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Felipe Calderón, el devaluador imperdonable

Felipe Calderón está de vuelta. Aprovechando los reflectores de la actual campaña electoral, este ex presidente panista se ha dejado ver en varias ciudades de la república apoyando a diversos candidatos del PAN, quienes lo pasean y presumen con el orgullo propio del equipo que exhibe el trofeo de un campeonato.

Calderón ha asegurado que, a diferencia de los ex presidentes priistas, él sí puede dar la cara y hacer campaña por su partido. Sus correligionarios han tomado esta postura como un dogma y han empezado a circular en honor al político resucitado textos y memes en los que se le califica como “uno de los mejores presidentes”, se le atribuyen dos o tres logros –pagó la mitad de la deuda que dejó el PRI, por ejemplo- o se hace referencia a lo mucho que en el México actual se “extraña” a este ex presidente.

En realidad Calderón está en su derecho de hacer campaña, el PAN en su derecho de aceptarlo y los panistas, ya sea por ignorancia, por conveniencia o por fe genuina, en su derecho a endiosarlo. El problema es que sus exultaciones y sus mantras parecen estar encontrando eco en parte de nuestra sociedad, nublando la memoria sobre la realidad de la gestión calderonista y produciendo, por lo tanto, su injusta idealización.

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http://www.sinembargo.mx/opinion/15-05-2015/34640

La “tiendita de confianza”

En México hay muchas más personas decentes de lo que suele suponerse. La tesis de que los mexicanos somos generalmente tramposos o corruptos carece de fundamentos. En realidad, si consideramos nuestro nulo estado de derecho, es posible afirmar que bastante bien nos las hemos arreglado para respetar un pacto social que parece estar sostenido exclusivamente sobre buenas voluntades.

La semana pasada el colectivo “Mensajeros urbanos” dio a conocer mediante un video la más reciente edición de su proyecto denominado “Tiendita de confianza”. Este experimento consistió en la instalación, en una calle de la Ciudad de México, de una precaria y desatendida mesa encima de la cuál se colocaron diversos productos que los transeúntes podían adquirir a cambio de cantidades señalizadas. Sobre la mesa se colocó también un letrero que avisaba: “Tiendita de confianza. Atiéndete tú solo! Creo en un México más honrado. Las ganancias se donarán a una casa hogar”.

Dado que nadie vigilaba la mesa cualquier persona que pasaba enfrente de está  podía haber tomado un artículo sin pagar por él; sin embargo, de acuerdo con “Mensajeros Urbanos” en el transcurso de las cinco horas que dura su más reciente filmación ningún cliente robó o defraudó a su “tiendita”.

Sería sumamente aventurado inducir conclusiones de un ensayo tan frágil como el descrito, pero lo cierto es que de éste se deriva como mínimo la incertidumbre de cuántos mexicanos serían honestos y cuántos se aprovecharían de la vulnerabilidad de la tienda. Siguiendo la misma lógica es posible preguntarnos cuántos se valen de la vulnerabilidad en que nuestras instituciones dejan al resto de la población para aprovecharse de terceros.

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http://www.sinembargo.mx/opinion/24-04-2015/33984

A través del multiverso

Mi vida se extiende mucho más allá de las limitaciones de mi yoDavid Mitchell, escritor inglés


Las celebraciones de fin de año son un inmejorable pretexto para desear a nuestros seres queridos un próspero año nuevo y para extenderles nuestros mejores deseos. También son motivo perfecto para reflexionar sobre el estado presente de nuestras vidas y para soñar, aunque sea secretamente, con un futuro más promisorio, lleno de éxitos y de metas cumplidas.

 

Pocas cosas son tan humanas como anhelar lo mejor para nosotros y para los nuestros. De alguna forma todos intuimos que los eventos en nuestras vidas siempre se pueden materializar en mejores o peores versiones de la forma en la que se nos presentan.

 

Gracias a nuestra capacidad de imaginar somos capaces de trascender el tiempo y el espacio actual para soñar con ilimitadas posibilidades. De esta forma nos llenamos de esperanzas y de temores, y podemos planear las medidas necesarias para intentar incidir en nuestro incierto destino de acuerdo con el escenario que nos resulte más atractivo.

 

Sin embargo, existe una revolucionaria teoría científica, una que ha venido ganando importante aceptación en años recientes, que genera una serie de interrogantes trascendentales y que exige una revisión radical de nuestro sentido de la esperanza, de nuestra libertad y de la responsabilidad que se deriva de nuestras acciones.

