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¿Podemos confiar en las encuestas?

Cuando se trata de decidir si confiar en las encuestas sobre la elección presidencial, para algunos sólo hay dos opciones disponibles: encendido y apagado. Los siguientes escenarios son de sobra conocidos.

Escenario A: Reforma, El Financiero, Mitofsky, Bloomberg o El País dan a conocer resultados de encuestas o promedios de encuestas que muestran que AMLO saca entre 15 y 20 puntos de ventaja a Ricardo Anaya. Inmediatamente, los seguidores del candidato de Morena afirman que su llegada al poder es un hecho consumado y que sólo un fraude podría evitar que su candidato sea nuestro próximo presidente. Por su parte, los simpatizantes de Ricardo Anaya se apresuran a decir que las encuestas no indican nada o que la “verdadera encuesta es el primero de julio”.

Escenario B: Son publicados los resultados de la encuesta de GEA-ISA o de Massive Caller, que muestran a Ricardo Anaya debajo de AMLO por entre 5 y 8 puntos porcentuales. Acto seguido, los simpatizantes de Ricardo Anaya afirman que estas encuestas son prueba contundente de que “sí se puede”; que el panista está a un paso de arrebatar el primer lugar al candidato de Morena. Con frecuencia, quienes comparten estas encuestas son los mismos que días antes habían desestimado a las encuestas en general. Enseguida, los simpatizantes de AMLO aparecen para decir que GEA-ISA o Massive Caller son encuestadoras cooptadas y que sólo pueden ser correctas aquellas que dan una enorme ventaja a su candidato.

Los anteriores escenarios muestran dos distintas formas como se puede perder piso en la discusión sobre la fiabilidad de las encuestas cuando el fanatismo o la conveniencia se convierten en los criterios que nos llevan a confiar en una fuente. Y este año hemos visto que hay al menos dos formas en que se puede perder piso:

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http://www.sinembargo.mx/18-05-2018/3419341

 

Filtro anti-chatarra

El usuario “Amor a México” compartió recientemente en Facebook una publicación titulada “lo que no sabías de la esposa de AMLO”.  Se trata de una fotografía, acompañada de un texto, que presenta como un hecho “la influencia casi enfermisa (sic), que ejerce Beatriz González Müller sobre su esposo, Andrés Manuel” y la “‘genética militar’ de la propia Beatriz”, quien, de acuerdo con la publicación, es “nieta del general Heinrich Müller de la División de la SS y Criminal de Guerra Nazi, conocido como “Gestapo Müller“”[1].

Tanto esta publicación como el perfil del usuario que la ha generado son, evidentemente, chatarra. Chatarra son también miles de memes, supuestas infografías, imágenes acompañadas de texto o videos cortos que son presentados como “hechos” por perfiles monotemáticos como “Amor a México”.  El objetivo de quienes generan contendidos de esta especie es uno y el mismo: engañar a parte del público para beneficiar a un candidato o proyecto político. Para los usuarios de redes sociales un eventual encuentro con este tipo de charadas es prácticamente inevitable, pues, al menos por el momento, estamos condenados a toparnos con publicaciones chatarra de usuarios chatarra difundidas a través de uno o más de nuestros contactos.

Hasta hace algunos años, lo esperable hubiera sido que contenido de esta naturaleza fuera identificado y desechado inmediatamente casi todos los individuos que se toparan con ellos. La realidad, desgraciadamente, es otra. Miles de personas suscriben automáticamente lo presentado en publicaciones chatarra, se sienten informados por éstas y las comparten como noticias. Hoy, es difícil saber cuántos mexicanos pueden ser engañados por publicaciones chatarra, pero un referente puede ayudarnos a entender la dimensión que puede tomar este problema: de acuerdo con un estudio reciente 75 por ciento de los estadounidenses encuestados no pudieron reconocer un encabezado falso y, de acuerdo con otro estudio, 80 por ciento de los jóvenes no pueden distinguir contenido periodístico de contenido patrocinado[2].

El problema que tenemos entre manos es epistémico; es decir, tiene que ver con el ejercicio de nuestra capacidad de conocer o de distinguir información verdadera de contenido falso apelando a justificaciones.

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http://www.sinembargo.mx/06-04-2018/3404608

Desnudando al Hugh Hefner

En 1953, Hugh Hefner, un joven estadounidense de 26 años, desconocido y sin gran capital, tuvo la idea de fundar una revista para “hombres” incluyendo fotos de mujeres sin ropa como su central eje temático. Ese mismo año, el primer número de la revista Playboy fue publicado; su éxito comercial fue inmediato: más de 50 mil vendidas. Fue sobre este golpe inicial que el fundador de Playboyconstruyó su conocido emporio multimillonario. Hugh Hefner murió esta semana. Es probable que pocos años más de vida le hubieran alcanzado para enterrar a su hoy moribunda creación. Lo cierto es que después de haber vivido una vida desnudando mujeres, resulta apenas justo que ahora sea Hefner quien sea desnudado.

En nuestra era digital, puede ser tentador desestimar o minimizar el legado de Hugh Hefner. Por ejemplo, a las generaciones que han crecido con acceso a internet, Playboy probablemente les resulte irrelevante; actualmente pocas cosas pueden ser más superficiales y obsoletas que una revista con desnudos o con porno “suave” en sus páginas. También es tentador ridiculizar a “Hef”, su autocreado personaje; y es que resulta difícil no asociar este nombre con la idea de un patético anciano multimillonario, enfundado en una bata de seda, rodeado de modelos que podrían tener la edad de sus bisnietas. Pero la insignificancia presente de Playboy o la figura del don juan marchito no deberían hacernos perder de vista la influencia y el legado de Playboy en nuestro mundo contemporáneo. Para ser claros, lo que se discute a la muerte de Hefner no es su innegable influencia, sino el sentido de dicha influencia.

