Archivos por Etiqueta: Enrique Peña Nieto

Crónica de un fracaso anunciado

Reconocerse como hombre muerto permite luchar por mantenerse vivo por tanto tiempo como sea posibleGeorge Orwell, escritor británico


Decepcionados de la democracia y asfixiados en la estrechez de nuestro desempeño económico, a estas alturas es claro que estamos muy lejos de soñar algo parecido al sueño mexicano.

 

Los diagnósticos para nuestra presente enfermedad están a la orden del día y muchos de éstos ofrecen elementos realmente clarificadores que ayudan a entender algunos de los principales obstáculos impiden el desarrollo de nuestro país. Corrupción, impunidad, violencia, modelo económico fallido, pobreza, ignorancia… son todos males que inciden en mayor o menor medida en nuestro trágico estado de cosas actual. Sin embargo, poco suele hablarse de un escenario, aparentemente irracional, pero no por ello menos real: la posibilidad de el desastre que vivimos haya sido producido y sea sostenido a propósito.

 

Ésta es precisamente la tesis que defienden Daron Acemoglu y James Robinson en su aclamado libro “Por qué fracasan las naciones” (“Crítica”, 2012). Quizás el argumento más contraintuitivo contenido en este texto es que a las élites les conviene mantener sistemas extractivos -aquellos sistemas cuyo objetivo es la extracción de rentas y riqueza de una parte de la sociedad para beneficiar a otra de sus partes-, por lo que bloquean toda la posibilidad de surgimiento de nuevos escenarios que pondrían en riesgo su poder. Se trata de la lógica del colonialismo.

 

Acemoglu y Robinson parten de la base de la relación de doble vía existente entre poder político y poder económico y postulan que quienes logran hacerse del primero pueden determinar la estructura del segundo que más convenga a sus intereses, y postulan que los beneficiarios del régimen extractivo no tienen ningún incentivo para poner en riesgo el poder que detentan. El ejemplo más claro de este fenómeno es la vida que llevan algunos dictadores africanos que, a pesar de la miseria de sus pueblos, poseen aviones de lujo, castillos repletos de oro o aeropuertos particulares. No es difícil ver la relación entre este estilo de vida y el de algunos de los integrantes de la clase política o de la oligarquía mexicanas. Tampoco resulta complicado aceptar, como los mismos autores mencionan, que México es un país que ha estado, salvo por brevísimos lapsos, dominado desde la colonia por élites extractivas.

 

El crecimiento de la clase media detona el crecimiento económico de un país y suele venir acompañado por un incremento en la conciencia social de quienes la integran, circunstancia que pone en riesgo el estado de cosas del que se benefician las élites extractivas. Esta tesis puede ser respaldada adicionalmente con uno de los principales planteamientos esgrimidos por Thomas Piketty en su libro “El capital en el sigo XXI” (FCE, 2014), quien demuestra que el crecimiento económico rápido merma el porcentaje de participación del capital en la generación de la riqueza de una sociedad.

 

Contrario a lo que ocurre con los sistemas extractivos, las instituciones inclusivas permiten las libertades necesarias para la innovación y la competencia, generando la posibilidad de “destrucciones creativas” que no sólo alteran la distribución económica, sino que incoan cambios políticos. Ejemplo de éstas son la revolución industrial o la revolución digital. Es por tanto un error dejarse llevar por el sentido común y suponer que a los beneficiarios del actual sistema les convenga que se genere desarrollo económico. Es este uno de los principales motivos por los que las élites económicas en sistemas extractivos suelen ser profundamente conservadoras.

 

En este contexto no sería casualidad que desde hace 30 años México siga un modelo económico, aplaudido por buena parte de las élites económicas y políticas, que genera tasas de crecimiento muy por debajo de lo que se necesita para incorporar a millones de personas a la economía formal.  A pesar de que desde el inicio de nuestra historia los mexicanos no hemos conocido más que regímenes extractivos, en este momento nos enfrentamos a una de las peores crisis de nuestra historia reciente. El caos presente crea una coyuntura que obligará a que se produzca algún cambio. Ante esta circunstancia, se abren dos posibles escenarios:

 

El primero es que las instituciones extractivas sean reemplazadas por otro tipo de instituciones extractivas -algo muy similar a lo que ocurrió después de la independencia o después de la revolución-. El segundo es que la flaqueza del actual modelo termine por desbaratarlo y que la sociedad mexicana, más participativa y crítica que nunca, logre tener la fuerza suficiente como para sentar las bases de instituciones inclusivas que permitan que todos los seres humanos de este país tengan la oportunidad de ser educados y de desarrollarse libremente. Lo que ocurrirá depende en gran parte de la participación de la sociedad en lo público y de un raigambre de factores políticos impredecible. Y también de la suerte.

