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Cumbres desbarrancadas

Los alumnos del último año de preparatoria del Instituto Cumbres de la ciudad de México nunca imaginaron el revuelo que causaría el video que encargaron y protagonizaron con motivo de su ceremonia de graduación.

 

El escándalo que provocaron fue de tal magnitud, que apenas unos días después de que empezara a circular su corto promocional en internet la Dirección de esta exclusiva escuela -privada y sólo para varones- tuvo que aclarar públicamente que el video en cuestión “de ningún modo representa los valores y principios del colegio, los alumnos, familias y egresados” y que “la dirección del colegio no tenía conocimiento del contenido”. ¿Qué es lo que resultó tan ofensivo de un video preparatoriano para los millones de mexicanos que han visto sus imágenes?

 

La trama del video referido es la siguiente: un grupo de jóvenes estudiantes del Instituto Cumbres se prepara para su graduación. Los actores son alumnos reales. Uno de los requisitos indispensables para montar la fiesta es contar con compañía femenina, por lo que los estudiantes deciden convocar, mediante anuncios en forma de volantes, a todas las chicas interesadas a participar en un casting con el fin de seleccionar al puñado de privilegiadas que habrán de acompañarles en esta ceremonia.

 

Aparentemente los muchachos ejercen una fuerza de atracción gravitacional sobre las mujeres, porque las siguientes imágenes muestran a un ejército de desbocadas jóvenes buscando hacerse de un lugar en el evento mediante dos formatos complementarios. Algunas de ellas persiguen a los protagonistas del video en calles, bares y hasta en el interior de sus domicilios. En cada escena se presentan atmósferas, lugares y bienes materiales que representan los lujos y la estética propios del estatus económico de los graduandos.

 

El video muestra también a un segundo grupo de emocionadas jovencitas formadas en una fila esperando su turno para participar en la audición. Vestidos con elegantes trajes, y sentados en sendas sillas, cinco de los estudiantes del Instituto Cumbres, acompañados por dos mayordomos y por un leopardo a manera de mascota, observan desfilar una por una a las aspirantes, quienes bailan en solitario para ellos buscando afanosamente ser las seleccionadas. Claramente el nombre de este juego es poder: poder sobre otros seres humanos subordinados, poder sobre la naturaleza, poder sobre la mujer.

 

Para entender plenamente la dimensión de lo que se presenta en este video es preciso acudir a algunas de las categorías empleadas por el académico mexicano Ricardo Raphael en su más reciente libro titulado “Mirreynato, la otra desigualdad” (Planeta, 2015). La figura del Mirrey ha cobrado especial relevancia en nuestra sociedad en años recientes, por lo que vale la pena esbozar un intento de definición, de ninguna forma estático u omnicomprensivo, de este concepto. Un Mirrey es un ser humano joven del sexo masculino que posee una gran fortuna -muchas veces heredada- que disfruta exhibiendo su superior estatus económico mediante el derroche en lujos y para quien ser sólo es posible a través de aparecer ante otros mediante su superior tener. Los Mirreyes viven para demostrar que son Mirreyes.

 

Un elemento central en la figura del Mirrey, claramente identificado por Ricardo Raphael, es su marcado machismo. Este académico revela que la mayoría de los más altos puestos directivos en México aún son ocupados por hombres y que entre los multimillonarios mexicanos que han amasado fortunas en vida figuran muy pocas mujeres. Mientras que en los estratos económicos medios de nuestra sociedad las mujeres han venido ganando espacios y autonomía, en sus esferas más altas muchas de ellas siguen siendo concebidas como floreros.

 

La compañera del Mirrey, mejor conocida como Lobuki -derivado de “loba”- olfatea al Mirrey y busca acceder a su “estilo de vida”. De acuerdo con Raphael, el Mirrey es consciente de su interés, pero acepta. Su relación con su pareja es, a fin de cuentas, un contrato en el cual el hombre se compromete a dar bienes materiales y la mujer, relegada a un mero papel de objeto, accede a dar acompañamiento social, a procrear y criar hijos, y a fungir como un maniquí que portará bienes como ropa, joyas y bolsos que finalmente confirmarán el estatus del propio Mirrey en la sociedad. El video de los estudiantes del Cumbres tan sólo hace patente esta lógica de forma gráfica.