 

Como es bien sabido, todo lo que existe en el universo está compuesto fundamentalmente por partículas cuánticas, invisibles a simple vista y mucho más pequeñas que los átomos, cuya naturaleza incluye propiedades increíbles como poder estar en más de un lugar al mismo tiempo.

 

La posible ubicación de cada una de estas partículas es, literalmente, infinita; pero más increíble aún resulta su cualidad de adquirir una posición fija cuando son medidas -vistas- por el ser humano.

 

Dado que la realidad que conocemos está irrevocablemente compuesta por este tipo de partículas, lo anterior significa que el orden de cosas en el mundo actual es tan sólo una de las versiones posibles de una serie de combinaciones virtualmente ilimitadas ocurriendo todas al mismo tiempo. De ahí que esta teoría de universos paralelos se conozca también como teoría del multiverso.

 

El ser humano, desde luego, está compuesto por las mismas partículas fundamentales que el resto del universo, por lo que además de la actual versión de nuestra propia vida existirían universos paralelos en los que nuestra versión actualmente existente sería distinta y en los que, por ejemplo, este artículo no ha sido escrito o está siendo publicado en sábado en lugar de domingo, o en los que el lector ejerce una profesión diferente a la que actualmente desempeña.

 

Para complejizar aún más el panorama, las implicaciones de este tipo de multiverso distan mucho de ser rígidas y cobran especial relevancia para la libertad implícita en nuestra existencia humana.

 

Si bien es cierto que hay quienes consideran que esta teoría vuelve nuestras vidas aún más insignificantes ante el universo y que estamos ante un nuevo baño de humildad para el ser humano -siguiendo una secuencia de cubetazos que incluye los descubrimientos de Galileo y de Darwin-, también es posible, como postula Rowan Hooper en un texto publicado en la revista “New Scientist” (27-09-2014) afirmar que junto con los alcances del universo se han ampliado los alcances del ser humano.

 

En un multiverso como el descrito cada acción que ejercemos abriría una nueva serie de posibilidades que tendrían repercusiones para nuestros “yos” en universos paralelos.

 

Por ejemplo, si un individuo fumador -supongamos que se llama Pedro- decidiera dejar este vicio el día de hoy, crearía una nueva ramificación en el multiverso con todas las versiones posibles para su vida como no fumador. De esta forma, su decisión tendría consecuencias trascendentales no sólo para su persona y para su familia en este universo, sino para otros “Pedros” actualmente existentes en universos paralelos, por lo que Pedro debería evitar dañarles de la misma forma en que evita dañar a otras personas.

 

Otra repercusión que se deriva del multiverso es la muerte del sentido de esperanza. En el contexto descrito cada acción abre una serie de posibilidades paralelas, pero la suerte no tendría nada que ver en ellas; si acaso, como postulara Baruch Spinoza, el aura de misterio e incertidumbre ante lo futuro que de acuerdo con este filósofo holandés genera tanto el miedo como la esperanza se derivaría de nuestra incapacidad de conocer todas las posibilidades que se seguirían necesariamente de la acción ejecutada.

 

En un escenario de esta naturaleza ya no hay lugar para la pasividad derivada de la falsa esperanza o desesperanza. Por el contrario, lejos de imponer la pesada losa del inmovilizante fatalismo sobre nuestras espaldas, el concepto de multiverso reivindica la acción y destila trascendencia. Y es que a través de las infinitas ramificaciones causales del multiverso, la actividad humana derivada de la imaginación que busca transformar las condiciones materiales e intelectuales de nuestra existencia cobra un nuevo e infinitamente más extenso sentido.-  San Francisco, California.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

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Stephen Hawking y el fin de la humanidad

Sabemos que los procesos de evolución aleatoria pueden producir una inteligencia de nivel humano porque ya lo han hecho antes al menos una vezNick Bostrom, filósofo sueco


 

Una advertencia de Stephen Hawking no es algo que uno pueda tomar con ligereza y menos aún cuando se trata de una alerta sobre el fin de la especie humana.

 

En días pasados, este reconocido astrofísico británico alertó al mundo sobre los peligros de la inteligencia artificial, tecnología que a su juicio eventualmente se volverá autoconsciente y terminará por eliminar y reemplazar a los seres humanos en el planeta. A pesar de que el mensaje de Hawking no es novedoso, la prominencia del mensajero ha producido que el tema ocupe las primeras planas de un buen número de medios alrededor del mundo.

