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Felipe Calderón, el devaluador imperdonable

Felipe Calderón está de vuelta. Aprovechando los reflectores de la actual campaña electoral, este ex presidente panista se ha dejado ver en varias ciudades de la república apoyando a diversos candidatos del PAN, quienes lo pasean y presumen con el orgullo propio del equipo que exhibe el trofeo de un campeonato.

Calderón ha asegurado que, a diferencia de los ex presidentes priistas, él sí puede dar la cara y hacer campaña por su partido. Sus correligionarios han tomado esta postura como un dogma y han empezado a circular en honor al político resucitado textos y memes en los que se le califica como “uno de los mejores presidentes”, se le atribuyen dos o tres logros –pagó la mitad de la deuda que dejó el PRI, por ejemplo- o se hace referencia a lo mucho que en el México actual se “extraña” a este ex presidente.

En realidad Calderón está en su derecho de hacer campaña, el PAN en su derecho de aceptarlo y los panistas, ya sea por ignorancia, por conveniencia o por fe genuina, en su derecho a endiosarlo. El problema es que sus exultaciones y sus mantras parecen estar encontrando eco en parte de nuestra sociedad, nublando la memoria sobre la realidad de la gestión calderonista y produciendo, por lo tanto, su injusta idealización.

Para continuar leyendo:

http://www.sinembargo.mx/opinion/15-05-2015/34640

Un oasis qué preservar

El progreso es incapaz de reciclar sus propios desechosManuel Reyes-Mate, filósofo español


Al menos por ahora, Yucatán es de los estados más seguros de México. Sin embargo, la actitud bipolar con que el gobierno estatal afronta el tema de la seguridad, uno de los que más preocupan a la sociedad en nuestro país, podría alterar el tranquilo estado de cosas que muchos yucatecos aún disfrutamos.

 

Es preciso comenzar este análisis aclarando que difícilmente en nuestro estado llegaremos a ver la violencia relacionada con el tráfico de drogas que inunda buena parte del territorio nacional. En su más reciente visita a la Universidad Marista de Mérida a invitación de la Escuela de Administración, Turismo y Mercadotecnia, el doctor Sergio Aguayo Quezada afirmó que un cambio en las rutas de tráfico de drogas ocurrido hace varios años fue fundamental para que se dibujara el complicado escenario que hoy todos conocemos. En su informe “El problema de las drogas en las américas” (2013), la OEA explica que la violencia relativa al narcotráfico es producida por enfrentamientos entre cárteles por controlar las rutas, por lo que está focalizada en las regiones de tránsito y no en las de consumo. Es justamente por su ubicación que Yucatán podría no ser una ruta atractiva para el tránsito de drogas, y por tanto, que no experimente la violencia que origina su tránsito.

 

Aún si se pone entre paréntesis la anterior coyuntura, es posible afirmar que el trabajo policiaco en Yucatán es mucho más eficiente que el del resto del país. Entre 2013 y 2014 se registró un decremento en el porcentaje de yucatecos que dicen tener poca o ninguna confianza en su policía, situación que contrasta notablemente con una tendencia nacional en sentido opuesto. La policía en este estado ha obtenido una confianza difícil de encontrar en el resto del país, mérito que no debe dejar de ser reconocido. Esta circunstancia es notable, aunque no excluye, desde luego, que existan importantes oportunidades de mejora, como lo es el campo de los derechos humanos.

 

Los esfuerzos en ofrecer una mejor capacitación al personal policiaco y la adquisición de equipo de punta para prevenir o detectar crímenes podrían contribuir a que la seguridad de la que los yucatecos gozamos se mantenga a corto plazo. Sin embargo, al mismo tiempo que genera las condiciones necesarias para preservar la seguridad actual, el gobierno de Yucatán incuba las circunstancias propicias para que esta seguridad resulte insostenible a mediano plazo. La hipótesis que motiva este texto es que en la desigualdad y en el mal manejo de la economía yucateca se cultiva un caldo del que están surgiendo cada más seres humanos desesperados convertidos en delincuentes.

 

La economía yucateca ha crecido en los últimos años a tasas inferiores que los ya de por sí raquíticos e insuficientes incrementos nacionales. Estamos experimentando un importante incremento poblacional que no está siendo debidamente acompañado de oportunidades de inclusión equitativas. A ello hay que sumar que en las últimas décadas el bienestar de los mexicanos ha recibido duros golpes como la pérdida de beneficios sociales básicos, entre los que destacan el desmantelamiento de la seguridad social vía una reciente reforma laboral, los efectos presentes de la contrarreforma agraria impulsada por Carlos Salinas y una pronunciada pérdida del poder adquisitivo del salario mínimo.

