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¿Podemos confiar en las encuestas?

Cuando se trata de decidir si confiar en las encuestas sobre la elección presidencial, para algunos sólo hay dos opciones disponibles: encendido y apagado. Los siguientes escenarios son de sobra conocidos.

Escenario A: Reforma, El Financiero, Mitofsky, Bloomberg o El País dan a conocer resultados de encuestas o promedios de encuestas que muestran que AMLO saca entre 15 y 20 puntos de ventaja a Ricardo Anaya. Inmediatamente, los seguidores del candidato de Morena afirman que su llegada al poder es un hecho consumado y que sólo un fraude podría evitar que su candidato sea nuestro próximo presidente. Por su parte, los simpatizantes de Ricardo Anaya se apresuran a decir que las encuestas no indican nada o que la “verdadera encuesta es el primero de julio”.

Escenario B: Son publicados los resultados de la encuesta de GEA-ISA o de Massive Caller, que muestran a Ricardo Anaya debajo de AMLO por entre 5 y 8 puntos porcentuales. Acto seguido, los simpatizantes de Ricardo Anaya afirman que estas encuestas son prueba contundente de que “sí se puede”; que el panista está a un paso de arrebatar el primer lugar al candidato de Morena. Con frecuencia, quienes comparten estas encuestas son los mismos que días antes habían desestimado a las encuestas en general. Enseguida, los simpatizantes de AMLO aparecen para decir que GEA-ISA o Massive Caller son encuestadoras cooptadas y que sólo pueden ser correctas aquellas que dan una enorme ventaja a su candidato.

Los anteriores escenarios muestran dos distintas formas como se puede perder piso en la discusión sobre la fiabilidad de las encuestas cuando el fanatismo o la conveniencia se convierten en los criterios que nos llevan a confiar en una fuente. Y este año hemos visto que hay al menos dos formas en que se puede perder piso:

Para continuar leyendo:

http://www.sinembargo.mx/18-05-2018/3419341

 

¡Precaución! Partido tóxico para la democracia

Cada voto que reciba el Partido Verde contaminará más nuestra ya muy enferma democracia. Le cuento por qué.

 

Desde hace varias semanas el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) ha emprendido una agresiva estrategia que incluye tácticas claramente ilegales. Mientras los demás partidos guardaron las formas y respetaron superficialmente la prohibición de contratar anuncios en momentos y formatos específicos, el Verde repartía tarjetas de “beneficios”, lentes o vales y tapizaba lo mismo ciudades , que salas de cine y frecuencias de televisión y radio.

 

La reacción del Instituto Nacional Electoral (INE) ante esta afrenta ha sido tan lenta y débil que esta situación ha pasado de lo ridículo a lo grotesco. El PVEM ha pagado cientos de millones de pesos en multas, pero ha desafiado abiertamente a la autoridad electoral al continuar replicando las mismas acciones por las que ha sido sancionado. El Verde ha entendido perfectamente que sus multas las paga con nuestros impuestos y que con ellas puede comprarse impunidad. La ecuación es muy sencilla: al final del día el PVEM está invirtiendo en el pago de un sobreprecio -multas- por el privilegio de anunciarse en exclusiva. Negocio redondo.

 

A la ilegalidad y mezquindad de la estrategia Verde es preciso sumar otros dos factores. Su publicidad consiste en una mezcla entre el uso de la imagen de estrellas de televisión como carta de presentación y narrativas sentimentaloides. Este formato está diseñado para encontrar eco en los segmentos del electorado menos informados. Así, este partido es capaz de mostrarse “fresco”, de atribuirse tramposamente méritos intrascendentes o de lanzar promesas populistas sin sustento.

 

Finalmente, a la ilegalidad de la campaña y a lo mezquino de la publicidad del PVEM, hay que agregar que el electorado mexicano, harto con justa razón de sus instituciones y en particular con su partidocracia, castigará en 2015 de forma más severa al PRI, al PAN y al PRD; los tres partidos con más posiciones ejecutivas y legislativas en México. Las encuestas más recientes revelan que el PVEM estará disputando, junto al PRD y MORENA, el puesto de tercera fuerza política del país.