 

Desde 1956 parte de la comunidad científica y filosófica ha venido pronosticando el inminente ascenso de la inteligencia artificial —creada en 1940— y debatiendo los alcances de ésta; pero hasta hace muy poco para el gran público este tipo de proyecciones parecían más producto de un arrebato demencial que un análisis serio. El tiempo le ha dado la razón a los científicos y a los filósofos. Con el correr de los años, muchas de las más aventuradas predicciones sobre la inteligencia artificial se han materializado. Pero un estallido aún más espectacular está por producirse; uno que hará palidecer las capacidades de los robots industriales, de los automóviles que se conducen solos y de los sistemas operativos más avanzados de nuestro tiempo.

 

Se estima que entre 2025 y 2040 las máquinas habrán alcanzado la misma capacidad y velocidad de procesamiento que el cerebro humano. Es evidente que la ficción ha alcanzado la realidad más rápido de lo esperado y que importantes amenazas y oportunidades se nos abren con su llegada. Una muy buena idea de sus alcances se configura en la respuesta a una interrogante que, como suele ocurrir con tantas otras, por básica ha sido dejada de lado: ¿por qué no nos dimos cuenta antes?

 

En su influyente libro “Race against the machine” (Carrera contra la máquina), Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee ofrecen dos conceptos clave para responder a esta pregunta. El primero es la Ley de Moore —bautizada así en honor a Gordon Moore, cofundador de Intel— que originalmente postulaba que la capacidad de los microprocesadores se duplica cada 12 meses. En su versión actualizada y comprobada esta ley establece que la capacidad de las máquinas medida en términos de velocidad de procesadores y la mejora de los algoritmos se duplica cada 18 meses.

 

El segundo concepto ofrecido por Brynjolfsson y McAfee, estrechamente vinculado con el primero, puede ser llamado “sigilo de la multiplicación exponencial” —el término es propuesto por el autor de esta columna— y es explicado por Kevin Drum (“The Observer”, 13/05/2013) tomando como ejemplo un famoso y enorme lago norteamericano llamado Lago Michigan. Drum propone efectuar un experimento mental como caso análogo y proporcional al desarrollo de la Inteligencia Artificial. El experimento de Drum consiste en suponer, por principio de cuentas, que estamos en 1940 —año en que da inicio a la inteligencia artificial— y que podemos vaciar por completo el contenido del lago Michigan.

 

Después debemos imaginar que se nos pide llenar el espacio vaciado de nuevo, pero se nos impone para ello una regla: podemos empezar el día uno vertiendo en el lecho vacío el agua contenida en un vaso —aproximadamente 30 mililitros—. A partir de ese momento podemos regresar cada 18 meses a depositar el doble de la cantidad depositada la vez inmediata anterior; es decir, 60 ml la segunda vez, 120 ml la tercera y así sucesivamente.

 

En 1970, 30 años después de haber iniciado este proceso, habríamos depositado apenas el equivalente al agua de una piscina casera. En 2000, otros 30 años después, apenas habríamos logrado cubrir toda la superficie con una delgada capa de agua de apenas un par de centímetros de altura. Sin embargo, siguiendo la misma lógica, en el año 2020 ya habríamos logrado una profundidad de 12 metros, y para 2040 ya habríamos terminado de llenar el lecho vacío.

 

El punto de Drum es que, con base en la Ley de Moore, durante los primeros 70 años parecería que hay grandes avances; pero en los últimos 15 años, aparentemente de la nada, habríamos terminado el trabajo. De manera análoga al experimento mental del Lago Michigan, la capacidad de solución de problemas de las máquinas de 2040 será comparable a la de un ser humano y parecerá haber ocurrido de repente.

 

Las máquinas con inteligencia artificial sustituirán trabajos humanos que considerábamos irreemplazables y diversos sistemas autónomos —autorreparables y autoprogramables— comenzarán a convivir con nosotros. El problema es que, a diferencia de lo que ocurre con las personas, las máquinas continuarán duplicando su poder cada 18 meses. Si el ascenso de la inteligencia artificial nos tomará por sorpresa, es en buena medida porque éste ha sido tan silencioso como veloz y constante.

 

Stephen Hawking sabe que, como consecuencia natural de la Ley de Moore, la inteligencia artificial se encuentra a punto de entrar en la fase de crecimiento exponencial y que los seres humanos no estamos preparados para lidiar con las consecuencias de este acelerado proceso.