 

El gobierno que encabeza Rolando Zapata Bello ha respondido a esta coyuntura con el crecimiento de programas sociales clientelares —tinacos, pinturas, pollitos…— que sólo contribuyen a disimular unas cuantas de las manifestaciones de la miseria de los más necesitados. Paliativos de este tipo resultan claramente insuficientes ya que no contribuyen en lo más mínimo a generar las condiciones necesarias para que miles de seres humanos hoy marginados encuentren oportunidades de incorporarse a la economía formal con condiciones laborales suficientes para autodeterminarse o vivir una vida digna.

 

Las repercusiones del mal manejo económico en la seguridad de los yucatecos podrían estar ya a la vista. A pesar de que el porcentaje de personas que dicen sentirse seguras sigue siendo más alto en Yucatán que en cualquier estado de la república, este indicador ha disminuido 10 puntos porcentuales en los últimos 2 años. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública de 2014 (Envipe) en 2012, 81% de los yucatecos afirmaba sentirse seguro en su estado, mientras que en 2014 71% contestó en el mismo sentido. Según la misma medición, el número de delitos —incidencia delictiva— y la cantidad de personas que sufrieron algún delito —prevalencia delictiva— en nuestro estado se incrementó durante el mismo período.

 

A lo anterior es preciso agregar fenómenos focalizados como el incremento en el número de pandillas en el sur de nuestro estado y los robos a casa habitación en colonias específicas de Mérida, que podrían diluirse si sólo se considera en el buen estado general de seguridad del que aún disfrutamos buena parte de los yucatecos. Tal como ha señalado la organización México Evalúa “dentro de un estado se pueden registrar marcadas diferencias entre regiones, municipios, o incluso colonias y calles… la violencia y la delincuencia no impactan de la misma forma a toda la población de determinada entidad: es decir, hay zonas más inseguras que otras”.

 

Una tarea pendiente para la sociedad yucateca es elaborar un análisis más detallado y profundo de los fenómenos revelados por la Envipe mencionados en este texto. Nos hemos habituado a vivir en un oasis que la eficiente tarea policiaca ha podido preservar hasta el día de hoy. Empero, por los motivos expuestos anteriormente, a mediano plazo podría no haber, por eficiente y bien intencionada que pueda ser, estrategia policiaca que baste para contener al creciente ejército de individuos desesperados que el gobierno de Yucatán está fabricando.— Mérida, Yucatán.

 

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM)

 

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Crónica de un fracaso anunciado

Reconocerse como hombre muerto permite luchar por mantenerse vivo por tanto tiempo como sea posibleGeorge Orwell, escritor británico


Decepcionados de la democracia y asfixiados en la estrechez de nuestro desempeño económico, a estas alturas es claro que estamos muy lejos de soñar algo parecido al sueño mexicano.

 

Los diagnósticos para nuestra presente enfermedad están a la orden del día y muchos de éstos ofrecen elementos realmente clarificadores que ayudan a entender algunos de los principales obstáculos impiden el desarrollo de nuestro país. Corrupción, impunidad, violencia, modelo económico fallido, pobreza, ignorancia… son todos males que inciden en mayor o menor medida en nuestro trágico estado de cosas actual. Sin embargo, poco suele hablarse de un escenario, aparentemente irracional, pero no por ello menos real: la posibilidad de el desastre que vivimos haya sido producido y sea sostenido a propósito.

 

Ésta es precisamente la tesis que defienden Daron Acemoglu y James Robinson en su aclamado libro “Por qué fracasan las naciones” (“Crítica”, 2012). Quizás el argumento más contraintuitivo contenido en este texto es que a las élites les conviene mantener sistemas extractivos -aquellos sistemas cuyo objetivo es la extracción de rentas y riqueza de una parte de la sociedad para beneficiar a otra de sus partes-, por lo que bloquean toda la posibilidad de surgimiento de nuevos escenarios que pondrían en riesgo su poder. Se trata de la lógica del colonialismo.

 

Acemoglu y Robinson parten de la base de la relación de doble vía existente entre poder político y poder económico y postulan que quienes logran hacerse del primero pueden determinar la estructura del segundo que más convenga a sus intereses, y postulan que los beneficiarios del régimen extractivo no tienen ningún incentivo para poner en riesgo el poder que detentan. El ejemplo más claro de este fenómeno es la vida que llevan algunos dictadores africanos que, a pesar de la miseria de sus pueblos, poseen aviones de lujo, castillos repletos de oro o aeropuertos particulares. No es difícil ver la relación entre este estilo de vida y el de algunos de los integrantes de la clase política o de la oligarquía mexicanas. Tampoco resulta complicado aceptar, como los mismos autores mencionan, que México es un país que ha estado, salvo por brevísimos lapsos, dominado desde la colonia por élites extractivas.

 

El crecimiento de la clase media detona el crecimiento económico de un país y suele venir acompañado por un incremento en la conciencia social de quienes la integran, circunstancia que pone en riesgo el estado de cosas del que se benefician las élites extractivas. Esta tesis puede ser respaldada adicionalmente con uno de los principales planteamientos esgrimidos por Thomas Piketty en su libro “El capital en el sigo XXI” (FCE, 2014), quien demuestra que el crecimiento económico rápido merma el porcentaje de participación del capital en la generación de la riqueza de una sociedad.