 

Es un gravísimo error considerar al Partido Verde como una opción electoral para castigar a nuestro sistema de partidos. El principal problema del PVEM no es que tenga vicios que exhiben otros partidos; el problema es que en el Verde no se puede encontrar más sustancia que esos vicios. En realidad, este partido no es ni siquiera un partido político ya que no es una entidad de interés público, no contribuye a explicitar demandas sociales legítimas, ni busca prioritariamente obtener el poder. Tampoco es ecologista. Entre su filas militan cazadores o depredadores y ha apoyado causas desde propuestas anti ecologistas hasta la pena de muerte. El PVEM ha sido expulsado de la coalición de partidos verdes europea y no es reconocido por Greenpeace. ¿Qué es y para qué sirve entonces el Verde?

 

Es bien sabido que el PVEM es un negocio privado cuyo dueño es Jorge Emilio González Martínez, conocido como el “Niño Verde” porque heredó esta franquicia desde muy joven de manos de su padre. Entre los mexicanos más informados la reputación de este personaje está por los suelos. Dado que es él quien manda en este partido, vale la pena recordar brevemente un par de momentos representativos de su trayectoria.

 

Hace unos años González fue detenido en un retén en la ciudad de México, donde dio a los agentes un nombre falso. Posteriormente se resistió al arresto con la ayuda de sus guardaespaldas, que terminaron advirtiendo a los policías “no saben con quién se meten. es el Niño Verde”, y finalmente logró, amparado por su fuero, evadir la sanción. Al salir el caso a la luz pública, el “Niño Verde” se vio obligado a pedir una disculpa y a pagar las horas de detención que su afrenta ameritaba. Peor aún, González también fue captado en vídeo negociando, a cambio de un soborno de 20 millones de pesos, la gestoría de un permiso de construcción para un hotel en Quintana Roo. Cuando el vídeo fue difundido, el dueño del PVEM aseguró que lo “chamaquearon” y que en realidad era él quien le estaba poniendo una trampa al corrupto empresario para luego denunciarlo.

 

Recapitulemos: el PVEM no es partido, no es verde y es propiedad privada de un dueño corrupto. Sin embargo, por si eso no fuera suficiente, más lastimosa aún es la lógica con la que opera. Durante los primeros años de su existencia el Partido Verde buscaba desesperadamente mantener el porcentaje mínimo de votación para preservar el registro que le garantizara poder obtener, año con año, una jugosa tajada del presupuesto. Pero pronto aprendió que el verdadero negocio estaba en otro lado. Actualmente el Verde ha diversificado sus fuentes de ingresos y se ha convertido una verdadera comercializadora político-electoral.

 

Por principio de cuentas, el PVEM vende su apoyo electoral al partido que más ofrezca por éste. Algunos analistas políticos especializados en temas electorales han señalado que el PRI no hubiera ganado la elección de 2012 sin el apoyo del Verde. En segundo lugar, en vez de servir como vehículo para representar a los mexicanos, el PVEM ha entendido los beneficios de vender los espacios plurinominales a los que tendrá acceso a los grandes capitales que puedan pagar por ellos. Ejemplo de lo anterior es la candidatura de Ninfa Salinas Pliego, hermana del dueño de TV Azteca e integrante de la denominada “telebancada”. El Verde se renta al mejor postor como una suerte de vientre subrogado en el que se incuban los intereses de los poderes fácticos.

 

Finalmente, el PVEM goza también de los beneficios de haberse convertido en un partido satélite del PRI. Producto de la pésima gestión del actual ejecutivo federal este último partido ha estado perdiendo preferencias electorales mientras que el Verde las ha ido ganando. Es por ello que para algunos estamos ante la conformación de una “marca alterna” del PRI (Sinembargo.mx, 25/03/2015) que cumple con la doble función de presentarse ante el electorado con una imagen más fresca y de recibir las multas del árbitro electoral.