 

Su pronóstico, claramente fatalista, no es, empero, el único disponible. También hay quienes aseguran que a los seres humanos terminará por ocurrirles algo similar a lo que les ha ocurrido a los gorilas —las máquinas inteligentes no nos aniquilarán, pero tampoco nos necesitarán— y quienes consideran que por más inteligente que sea una máquina, ésta jamás podrá desarrollar una conciencia similar a la humana y que, por lo tanto, estará siempre subordinada a nuestras necesidades.

 

En este momento lo único seguro es que los seres humanos muy pronto tendremos entre nosotros nuevos e insospechados compañeros. Por ahora sigue en nuestras manos la determinación del papel que queremos que éstos jueguen en nuestra sociedad. De continuar produciendo más y mejores máquinas en automático, y sin encausar este proceso, en unos años quizás ya no tengamos la oportunidad de decidir o descubramos que los papeles se han invertido. En este sentido, sería una muy mala idea tirar la advertencia de Hawking en un saco roto.

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM).

 

 

@asalgadoborge

 

antoniosalgadoborge@gmail.com

 

 

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Stephen Hawking y el fin de la humanidad

Discutamos el salario mínimo

En los primeros tres minutos se hizo el universo. Precisamente todo está pasando aquí y ahora. –Gustavo Cerati, músico argentino.


 

El debate sobre si es conveniente aumentar el salario mínimo en México puede ser enfocado a través dos interrogantes con perspectivas complementarias: ¿sería justo incrementar por decreto el salario mínimo?. ¿Sería útil, para la mayoría de los mexicanos, que éste se eleve?

 

13% de las personas ocupadas en México, formal o informalmente, ganan el salario mínimo. [1]En 20 años este salario ha experimentado en México una pérdida de su poder de compra real de 29%. Dos parámetros ayudan a entender lo que esta merma significa en la vida de un trabajador. El primero es la canasta básica. Desde 1995 el precio de la canasta básica ha aumentado 192.4% más que el salario mínimo. El salario mínimo actual debería de ser de $98.72 tan sólo para mantener el nivel de vida que tenía la población urbana de 1995[2]. El segundo parámetro es la Canasta Alimenticia Recomendable, que desde 1987 a la fecha tiene un crecimiento acumulado de 4,773%. El salario tan sólo ha crecido 940% en el mismo período.[3]

 

Es evidente que dejar el salario a merced del libre mercado ha sido contraproducente para los trabajadores mexicanos peor pagados. El mercado regula ineficientemente el salario porque las relaciones humanas involucradas en los contratos y despidos son mucho más complejas que los mercados de bienes físicos.[4] De acuerdo a un análisis elaborado por la UNAM, un trabajador que gana el salario mínimo en México genera el valor de su sueldo con sólo laborar 9 minutos; lo que produce en el resto de su jornada de trabajo (7 horas con 51 minutos), se queda en las arcas del gobierno y las empresas[5]. Los trabajadores de bajos ingresos no carecen de las habilidades necesarias para desempeñar sus trabajos, sino del poder de negociación para presionar por una mejor repartición de las utilidades que están ayudando a generar.[6]

 

La relación entre patrones y trabajadores se caracteriza por un natural estira y afloja. Los primeros quieren un trabajo más productivo a un menor precio, mientras que los segundos quieren una mejor remuneración por el tiempo que dedican a su trabajo. El muy superior poder –económico y político- del capital empresarial es contrarrestado por la capacidad de negociación de los siempre más numerosos trabajadores agrupados en sindicatos. Empero, en México apenas 10% de los trabajadores pertenecen a algún sindicato [7] y buena parte de estas organizaciones se encuentra en manos de líderes corruptos que, en vez de velar por el bienestar de sus trabajadores, se conforman con vender al mejor postor su capacidad de pastorear a sus agremiados. El aumento al salario mínimo, estándar laboral fundamental diseñado para proteger a los trabajadores, es una política de la mayor importancia para compensar su evidente impotencia en la defensa de sus mejores intereses[8].

 

No existe evidencia que a los aumentos de productividad laboral sigan aumentos en el salario de los trabajadores: las pruebas apuntan a lo contrario. En México, lo sabemos muy bien: mientras más ha subido nuestra productividad, más han bajado, en términos reales, nuestros salarios. Entre 1998 y 2013 productividad aumentó 15%, pero sólo 3 industrias de 22 mantienen un crecimiento de sus salarios por arriba del crecimiento de su productividad [9]. Esto significa que el salario mínimo en 2014 debería rondar los 100 pesos[10]. Tal parece que, tal como señalan algunos economistas norteamericanos, el problema con el mercado de los salarios bajos no es la calidad de los trabajadores, sino la calidad de los trabajos[11] que podría deberse, en parte, a nuestro capitalismo de cuates y a la poca inversión en investigación y tecnología.