 

Contrario a lo que ocurre con los sistemas extractivos, las instituciones inclusivas permiten las libertades necesarias para la innovación y la competencia, generando la posibilidad de “destrucciones creativas” que no sólo alteran la distribución económica, sino que incoan cambios políticos. Ejemplo de éstas son la revolución industrial o la revolución digital. Es por tanto un error dejarse llevar por el sentido común y suponer que a los beneficiarios del actual sistema les convenga que se genere desarrollo económico. Es este uno de los principales motivos por los que las élites económicas en sistemas extractivos suelen ser profundamente conservadoras.

 

En este contexto no sería casualidad que desde hace 30 años México siga un modelo económico, aplaudido por buena parte de las élites económicas y políticas, que genera tasas de crecimiento muy por debajo de lo que se necesita para incorporar a millones de personas a la economía formal.  A pesar de que desde el inicio de nuestra historia los mexicanos no hemos conocido más que regímenes extractivos, en este momento nos enfrentamos a una de las peores crisis de nuestra historia reciente. El caos presente crea una coyuntura que obligará a que se produzca algún cambio. Ante esta circunstancia, se abren dos posibles escenarios:

 

El primero es que las instituciones extractivas sean reemplazadas por otro tipo de instituciones extractivas -algo muy similar a lo que ocurrió después de la independencia o después de la revolución-. El segundo es que la flaqueza del actual modelo termine por desbaratarlo y que la sociedad mexicana, más participativa y crítica que nunca, logre tener la fuerza suficiente como para sentar las bases de instituciones inclusivas que permitan que todos los seres humanos de este país tengan la oportunidad de ser educados y de desarrollarse libremente. Lo que ocurrirá depende en gran parte de la participación de la sociedad en lo público y de un raigambre de factores políticos impredecible. Y también de la suerte.

 

“Por qué fracasan los países” ha sido aclamado a nivel mundial y un buen número de analistas lo consideran ya un libro fundamental para entender los orígenes de la desigualdad y de la pobreza en el mundo. Los mexicanos nos asombramos cómo, en medio de este caos, seguimos siendo un país de pobres con multimillonarios y políticos ricos. Consecuentemente solemos preguntarnos cómo es posible que nuestras autoridades cometan errores económicos infantiles, que se condonen miles de millones de pesos en impuestos a los grandes contribuyentes o que no se entienda que, mientras no tengamos salarios dignos que permitan la construcción de un mercado interno sólido, no podremos crecer económicamente.

 

La respuesta que nos dan Acemoglu y Robinson es contundente: “No lo hacen bien no porque se equivoquen o por su ignorancia, sino a propósito”. Sólo en la medida en que tomemos en serio esta tesis podremos entender sus alcances y evitar que continúe definiendo el rumbo de nuestro actual fracaso.- Mérida, Yucatán.

 

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

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Crónica de un fracaso anunciado

Nuestros juegos del hambre

Los mensajes de la cúspide elogian las ayudas….Pero rara vez promueven, entre los ciudadanos, la importancia de organizarse para exigir la justicia que les correspondeSergio Aguayo, profesor-investigador y analista político mexicano.


Nos encontramos en la víspera de una nueva temporada de nuestros muy particulares juegos del hambre. En 2015 se celebrarán elecciones intermedias y los signos que se pueden percibir indican que, una vez más, la mayoría de los triunfos electorales estarán basados en la capacidad de los partidos políticos de lucrar con la miseria.

 

Una aberración de esta naturaleza es a todas luces inaceptable en cualquier sistema que se jacte de ser auténticamente democrático. Sin embargo, tan sólo representa uno de los escalones más bajos en los senderos descendentes que han llevado a las democracias alrededor del mundo a entrar en un intenso estado de crisis.

 

En su más reciente edición (12/2014), la revista Letras Libres ofrece un magnífico texto de Thomas Meaney y Yascha Mounk titulado “¿Qué era la democracia”?. Los autores identifican una decepción general de los beneficios que la democracia promete que ha llevado a buena parte de los habitantes de regímenes democráticos a asumir una suerte de fatalismo. Son dos los factores que, a su juicio, fungen como los principales causantes de este “fatalismo democrático”:

 

El primero de éstos es el fracaso del libre mercado. Meaney y Mounk subrayan que un aumento generacional de la prosperidad solía ser considerado como resultado o prerrequisito de la democracia liberal; pero éste no sólo no se ha producido, sino que las condiciones de vida en buena parte de las democracias alrededor del mundo han disminuido dramáticamente. Los indicadores de movilidad social y poder de compra del salario mínimo en México y Estados Unidos revelan que para las generaciones actuales es sumamente improbable tener un mejor nivel de vida que el de sus padres.