 

Los mexicanos estamos hartos de nuestra partidocracia. Es entendible que busquemos opciones nuevas y que no queramos saber absolutamente nada de los partidos tradicionales. Sin embargo, por las razones expuestas anteriormente, lo peor que podemos hacer es otorgar nuestro voto a un partido altamente tóxico para nuestra democracia. En futuras entregas de esta columna serán analizadas otras posibilidades. En cuanto al Partido Verde, me sumo por este medio a la propuesta que han hecho Denise Dresser y otros académicos: no tiene razón de existir y su registro como partido político debería ser anulado.- Mérida, Yucatán.

 

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Un oasis qué preservar

El progreso es incapaz de reciclar sus propios desechosManuel Reyes-Mate, filósofo español


Al menos por ahora, Yucatán es de los estados más seguros de México. Sin embargo, la actitud bipolar con que el gobierno estatal afronta el tema de la seguridad, uno de los que más preocupan a la sociedad en nuestro país, podría alterar el tranquilo estado de cosas que muchos yucatecos aún disfrutamos.

 

Es preciso comenzar este análisis aclarando que difícilmente en nuestro estado llegaremos a ver la violencia relacionada con el tráfico de drogas que inunda buena parte del territorio nacional. En su más reciente visita a la Universidad Marista de Mérida a invitación de la Escuela de Administración, Turismo y Mercadotecnia, el doctor Sergio Aguayo Quezada afirmó que un cambio en las rutas de tráfico de drogas ocurrido hace varios años fue fundamental para que se dibujara el complicado escenario que hoy todos conocemos. En su informe “El problema de las drogas en las américas” (2013), la OEA explica que la violencia relativa al narcotráfico es producida por enfrentamientos entre cárteles por controlar las rutas, por lo que está focalizada en las regiones de tránsito y no en las de consumo. Es justamente por su ubicación que Yucatán podría no ser una ruta atractiva para el tránsito de drogas, y por tanto, que no experimente la violencia que origina su tránsito.

 

Aún si se pone entre paréntesis la anterior coyuntura, es posible afirmar que el trabajo policiaco en Yucatán es mucho más eficiente que el del resto del país. Entre 2013 y 2014 se registró un decremento en el porcentaje de yucatecos que dicen tener poca o ninguna confianza en su policía, situación que contrasta notablemente con una tendencia nacional en sentido opuesto. La policía en este estado ha obtenido una confianza difícil de encontrar en el resto del país, mérito que no debe dejar de ser reconocido. Esta circunstancia es notable, aunque no excluye, desde luego, que existan importantes oportunidades de mejora, como lo es el campo de los derechos humanos.

 

Los esfuerzos en ofrecer una mejor capacitación al personal policiaco y la adquisición de equipo de punta para prevenir o detectar crímenes podrían contribuir a que la seguridad de la que los yucatecos gozamos se mantenga a corto plazo. Sin embargo, al mismo tiempo que genera las condiciones necesarias para preservar la seguridad actual, el gobierno de Yucatán incuba las circunstancias propicias para que esta seguridad resulte insostenible a mediano plazo. La hipótesis que motiva este texto es que en la desigualdad y en el mal manejo de la economía yucateca se cultiva un caldo del que están surgiendo cada más seres humanos desesperados convertidos en delincuentes.

 

La economía yucateca ha crecido en los últimos años a tasas inferiores que los ya de por sí raquíticos e insuficientes incrementos nacionales. Estamos experimentando un importante incremento poblacional que no está siendo debidamente acompañado de oportunidades de inclusión equitativas. A ello hay que sumar que en las últimas décadas el bienestar de los mexicanos ha recibido duros golpes como la pérdida de beneficios sociales básicos, entre los que destacan el desmantelamiento de la seguridad social vía una reciente reforma laboral, los efectos presentes de la contrarreforma agraria impulsada por Carlos Salinas y una pronunciada pérdida del poder adquisitivo del salario mínimo.

 

El gobierno que encabeza Rolando Zapata Bello ha respondido a esta coyuntura con el crecimiento de programas sociales clientelares —tinacos, pinturas, pollitos…— que sólo contribuyen a disimular unas cuantas de las manifestaciones de la miseria de los más necesitados. Paliativos de este tipo resultan claramente insuficientes ya que no contribuyen en lo más mínimo a generar las condiciones necesarias para que miles de seres humanos hoy marginados encuentren oportunidades de incorporarse a la economía formal con condiciones laborales suficientes para autodeterminarse o vivir una vida digna.