 

Es correcto afirmar que existe una relación entre salario y productividad; pero, de acuerdo al premio Nobel en economía Joseph Stiglitz, ésta fluye en sentido inverso al que normalmente se supone. La teoría denominada “Salario eficiente” postula que mientras más se le pague a un trabajador, éste resultará más productivo, se sentirá más leal a la compañía (hay menos deserciones) y trabajará más duro para mantener su empleo[12]. Las compañías pagarán más a algunos de sus trabajadores –es cierto- ; pero lo que los negocios “pierden” temporalmente por pagar un mayor salario es compensado, con creces, con la menor deserción de su planta laboral, con la mayor productividad de sus empleados y, finalmente, con mayores utilidades para los accionistas de estas empresas[13] .

 

Aumentar el salario mínimo no sólo es justo, sino que también es racional. Las empresas yucatecas resultarían, en este sentido, beneficiadas del aumento en los salarios mínimos. Valdría la pena preguntarnos si, siguiendo la misma lógica, no sería posible afirmar que un aumento importante en el salario mínimo contribuiría también a abatir la informalidad haciendo más atractivos los trabajos en la economía formal.

 

A pesar de que su salario mínimo tiene un poder de compra real mucho mayor que el mexicano, en los últimos meses los estadounidenses también han discutido el aumento de este estándar. La única preocupación que es considerada genuinamente relevante para la mayoría de los economistas norteamericanos tiene que ver con la posibilidad de que incremento a su salario mínimo genere despidos ante la imposibilidad inicial de algunas empresas de adaptarse a sus nuevos gastos[14]. Sin embargo, de acuerdo a Paul Krugman –otro premio Nobel en economía-, este incremento no sólo no generaría despidos, sino que elevaría significativamente el nivel de vida de los trabajadores. Krugman presenta y compara casos reales como evidencias para respaldar su posición[15] .

 

Existe un acuerdo casi unánime entre economistas de que elevar el salario mínimo reduciría la pobreza –principalmente la alimentaria- y la desigualdad[16]. Recientemente un grupo de más de 600 reconocidos economistas, que incluye a siete premios Nobel, enviaron una carta a Barack Obama en la cual aseveraban que el incremento al salario mínimo en Estados Unidos estimularía a su economía al incrementar el consumo. Las empresas tienden a compensar los costos iniciales del aumento salarial siendo más productivas o congelando las prestaciones de sus más altos ejecutivos y no encareciendo sus productos o despidiendo a sus trabajadores peor pagados[17] .

 

Todo parece indicar que un aumento al salario mínimo en México sería tan justo como útil, pero todos los argumentos merecen ser escuchados y este debate apenas ha comenzado.

 

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

https://asalgadoborge.wordpress.com/

 

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en ética. Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 Discutamos el salario mínimo.pdf

 

 

[1] http://www.maspormas.com/opinion/columnas/salario-minimo-y-democracia-en-mexico-por-ppmerino

[2] http://www.animalpolitico.com/blogueros-democratas-deliberados/2014/08/06/arriba-el-salario/

[3] http://cam.economia.unam.mx/el-salario-minimo-en-mexico-de-la-pobreza-la-miseria-perdida-del-78-66-del-poder-adquisitivo-del-salario-reporte-de-investigacion-117/

[4] http://www.nytimes.com/2013/02/18/opinion/krugman-raise-that-wage.html?pagewanted=print

[5] http://www.jornada.unam.mx/2012/05/07/economia/023n1eco

[6] http://economix.blogs.nytimes.com/2013/12/04/the-minimum-wage-and-the-laws-of-economics/

[7] http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2014/08/71822.php

[8] http://www.nytimes.com/2014/02/09/opinion/sunday/the-case-for-a-higher-minimum-wage.html?_r=0

[9] http://www.paradigmas.mx/productividad-y-salarios-en-la-industria-mexicana/

[10] http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/aumentar-el-salario-minimo-es-reconocer-la-productividad-laboral.html

[11] http://economix.blogs.nytimes.com/2013/12/04/the-minimum-wage-and-the-laws-of-economics/