 

“Por qué fracasan los países” ha sido aclamado a nivel mundial y un buen número de analistas lo consideran ya un libro fundamental para entender los orígenes de la desigualdad y de la pobreza en el mundo. Los mexicanos nos asombramos cómo, en medio de este caos, seguimos siendo un país de pobres con multimillonarios y políticos ricos. Consecuentemente solemos preguntarnos cómo es posible que nuestras autoridades cometan errores económicos infantiles, que se condonen miles de millones de pesos en impuestos a los grandes contribuyentes o que no se entienda que, mientras no tengamos salarios dignos que permitan la construcción de un mercado interno sólido, no podremos crecer económicamente.

 

La respuesta que nos dan Acemoglu y Robinson es contundente: “No lo hacen bien no porque se equivoquen o por su ignorancia, sino a propósito”. Sólo en la medida en que tomemos en serio esta tesis podremos entender sus alcances y evitar que continúe definiendo el rumbo de nuestro actual fracaso.- Mérida, Yucatán.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

—–

*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

– See more at: http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/cronica-de-un-fracaso-anunciado#sthash.CIqht673.dpuf

Crónica de un fracaso anunciado

Canto boliviano, lamento mexicano

El provenir es la única especie de propiedad que los amos conceden de buena gana a los esclavosAlbert Camus, filósofo francés


A Enrique Peña Nieto el sonido de las campanas navideñas debe resultarle tan hermoso como el tintineo que escucha el boxeador que termina su segundo round contra las cuerdas.

 

2014 concluye con un malestar social sin precedentes. Las más recientes encuestas indican que tanto la presidencia como los principales actores del sistema político han perdido legitimidad. La confianza de los mexicanos en sus instituciones se encuentra en un punto crítico. Dentro de esta cascada de desprestigio, el presidente ha sido el político cuya imagen ha resultado, con justa razón, más deteriorada. Del ejecutivo se percibe corrupción, insensibilidad o incapacidad. En un acto por demás simbólico, muchos mexicanos comprarán y romperán esta navidad una “peñata”; que no es otra cosa que una piñata con la forma del presidente Peña Nieto.

 

A estas alturas tenemos, por un lado, un país que se cae en pedazos entre protestas y levantamientos y, por el otro, una pérdida total de confianza de los ciudadanos en el presidente, en los partidos políticos, en los legisladores o en la policía. A pesar de ello, la mayor parte de nuestra clase política ha reaccionado limitándose a apostar por sus usuales estrategias de negación o de divergencia. Claramente, quienes hoy usufructúan con nuestro sistema piensan que es posible “aguantar” esta tempestad y que las aguas regresarán, como suelen hacerlo con el tiempo, a su cauce. Pero en esta ocasión, se equivocan.

 

Alguna vez leí –soy incapaz de recordar la fuente- que la democracia no consiste en convencer a los adversarios de pensar igual, sino de convencerlos a actuar en el mismo sentido aunque los intereses que les muevan sean distintos. Lo primero que habría que hacer, si pretendemos salir de nuestro actual marasmo, es redefinir el problema mexicano de forma tal que a todos los implicados se les vuelva clara la urgencia de su solución. Me parece posible, en este sentido, conceptualizar a la corrupción, la violencia, la pobreza y a muchos de los factores que han puesto la viabilidad de este país en jaque como ramificaciones de una aberración cuya definición pasa, como toda definición lo hace, por la delimitación de sus causas.

 

Desde la conquista nuestro país no ha logrado deshacerse de una concepción errónea del progreso, misma que es inmejorablemente explicada por el filósofo español Reyes Mate: “el problema es saber si hacemos del progreso el objetivo de la humanidad, o de la humanidad el objetivo del progreso”. Los mexicanos nos hemos regido por la primera de estas opciones, y el ángel de nuestra historia –como dijera Walter Benjamin- contempla las ruinas de la opresión y del sufrimiento del pasado mientras es impulsado por el huracán del supuesto progreso.