 

Las repercusiones del mal manejo económico en la seguridad de los yucatecos podrían estar ya a la vista. A pesar de que el porcentaje de personas que dicen sentirse seguras sigue siendo más alto en Yucatán que en cualquier estado de la república, este indicador ha disminuido 10 puntos porcentuales en los últimos 2 años. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública de 2014 (Envipe) en 2012, 81% de los yucatecos afirmaba sentirse seguro en su estado, mientras que en 2014 71% contestó en el mismo sentido. Según la misma medición, el número de delitos —incidencia delictiva— y la cantidad de personas que sufrieron algún delito —prevalencia delictiva— en nuestro estado se incrementó durante el mismo período.

 

A lo anterior es preciso agregar fenómenos focalizados como el incremento en el número de pandillas en el sur de nuestro estado y los robos a casa habitación en colonias específicas de Mérida, que podrían diluirse si sólo se considera en el buen estado general de seguridad del que aún disfrutamos buena parte de los yucatecos. Tal como ha señalado la organización México Evalúa “dentro de un estado se pueden registrar marcadas diferencias entre regiones, municipios, o incluso colonias y calles… la violencia y la delincuencia no impactan de la misma forma a toda la población de determinada entidad: es decir, hay zonas más inseguras que otras”.

 

Una tarea pendiente para la sociedad yucateca es elaborar un análisis más detallado y profundo de los fenómenos revelados por la Envipe mencionados en este texto. Nos hemos habituado a vivir en un oasis que la eficiente tarea policiaca ha podido preservar hasta el día de hoy. Empero, por los motivos expuestos anteriormente, a mediano plazo podría no haber, por eficiente y bien intencionada que pueda ser, estrategia policiaca que baste para contener al creciente ejército de individuos desesperados que el gobierno de Yucatán está fabricando.— Mérida, Yucatán.

 

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM)

 

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Crónica de un fracaso anunciado

Reconocerse como hombre muerto permite luchar por mantenerse vivo por tanto tiempo como sea posibleGeorge Orwell, escritor británico


Decepcionados de la democracia y asfixiados en la estrechez de nuestro desempeño económico, a estas alturas es claro que estamos muy lejos de soñar algo parecido al sueño mexicano.

 

Los diagnósticos para nuestra presente enfermedad están a la orden del día y muchos de éstos ofrecen elementos realmente clarificadores que ayudan a entender algunos de los principales obstáculos impiden el desarrollo de nuestro país. Corrupción, impunidad, violencia, modelo económico fallido, pobreza, ignorancia… son todos males que inciden en mayor o menor medida en nuestro trágico estado de cosas actual. Sin embargo, poco suele hablarse de un escenario, aparentemente irracional, pero no por ello menos real: la posibilidad de el desastre que vivimos haya sido producido y sea sostenido a propósito.

 

Ésta es precisamente la tesis que defienden Daron Acemoglu y James Robinson en su aclamado libro “Por qué fracasan las naciones” (“Crítica”, 2012). Quizás el argumento más contraintuitivo contenido en este texto es que a las élites les conviene mantener sistemas extractivos -aquellos sistemas cuyo objetivo es la extracción de rentas y riqueza de una parte de la sociedad para beneficiar a otra de sus partes-, por lo que bloquean toda la posibilidad de surgimiento de nuevos escenarios que pondrían en riesgo su poder. Se trata de la lógica del colonialismo.

 

Acemoglu y Robinson parten de la base de la relación de doble vía existente entre poder político y poder económico y postulan que quienes logran hacerse del primero pueden determinar la estructura del segundo que más convenga a sus intereses, y postulan que los beneficiarios del régimen extractivo no tienen ningún incentivo para poner en riesgo el poder que detentan. El ejemplo más claro de este fenómeno es la vida que llevan algunos dictadores africanos que, a pesar de la miseria de sus pueblos, poseen aviones de lujo, castillos repletos de oro o aeropuertos particulares. No es difícil ver la relación entre este estilo de vida y el de algunos de los integrantes de la clase política o de la oligarquía mexicanas. Tampoco resulta complicado aceptar, como los mismos autores mencionan, que México es un país que ha estado, salvo por brevísimos lapsos, dominado desde la colonia por élites extractivas.