 

Desde luego que el Mirrey no tiene que limitarse siendo fiel a su pareja “oficial”. A mayores límites menor poder, por lo que parte de la ostentación mirreynal estriba en ser capaz de tener y de exhibir ante terceros la mayor cantidad posible de parejas temporales. Dentro del círculo machista esto no sólo no representa problema alguno, sino que es aplaudido, respetado y envidiado. El “table-dance” o los “viajes de solteros” son los templos en el que este pacto queda sacralizado.

 

Afortunadamente son cada vez más las mujeres y los hombres universitarios que luchan contra este ridículo y anacrónico formato. En mi trabajo como profesor y director en la Universidad Marista de Mérida he tenido la oportunidad de compartir clases con cientos de brillantes estudiantes universitarias que cursan una carrera buscando realizarse por medio de su profesión, que no conciben no ser autosuficientes y que de ninguna forma estarían dispuestas a regalar su voluntad a un tercero. También he podido convivir con muchos hombres que reconocen en sus compañeras a seres humanos tan o más capaces que ellos y que no las concebirían, bajo ninguna circunstancia, como trofeos o como objetos.

 

Como parte de uno de los cursos que me toca impartir, los estudiantes leen los capítulos 2 y 4 del libro “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz. En este texto, el premio Nobel de literatura mexicano analiza cómo el machismo mexicano termina haciendo de la mujer un ser sin voluntad y sin capacidad de acción; un ídolo alrededor del cual se danza, pero que no desea, que no busca y que nunca propone. La mujer descrita por Paz es entonces un ser humano incompleto y mochado.

 

Semestre tras semestre el debate sobre este texto paciano me resulta tan enriquecedor como revelador. Suelen ser las mujeres las que más participan y quienes se hacen presentes con la fuerza y con la argumentación propias de quien no está dispuesto a reproducir un formato sexista en su generación. Ellas tienen voluntad, tienen inteligencia, tienen capacidad. No me cabe la menor duda de que muchas de las estudiantes de hoy aparecerán en la sociedad como agentes autónomos y libres que transformarán positivamente a nuestra sociedad. Nunca nadie se ha atrevido a pedir la palabra para contradecirlas.

 

De no entenderse en toda su insensata ridiculez, el formato sexista mirreynal puede ser tomado como ejemplo por jóvenes de clases medias y medias-altas. La carga ideológica machista y materialista que fluye como una cascada emanada desde las cumbres socioeconómicas de nuestra sociedad es contenible, pero para ello hace falta identificarla y criticarla públicamente. En este sentido es una excelente noticia que un video tan vulgar como el referido haya sido condenado por tantos mexicanos. Sólo en la medida en que los Mirreyes sean sujetos al escarnio y al repudio explícito de nuestra sociedad será posible derrocar a su nefasto régimen.- Mérida, Yucatán.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

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Discutamos el salario mínimo

En los primeros tres minutos se hizo el universo. Precisamente todo está pasando aquí y ahora. –Gustavo Cerati, músico argentino.


 

El debate sobre si es conveniente aumentar el salario mínimo en México puede ser enfocado a través dos interrogantes con perspectivas complementarias: ¿sería justo incrementar por decreto el salario mínimo?. ¿Sería útil, para la mayoría de los mexicanos, que éste se eleve?

 

13% de las personas ocupadas en México, formal o informalmente, ganan el salario mínimo. [1]En 20 años este salario ha experimentado en México una pérdida de su poder de compra real de 29%. Dos parámetros ayudan a entender lo que esta merma significa en la vida de un trabajador. El primero es la canasta básica. Desde 1995 el precio de la canasta básica ha aumentado 192.4% más que el salario mínimo. El salario mínimo actual debería de ser de $98.72 tan sólo para mantener el nivel de vida que tenía la población urbana de 1995[2]. El segundo parámetro es la Canasta Alimenticia Recomendable, que desde 1987 a la fecha tiene un crecimiento acumulado de 4,773%. El salario tan sólo ha crecido 940% en el mismo período.[3]

 

Es evidente que dejar el salario a merced del libre mercado ha sido contraproducente para los trabajadores mexicanos peor pagados. El mercado regula ineficientemente el salario porque las relaciones humanas involucradas en los contratos y despidos son mucho más complejas que los mercados de bienes físicos.[4] De acuerdo a un análisis elaborado por la UNAM, un trabajador que gana el salario mínimo en México genera el valor de su sueldo con sólo laborar 9 minutos; lo que produce en el resto de su jornada de trabajo (7 horas con 51 minutos), se queda en las arcas del gobierno y las empresas[5]. Los trabajadores de bajos ingresos no carecen de las habilidades necesarias para desempeñar sus trabajos, sino del poder de negociación para presionar por una mejor repartición de las utilidades que están ayudando a generar.[6]