 

El segundo factor que lleva a caer en un “fatalismo democrático” son las modestas ganancias que la democracia liberal ha generado. Contrario a lo prometía, este sistema no puede garantizar grandes resultados políticos o económicos y tan sólo asegura “un proceso político que permite a las personas tomar malas decisiones sin poner en riesgo el orden político entero”. En el peor de los casos, “la llegada de la democracia no se distingue para los campesinos de las formas de clientelismo o patrimonio que le precedieron”. Finalmente, el poder de decisión o soberanía termina siendo transferido del pueblo a los grandes capitales y a los acreedores de la deuda pública.

 

México es un ejemplo perfecto de cómo llevar estos factores al extremo. En nuestro país no hay muestras visibles de prosperidad bien distribuida, de movilidad social, de soberanía o de resultados económicos. Pero sí que las hay de poderes fácticos, de clientelismo y de legislaciones en detrimento de las mayorías y a favor de grandes capitales. No es de extrañar, entonces, que el desencanto de nuestra población con la democracia sea cada día mayor.

 

Una vez conocidos los factores que propician “fatalismo democrático”, es posible afirmar en nuestra lacerante desigualdad, en nuestro bajo PIB per cápita y en nuestro pésimo desempeño económico radica una de las grandes fisuras de nuestra democracia. El problema es que, lejos de encarar estas deficiencias, en las últimas décadas gobiernos federales y estatales se han dedicado a combinar políticas de sentido neoliberal con un despilfarro recursos en gastos irracionales, dádivas o corruptelas que no contribuyen a incrementar el nivel de vida de sus gobernados ni a generar seres humanos heterónomos y comprometen a las generaciones futuras que tendrán que responder por los pasivos generados convertidos en deuda pública.

 

Nuestra economía y nuestra democracia se hunden simultáneamente socavadas por un modelo que es electoralmente redituable, pero carísimo en términos monetarios y democráticos. Desgraciadamente, la prosperidad en nuestro país – promesa para y requisito de la democracia- no sólo no aumentará, sino que disminuirá, a corto plazo, ante los menores ingresos derivados del bajo precio del petróleo y de los efectos reforma energética a mediano plazo. El malestar de los mexicanos es creciente y su presencia es claramente visible en manifestaciones desesperadas –violencia, crimen organizado, revueltas–, organizadas -marchas y manifestaciones estudiantiles-, o simplemente en el completo rechazo que ya enfrenta todo lo que huela a instituciones o actores del sistema político.

 

El diagnóstico de Meaney y Mounk será válido para México y 2015 será un año de decepción y destrucción democrática en nuestro país. Ante la falta de un desarrollo democrático real, el próximo año el poder de decisión de un buen número de votantes será transferido nuevamente a las élites partidistas y a sus patrocinadores.

 

Lo único que puede atravesarse en este proceso es un aumento en la fuerza y velocidad del movimiento de indignados que recorre todo el país. Esta opción no es descabellada, pero su impacto será mucho más directo en 2018. Por lo pronto, es seguro que en 2015 presenciaremos una reedición más de nuestros trianuales juegos del hambre y que el único rastro de nuestro sueño democrático será ese concepto operacional vaciado de sentido que hoy mal llamamos democracia.

 

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*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Adaptación del texto originalmente publicado en http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/la-tinacoeconomia-yucateca

Desigualdad y destino

La dominación se transforma en administraciónHerbert Marcuse, filósofo alemán


 

Mérida es una de las ciudades con mejor calidad de vida en el país. Sin embargo, los meridanos que pueden ir de compras a los modernos centros comerciales que caracterizan al norte de esta ciudad son una minoría. 90% de todo el dinero gastado en Mérida proviene del 30% de sus habitantes. Consecuentemente, 10% del gasto total de los meridanos se divide entre el 70% de los ciudadanos restantes.

 

La desigualdad es, sin duda, uno de los problemas más graves de nuestra era. Las políticas neoliberales iniciadas en la década de los 1980, que apostaban por reducir al mínimo la intervención del Estado en política económica y en las bondades autorregulatorias del libre mercado, han probado su fracaso espectacularmente. En buena parte del mundo, incluidos México y Estados Unidos, la riqueza se ha acumulado en los estratos socioeconómicos más altos y la movilidad social se ha estancado, situación que ha puesto en tela de juicio las promesas y la viabilidad de un modelo económico que genera más perdedores que ganadores.

 

En este contexto, muchos de los argumentos históricamente sostenidos por los críticos del capitalismo han sido revindicados. El marxismo ha resurgido desmitificado (“The Guardian”, 04/07/2012) ya no como sistema salvador o como uno villano, sino como un conjunto de categorías alejadas de la ortodoxia, cuya pertinencia es hoy tan vigente como lo fue en sus orígenes (“The Nation”, 05/05/2014). Sin embargo, los yucatecos, como la mayoría de los mexicanos normalmente alienados y ajenos al contexto internacional, no estamos discutiendo las causas y los efectos de la desigualdad, que debería preocuparnos al menos por dos razones fundamentales.