[12] http://www.nytimes.com/2014/02/09/opinion/sunday/the-case-for-a-higher-minimum-wage.html?_r=0

[13] http://www.nytimes.com/2014/02/28/opinion/business-and-the-minimum-wage.html

 [14] http://www.washingtonpost.com/opinions/harold-meyerson-a-higher-minimum-wage-may-actually-boost-job-creation/2014/05/21/463bd80e-e112-11e3-9743-bb9b59cde7b9_story.html

[15] http://www.nytimes.com/2013/12/02/opinion/krugman-better-pay-now.html?pagewanted=print

[16] http://www.washingtonpost.com/blogs/wonkblog/wp/2014/01/04/economists-agree-raising-the-minimum-wage-reduces-poverty/

[17] http://www.nytimes.com/2014/02/28/opinion/business-and-the-minimum-wage.html

 

Hombres, lobos y esperanza

  Para los oprimidos, la excepcionalidad es permanente: hay una clase de hombres, y ellos lo saben, que han costeado el bienestar de otrosManuel-Reyes Mate, filósofo español.


 

Los individuos que conforman las élites poderosas tienden a ser más malvados que quienes no forman parte de éstas.

 

Un estudio realizado por Michael Inzlicht y Sukhvinder Obhi, ha comprobado que las personas que tienen altas posiciones de poder son “menos capaces de adoptar las perspectivas visuales, cognitivas o emocionales que las personas sin acceso al poder” (The New York Times 25/07/2014); es decir, son menos empáticas.    El camino hacia la respuesta a la pregunta “¿por qué son menos empáticos los poderosos?” es, empero, uno de doble sentido.

 

La empatía consiste en adoptar un estado de mente que incluye dos enfoques y no sólo uno. De acuerdo a Simon Baron-Cohen (The Science of evil, 2011, Basic books), cuando nuestra atención tiene exclusivamente un enfoque unipersonal, perseguimos nuestros planes, y acciones sin considerar sus consecuencias para terceros; mientras que cuando somos empáticos identificamos lo que otra persona está pensando o sintiendo y respondemos a ello con alguna emoción que consideramos adecuada.

 

Baron-Cohen aclara que la empatía no es un interruptor binario con una posición de encendido y una de apagado. La empatía se da en diferentes niveles y la mayor parte de los seres humanos tiende a encontrarse en la media. Sin embargo, esto no impide que existan individuos con cero empatía. Para quienes se ubican en lo más bajo de esta escala, lastimar a otras personas no significa absolutamente nada y no experimentan ni culpa ni remordimiento por cualquier daño causado; es decir, entran en la categoría de lo que comúnmente denominamos como personas “malvadas”. Los seres humanos que llegan a estos extremos han recibido algún importante daño cerebral o se han deshumanizado como consecuencia de condiciones de vida hostiles y severas.

 

Es evidente que resulta mucho más fácil llegar al poder siendo malvado en países como el nuestro, donde el estado de derecho es prácticamente inexistente. Algunos de quienes ocupan las más altas posiciones de poder político o económico probablemente se encojan de hombros ante la tardía confirmación de que, en efecto, el hombre será siempre el lobo del hombre. El poder sería, según éstos, para los pocos iluminados que se han despojado de las redes moralinas que mantienen a las masas a ras de suelo; un bien exclusivo para los capaces de entender que las reglas del gran juego de la civilización se han construido sobre la necesidad de reprimir la maldad humana y que la ventaja en esta lucha darwiniana la tendrá quien logre subirse al ring sin guantes.

 

El reconocido primatólogo holandés Frans de Waal (Primates and philosohers: how morality evolved, 2006, Princeton University Press) pone por delante décadas de su impresionante trabajo para demostrar que una visión de esta especie no sólo es científicamente errónea, sino que traiciona a la naturaleza misma del ser humano. De Waal ha descubierto muestras de empatía, desde las reacciones más básicas hasta manifestaciones casi humanas, en diversas especies animales. Los seres humanos estamos equipados, desde nuestros orígenes, para necesitar unos de otros. Lejos de contradecir la teoría de la evolución, la empatía –convertida en moralidad por los humanos- es un mecanismo producido por la misma naturaleza para garantizar la supervivencia de la mayoría de los miembros de una especie.

