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Salarios de hambre: la soga en el cuello

Algunas personas tienen la perturbadora capacidad de encontrar en la humillación de un ser humano desdichado un momento divertido. En días pasados un académico, una funcionaria y un empresario consideraron simpático fotografiarse junto a un hombre en condición de calle mientras uno de ellos –el empresario-  sostenía, a manera de correa, el extremo de una cuerda atada alrededor del cuello del indigente. Es difícil decidir qué resulta más lastimoso, el semblante cabizbajo y la actitud resignada del sometido hombre harapiento, la firme pose de amo del sujeto que lo exhibe como perro o las sonrisas burlonas en los rostros de los bien vestidos y enfiestados testigos de la escena.

Los informes dados a conocer en días pasados por Coneval y Oxfam ayudan a comprobar la incómoda intuición de que esta fotografía, capturada en Tijuana, es lastimosamente representativa. La información publicada por el Coneval muestra que entre 2012 y 2014 la pobreza aumentó en México y que el factor central detrás de este incremento son los bajos ingresos. 63.8%  de los mexicanos se encuentra en la categoría de pobreza por ingresos y en los últimos 30 años el salario ha sufrido en nuestro país una depreciación de 80%.

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http://www.sinembargo.mx/opinion/31-07-2015/37502

El auténtico “mexican moment”

En el México de hoy lo mínimo que se puede pedir a la democracia es que aspire a lo máximoLorenzo Meyer, historiador mexicano.


 

Del dolor de la tragedia podría erigirse un auténtico “mexican moment”. No es ni de lejos el que nuestras autoridades tenían en mente, pero es justo el que necesitamos.

 

La desaparición de 43 estudiantes normalistas a manos de policías en Guerrero, y la incapacidad o falta de voluntad de las autoridades de todos los niveles para dar con su paradero, han despertado en la sociedad mexicana una indignación sin precedentes. En un buen número de ciudades alrededor del mundo, lo mismo mexicanos que extranjeros han manifestado unánime y enérgicamente su repudio ante lo sucedido. La exigencia es una y no puede ser otra: justicia.

 

Encontrar a los 43 estudiantes y castigar a los culpables de su desaparición es, claramente, la escala más inmediata en la búsqueda de justicia y constituyen, con razón, las demandas más explícitas de los indignados. En este sentido, la justicia se produciría hasta que aparezcan los jóvenes normalistas y sean castigados todos y cada uno de los culpables -ya sea por acción o por inacción- de su desaparición. En esta lista tendrían que estar incluidas, desde luego, autoridades de los tres órdenes de gobierno.

 

Sin embargo, me parece que constituiría un grave error desaprovechar el momentum presente y limitar la exigencia de justicia a la solución de un caso particular, por indignante que este sea. Limitarla a este hecho específico equivaldría a convertir a la justicia en un concepto que el filósofo alemán Herbert Marcuse calificaría como “operacional terapéutico”. Marcuse considera que este tipo de conceptos “se vuelven falsos en la medida en que aíslan y dispersan los hechos, los estabilizan dentro de la totalidad represiva y aceptan los términos de esta totalidad como términos de análisis”.

 

Un análisis de este tipo es funcional, ya que se encierra en sí mismo y deja de lado la posibilidad de crítica real que implica trascender las fronteras del propio sistema. Para ilustrar como lo particular puede abolir a lo general, Marcuse utiliza el ejemplo de un trabajador de una compañía al que su salario no le alcanza para cubrir los gastos de la enfermedad de su mujer. Limitar el análisis de esta injusticia a las condiciones particulares de este trabajador o de la empresa en que trabaja, y pugnar por una mejora salarial para este individuo en específico como solución al problema, quita poder a la injusticia general producto de los procesos y condiciones en los que descansan los hechos injustos de una sociedad.

 

De manera análoga, limitar la demanda de justicia por lo acontecido en Guerrero a la aparición de los estudiantes o a el encarcelamiento de los culpables, es indispensable y necesario; pero resulta, en sí mismo, insuficiente. Peor aún, siguiendo a Marcuse, podría incluso resultar un ejercicio “terapéutico” que legitime el orden existente y que permita la preservación de las condiciones estructurales que han permitido la injusticia en primer lugar.