 

El crecimiento de la clase media detona el crecimiento económico de un país y suele venir acompañado por un incremento en la conciencia social de quienes la integran, circunstancia que pone en riesgo el estado de cosas del que se benefician las élites extractivas. Esta tesis puede ser respaldada adicionalmente con uno de los principales planteamientos esgrimidos por Thomas Piketty en su libro “El capital en el sigo XXI” (FCE, 2014), quien demuestra que el crecimiento económico rápido merma el porcentaje de participación del capital en la generación de la riqueza de una sociedad.

 

Contrario a lo que ocurre con los sistemas extractivos, las instituciones inclusivas permiten las libertades necesarias para la innovación y la competencia, generando la posibilidad de “destrucciones creativas” que no sólo alteran la distribución económica, sino que incoan cambios políticos. Ejemplo de éstas son la revolución industrial o la revolución digital. Es por tanto un error dejarse llevar por el sentido común y suponer que a los beneficiarios del actual sistema les convenga que se genere desarrollo económico. Es este uno de los principales motivos por los que las élites económicas en sistemas extractivos suelen ser profundamente conservadoras.

 

En este contexto no sería casualidad que desde hace 30 años México siga un modelo económico, aplaudido por buena parte de las élites económicas y políticas, que genera tasas de crecimiento muy por debajo de lo que se necesita para incorporar a millones de personas a la economía formal.  A pesar de que desde el inicio de nuestra historia los mexicanos no hemos conocido más que regímenes extractivos, en este momento nos enfrentamos a una de las peores crisis de nuestra historia reciente. El caos presente crea una coyuntura que obligará a que se produzca algún cambio. Ante esta circunstancia, se abren dos posibles escenarios:

 

El primero es que las instituciones extractivas sean reemplazadas por otro tipo de instituciones extractivas -algo muy similar a lo que ocurrió después de la independencia o después de la revolución-. El segundo es que la flaqueza del actual modelo termine por desbaratarlo y que la sociedad mexicana, más participativa y crítica que nunca, logre tener la fuerza suficiente como para sentar las bases de instituciones inclusivas que permitan que todos los seres humanos de este país tengan la oportunidad de ser educados y de desarrollarse libremente. Lo que ocurrirá depende en gran parte de la participación de la sociedad en lo público y de un raigambre de factores políticos impredecible. Y también de la suerte.

 

“Por qué fracasan los países” ha sido aclamado a nivel mundial y un buen número de analistas lo consideran ya un libro fundamental para entender los orígenes de la desigualdad y de la pobreza en el mundo. Los mexicanos nos asombramos cómo, en medio de este caos, seguimos siendo un país de pobres con multimillonarios y políticos ricos. Consecuentemente solemos preguntarnos cómo es posible que nuestras autoridades cometan errores económicos infantiles, que se condonen miles de millones de pesos en impuestos a los grandes contribuyentes o que no se entienda que, mientras no tengamos salarios dignos que permitan la construcción de un mercado interno sólido, no podremos crecer económicamente.

 

La respuesta que nos dan Acemoglu y Robinson es contundente: “No lo hacen bien no porque se equivoquen o por su ignorancia, sino a propósito”. Sólo en la medida en que tomemos en serio esta tesis podremos entender sus alcances y evitar que continúe definiendo el rumbo de nuestro actual fracaso.- Mérida, Yucatán.

 

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

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Crónica de un fracaso anunciado

De la caza a la agricultura

Las cosas que concuerdan sólo en algo negativo, o sea, en algo que no tienen, no concuerdan realmente en nadaBaruch Spinoza, filósofo holandés.


