pero considero que el mayor riesgo que el “internet de las cosas” conlleva es la pérdida de parte importante de la libertad humana. Si existe un registro de nuestros metadatos, las empresas que los han archivado pueden conocer y predecir nuestros patrones de conducta. Dado que estas empresas son también los fabricantes de los productos con sensores y con acceso a internet, es fácil predecir que estas compañías orientarán el consumo de sus clientes generando alertas o cursos de acción sugeridos para anticipar sus juicios. Empero, si las opciones sugeridas a un individuo se circunscriben a las características del perfil generado por sus metadatos, y su proceso de evaluación ha sido maquilado previamente por una o varias empresas, su posibilidad de cambio autónomo, de romper sus propios paradigmas o de abrir los ojos a lo diferente, momentos triunfales del espíritu humano, se reduciría de forma importante.

 

El “internet de las cosas” crece velozmente y el ritmo de su galope no amainará en un futuro cercano. Por el momento, su evolución encuentra su estadio más adelantado a nivel industrial; pero en meses recientes algunas de las compañías más importantes del mundo han invertido miles de millones de dólares (“The Guardian”, 9/04/2014) en la adquisición de aquellas empresas que han logrado establecer algún tipo vinculación inteligente para sus productos en hogares.

 

Las casas y los espacios públicos serán gradualmente poblados por aparatos inteligentes. Predecir con exactitud el abanico completo de las consecuencias que el “internet de las cosas” generará a su paso es una tarea irrealizable. Por el momento, lo que sí podemos hacer es tratar de entender nuestra relación con la tecnología presente para, a partir de esta base de comprensión, analizar las amenazas o a las oportunidades que su indetenible onda expansiva traerá a nuestras vidas.

 

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

asalgadoborge.wordpress.com

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM).

 

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