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Intensa-Mente: viaje en un barco sin capitán

Los análisis de Intensa-Mente, la nueva película de Disney-Pixar, han rebasado los espacios donde normalmente suelen reseñarse las producciones cinematográficas del momento. No es para menos. La conmovedora trama de esta cinta de dibujos animados parece urdida con un telar compuesto por importantes descubrimientos científicos recientes y corrientes filosóficas revindicadas que desafían, en más de un sentido, a una concepción del ser humano aún popular en el mundo occidental.

La película narra la historia de Riley, una chica estadounidense de 11 de años de edad que se muda junto con sus padres de Minnesota a San Francisco. La cinta inicia con el nacimiento de Riley e inmediatamente nos transporta al interior de la mente de esta niña. Ahí, aparece la figura de una joven luminosa que se presenta como Alegría, quien se dirige a una consola que tiene un único – enorme-  botón. Cada vez que Alegría lo aprieta, el bebé Riley ríe. Unos segundos después aparece otra joven, azulosa y con aspecto melancólico, que Alegría presenta a los espectadores como Tristeza. El nuevo personaje acciona el botón de la consola y propicia que Riley llore. Un segundo después ambas  empiezan a disputarse el control del único botón disponible. A Alegría y a Tristeza se suman poco después tres personajes más: Disgusto, Temor y Enojo. Con ellos deben compartir la consola original cuyo tamaño y cantidad de botones crecen paralelamente a la edad de Riley,

Cada uno de estos cinco personajes corresponde a una de las seis emociones consideradas como emociones universales –sólo faltó Sorpresa-  por ser compartidas por los humanos y otros animales. La película da perfecta cuenta de ello mostrando en diversas ocasiones las emociones de personas que se relacionan con Riley e incluso, hacia el final y de manera periférica, las de un perro y un gato. El papel de las emociones en la naturaleza ha sido estudiado por varios filósofos, psicólogos y neurólogos, entre los que destaca Antonio Damasio, director del Instituto de Cerebro y Creatividad de la Universidad del Sur de California .

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http://www.sinembargo.mx/opinion/03-07-2015/36447

Reflejo plutoniano

Reflejo plutoniano

Después de 17 años de planeación la nave “New Horizons” fue lanzada al espacio en 2006. Su misión: explorar Plutón, sus lunas y los objetos cercanos a ellos. 9 años han transcurrido desde que dio inicio este largo viaje, y muy pronto, desde los confines de nuestro sistema solar, recibiremos información e imágenes espectaculares inéditas.

El próximo 14 de julio “New Horizons” (“Nuevos Horizontes”) estará a tan sólo 13,000 kilómetros de Plutón, distancia que para estándares astronómicos es corta. ¿Por qué reviste tanta importancia la llegada de esta nave a su destino principal?

El lugar que nos autoatribuimos en el cosmos ha cambiado en la medida en que se ha modificado la imagen que tenemos del universo. El trabajo de Copérnico y Galileo, desafiante en su época aniquiló al geocentrismo, mito de que la tierra se encontraba en centro del sistema solar; Newton probó contundentemente que todo lo existente en la tierra y en el espacio es regido por las mismas leyes; Darwin nos ubicó como un eslabón más en una cadena evolutiva de la que surgió toda la vida en la tierra; la mecánica cuántica de Planck reveló que todo lo existente surge de las mismas partículas y Hubble nos amplió exponencialmente el tamaño del universo percatarse de que nuestra galaxia es tan sólo una entre cientos de miles de millones. Todos estos descubrimientos pulverizaron, fuera y dentro de la tierra, muchas de las más importantes fronteras en su tiempo

Plutón es, en más de un sentido, una nueva frontera para el ser humano. Este pequeño planeta, localizado a cuatro y medio años luz de la tierra, es difícil de observar incluso con los telescopios más poderosos. No debe extrañar que haya sido descubierto apenas en 1930. Su órbita es pronunciadamente elíptica y su extensión es tal que este planeta tarda 248 años en darle la vuelta al sol; es decir, un año en Plutón equivale a 248 años en la tierra.