 

Inmediatamente después de la represión del 4 de julio de 2011, un grupo de meridanos, tan generoso como plural, levantó la voz y salió a las calles a demandar justicia. El gobierno ejerció un control de daños mediante una estrategia dual: en primer término, acudió a su usual cerco informativo para evitar que aquellos sin acceso a internet o al Diario de Yucatán pudieran enterarse de lo acontecido. En segundo lugar, se apoyó en el afán de protagonismo de algunos panistas para diseminar la versión de que realmente todo se había tratado de un conflicto entre partidos.

 

El éxito de esta estrategia está hoy a la vista de todos. Con una tardía retirada que fue, y sigue siendo, muy poco creíble, el PAN dio al PRI los baldes de agua necesarios para apagar el breve fuego que por unos instantes amenazó con incendiarles el edificio completo. El movimiento surgido alcanzó su tope a los pocos días de la golpiza y a partir de entonces el volumen de las voces que protestaban ha disminuido al mismo ritmo al que éstas han perdido adeptos hasta convertirse en un susurro prácticamente inaudible. Actualmente, un puñado de personas, en su mayoría mayores de 50 años, mantiene viva la veladora testimonial de lo que pudo haber sido un despertar social sin precedente.

 

Para la mayor parte de los jóvenes universitarios y los profesionistas que se manifestaron indignados, el 4 de julio se quedó en 2011. No es posible pisar terrenos seguros en le intento de explicar las causas del éxodo descrito. Tendremos que conformarnos, al menos por ahora, a transitar en los terrenos de la hipótesis para entender factores que pueden incidir en este alejamiento. El caso de #Yosoy132 Yucatán puede ofrecer algunas luces en este sentido.

 

En su muy recomendable texto “La primavera yucateca: la emergencia del movimiento #yosoy132 Yucatán (UADY, 2013), el antropólogo Rodrigo LLanes Salazar explica algunos de los motivos que llevaron a que este movimiento empezara aglutinando, en su primer evento público, a más de 2,000 personas, y terminara convocando, hacia el final de su vida, a tan sólo 2. En este trabajo, Llanes Salazar describe puntualmente cómo el apartidismo inicial de #yosoy132 se tambaleó ante filias y fobias partidistas, y cómo los intentos de imponer verticalmente liderazgos terminaron por atentar contra la esencia horizontal de este movimiento.

 

Si consideramos que la democracia “se basa en el respeto y el interés por el otro, que a su vez se fundan en la capacidad de ver a los demás como seres humanos y no como meros objetos” (Nussbaum 2014), entonces serían los universitarios quienes tendrían las mejores credenciales democráticas en nuestro país.

 

De acuerdo a la Encuesta nacional de discriminación 46 % de quienes tienen como grado máximo primaria no estarían dispuestos a vivir bajo el mismo techo que una persona –familiar o no- con alguna discapacidad o de distinta raza, 40% no aceptarían a vivir con un homosexual y 44% no vivirían con alguien de otra religión. En el caso de quienes tienen grado universitario o superior, ninguno de estos rubros rebasa el 9% (Enadis, 2010). Los universitarios mexicanos realizan más actos de solidaridad que los que no tienen este grado.

 

Sin embargo, los jóvenes –no necesariamente universitarios- votan por debajo del promedio nacional y no parecen particularmente interesados en actividades democráticas no electorales. Los universitarios participan más en organizaciones sociales que el resto de los mexicanos, pero la mayoría de estas agrupaciones no tienen relación con temas políticos o de derechos humanos. Apenas 11% cree poder influir en las acciones de sus gobernantes –porcentaje idéntico al de las personas que no tienen ningún tipo de educación- (INE, 2014).

 

Es posible inferir que la politización, explicita o velada, de los movimientos sociales podría ahuyentar a buena parte de los universitarios que podrían estar interesados en sumarse a las causas que estos movimientos defienden.

 

A tres años de los sucesos del 4 de julio de 2011, las organizaciones de la sociedad civil yucatecas que defienden causas democráticas están obligadas a replantear su estructura –operativa y humana-, sus modos y sus prioridades si pretenden incidir en la vida pública del estado. Por bien sustentadas que estén, las denuncias de corruptelas y componendas no gozarán de la empatía de un segmento de la población mientras se perciba –y los universitarios siempre lo perciben- que éstas surgen de la agenda del satélite disimulado de un determinado partido político o de intereses particulares que van más allá de la causa abanderada.