 

La primera se puede englobar en la categoría justicia. Bajo el argumento de que la economía sigue leyes inmutables e incuestionables -como las leyes de la física-, desde el espectro neoliberal suele desestimarse la pertinencia de discutir la justicia o injusticia de nuestro modelo económico. La economía no sigue, empero, reglas análogas a las de la física. Por principio de cuentas, el ser humano no “crea” las leyes de la naturaleza sino que las descubre. En este sentido, el enorme mérito de científicos como Newton o Einstein no consiste en haber inventado leyes cosmológicas, sino en su capacidad de capturar y explicitar patrones contraintuitivos en sus trascendentales teorías.

 

No ocurre lo mismo con las “leyes” económicas. Éstas distan mucho de ser absolutas y han sido urdidas gradualmente por los seres humanos en nuestro caminar por este planeta y seguramente dejarán de existir cuando termine nuestro ciclo en la Tierra. Claramente sería tan inútil como insensato quejarnos de la subordinación de la Tierra al poder de la gravedad solar y exigir a la naturaleza que dé a nuestro planeta un trato y un lugar similares a los del Sol; pero no tiene nada de descabellado exigir que las reglas del juego de un sistema creado por humanos sean justas para todas las mujeres y hombres cuyas vidas dependen de éstas.

 

Aunque en ocasiones tenga fuertes tintes deterministas, la economía no sigue un patrón necesitarista. Ambos conceptos -necesitarismo y determinismo- postulan que dadas ciertas causas se producirán ciertos efectos. La diferencia estriba en que, mientras que el necesitarismo implica que las causas están dadas de antemano y no pueden ser modificadas -son necesarias-, el determinismo deja abierta la posibilidad de que las causas no se produzcan necesariamente, aunque una vez producidas, sus efectos estarán determinados. No es ni natural ni necesario que un yucateco o un mexicano pobre, por el hecho de nacer pobre, esté condenado a morir pobre. Evidentemente tampoco es justo, pero de mantenerse las mismas causas actuales, seguro se mantendrán los mismos efectos.

 

La segunda razón por la que la desigualdad debería preocuparnos tiene que ver con consideraciones de corte utilitario. Aun quienes consideran la injusticia como una variable sistémica residual deberían preocuparse por los efectos que nuestra creciente desigualdad augura. En los últimos años, el producto interno bruto de México ha crecido casi al mismo ritmo que la población, estancamiento del que la desigualdad puede ser una de sus causas determinantes. Incluso el Fondo Monetario Internacional, uno de los principales e incondicionales promotores de las políticas económicas neoliberales, ha tenido que admitir que la desigualdad termina por dañar gravemente al crecimiento económico (FMI, 12/04/2014).

 

Es precisamente la desigualdad la barrera que produce que muchos de los negocios meridanos limiten su enfoque a 30% del mercado potencial. El restante 70% apenas sobrevive y no puede entrar en el juego de deseos que desata el consumo capitalista. Nuestro mercado es raquítico e insuficiente para repartir entre todos los yucatecos que aspiran a ser emprendedores -lo cual ocasiona a su vez que no se generen nuevos y mejores empleos- y, encima de todo, las dificultades económicas que muchas empresas locales atraviesan se han acentuado por la llegada de competidores foráneos.

 

Poco o nada están haciendo nuestras autoridades estatales o federales por diseñar estrategias sociales, económicas, científicas y educativas destinadas a redistribuir eficientemente los recursos de los que disponen para combatir la condiciones que permiten la injusticia y para generar consumidores que conformen un mercado interno boyante. En vez de ello, la apuesta parece limitarse a repartir algunos bienes materiales a posicionar algunos productos locales fuera de nuestro estado -tarea que será cada vez más difícil dado nuestro cada vez más marcado rezago tecnológico- y atraer inversiones extranjeras que ven en nosotros la oportunidad de hacerse provisionalmente de mano de obra barata. A corto plazo, el único elemento extraordinario que podría alterar este estado de cosas es un aumento importante en los salarios mínimos.

 

Bajo el esquema actual de cosas, la gran división expuesta seguro se mantendrá y como consecuencia de ello se seguirá cocinando a fuego lento la peligrosa mezcla resentimiento-frustración que ha venido descomponiendo nuestro tejido social y que se materializa en patologías cada vez más comunes como la informalidad, la mendicidad o la delincuencia. Aunque este desalentador destino no es de ningún modo necesario, por el momento nuestro futuro sí parece estar fatalmente determinado.

 

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

Texto publicado originalmente en el Diario de Yucatán el 10 de octubre de 2014.

 

La gran división.pdf

 

Discutamos el salario mínimo

En los primeros tres minutos se hizo el universo. Precisamente todo está pasando aquí y ahora. –Gustavo Cerati, músico argentino.