En su honor, la comunidad científica se vio obligada, en 2006, a depurar la definición de planeta. Como consecuencia de la deliberación generada por esta polémica entre científicos, Plutón fue degradado, después de contar los votos de los expertos, a la categoría de “planeta enano” por no lograr, como debe hacerlo todo planeta que se precie de serlo, “limpiar todo su vecindario” atrayendo residuos espaciales con su fuerza de gravedad.

Es por ello que se puede considerar a Plutón el último de los planetas del sistema solar o el primero de una serie de 2,000 objetos que forman parte del “Cinturón de Kuiper”; una masiva cinta conformada por astros de diferentes tamaños y cualidades que marca los fines de nuestro sistema planetario. Pero los objetos que pertenecen al “Cinturón de Kuiper” distan mucho de ser aburridos o irrelevantes. En realidad, son los remanentes de la formación de los 8 planetas que conforman nuestro sistema solar. Esto significa que tanto en este oscuro “planeta enano” como en sus lunas podríamos encontrar explicaciones sobre la formación de nuestro propio planeta y del origen de mucho de lo que aquí experimentamos.

Desde luego que “New Horizons” también tomará registros de las cinco lunas conocidas de Plutón, lo que permitirá conocer su composición y características. No se descarta que puedan aparecer nuevos satélites en este proceso. Una de sus lunas más espectaculares es Caronte; el único objeto en el sistema solar en el que se ha encontrado amonio en estado sólido. Se espera que esto pueda generar mucha actividad en el paisaje de este satélite plutoniano.

Pero Plutón mismo es enigmático. Con apenas 2,370 kilómetros de diámetro -es decir, significativamente más pequeño que nuestra luna-, y compuesto 70% por roca y 30% por hielo, este astro no pertenece a la categoría de planetas rocosos – integrada por Mercurio, Venus, Marte y Tierra- ni de los gigantes de gas –Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno- que constituyen los dos tipos principales en nuestro sistema solar. Parte del interés que despierta la misión “New Horizons” es que por primera vez el ser humano tendrá la oportunidad de explorar de cerca al único planeta perteneciente a un tercer tipo.

El paisaje que encontraremos en Plutón es un misterio para los científicos. Si bien se sabe que hielo conformado por metano, nitrógeno y monóxido de carbono crean patrones cambiantes en su superficie(“New Scientist”, 13/06/2015), una cosa es conocer sus constituyentes principales y otra tener imágenes de su orografía y de sus fenómenos atmosféricos. En esta misión se buscarán incluso signos que puedan indicar que este planeta contiene un océano de agua líquida y, por tanto, condiciones para el desarrollo de la vida como la conocemos.

Apenas hace unos días la NASA dio a conocer un video grabado a través de la cámara de larga distancia de esta nave en la que se observa a Caronte orbitar a Plutón (“Scientific American”, 13/02/2015). Estamos cada día más cerca. En 2019 “New Horizons” dejará su destino original y explorará algún otro objeto del cinturón de Kuiper. Algunos científicos consideran que es altamente probable que ahí se descubran nuevos “planetas enanos”. Una vez concluida su misión, la sonda emprenderá un viaje interestelar en cuyo camino terminará de consumir la energía que le quede.

Para entonces los seres humanos habremos comprobado, una vez más, lo lejos que podemos llegar cuando se combinan el pensamiento libre, la capacidad de asombro y la curiosidad humanas que nos permiten formularnos preguntas trascendentales sobre la condición de todo lo que existe en este universo. También habremos conocido, un poco mejor, a nuestro vecindario espacial y a nuestro propio planeta; nuevos conocimientos en los que podremos reflejarnos para ver y entender mejor nuestro lugar en el cosmos.

¿La píldora roja o la píldora azul?