 

Las organizaciones que tengan las mejores intenciones deben entender que nunca llegarán muy lejos si no empiezan estableciendo las condiciones necesarias para la edificación de una verdadera cultura democrática. Para ello se requiere empezar desde la base, educando con paciencia sobre temas existenciales antes que políticos y reflexionando públicamente sobre las grandes cuestiones humanas; usualmente dejadas de lado para atacar, con más ímpetu que razón, las consecuencias de la ausencia de reflexión sobre éstas.

 

De acuerdo a la filósofa Martha Nussbeaum (2014), las humanidades son básicas para desarrollar algunas aptitudes fundamentales en una democracia. Figuran entre éstas: reconocer a los otros ciudadanos como personas con los mismos derechos, interesarse en la vida de los otros y entender las consecuencias que cada política implica para las oportunidades de otros, imaginar cuestiones complejas, emitir un juicio crítico sobre los dirigentes políticos con una idea realista y bien fundamentada, pensar en el bien común de la nación como un todo y concebir a la nación como parte de un orden mundial complejo.

 

Las verdaderas humanidades conciben al ser humano como un proyecto en constante construcción y nunca terminado. El futuro siempre puede ser mejor que el presente. Una cosmovisión de esta naturaleza es necesariamente crítica e inconforme con el estado actual de cosas.

 

El recuerdo del 4 de julio de 2011 debe servir entonces como testimonio de la necesidad de que las organizaciones de la sociedad civil no supediten lo más importante a lo más inmediato; de la urgencia de dar un salto civilizatorio que les lleve a dejar de ser bandas de cazadores furtivos para convertirse los agricultores que tanta falta le hacen a nuestra democracia.

 


 

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*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Artículo publicado originalmente en el Diario de Yucatán el 6 de julio de 2014:  http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/4-de-julio-el-salto-civilizatorio-pendiente

 

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Tres tristes tigres

La mayor soberbia, y la mayor abyección, son la ignorancia de sí mismo, Baruch Spinoza, filósofo holandés


Tres tristes tigres tragaban trigo en tres tristes trastos en un trigal, en un trigal tragaban trigo tres tristes tigres en tres tristes trastos.

 

El supuesto objetivo del anterior juego de palabras es propiciar el enredo de algunas lenguas poco entrenadas en la expresión oral del mismo. Propongo al lector extraer de su contexto original los elementos de este trabalenguas, de sobra conocido en Yucatán, para elaborar un ejercicio interpretativo cuyo sentido nos permita exponer algunas de las trabazones que enfrenta la vida democrática en nuestro estado.

 

En este contexto, no es difícil distinguir que los tres tristes tigres que se alimentan gustosa y asimétricamente del trigo presupuestal en el trigal llamado Yucatán son el PAN, el PRD y el PRI. Se podrá decir, y con razón, que no hay motivo alguno para suponer que alguno de éstos bien alimentados comedores de trigo esté triste. Me parece que, en efecto, la tristeza que se les atribuye no hace referencia al estado de ánimo melancólico de un individuo o grupo –una de las definiciones del adjetivo “triste”-, sino que califica el disgusto que produce presenciar un fenómeno funesto o deplorable.

 

Lo bueno o lo malo no son nunca sujetos: éstos son predicados que se asignan a algo en función de la utilidad o del perjuicio percibido, por el que juzga, en lo juzgado. Los partidos políticos no son entonces ni la encarnación del mal ni malos por definición, pero claramente están dañando a terceros con su mal uso de recursos públicos, están desempeñando una pésima labor en su función explicitadora del conflicto social y no son vehículos para la participación ciudadana democrática. Tan sólo en los últimos tres años el porcentaje de mexicanos que dice confiar en sus partidos ha disminuido de 35% a 19% (INE, 2014).

 

Los partidos políticos yucatecos no están tristes, son tristes. Esta cualidad la adquieren, desde luego, por comer en trastos tristes. Elección tras elección, estos organismos se montan en el psicodrama electoral con candidatos impresentables,-a la manera de muñecas matrioska, los tristes tigres dentro de los tristes tigres- o que carecen de méritos reales, con el fin de acaparar posiciones y presupuestos. En términos generales, su objetivo principal no parece ser llegar al poder para servir a los ciudadanos, sino aterrizar en un escenario en el cual su traste se empezará a llenar de cantidades absurdas de trigo que no les pertenece.