 

El debate sobre si es conveniente aumentar el salario mínimo en México puede ser enfocado a través dos interrogantes con perspectivas complementarias: ¿sería justo incrementar por decreto el salario mínimo?. ¿Sería útil, para la mayoría de los mexicanos, que éste se eleve?

 

13% de las personas ocupadas en México, formal o informalmente, ganan el salario mínimo. [1]En 20 años este salario ha experimentado en México una pérdida de su poder de compra real de 29%. Dos parámetros ayudan a entender lo que esta merma significa en la vida de un trabajador. El primero es la canasta básica. Desde 1995 el precio de la canasta básica ha aumentado 192.4% más que el salario mínimo. El salario mínimo actual debería de ser de $98.72 tan sólo para mantener el nivel de vida que tenía la población urbana de 1995[2]. El segundo parámetro es la Canasta Alimenticia Recomendable, que desde 1987 a la fecha tiene un crecimiento acumulado de 4,773%. El salario tan sólo ha crecido 940% en el mismo período.[3]

 

Es evidente que dejar el salario a merced del libre mercado ha sido contraproducente para los trabajadores mexicanos peor pagados. El mercado regula ineficientemente el salario porque las relaciones humanas involucradas en los contratos y despidos son mucho más complejas que los mercados de bienes físicos.[4] De acuerdo a un análisis elaborado por la UNAM, un trabajador que gana el salario mínimo en México genera el valor de su sueldo con sólo laborar 9 minutos; lo que produce en el resto de su jornada de trabajo (7 horas con 51 minutos), se queda en las arcas del gobierno y las empresas[5]. Los trabajadores de bajos ingresos no carecen de las habilidades necesarias para desempeñar sus trabajos, sino del poder de negociación para presionar por una mejor repartición de las utilidades que están ayudando a generar.[6]

 

La relación entre patrones y trabajadores se caracteriza por un natural estira y afloja. Los primeros quieren un trabajo más productivo a un menor precio, mientras que los segundos quieren una mejor remuneración por el tiempo que dedican a su trabajo. El muy superior poder –económico y político- del capital empresarial es contrarrestado por la capacidad de negociación de los siempre más numerosos trabajadores agrupados en sindicatos. Empero, en México apenas 10% de los trabajadores pertenecen a algún sindicato [7] y buena parte de estas organizaciones se encuentra en manos de líderes corruptos que, en vez de velar por el bienestar de sus trabajadores, se conforman con vender al mejor postor su capacidad de pastorear a sus agremiados. El aumento al salario mínimo, estándar laboral fundamental diseñado para proteger a los trabajadores, es una política de la mayor importancia para compensar su evidente impotencia en la defensa de sus mejores intereses[8].

 

No existe evidencia que a los aumentos de productividad laboral sigan aumentos en el salario de los trabajadores: las pruebas apuntan a lo contrario. En México, lo sabemos muy bien: mientras más ha subido nuestra productividad, más han bajado, en términos reales, nuestros salarios. Entre 1998 y 2013 productividad aumentó 15%, pero sólo 3 industrias de 22 mantienen un crecimiento de sus salarios por arriba del crecimiento de su productividad [9]. Esto significa que el salario mínimo en 2014 debería rondar los 100 pesos[10]. Tal parece que, tal como señalan algunos economistas norteamericanos, el problema con el mercado de los salarios bajos no es la calidad de los trabajadores, sino la calidad de los trabajos[11] que podría deberse, en parte, a nuestro capitalismo de cuates y a la poca inversión en investigación y tecnología.

 

Es correcto afirmar que existe una relación entre salario y productividad; pero, de acuerdo al premio Nobel en economía Joseph Stiglitz, ésta fluye en sentido inverso al que normalmente se supone. La teoría denominada “Salario eficiente” postula que mientras más se le pague a un trabajador, éste resultará más productivo, se sentirá más leal a la compañía (hay menos deserciones) y trabajará más duro para mantener su empleo[12]. Las compañías pagarán más a algunos de sus trabajadores –es cierto- ; pero lo que los negocios “pierden” temporalmente por pagar un mayor salario es compensado, con creces, con la menor deserción de su planta laboral, con la mayor productividad de sus empleados y, finalmente, con mayores utilidades para los accionistas de estas empresas[13] .

 

Aumentar el salario mínimo no sólo es justo, sino que también es racional. Las empresas yucatecas resultarían, en este sentido, beneficiadas del aumento en los salarios mínimos. Valdría la pena preguntarnos si, siguiendo la misma lógica, no sería posible afirmar que un aumento importante en el salario mínimo contribuiría también a abatir la informalidad haciendo más atractivos los trabajos en la economía formal.