 

Las desapariciones de Iguala son tan sólo la grosera manifestación específica de una injusticia general cuyos componentes no son, en absoluto, exclusivos de Guerrero. Tanto los estudiantes normalistas como los criminales que los desaparecieron son grupos conformados por seres humanos marginados o reprimidos históricamente por el estado mexicano. La diferencia entre los unos y los otros es la naturaleza de su reacción ante la falta de oportunidades y ante el castigo de la sociedad en que tuvieron la desventura de nacer.

 

Lejos de constituir un caso aislado, tragedias como la ocurrida en Guerrero han ocurrido y seguirán ocurriendo en México hasta que no se cambie el orden de cosas en que éstas se gestan. Nuestro fallido modelo económico; nuestro sistema político basado en la corrupción, poco incluyente y poco representativo; la nula voluntad de nuestras autoridades para construir una base que permita nivelar las oportunidades de los desamparados; la violencia desencadenada por la “guerra” contra las drogas sin razón y sin sentido, empezada por Felipe Calderón -y continuada por Enrique Peña Nieto- y la represión perpetua e impune a auténticos líderes sociales son tan sólo algunos de los elementos sistémicos que han podrido nuestro tejido social y que han convertido a buena parte del país en un auténtico cagadal.

 

Si bien es cierto que las “renuncias” del gobernador de Guerrero y de un alto funcionario de la secretaría de gobernación constituyen grandes logros de la estruendosa demanda ciudadana, no debemos perder de vista que con estos movimientos el gobierno federal ha pretendido abrir una pequeña válvula para liberar un poco de presión y evitar que continúe incrementándose el malestar popular. Hacer justicia para los normalistas desaparecidos implica, por tanto, no aceptar como suficientes los “sacrificios” o las soluciones particulares y mantener el ímpetu presente hasta que se cambie de fondo la estructura represiva de nuestro sistema.

 

Todo parece indicar que nuestros sistemas económico y político han llevado su represión más allá de los límites que habían garantizado, hasta hace unos días, su perpetuación. Dadas las masivas manifestaciones de solidaridad, físicas y virtuales, de miles de mexicanos, y dada la poca importancia que los indignados han dado hasta el momento a los argumentos y cesiones gubernamentales, es probable que nos encontremos ante la oportunidad histórica de generar las condiciones que permitan que se derrumbe la base misma de la injusticia y de la opresión; de que la justicia sea completa para los estudiantes de Ayotzinapa y para los millones de mexicanos marginados por sus gobiernos y olvidados por el resto de su sociedad.

 

Ese sí que sería un auténtico “mexican moment”.

 

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Publicado originalente en: http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/el-autentico-mexican-moment

El auténtico "mexican moment"

Desigualdad y destino

La dominación se transforma en administraciónHerbert Marcuse, filósofo alemán


 

Mérida es una de las ciudades con mejor calidad de vida en el país. Sin embargo, los meridanos que pueden ir de compras a los modernos centros comerciales que caracterizan al norte de esta ciudad son una minoría. 90% de todo el dinero gastado en Mérida proviene del 30% de sus habitantes. Consecuentemente, 10% del gasto total de los meridanos se divide entre el 70% de los ciudadanos restantes.

 

La desigualdad es, sin duda, uno de los problemas más graves de nuestra era. Las políticas neoliberales iniciadas en la década de los 1980, que apostaban por reducir al mínimo la intervención del Estado en política económica y en las bondades autorregulatorias del libre mercado, han probado su fracaso espectacularmente. En buena parte del mundo, incluidos México y Estados Unidos, la riqueza se ha acumulado en los estratos socioeconómicos más altos y la movilidad social se ha estancado, situación que ha puesto en tela de juicio las promesas y la viabilidad de un modelo económico que genera más perdedores que ganadores.

 

En este contexto, muchos de los argumentos históricamente sostenidos por los críticos del capitalismo han sido revindicados. El marxismo ha resurgido desmitificado (“The Guardian”, 04/07/2012) ya no como sistema salvador o como uno villano, sino como un conjunto de categorías alejadas de la ortodoxia, cuya pertinencia es hoy tan vigente como lo fue en sus orígenes (“The Nation”, 05/05/2014). Sin embargo, los yucatecos, como la mayoría de los mexicanos normalmente alienados y ajenos al contexto internacional, no estamos discutiendo las causas y los efectos de la desigualdad, que debería preocuparnos al menos por dos razones fundamentales.