 

A pesar de que aún no estamos en época de precampañas, es evidente que las contiendas al interior de cada partido por las candidaturas de 2015 han arrancado. Es por ello que me parece que es buen momento para intentar establecer, mediante una aproximación general inicial, si existen condiciones para desenredar el nudo que asfixia a nuestra democracia electoral.

 

Por principio de cuentas, todo parece indicar que el PAN, el PRD el PRI se presentarán a la contienda electoral de 2015 con la misma pobreza ideológica, programática, argumentativa y humana con que compitieron en 2012.

 

Síntomas de esta miseria son, también, las estrategias y modos populistas empleados por los principales aspirantes a obtener una candidatura a la alcaldía de Mérida. El circo y el pan están a la orden del día. Obsesionados, buena parte de los pre-precandidatos regalan anteojos, instalan albercas públicas, reparan baches, “salvan pobres” o colocan pantallas para ver el mundial de fútbol. Otros, más silenciosos, optan por afianzar su capacidad de movilización electoral –es decir, de acarreo- o buscan vender favores, a quien desee comprarlos, a cambio de futuros apoyos.

 

También hay quienes, rayanos en lo grotesco, reproducen el “modelo Velasco” y compran, con el fin de evadir la legislación que les prohíbe promocionar su imagen, portadas de revistas que nadie lee o que de plano son creadas ex profeso para publicitar ambiciones personales, las cuales son luego anunciadas en espectaculares o paraderos de autobuses distribuidos a lo largo de toda la ciudad. La frase es de un amigo: “¿si así se comportan ahora, en lo pequeño, qué podemos esperar de ellos cuando lleguen al poder”?

 

Si dependiera de la arena partidista local, las elecciones de 2015 serían una réplica de las de 2012. Empero, la reforma electoral de este año incluye algunos elementos que, aunque modestos o minimalistas, podrían inyectar un poco de aire fresco a los procesos electorales yucatecos. La mitad de las candidatas deberán ser mujeres, el árbitro electoral podría salir de la esfera de control del gobernador –aunque esto no garantiza, de ningún modo, imparcialidad sí podemos suponer que podría mermar el peso del ejecutivo estatal -, se inaugurará la posibilidad de que los nuevos legisladores o alcaldes sean reelegidos – con el desalentador candado de que éstos deberán ser aprobados previamente por los partidos que les postulan- y se incorporarán las candidaturas ciudadanas, de difícil acceso para la mayoría de los yucatecos.

 

Otro elemento novedoso será la muy probable incursión de Morena como partido político. Si bien la izquierda en Yucatán está muy lejos de ser electoralmente competitiva, en este mismo espacio se ha hablado de la importante discrepancia entre el porcentaje de votos obtenido en nuestro estado por AMLO y el porcentaje obtenido por los otros candidatos del PRD. Morena sólo será sólo será electoralmente atractivo si selecciona a sus candidatos de entre los jóvenes más capaces que le dan vida a este movimiento en la entidad y sólo será verdaderamente relevante si logra generar y sostener procesos auténticamente democráticos e incluyentes en su interior y si, como partido, se resiste a venderse al mejor postor.

 

El formato y el resultado de las elecciones de 2015 no serán idénticos pero sí muy similares a los de años anteriores. Existen, más allá del ámbito partidista, elementos tecnológicos y humanos en desarrollo que nos permiten soñar con que en 2018 la historia puede ser diferente. Ya habrá tiempo de analizarlos con detalle. Mientras tanto, al menos por ahora, podemos estar seguros que en nuestro trigal los mismos tres tristes tigres seguirán tragando trigo en sus mismos tres tristes trastos.

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor universitario.

 

Artículo publicado originalmente en el Diario de Yucatán el 22 de julio de 2014: yucatan.com.mx/editoriales/opinion/rumbo-al-2015tres-tristes-tigres

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