Archivos por Etiqueta: desigualdad

Salarios de hambre: la soga en el cuello

Algunas personas tienen la perturbadora capacidad de encontrar en la humillación de un ser humano desdichado un momento divertido. En días pasados un académico, una funcionaria y un empresario consideraron simpático fotografiarse junto a un hombre en condición de calle mientras uno de ellos –el empresario-  sostenía, a manera de correa, el extremo de una cuerda atada alrededor del cuello del indigente. Es difícil decidir qué resulta más lastimoso, el semblante cabizbajo y la actitud resignada del sometido hombre harapiento, la firme pose de amo del sujeto que lo exhibe como perro o las sonrisas burlonas en los rostros de los bien vestidos y enfiestados testigos de la escena.

Los informes dados a conocer en días pasados por Coneval y Oxfam ayudan a comprobar la incómoda intuición de que esta fotografía, capturada en Tijuana, es lastimosamente representativa. La información publicada por el Coneval muestra que entre 2012 y 2014 la pobreza aumentó en México y que el factor central detrás de este incremento son los bajos ingresos. 63.8%  de los mexicanos se encuentra en la categoría de pobreza por ingresos y en los últimos 30 años el salario ha sufrido en nuestro país una depreciación de 80%.

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http://www.sinembargo.mx/opinion/31-07-2015/37502

Felipe Calderón, el devaluador imperdonable

Felipe Calderón está de vuelta. Aprovechando los reflectores de la actual campaña electoral, este ex presidente panista se ha dejado ver en varias ciudades de la república apoyando a diversos candidatos del PAN, quienes lo pasean y presumen con el orgullo propio del equipo que exhibe el trofeo de un campeonato.

Calderón ha asegurado que, a diferencia de los ex presidentes priistas, él sí puede dar la cara y hacer campaña por su partido. Sus correligionarios han tomado esta postura como un dogma y han empezado a circular en honor al político resucitado textos y memes en los que se le califica como “uno de los mejores presidentes”, se le atribuyen dos o tres logros –pagó la mitad de la deuda que dejó el PRI, por ejemplo- o se hace referencia a lo mucho que en el México actual se “extraña” a este ex presidente.

En realidad Calderón está en su derecho de hacer campaña, el PAN en su derecho de aceptarlo y los panistas, ya sea por ignorancia, por conveniencia o por fe genuina, en su derecho a endiosarlo. El problema es que sus exultaciones y sus mantras parecen estar encontrando eco en parte de nuestra sociedad, nublando la memoria sobre la realidad de la gestión calderonista y produciendo, por lo tanto, su injusta idealización.

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http://www.sinembargo.mx/opinion/15-05-2015/34640

Nos hace falta tomar menos Tecate

No veo televisión. Tampoco me gusta el box. Por eso cuando el hashtag #tehacefaltavermasbax se convirtió en trending topic en Twitter el sábado pasado, inicialmente no pude entender de qué se trataba. Movido por mi curiosidad, pocos segundos después conocí la nueva campaña machista de la cerveza Tecate.

Desde hace varios años la empresa cervecera Cuauhtémoc-Moctezuma promociona su marca Tecate discriminando abiertamente a las mujeres mexicanas. Apenas en 2013 los espectaculares de la campaña “Es fácil ser hombre” mostraron en sus versiones tituladas “Buffet”, “prima” y “hermana” a mujeres cosificadas presentadas como objetos al servicio de los hombres. Estos anuncios tuvieron que ser retirados por la cervecería después de que una petición en la plataforma Change.org recopilara más de 10,000 firmas en su contra. Hace apenas unas cuántas semanas el Senado aprobó una ley que prohíbe la publicidad que denigre al género femenino.

Pero este año Cuauhtémoc-Moctezuma no se lanzó abiertamente contra las mujeres. En 2015 esta empresa ha optado por despreciar, a través de la publicidad de Tecate en cadena nacional, a aquellos hombres que no resultan ser lo suficientemente machos; es decir, a los individuos de sexo masculino que exhiben comportamientos estereotipados como propios del género femenino.

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http://www.sinembargo.mx/opinion/08-05-2015/34401

México: fábrica de esclavos

Un esclavo es un individuo privado de su libertad por la acción de otra persona o por alguna fuerza que le somete. En tanto que es una privación, la esclavitud sólo puede ser entendida como antítesis de la libertad; es decir, como lo opuesto a la posibilidad de un individuo de autodeterminarse.

Ahora sabemos que, contrario a lo que las añejas tesis escolásticas sostenían, la libertad es en realidad una meta inalcanzable. Determinados en buena medida por nuestra propia naturaleza, y por nuestra constitución y experiencias personales, los individuos sólo podemos ser parcialmente libres. No importa lo que hagamos, siempre encontraremos elementos externos –el mundo- o internos –nuestras pasiones- que fungirán como límites infranqueables que restrinjan nuestro poder de obrar. Todos somos, por lo tanto, en alguna medida esclavos. Lo anterior no inutiliza nuestros esfuerzos por alcanzar la mayor libertad posible, pero sí revela lo compleja que resulta la lucha en pos de nuestro humano anhelo de ser libres.

En este contexto, resulta de la mayor importancia la estructura que un gobierno logre ofrecer a sus ciudadanos para que éstos puedan protegerse y ampliar, hasta donde alcancen, su margen de libertad.