 

A pesar de que su salario mínimo tiene un poder de compra real mucho mayor que el mexicano, en los últimos meses los estadounidenses también han discutido el aumento de este estándar. La única preocupación que es considerada genuinamente relevante para la mayoría de los economistas norteamericanos tiene que ver con la posibilidad de que incremento a su salario mínimo genere despidos ante la imposibilidad inicial de algunas empresas de adaptarse a sus nuevos gastos[14]. Sin embargo, de acuerdo a Paul Krugman –otro premio Nobel en economía-, este incremento no sólo no generaría despidos, sino que elevaría significativamente el nivel de vida de los trabajadores. Krugman presenta y compara casos reales como evidencias para respaldar su posición[15] .

 

Existe un acuerdo casi unánime entre economistas de que elevar el salario mínimo reduciría la pobreza –principalmente la alimentaria- y la desigualdad[16]. Recientemente un grupo de más de 600 reconocidos economistas, que incluye a siete premios Nobel, enviaron una carta a Barack Obama en la cual aseveraban que el incremento al salario mínimo en Estados Unidos estimularía a su economía al incrementar el consumo. Las empresas tienden a compensar los costos iniciales del aumento salarial siendo más productivas o congelando las prestaciones de sus más altos ejecutivos y no encareciendo sus productos o despidiendo a sus trabajadores peor pagados[17] .

 

Todo parece indicar que un aumento al salario mínimo en México sería tan justo como útil, pero todos los argumentos merecen ser escuchados y este debate apenas ha comenzado.

 

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

https://asalgadoborge.wordpress.com/

 

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en ética. Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 Discutamos el salario mínimo.pdf

 

 

[1] http://www.maspormas.com/opinion/columnas/salario-minimo-y-democracia-en-mexico-por-ppmerino

[2] http://www.animalpolitico.com/blogueros-democratas-deliberados/2014/08/06/arriba-el-salario/

[3] http://cam.economia.unam.mx/el-salario-minimo-en-mexico-de-la-pobreza-la-miseria-perdida-del-78-66-del-poder-adquisitivo-del-salario-reporte-de-investigacion-117/

[4] http://www.nytimes.com/2013/02/18/opinion/krugman-raise-that-wage.html?pagewanted=print

[5] http://www.jornada.unam.mx/2012/05/07/economia/023n1eco

[6] http://economix.blogs.nytimes.com/2013/12/04/the-minimum-wage-and-the-laws-of-economics/

[7] http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2014/08/71822.php

[8] http://www.nytimes.com/2014/02/09/opinion/sunday/the-case-for-a-higher-minimum-wage.html?_r=0

[9] http://www.paradigmas.mx/productividad-y-salarios-en-la-industria-mexicana/

[10] http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/aumentar-el-salario-minimo-es-reconocer-la-productividad-laboral.html

[11] http://economix.blogs.nytimes.com/2013/12/04/the-minimum-wage-and-the-laws-of-economics/

[12] http://www.nytimes.com/2014/02/09/opinion/sunday/the-case-for-a-higher-minimum-wage.html?_r=0

[13] http://www.nytimes.com/2014/02/28/opinion/business-and-the-minimum-wage.html

 [14] http://www.washingtonpost.com/opinions/harold-meyerson-a-higher-minimum-wage-may-actually-boost-job-creation/2014/05/21/463bd80e-e112-11e3-9743-bb9b59cde7b9_story.html

[15] http://www.nytimes.com/2013/12/02/opinion/krugman-better-pay-now.html?pagewanted=print

[16] http://www.washingtonpost.com/blogs/wonkblog/wp/2014/01/04/economists-agree-raising-the-minimum-wage-reduces-poverty/

[17] http://www.nytimes.com/2014/02/28/opinion/business-and-the-minimum-wage.html

 

Lentes inversoras

El principio del individualismo, el perseguir el autointerés, estaba condicionado a la proposición de que el autointerés era racionalHerbert Marcuse, filósofo alemán.


 

La pobreza material de Yucatán está directamente relacionada con la pobreza intelectual con que se ha manejando su economía; saber fundamental para el desarrollo de cualquier estado. Es evidente que Yucatán carece de un proyecto económico serio. Ya sea por la negligencia, la indiferencia o la falta de capacidad de nuestras autoridades, la economía yucateca, famélica desde hace décadas, se encuentra hoy estancada.

 

El reciente anuncio de la creación de un Centro para la Competitividad de Yucatán (CCY) con el fin de recolectar, analizar y dar sentido a información que permita diagnosticar los principales problemas económicos de nuestro estado, y aportar ideas para resolverlos -un proyecto cobijado por la Coparmex (Diario de Yucatán 11/05/2014)-, se enmarca en este contexto. El oscurantismo económico que nos ha caracterizado es tan denso que es fácil ver que un esfuerzo de esta naturaleza podría tener un efecto positivo en la economía de nuestro estado. Sin embargo, considero que existen elementos para afirmar que, para que el CCY tenga un valor real, éste debe cumplir con ciertas condiciones fundamentales.