La realidad aumentada y la realidad virtual ya no pertenecen al mundo de la ciencia ficción. Tecnologías que permiten este tipo de experiencias estarán pronto disponibles en el mercado y gradualmente se irán volviendo accesibles para un creciente número de consumidores dispuestos a pagar por ellas. En años recientes gigantes tecnológicos como Google y Microsoft han hecho cuantiosas inversiones para desarrollar aparatos que ofrecerán a sus usuarios la posibilidad de sumergirse en una realidad diferente a la única que hasta hoy conocemos.

Nuestra realidad se verá aumentada en buena medida gracias a la red de sensores presentes en los aparatos “inteligentes” que conforman el internet de las cosas. Los artefactos con acceso a internet suelen presentarnos actualmente los datos que registran o que reciben a través de pantallas bidimensionales. Pero una combinación entre el crecimiento exponencial en el número disponible de aparatos con sensores y el perfeccionamiento de tecnologías para traducir los datos recopilados a estímulos sensoriales no visuales permitirá percepciones de otra naturaleza.

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http://www.sinembargo.mx/opinion/22-05-2015/34896

Todo está en nuestras mentes

El orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas –Baruch Spinoza, filósofo holandés.


 

Pocas cosas deberían asombrarnos más a los animales racionales que el denso y omnímodo océano de nuestras mentes. A pesar de que éstas posibilitan y limitan todo lo que percibimos, y configuran y enmarcan lo que somos, fuera de un reducido círculo la mayoría de los seres humanos solemos reflexionar muy poco sobre la naturaleza y sobre los alcances de lo pensante.

 

La falta de audiencias masivas no ha impedido, afortunadamente, que a lo largo de la historia un grupo de enormes pensadores desafíen las limitantes de su tiempo para intentar deducir, argumentar y entender mejor qué es, cómo funciona y qué tan trascendente es el mundo del intelecto. Es gracias al esfuerzo de estos gigantes que, generación tras generación, se ha mantenido con vida una antorcha que el día de hoy encuentra las condiciones propicias para generar una auténtica revolución de alcances insospechados. No es exagerado afirmar que el siglo XXI será el siglo de la mente.

 

Dos películas ilustran perfectamente el par de senderos paralelos en los que se bifurca la revolución intelectual en ciernes. El momento de la aparición de estas cintas no es, desde luego, casual. La primera, y más reciente de ellas, se exhibe actualmente en salas de cine de Yucatán y se llama “Lucy”. La trama de “Lucy” parte del supuesto de que los seres humanos solo empleamos 10% de nuestro cerebro, y gira en torno a una mujer que, debido circunstancias particulares, sufre una modificación física que le permite incrementar gradualmente el porcentaje de uso de este órgano. A pesar de que el punto de partida de “Lucy” es falso –los seres humanos utilizamos en realidad todo nuestro cerebro, aunque no todas las partes del mismo desempeñan las mismas funciones-, esta película ha despertado el interés del público en el potencial de la materia gris de la que surgen sus pensamientos.

 

La tecnología disponible el día de hoy invita al optimismo. En Estados Unidos y en Europa tanto gobiernos como algunos multimillonarios están destinando miles de millones de dólares a programas gubernamentales, como el “Proyecto sobre el cerebro humano”, o privados, como el “Instituto Allen para la ciencia del cerebro,” con el fin trazar un mapa que permita entender mejor el funcionamiento del cerebro humano. Y es que, a pesar de nuestros impresionantes avances en áreas como la astronomía y la física cuántica, el cerebro es hoy todavía un territorio ampliamente desconocido. La buena noticia es que en los últimos años hemos recuperado terreno a velocidades insospechadas. Incluso hay quien piensa que hace 100 años nuestro mapa del cerebro correspondería a un mapa convencional geográfico del siglo XV, mientras que su equivalente el día de hoy corresponde a su cartografía del siglo XVIII. Avanzar 300 años en 100 no suena nada mal.