 

El progreso ha adquirido diferentes formas a lo largo de la historia. Éste se trata hoy de competir, de exportar y de crecer como lo hace el primer mundo. Evidentemente, no hay nada de ilegítimo en estas metas, pero la situación luce distinta cuando, para alcanzarlas, se reduce a la mayoría de la población a la categoría de combustible; de instrumento desechable al cual se le puede explotar, mal pagar, silenciar o despojar en nombre del bienestar material que acerca estéticamente el entorno de un reducido número de mexicanos a cierta imagen de civilización. Siguiendo la misma lógica hacia afuera, nuestro país se ha convertido en instrumento de grandes capitales o naciones extranjeras. El salvajismo con que este modelo ha consumido a millones de mexicanos es tal que se ha vuelto insostenible.

 

Contrario a lo que puede parecer, una auténtica redefinición estructural no es ni irracional ni inalcanzable. Un experimento interesante es el actual gobierno de Evo Morales en Bolivia. A pesar de su pequeño tamaño y de lo limitado de su infraestructura, Bolivia es un ejemplo que parece demostrar, con éxito, que es posible concebir al ser humano como centro del progreso y no como combustible del mismo.

 

El resultado está a la vista: esta nación sudamericana es una de los pocos países del mundo donde, en los últimos años, la desigualdad se ha reducido en lugar de ampliarse. La pobreza se ha reducido en 43% y la pobreza extrema en 25%, el salario real ha aumentado en 87.7% y el crecimiento económico ha sido sostenido. A pesar de que la mayoría de las utilidades de los bancos y de las empresas petroleras privadas son para el gobierno, Bolivia ha logrado retener y atraer grandes inversiones sin perder soberanía y ha recuperando bienes públicos que estaban en manos de particulares. Como consecuencia de todo lo anterior, la luna de miel entre el pueblo boliviano y su clase política –encabezada por Morales- se mantiene.

 

Lo que los mexicanos necesitamos no es consumir más eficientemente nuestro “combustible”, sino transitar a un modelo de país en el que los seres humanos sean el objetivo principal del progreso. Soy consciente de que una visión de esta especie difícilmente vendrá, en estado puro, de la mayoría de nuestra clase política. Es por ello que lo que se debe señalar a quienes carecen de coraje moral es que el combustible se ha desbordado, y que estamos en un escenario límite en el que cualquier fricción con el pueblo podría terminar de incendiar a todo el país.

 

Mientras que Bolivia mira hacia 2015 con fundado optimismo cantando al mundo el sueño boliviano, México se encuentra al borde del colapso entonando al unísono un cada vez más estruendoso lamento mexicano. En este contexto, y dado el papel que la ciudadanía atribuye a las instituciones en este desastre, nuestra clase política se jugará el próximo año su supervivencia.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Publicado originalmente en: http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/canto-boliviano-lamento-mexicano

Canto boliviano, lamento mexicano

“Sin querer queriendo”

En la industria cultural desaparece tanto la crítica como el respeto: a la crítica le sucede el juicio pericial mecánico, y al respeto el culto efímero por la celebridadMax Horkheimer y Theodor Adorno, filósofos alemanes.


Las figuras icónicas partidas suelen ser inmediatamente idealizadas por el imaginario colectivo, adquiriendo sus triunfos y talentos un aura que confiere a todo cuestionamiento un tufo sacrílego. De ahí que el momento más impopular para hacer un análisis crítico de la influencia social de un adorado personaje popular es cuando éste recién ha fallecido. De ahí que resulte indispensable no dejar de hacerlo.

 

El pasado viernes falleció uno de los grandes ídolos de la televisión mexicana. Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, fue guionista, actor, director y productor de un exitosísimo programa cómico que inició en 1970 y cuyos personajes y frases célebres forman parte de la cultura popular mexicana. 25 años de transmisión ininterrumpida, e innumerables repeticiones en el canal más visto del par de cadenas que integran el duopolio televisivo, garantizan que muy pocos mexicanos no le conozcan. Ha muerto Roberto Gómez, un ser humano. Sus familiares y amigos deben estar tristes, pero sus seguidores pueden estar tranquilos. No han muerto, ni morirán, sus adorados personajes, quienes vivirán, para bien o para mal, en el imaginario colectivo o en el torrente de retransmisiones que seguramente seguirá a su fallecimiento y que se extenderá por muchos años más.