 

Debido a su origen es lógico que uno de los fines de la constitución del CCY sea “apoyar a la comunidad empresarial yucateca”. Este objetivo no tendría por que estar totalmente reñido con la “utilidad social” postulada como otro de sus fines principales; pero la experiencia a nivel nacional e internacional nos demuestra que cuando las élites económicas logran influir en las políticas públicas, éstas no necesariamente benefician a las mayorías (“The New Yorker”, 18/04/2014). En este sentido, el CCY debe enfocar la economía desde una óptica que beneficie a la comunidad local, y no seguir una inercia ideológica que suele transportar los intereses de los grandes capitales nacionales e internacionales, contrarios, en muchas ocasiones, a los de los empresarios yucatecos.

 

El debate sobre las ideas que se discuten a nivel mundial suele tardar en llegar a Yucatán. El principal reto para el CCY será desembarazarse de los paradigmas plagados de anomalías que caracterizaron a las dos últimas décadas del siglo XX y abrir la puerta a teorías que han resultado mejores que sus competidoras. Recurro al filósofo Thomas Kuhn de nueva cuenta para resaltar que un cambio de paradigma no se limita a interpretar los datos actuales con otros ojos, sino que implica colocarse una suerte de “lentes inversoras” que permitan ver los mismos objetos con una luz diferente: “lo que antes eran patos ahora son conejos”. Con un cambio de paradigma se responde ante un mundo distinto, ya que la determinación misma de qué es un dato, y su estabilidad, depende de los instrumentos y conceptos empleados para interpretarlo (Kuhn, 2013).

 

La pretensión de generar empleos a través de maquiladoras que buscan mano de obra barata y que están orientadas a la exportación o a través de la industria de la construcción, representa preservar ad infinitum las paupérrimas condiciones de vida de la mayoría de los yucatecos y, con ello, el nulo crecimiento de las empresas locales y de la economía del estado. Yucatán es una de las entidades con más bajos niveles de salarios en un país cuyo salario mínimo es el segundo peor –sólo por arriba de Haití- de todo el continente; por lo que un cambio de paradigma económico se trata de un asunto de la mayor urgencia.

 

Afortunadamente, basta con mirar fuera de nuestras fronteras para descubrir que tenemos dónde apoyarnos. No es casualidad que el libro más vendido en Estados Unidos sea, contra toda probabilidad, “Capital en el siglo XXI”, del economista francés Thomas Pikkety; obra compleja de más de 500 páginas que tiene como temas principales la inevitabilidad de la concentración de la riqueza en el sistema capitalista, su efecto letal para el crecimiento económico y la necesidad de aplicar esquemas de gravamen progresivos para corregirla . Esta problemática ha sido abordada ampliamente por premios Nobel como Joseph Stiglitz y Paul Krugman, llegando a ser incluso reconocida públicamente por el Fondo Monetario Internacional (“The Guardian”, 26/02/2014).

 

Unas “lentes inversoras” también mostrarían al CCY que hay elementos que, a pesar de no ser considerados convencionalmente datos económicos, tienen una importancia mayor para el desarrollo de la economía que muchos de sus indicadores más sagrados. Es por ello que valdría la pena seguir los consejos de los presidentes de las universidades de Stanford y de Michigan (“The Washinton Post”, 14/11/2014) y asumir como prioridades primerísimas el establecimiento de condiciones que permitan el desarrollo de investigación científica, paso indispensable para alcanzar el grado de innovación que produce mayores utilidades y mejores fuentes de empleo, y de las humanidades, que ayudan a orientar el desarrollo hacia un rumbo democrático que evite escenarios totalitarios.

 

Hace 40 años el psicólogo norteamericano Walter Mischel condujo un experimento en el que dejaba a niños de 4 años sentados a solas en un cuarto enfrente de una mesa en la que se hallaba un malvavisco (“The Economist”, 03/03/2011). Antes de salir de la habitación, el psicólogo les explicaba a los pequeños que podían comerse el dulce sin problema; pero que, en caso de no hacerlo y de esperar a su regreso, recibirían adicionalmente otro malvavisco. Aquellos niños que fueron capaces de aguantar las ansias de devorar el primer malvavisco, es decir, de diferir la gratificación, obtuvieron en el transcurso de su vida académica mejores calificaciones, tuvieron una menor tasa de deserción de la universidad y tienen mejores trabajos que los que no pudieron contener su impulso inicial.

 

La política económica yucateca se ha basado, cuando bien nos va, en parches y remedos que suelen responder a intereses específicos. Un despegue económico con “utilidad social” pasa necesariamente por nuestra capacidad de aprender a diferir la utilidad particular presente en aras de establecer las condiciones generales necesarias para un beneficio mayor en el futuro. El éxito o fracaso de nuestra economía dependerá, por tanto, del alcance y de la calidad de nuestras lentes inversoras.

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

*Maestro en Estudios Humanísticos (ITESM). Profesor y director de la Universidad Marista.

 

(Artículo publicado en el Diario de Yucatán el 21 de mayo de 2014 http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/la-economia-yucateca-del-siglo-xxi-lentes-inversoras)