 

El conocimiento de nuestro cerebro nos permitirá tratar enfermedades y condiciones – como la depresión que llevó al suicido al actor Robin Williams- que el día de hoy permanecen cubiertas por un velo de misterio. También nos llevará a entender, gracias al mapeo de la ruta que la información sigue en su recorrido por los circuitos neuronales, cómo la procesamos o codificamos y que áreas de nuestro cerebro trabajan en conjunto ante cada estado de ánimo o evento al que nos enfrentamos. En última instancia, este “hackeo de la mente” nos permitirá entendernos mejor, y también desarrollar tecnologías para alterar como pensamos, sentimos y recordamos.

 

En paralelo al sendero que recorre el conocimiento de la mente humana, se extiende la ruta seguida por el desarrollo de inteligencia artificial; es decir, la reproducción de lo que hasta hace muy poco tiempo consideramos atributos exclusivos de la inteligencia humana en aparatos construidos por mujeres o por hombres. La película que mejor representa los alcances de este proceso se llama “Ella” (2013), y trata de un hombre –Theodor- que adquiere la más reciente versión de un dispositivo inteligente, aparato que incluye un sistema operativo con inteligencia artificial. Después de configurar y poner nombre a la voz que le guiará en su nueva plataforma digital, Theodor resulta sorprendido por las facultades y habilidades que descubre en ésta. Pronto se percata que puede, de hecho, sostener una conversación con su sistema operativo –a quien bautiza como Samatha- y, poco a poco, traba una amistad con ella que deriva en un amor que, para su fortuna, le es correspondido.

 

Por fantasiosa –o incluso ridícula- que pueda resultar en el papel la propuesta de esta película, su profundidad, su calidad y su correspondencia con la realidad son muy superiores a los de “Lucy”. La inteligencia artificial ha sido, desde la invención de la primera computadora, el sueño de un buen número de científicos y de escritores de ciencia ficción; sin embargo, su materialización es reciente. Y creciente. Diferentes compañías –como Google, Microsoft o IBM- han invertido multimillonarias cantidades en robots o microprocesadores capaces de emular algunas de las facultades intelectuales de la mente humana entre las que se encuentran las capacidades de percepción, reconocimiento de lo percibido y formulación de conceptos generales.

 

La inteligencia artificial se encuentra mucho más adelantada que la ciencia del cerebro. Es muy probable que en las próximas décadas terminemos desarrollando máquinas tan autónomas e independientes como lo puede ser un humano. Una de las escenas más profundas de “Ella” es cuando Theodor le dice a Samantha que no puede estar enamorado de ella porque ésta no es real. Sabedora de que comparten la misma base estructural cuántica –física-, Samantha le responde a Theodor que es tan real como él. Si logramos crear seres inteligentes capaces de entablar una relación horizontal con nosotros, la frontera entre humanos y máquinas sería meramente biológica: ¿seríamos en realidad tan diferentes?

 

La evolución de la mente está en curso. La duda no estriba en a dónde nos llevará, sino cuánto tiempo nos tomará llegara al punto en el que conozcamos nuestro cerebro tan bien como conocemos otros de los órganos de nuestro cuerpo o para que llegar a desarrollar máquinas al menos tan inteligentes como nosotros. Tendremos que encarar este proceso con la humildad suficiente para aceptar que muchos de los paradigmas que sostienen nuestro añejo antropocentrismo podrían derrumbarse en el camino.

 

Si la historia de los seres humanos en la tierra empezó con el big-bang del que surgió el devenir de nuestro pensamiento, lo que está por venir es un proceso de hiperinflación en el que nuestra mente se conocerá a sí misma y pulverizará sus límites como los conocemos. Un espectáculo que no podernos perdernos.

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en ética. Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Publicado originalmente en el Diario de Yucatán como “La hiperinflación del intelecto” el 21 de septiembre de 2014.

 

La hiperinflación del intelecto.pdf