 

La primera se puede englobar en la categoría justicia. Bajo el argumento de que la economía sigue leyes inmutables e incuestionables -como las leyes de la física-, desde el espectro neoliberal suele desestimarse la pertinencia de discutir la justicia o injusticia de nuestro modelo económico. La economía no sigue, empero, reglas análogas a las de la física. Por principio de cuentas, el ser humano no “crea” las leyes de la naturaleza sino que las descubre. En este sentido, el enorme mérito de científicos como Newton o Einstein no consiste en haber inventado leyes cosmológicas, sino en su capacidad de capturar y explicitar patrones contraintuitivos en sus trascendentales teorías.

 

No ocurre lo mismo con las “leyes” económicas. Éstas distan mucho de ser absolutas y han sido urdidas gradualmente por los seres humanos en nuestro caminar por este planeta y seguramente dejarán de existir cuando termine nuestro ciclo en la Tierra. Claramente sería tan inútil como insensato quejarnos de la subordinación de la Tierra al poder de la gravedad solar y exigir a la naturaleza que dé a nuestro planeta un trato y un lugar similares a los del Sol; pero no tiene nada de descabellado exigir que las reglas del juego de un sistema creado por humanos sean justas para todas las mujeres y hombres cuyas vidas dependen de éstas.

 

Aunque en ocasiones tenga fuertes tintes deterministas, la economía no sigue un patrón necesitarista. Ambos conceptos -necesitarismo y determinismo- postulan que dadas ciertas causas se producirán ciertos efectos. La diferencia estriba en que, mientras que el necesitarismo implica que las causas están dadas de antemano y no pueden ser modificadas -son necesarias-, el determinismo deja abierta la posibilidad de que las causas no se produzcan necesariamente, aunque una vez producidas, sus efectos estarán determinados. No es ni natural ni necesario que un yucateco o un mexicano pobre, por el hecho de nacer pobre, esté condenado a morir pobre. Evidentemente tampoco es justo, pero de mantenerse las mismas causas actuales, seguro se mantendrán los mismos efectos.

 

La segunda razón por la que la desigualdad debería preocuparnos tiene que ver con consideraciones de corte utilitario. Aun quienes consideran la injusticia como una variable sistémica residual deberían preocuparse por los efectos que nuestra creciente desigualdad augura. En los últimos años, el producto interno bruto de México ha crecido casi al mismo ritmo que la población, estancamiento del que la desigualdad puede ser una de sus causas determinantes. Incluso el Fondo Monetario Internacional, uno de los principales e incondicionales promotores de las políticas económicas neoliberales, ha tenido que admitir que la desigualdad termina por dañar gravemente al crecimiento económico (FMI, 12/04/2014).

 

Es precisamente la desigualdad la barrera que produce que muchos de los negocios meridanos limiten su enfoque a 30% del mercado potencial. El restante 70% apenas sobrevive y no puede entrar en el juego de deseos que desata el consumo capitalista. Nuestro mercado es raquítico e insuficiente para repartir entre todos los yucatecos que aspiran a ser emprendedores -lo cual ocasiona a su vez que no se generen nuevos y mejores empleos- y, encima de todo, las dificultades económicas que muchas empresas locales atraviesan se han acentuado por la llegada de competidores foráneos.

 

Poco o nada están haciendo nuestras autoridades estatales o federales por diseñar estrategias sociales, económicas, científicas y educativas destinadas a redistribuir eficientemente los recursos de los que disponen para combatir la condiciones que permiten la injusticia y para generar consumidores que conformen un mercado interno boyante. En vez de ello, la apuesta parece limitarse a repartir algunos bienes materiales a posicionar algunos productos locales fuera de nuestro estado -tarea que será cada vez más difícil dado nuestro cada vez más marcado rezago tecnológico- y atraer inversiones extranjeras que ven en nosotros la oportunidad de hacerse provisionalmente de mano de obra barata. A corto plazo, el único elemento extraordinario que podría alterar este estado de cosas es un aumento importante en los salarios mínimos.

 

Bajo el esquema actual de cosas, la gran división expuesta seguro se mantendrá y como consecuencia de ello se seguirá cocinando a fuego lento la peligrosa mezcla resentimiento-frustración que ha venido descomponiendo nuestro tejido social y que se materializa en patologías cada vez más comunes como la informalidad, la mendicidad o la delincuencia. Aunque este desalentador destino no es de ningún modo necesario, por el momento nuestro futuro sí parece estar fatalmente determinado.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

Texto publicado originalmente en el Diario de Yucatán el 10 de octubre de 2014.

 

La gran división.pdf