 

Mediante el estudio de nuestros ancestros más directos, Frans de Waal ha comprobado que “perro no come perro” y que el ser humano es cooperativo y social por naturaleza. La empatía es uno de los bloques básicos con los que se ha construido la civilización, aunque claramente esto no impide que la civilización pueda destruir sus propios cimientos. Las distinciones “nosotros-ellos” establecidas sobre motivos religiosos o políticos, la racionalidad instrumental y un sistema económico basado en la competencia son algunos de los elementos civilizatorios que han sumido a la humanidad en un estado de lucha interna permanente y sin sentido.

 

Quizás parte de la explicación de por qué los poderosos son menos empáticos estribe en que la civilización ha logrado erigir estructuras que privilegian la explotación sobre la cooperación y que premian a aquellos que logran dejar la mayor cantidad de escrúpulos en el camino. En este contexto, el sistema político y económico mexicano, cuyos principales usos y costumbres son de sobra conocidos, sería tan sólo una de las versiones más destructivas de esta condición.

 

Pero el asunto no termina aquí. El principal hallazgo de Inzlicht y Obhi es que cuando los individuos acceden a posiciones con poder sus cerebros experimentan modificaciones neuronales que les vuelven insensibles ante los pensamientos y sensaciones de otros. Una posible explicación sería la sensación de que, una vez teniendo el poder, simplemente ya no es necesaria la cooperación y que se puede, si se desea, disponer de los otros como meros instrumentos. Por mejores que sean las intenciones de determinado gobernante o capitán de empresa, a mayor cantidad de poder –es decir, menos restricciones para su margen de acción- mayor probabilidad tendrá de erosionar su empatía o de tornarse malvado.

 

Por si esto no fuera suficiente, existe además un importante dique que dificulta la salida de este trampa. Baron-Cohen señala que, debido a que el sistema de la empatía funciona también para percatarnos de cómo somos percibidos por los otros, conforme perdemos empatía, perdemos también la capacidad de darnos cuenta que estamos perdiendo empatía. Esto explicaría en parte importante la aparente “empatía cero” de buena parte de las (todo)poderosas elites mexicanas, quienes se mueven libres en un sistema diseñado a su medida y sin ningún contrapeso.

 

Lejos de ofrecer visiones pesimistas del ser humano, los recientes estudios sobre la empatía revelan que en realidad somos empáticos –o, si se quiere, “buenos”- y cooperativos por naturaleza. Quienes se encuentran en la cumbre de los grupos de poder no sólo no representan al promedio de empatía de la humanidad, sino que tienden a moverse muy por debajo del mismo. Desgraciadamente, es este pequeño grupo el que determina, en muchos sentidos, el rumbo del progreso moldeando la civilización a su imagen y semejanza.

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

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Columna publicada originalmente en el Diario de Yucatán el 10 de agosto de 2014: yucatan.com.mx/editoriales/opinion/por-que-son-menos-empaticos-los-poderosos

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Violencia contra las mujeres: erupciones de poder

Es forzoso reconocer la medida en que la cultura reposa sobre la renuncia a las satisfacciones instintuales- Sigmund Freud, filósofo austriaco.


 

La naturaleza es sumamente hostil con el ser humano. Nuestra constitución física e intelectual, y nuestra estructura comunitaria, son, en buena medida, resultado de la interacción con un medio ambiente agresivo en el que la vida debe esforzarse permanentemente por perseverar. Las cosas pueden ser aún más complicadas. Lo son para aquellos seres humanos que, víctimas de los dogmas y prejuicios de su comunidad, deben esforzarse adicionalmente por luchar contra un sistema que les agrede. A lo largo de la historia, las mujeres han formado parte de este último grupo.

 

En días pasados Laura Bates, fundadora del “Proyecto sexismo cotidiano”, una colección de experiencias de inequidad de género de más de 10,000 mujeres, dio cuenta en el periódico británico The Guardian (26/06/2014) de un fenómeno silencioso, pero sorprendentemente común. En algún punto de sus vidas, cientos de mujeres inglesas, de diferentes edades y condiciones, han sido testigos en lugares públicos –estación de metro, autobús, parques…- , de algún acto de masturbación o de exhibición genital masculina dirigida hacia sus personas. De acuerdo a una encuesta llevada a cabo por YouGov, 4 de cada 10 mujeres británicas son acosadas en espacios públicos (The Guardian, 25/05/2012).

 

Cuando Bates investigó más al respecto, descubrió que muchas niñas, de edades tan tempranas como los 11 años, califican los incidentes de acoso como “normales”. La reacción más común de las mujeres ante éstos es la modificación de sus patrones de conducta –rutas, horarios…- con el fin de evitarlos. Bates concluye, basada en la edad y vulnerabilidad de las víctimas, que se trata de un tipo de crimen que, como la violación, tienen en la búsqueda de poder y de control a uno de sus móviles principales.