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http://www.sinembargo.mx/06-10-2017/3322749

Del fútbol y otros demonios

A veces se puede matar al Estado sin matar a uno solo de sus miembrosJean-Jacques Rousseau, filósofo francés


 

El vaticinio se ha cumplido. La selección mexicana de futbol jugó su primer partido mundialista y, tal como predijeron diversos analistas independientes, el canto de las sirenas futboleras, magnificado en el altavoz de los principales medios de comunicación del país, fue lo suficientemente poderoso como para paralizar y distraer a buena parte de los mexicanos.

 

No es casualidad que ese mismo día se haya producido en el senado una acalorada discusión sobre la legalidad del formato con que se pretende debatir la legislación secundaria de la reforma energética; asunto que, pese a su evidente trascendencia, pasó prácticamente desapercibido. El formato del debate deberá ser definido, a más tardar, el próximo martes, día en que la FIFA ha programado el encuentro entre las selecciones de México y Brasil.

 

Considerando la pobre calidad de nuestra democracia, es muy probable que, con o sin futbol, pocos mexicanos den seguimiento a la más ambiciosa de las reformas del presente sexenio. Sin embargo, ante la bajísima popularidad del presidente, el descrédito de los partidos y el negro panorama económico, nuestros legisladores prefirieron no correr riesgos y apostaron descaradamente por un probado imán enajenador como mecanismo de divergencia: la selección mexicana de futbol como mercancía fetichizada.

 

La culpa no la tiene el futbol. Satanizar al deporte equivale a cortar el hilo por lo más delgado y a perder de vista la esencia del problema. Independientemente de la importancia metafísica que se le quiera atribuir, lo cierto es que la condición humana implica la existencia de un cuerpo físico y que, desde los inicios de la civilización occidental, los seres humanos hemos sabido reconocer a aquellos congéneres que logran hacer con su cuerpo proezas consideradas inalcanzables para la mayoría de los mortales.

 

El problema no es entonces la naturaleza del deporte, sino su uso como mecanismo de alienación, función magnificada gracias a los medios de comunicación masiva. No son pocos los mexicanos que aseguran que no “apoyar” incondicionalmente a su selección representa una alta traición a la patria. Paradójicamente, la selección mexicana es un producto surgido de empresas privadas que se conforma a través de una federación, también privada, cuyo curso es determinado por una empresa privada –Televisa-. “Nuestra” selección es en realidad tan “nacional” como Cementos Mexicanos, Teléfonos de México o Banamex. La selección nacional no representa a México por la sencilla razón de que los mexicanos no tenemos ninguna injerencia en la conformación o en los destinos de la misma.

 

A diferencia de la selección mexicana de futbol, nuestros legisladores y los titulares del poder ejecutivo son, en teoría, nuestros representantes ya que son – desgraciadamente también en teoría- elegidos democráticamente y sus sueldos son pagados con nuestros impuestos. No se debe perder de vista que parte fundamental de su quehacer es velar por los mejores intereses de sus representados e incorporar el sentir de éstos en el proceso de deliberación de leyes que afectarán, inexorablemente, su futuro y el de sus descendientes.

 

Es por ello que resulta especialmente ofensivo que nuestros senadores hayan optado por desviar los reflectores del debate energético empalmando sus fechas con las del mundial de futbol, o que, rayanos en lo absurdo, con el pretexto de estar “cerca” de sus representados, en Yucatán algunos legisladores locales y federales hayan decidido instalar pantallas en áreas públicas para que éstos puedan ver los partidos de la selección mexicana. Estos representantes populares optaron por montar circos en lugar de emplear exactamente los mismos recursos para construir los escenarios propicios para la deliberación pública y la recolección de opiniones de lo yucatecos sobre la reforma energética.

 

Por diversas razones, muchas de ellas inducidas, nuestro pueblo permanece, en términos generales, indiferente ante los temas de interés público. He aquí el verdadero talón de Aquiles de nuestra democracia: sin una participación ciudadana mucho más generosa y decidida, seguiremos atenidos a gobernantes que sólo se representan a sí mismos o que fungen como personeros de los poderes fácticos que les han encumbrado. La idolatría es una perpetua borrachera que suele resultar sumamente útil a quienes sólo pueden gobernar a personas autómatas. En este contexto, se entienden fácilmente la pasión con que algunos de nuestros políticos en enfundan en la camisa de la selección, se exhiben con corbatas verdes o hacen pública su devoción por el equipo mexicano en redes sociales antes de abordar los urgentes asuntos nacionales.

 

La solución no es dejar de ver partidos de futbol. Considero que es posible emanciparse del fanatismo sin dejar de disfrutar del juego. Tal como ha sugerido el semanario británico The Economist (31/05/2014), en torno al futbol se teje una red de comunicación informal, de libre deliberación en charlas de café y de seguimiento de noticieros deportivos; estructura que bien puede ser empleada como vehículo democrático. Empero, para que este escenario optimista se materialice, primero debemos mirar a la industria del futbol con una alta dosis de escepticismo. Sólo así emergerá ante nosotros su verdadera naturaleza y su uso como instrumento alienante.

 

En este sentido, el mundial de Brasil representa una excelente oportunidad para demostrar a nuestros representantes que, una vez más, nos han subestimado, y que somos capaces de mirar los partidos de futbol sin dejarles legislar en las penumbras que tanto disfrutan y en las que insisten en refugiarse.

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista.

 

Artículo publicado originalmente en el Diario de Yucatán el 15 de junio de 2014 .

 

Del fútbol y otros demonios

http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/seleccion-mexicana-y-reforma-energetica-2