 

Pero la popularidad, o las alegrías brindadas a millones de mexicanos que agigantaron a Chespirito no deben hacer que se pierda de vista todo lo que su enorme sombra contribuyó a ocultar. En un contexto diferente, uno con diversas opciones para el televidente, con medios libres y con gobiernos democráticos, lo que un actor cómico hubiera dicho o dejado de decir resultaría prácticamente intrascendente. Si la naturaleza de su programa cobra relevancia social y política es porque Chespirito fue parte clave en un proyecto televisivo diseñado para entretener, anestesiar o distraer a millones de personas.

 

Se podrá argumentar en su defensa que probablemente Gómez Bolaños nunca tuvo la intención directa de contribuir a este proceso; pero es indudable que lo hizo. Sea por candidez, por indiferencia, con conocimiento de causa o “sin querer queriendo”, Chespirito fue un engrane del sistema enajenante de Emilio Azárraga Milmo; una pieza principal de la auto bautizada “televisión para jodidos” de un auto declarado “solado del PRI”.

 

La inocencia individual de la parte no lo exime de su responsabilidad de las acciones del todo al que es inherente cuando su pertenencia a éste es voluntaria. En este sentido, Chespirito y sus personajes fueron una importante vitrina en la que se exhibía, como en tantos otros programas de Televisa –particularmente en las telenovelas-, un mundo en el que la pobreza material es romantizada, en el que se invita indirectamente aceptar la realidad como inmutable y en el que no hay noción de la injusticia. Si la miseria no es impedimento para la autorealización, ¿por qué cuestionarla?. Si un niño cuya casa es un barril puede ser feliz, ¿quién es el televidente para levantar la voz y exigir que la realidad sea distinta?

 

La posibilidad de movimiento real también queda aniquilada con la fuerza de la repetición, que conduce siempre al mismo sitio. En este sentido, Chespirito instauró en México una “escuela” de humor con formato circular, y por tanto cerrado, en el que la trama deja su lugar a la infinita repetición de un puñado de líneas simpáticas en todas las ocasiones permitidas por las configuraciones posibles de un pequeño grupo de espacios físicos y personajes determinados.

 

Cuando la ventana por la que se mira la realidad resulta ser la falsa imagen representada en un cuadro, cuando las palabras que se escuchan son las mismas de ayer y son también las que se escucharán mañana , cuando la sintaxis y conceptos del lenguaje han quedado pulverizados, cuando todo es siempre lo mismo, la pasividad del televidente queda finalmente garantizada. Los programas y personajes de Chespirito formaron parte de un consorcio cuyas intenciones en este sentido siempre han sido muy claras.

 

Durante casi tres décadas, Chespirito fue parte del sistema del PRI, aunque en las tres últimas elecciones presidenciales, ya con su programa fuera del aire, hizo campaña a favor de los candidatos del PAN. En 2012 el comediante incluso agradeció a Felipe Calderón, sin aparente sarcasmo o visos cómicos – el humor negro nunca fue lo suyo -,por todos los “éxitos” de su gobierno (CNN, 28/11/2014), aunque no explicó con mayor detalle a qué logros se refería exactamente.

 

Incluso el último aliento de Chespirito tendrá implicaciones políticas. Su muerte se ha producido en uno de los momentos más delicados de la historia moderna de nuestro país, por lo que algunos medios la aprovecharán como un espectacular distractor que desvíe la atención de la audiencia ante la tremenda crisis de legitimidad del actual gobierno federal, situación que ha desencadenado una importante ola de protestas y de represiones.

 

El fallecimiento de Gómez Bolaños será absorbido y procesado por la televisión en el mismo formato y con la misma intención con que fue incorporada su vida. La partida del ser humano conmoverá al público al ser presentada como la muerte de sus personajes y la pantalla chica dedicará largos homenajes al “Chavo” y compañía, quienes, siguiendo un recorrido tan circular como el de sus historias, terminarán, sin querer queriendo, por hacer su último gran servicio a Televisa y al presidente.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

 

http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/la-relevancia-de-chespirito

Sin querer queriendo