 

La relación entre patrones y trabajadores se caracteriza por un natural estira y afloja. Los primeros quieren un trabajo más productivo a un menor precio, mientras que los segundos quieren una mejor remuneración por el tiempo que dedican a su trabajo. El muy superior poder –económico y político- del capital empresarial es contrarrestado por la capacidad de negociación de los siempre más numerosos trabajadores agrupados en sindicatos. Empero, en México apenas 10% de los trabajadores pertenecen a algún sindicato [7] y buena parte de estas organizaciones se encuentra en manos de líderes corruptos que, en vez de velar por el bienestar de sus trabajadores, se conforman con vender al mejor postor su capacidad de pastorear a sus agremiados. El aumento al salario mínimo, estándar laboral fundamental diseñado para proteger a los trabajadores, es una política de la mayor importancia para compensar su evidente impotencia en la defensa de sus mejores intereses[8].

 

No existe evidencia que a los aumentos de productividad laboral sigan aumentos en el salario de los trabajadores: las pruebas apuntan a lo contrario. En México, lo sabemos muy bien: mientras más ha subido nuestra productividad, más han bajado, en términos reales, nuestros salarios. Entre 1998 y 2013 productividad aumentó 15%, pero sólo 3 industrias de 22 mantienen un crecimiento de sus salarios por arriba del crecimiento de su productividad [9]. Esto significa que el salario mínimo en 2014 debería rondar los 100 pesos[10]. Tal parece que, tal como señalan algunos economistas norteamericanos, el problema con el mercado de los salarios bajos no es la calidad de los trabajadores, sino la calidad de los trabajos[11] que podría deberse, en parte, a nuestro capitalismo de cuates y a la poca inversión en investigación y tecnología.

 

Es correcto afirmar que existe una relación entre salario y productividad; pero, de acuerdo al premio Nobel en economía Joseph Stiglitz, ésta fluye en sentido inverso al que normalmente se supone. La teoría denominada “Salario eficiente” postula que mientras más se le pague a un trabajador, éste resultará más productivo, se sentirá más leal a la compañía (hay menos deserciones) y trabajará más duro para mantener su empleo[12]. Las compañías pagarán más a algunos de sus trabajadores –es cierto- ; pero lo que los negocios “pierden” temporalmente por pagar un mayor salario es compensado, con creces, con la menor deserción de su planta laboral, con la mayor productividad de sus empleados y, finalmente, con mayores utilidades para los accionistas de estas empresas[13] .

 

Aumentar el salario mínimo no sólo es justo, sino que también es racional. Las empresas yucatecas resultarían, en este sentido, beneficiadas del aumento en los salarios mínimos. Valdría la pena preguntarnos si, siguiendo la misma lógica, no sería posible afirmar que un aumento importante en el salario mínimo contribuiría también a abatir la informalidad haciendo más atractivos los trabajos en la economía formal.

 

A pesar de que su salario mínimo tiene un poder de compra real mucho mayor que el mexicano, en los últimos meses los estadounidenses también han discutido el aumento de este estándar. La única preocupación que es considerada genuinamente relevante para la mayoría de los economistas norteamericanos tiene que ver con la posibilidad de que incremento a su salario mínimo genere despidos ante la imposibilidad inicial de algunas empresas de adaptarse a sus nuevos gastos[14]. Sin embargo, de acuerdo a Paul Krugman –otro premio Nobel en economía-, este incremento no sólo no generaría despidos, sino que elevaría significativamente el nivel de vida de los trabajadores. Krugman presenta y compara casos reales como evidencias para respaldar su posición[15] .

 

Existe un acuerdo casi unánime entre economistas de que elevar el salario mínimo reduciría la pobreza –principalmente la alimentaria- y la desigualdad[16]. Recientemente un grupo de más de 600 reconocidos economistas, que incluye a siete premios Nobel, enviaron una carta a Barack Obama en la cual aseveraban que el incremento al salario mínimo en Estados Unidos estimularía a su economía al incrementar el consumo. Las empresas tienden a compensar los costos iniciales del aumento salarial siendo más productivas o congelando las prestaciones de sus más altos ejecutivos y no encareciendo sus productos o despidiendo a sus trabajadores peor pagados[17] .