 

Esta tendencia no es, de ninguna forma, exclusiva de Inglaterra. En Estados Unidos, 83% de las niñas de entre 12 y 16 años sufren algún tipo de acoso sexual en las escuelas públicas. Si las mujeres inglesas o las norteamericanas se sienten vulnerables, la ausencia de estado de derecho en nuestro país deja a las mexicanas en un estado de indefensión con pocos alicientes para denunciar a sus agresores. En este sentido, resulta sumamente indicativo que del rubro que el INEGI (2013) denomina “otros delitos” -que incluye manoseo, exhibicionismo, intento de violación u hostigamiento-, 82% de las víctimas sean mujeres.

 

De acuerdo al INEGI, en México, 16% de las mujeres dijo haber sido violentada en el ámbito comunitario, rubro que incluye trabajo, escuela y otros espacios públicos . De este universo, 86% sufrió algún tipo de intimidación y sólo 4.6% pidieron ayuda. Del total de las mujeres que buscaron apoyo 38.3% afirma que las autoridades no hicieron nada o que no les hicieron caso. Circunscribo este análisis a la violencia en el ámbito público, ya que ésta cobra especial relevancia si consideramos que los espacios comunitarios fueron, durante mucho tiempo, propiedad exclusiva del hombre, mientras que las mujeres fueron relegadas a ejercer sus actividades en el fuero del espacio privado.

 

Como es bien sabido, en buena medida gracias a presiones evolutivas, los machos humanos desarrollaron un mayor tamaño físico que las hembras. Mientras que las segundas tienen una capacidad de reproducción limitada –sólo es posible un embarazo a la vez- los primeros pueden pelear permanentemente por las hembras disponibles. Esta circunstancia garantizó que los machos fueran más fuertes, más aptos para proveer alimentos y por tanto, capaces de someter físicamente al sexo opuesto. Con el paso del tiempo, el hombre civilizado institucionalizó su dominio sobre la mujer mediante el derecho religioso o positivo plasmado en textos cuyo sentido ofrece el mejor peritaje caligráfico posible.

 

En las últimas décadas las mujeres en las sociedades occidentales han logrado avances tan importantes como insuficientes. Hoy en día nadie en su sano juicio podría considerar a la mujer como un ser humano de segundo nivel –una simple compañera para el hombre-, y la equidad entre sexos suele establecerse desde los más profundos cimientos constitucionales de las naciones. Sin embargo, los intentos de someter a las mujeres no han desaparecido; todo parece indicar que los mecanismos de antaño tan sólo se han dejado su lugar a erupciones de poder masculinas que se caracterizan, en muchas ocasiones, por su violencia física o psicológica.

 

La lista de las manifestaciones violentas del hambre de dominio de los hombres es larga. Ésta es encabezada en México por sus versiones físicas más atroces, como los aberrantes índices de feminicidios, la trata de personas o las violaciones. Empero, me parece posible afirmar que éstas son las notas más altas de una melodía que, como aterradora banda sonora, acompaña a muchas mujeres mexicanas a lo largo de sus vidas, y que puede marcar la pauta de su caminar por el mundo.

 

Como bien sabía Baruch Spinoza, el miedo es una ansiedad inconstante producida por la percepción de la existencia de un estado de cosas que, aunque inciertas, se conciben como amenazantes. Cuando las amenazas dudosas se vuelven peligros seguros, el miedo se convierte en desesperación. Tanto el miedo como la desesperación aplastan a la persona que los experimenta, limitando su capacidad de acción y relegándola a la espera pasiva propia de la reacción. Mientras más decisiones se tomen buscando evadir peligros externos, menos autónomo, y por tanto menos libre, será el individuo.

 

Los hombres nos las hemos arreglado para que el movimiento siga siendo una opción peligrosa para las mujeres. Después de una emancipación que parecía imposible, a las afueras de una prisión conservadora en la que durante milenios se intentó encarcelar sus cuerpos y sus mentes, las mujeres occidentales no han encontrado aún un espacio de libertad equiparable al que gozamos los hombres, sino una serie de obstáculos en un campo minado que amenazan con limitar su margen de acción posible en el mundo.

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

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Artículo publicado originalmente en el Diario de Yucatán el 3 de agosto de 2014. http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/erupciones-de-poder

 

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