 

Todo parece indicar que un aumento al salario mínimo en México sería tan justo como útil, pero todos los argumentos merecen ser escuchados y este debate apenas ha comenzado.

 

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

https://asalgadoborge.wordpress.com/

 

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en ética. Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 Discutamos el salario mínimo.pdf

 

 

[1] http://www.maspormas.com/opinion/columnas/salario-minimo-y-democracia-en-mexico-por-ppmerino

[2] http://www.animalpolitico.com/blogueros-democratas-deliberados/2014/08/06/arriba-el-salario/

[3] http://cam.economia.unam.mx/el-salario-minimo-en-mexico-de-la-pobreza-la-miseria-perdida-del-78-66-del-poder-adquisitivo-del-salario-reporte-de-investigacion-117/

[4] http://www.nytimes.com/2013/02/18/opinion/krugman-raise-that-wage.html?pagewanted=print

[5] http://www.jornada.unam.mx/2012/05/07/economia/023n1eco

[6] http://economix.blogs.nytimes.com/2013/12/04/the-minimum-wage-and-the-laws-of-economics/

[7] http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2014/08/71822.php

[8] http://www.nytimes.com/2014/02/09/opinion/sunday/the-case-for-a-higher-minimum-wage.html?_r=0

[9] http://www.paradigmas.mx/productividad-y-salarios-en-la-industria-mexicana/

[10] http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/aumentar-el-salario-minimo-es-reconocer-la-productividad-laboral.html

[11] http://economix.blogs.nytimes.com/2013/12/04/the-minimum-wage-and-the-laws-of-economics/

[12] http://www.nytimes.com/2014/02/09/opinion/sunday/the-case-for-a-higher-minimum-wage.html?_r=0

[13] http://www.nytimes.com/2014/02/28/opinion/business-and-the-minimum-wage.html

 [14] http://www.washingtonpost.com/opinions/harold-meyerson-a-higher-minimum-wage-may-actually-boost-job-creation/2014/05/21/463bd80e-e112-11e3-9743-bb9b59cde7b9_story.html

[15] http://www.nytimes.com/2013/12/02/opinion/krugman-better-pay-now.html?pagewanted=print

[16] http://www.washingtonpost.com/blogs/wonkblog/wp/2014/01/04/economists-agree-raising-the-minimum-wage-reduces-poverty/

[17] http://www.nytimes.com/2014/02/28/opinion/business-and-the-minimum-wage.html

 

Hombres, lobos y esperanza

  Para los oprimidos, la excepcionalidad es permanente: hay una clase de hombres, y ellos lo saben, que han costeado el bienestar de otrosManuel-Reyes Mate, filósofo español.


 

Los individuos que conforman las élites poderosas tienden a ser más malvados que quienes no forman parte de éstas.

 

Un estudio realizado por Michael Inzlicht y Sukhvinder Obhi, ha comprobado que las personas que tienen altas posiciones de poder son “menos capaces de adoptar las perspectivas visuales, cognitivas o emocionales que las personas sin acceso al poder” (The New York Times 25/07/2014); es decir, son menos empáticas.    El camino hacia la respuesta a la pregunta “¿por qué son menos empáticos los poderosos?” es, empero, uno de doble sentido.

 

La empatía consiste en adoptar un estado de mente que incluye dos enfoques y no sólo uno. De acuerdo a Simon Baron-Cohen (The Science of evil, 2011, Basic books), cuando nuestra atención tiene exclusivamente un enfoque unipersonal, perseguimos nuestros planes, y acciones sin considerar sus consecuencias para terceros; mientras que cuando somos empáticos identificamos lo que otra persona está pensando o sintiendo y respondemos a ello con alguna emoción que consideramos adecuada.

 

Baron-Cohen aclara que la empatía no es un interruptor binario con una posición de encendido y una de apagado. La empatía se da en diferentes niveles y la mayor parte de los seres humanos tiende a encontrarse en la media. Sin embargo, esto no impide que existan individuos con cero empatía. Para quienes se ubican en lo más bajo de esta escala, lastimar a otras personas no significa absolutamente nada y no experimentan ni culpa ni remordimiento por cualquier daño causado; es decir, entran en la categoría de lo que comúnmente denominamos como personas “malvadas”. Los seres humanos que llegan a estos extremos han recibido algún importante daño cerebral o se han deshumanizado como consecuencia de condiciones de vida hostiles y severas.

 

Es evidente que resulta mucho más fácil llegar al poder siendo malvado en países como el nuestro, donde el estado de derecho es prácticamente inexistente. Algunos de quienes ocupan las más altas posiciones de poder político o económico probablemente se encojan de hombros ante la tardía confirmación de que, en efecto, el hombre será siempre el lobo del hombre. El poder sería, según éstos, para los pocos iluminados que se han despojado de las redes moralinas que mantienen a las masas a ras de suelo; un bien exclusivo para los capaces de entender que las reglas del gran juego de la civilización se han construido sobre la necesidad de reprimir la maldad humana y que la ventaja en esta lucha darwiniana la tendrá quien logre subirse al ring sin guantes.

 

El reconocido primatólogo holandés Frans de Waal (Primates and philosohers: how morality evolved, 2006, Princeton University Press) pone por delante décadas de su impresionante trabajo para demostrar que una visión de esta especie no sólo es científicamente errónea, sino que traiciona a la naturaleza misma del ser humano. De Waal ha descubierto muestras de empatía, desde las reacciones más básicas hasta manifestaciones casi humanas, en diversas especies animales. Los seres humanos estamos equipados, desde nuestros orígenes, para necesitar unos de otros. Lejos de contradecir la teoría de la evolución, la empatía –convertida en moralidad por los humanos- es un mecanismo producido por la misma naturaleza para garantizar la supervivencia de la mayoría de los miembros de una especie.

 

Mediante el estudio de nuestros ancestros más directos, Frans de Waal ha comprobado que “perro no come perro” y que el ser humano es cooperativo y social por naturaleza. La empatía es uno de los bloques básicos con los que se ha construido la civilización, aunque claramente esto no impide que la civilización pueda destruir sus propios cimientos. Las distinciones “nosotros-ellos” establecidas sobre motivos religiosos o políticos, la racionalidad instrumental y un sistema económico basado en la competencia son algunos de los elementos civilizatorios que han sumido a la humanidad en un estado de lucha interna permanente y sin sentido.

 

Quizás parte de la explicación de por qué los poderosos son menos empáticos estribe en que la civilización ha logrado erigir estructuras que privilegian la explotación sobre la cooperación y que premian a aquellos que logran dejar la mayor cantidad de escrúpulos en el camino. En este contexto, el sistema político y económico mexicano, cuyos principales usos y costumbres son de sobra conocidos, sería tan sólo una de las versiones más destructivas de esta condición.

 

Pero el asunto no termina aquí. El principal hallazgo de Inzlicht y Obhi es que cuando los individuos acceden a posiciones con poder sus cerebros experimentan modificaciones neuronales que les vuelven insensibles ante los pensamientos y sensaciones de otros. Una posible explicación sería la sensación de que, una vez teniendo el poder, simplemente ya no es necesaria la cooperación y que se puede, si se desea, disponer de los otros como meros instrumentos. Por mejores que sean las intenciones de determinado gobernante o capitán de empresa, a mayor cantidad de poder –es decir, menos restricciones para su margen de acción- mayor probabilidad tendrá de erosionar su empatía o de tornarse malvado.

 

Por si esto no fuera suficiente, existe además un importante dique que dificulta la salida de este trampa. Baron-Cohen señala que, debido a que el sistema de la empatía funciona también para percatarnos de cómo somos percibidos por los otros, conforme perdemos empatía, perdemos también la capacidad de darnos cuenta que estamos perdiendo empatía. Esto explicaría en parte importante la aparente “empatía cero” de buena parte de las (todo)poderosas elites mexicanas, quienes se mueven libres en un sistema diseñado a su medida y sin ningún contrapeso.

 

Lejos de ofrecer visiones pesimistas del ser humano, los recientes estudios sobre la empatía revelan que en realidad somos empáticos –o, si se quiere, “buenos”- y cooperativos por naturaleza. Quienes se encuentran en la cumbre de los grupos de poder no sólo no representan al promedio de empatía de la humanidad, sino que tienden a moverse muy por debajo del mismo. Desgraciadamente, es este pequeño grupo el que determina, en muchos sentidos, el rumbo del progreso moldeando la civilización a su imagen y semejanza.

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

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Columna publicada originalmente en el Diario de Yucatán el 10 de agosto de 2014: yucatan.com.mx/editoriales/opinion/por-que-son-menos-empaticos-los-poderosos

Hombres, lobos y esperanza.pdf