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http://www.sinembargo.mx/opinion/01-05-2015/34175

¿Todos somos mirreyes?

Los jóvenes multimillonarios exhibicionistas son una plaga mundial que no ha salido de la nada. Es bien sabido que durante las últimas tres décadas se ha producido un grosero aumento en la concentración de la riqueza en el 1% de la población mundial. Junto con esta desigualdad se ha alzado triunfante una generación de individuos que se caracteriza por su derrochador estilo de vida, por su frivolidad y por ostentar impúdicamente sus fortunas.

 

Mediante imágenes que circulan en internet y en algunos medios de comunicación masiva los integrantes de esta privilegiada especie se encargan de publicitar su estilo de vida. Así, refrendan permanentemente ante el resto de la población –y de paso ante ellos mismos-  un estatus que se erige sobre el capital que han acumulado o sobre las mercancías que han adquirido. En México este tipo de conductas son recibidas por algunos con la lástima o el morbo burlón que produce lo ridículo o con admiración genuina por quienes aspiran a formar parte de esta élite. Un último grupo, quizás más reducido que los dos anteriores, es capaz de identificar el ofensivo origen de muchas de sus fortunas y los mira con indignación justificada.

 

Lo que diferencia a los jóvenes millonarios exhibicionistas mexicanos de los de otros países es que los nacionales, conocidos como Mirreyes, han sido capaces, en muchas ocasiones gracias al padrinazgo de sus padres o de su círculo cercano, de tomar control de las instituciones, de hacer y deshacer leyes a su conveniencia, de garantizar su impunidad, y de construirse una cápsula que les aísla de la realidad que se vive en el resto de la población.

 

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http://www.sinembargo.mx/opinion/27-03-2015/33133

Canto boliviano, lamento mexicano

El provenir es la única especie de propiedad que los amos conceden de buena gana a los esclavosAlbert Camus, filósofo francés


A Enrique Peña Nieto el sonido de las campanas navideñas debe resultarle tan hermoso como el tintineo que escucha el boxeador que termina su segundo round contra las cuerdas.

 

2014 concluye con un malestar social sin precedentes. Las más recientes encuestas indican que tanto la presidencia como los principales actores del sistema político han perdido legitimidad. La confianza de los mexicanos en sus instituciones se encuentra en un punto crítico. Dentro de esta cascada de desprestigio, el presidente ha sido el político cuya imagen ha resultado, con justa razón, más deteriorada. Del ejecutivo se percibe corrupción, insensibilidad o incapacidad. En un acto por demás simbólico, muchos mexicanos comprarán y romperán esta navidad una “peñata”; que no es otra cosa que una piñata con la forma del presidente Peña Nieto.

 

A estas alturas tenemos, por un lado, un país que se cae en pedazos entre protestas y levantamientos y, por el otro, una pérdida total de confianza de los ciudadanos en el presidente, en los partidos políticos, en los legisladores o en la policía. A pesar de ello, la mayor parte de nuestra clase política ha reaccionado limitándose a apostar por sus usuales estrategias de negación o de divergencia. Claramente, quienes hoy usufructúan con nuestro sistema piensan que es posible “aguantar” esta tempestad y que las aguas regresarán, como suelen hacerlo con el tiempo, a su cauce. Pero en esta ocasión, se equivocan.

 

Alguna vez leí –soy incapaz de recordar la fuente- que la democracia no consiste en convencer a los adversarios de pensar igual, sino de convencerlos a actuar en el mismo sentido aunque los intereses que les muevan sean distintos. Lo primero que habría que hacer, si pretendemos salir de nuestro actual marasmo, es redefinir el problema mexicano de forma tal que a todos los implicados se les vuelva clara la urgencia de su solución. Me parece posible, en este sentido, conceptualizar a la corrupción, la violencia, la pobreza y a muchos de los factores que han puesto la viabilidad de este país en jaque como ramificaciones de una aberración cuya definición pasa, como toda definición lo hace, por la delimitación de sus causas.

 

Desde la conquista nuestro país no ha logrado deshacerse de una concepción errónea del progreso, misma que es inmejorablemente explicada por el filósofo español Reyes Mate: “el problema es saber si hacemos del progreso el objetivo de la humanidad, o de la humanidad el objetivo del progreso”. Los mexicanos nos hemos regido por la primera de estas opciones, y el ángel de nuestra historia –como dijera Walter Benjamin- contempla las ruinas de la opresión y del sufrimiento del pasado mientras es impulsado por el huracán del supuesto progreso.

 

El progreso ha adquirido diferentes formas a lo largo de la historia. Éste se trata hoy de competir, de exportar y de crecer como lo hace el primer mundo. Evidentemente, no hay nada de ilegítimo en estas metas, pero la situación luce distinta cuando, para alcanzarlas, se reduce a la mayoría de la población a la categoría de combustible; de instrumento desechable al cual se le puede explotar, mal pagar, silenciar o despojar en nombre del bienestar material que acerca estéticamente el entorno de un reducido número de mexicanos a cierta imagen de civilización. Siguiendo la misma lógica hacia afuera, nuestro país se ha convertido en instrumento de grandes capitales o naciones extranjeras. El salvajismo con que este modelo ha consumido a millones de mexicanos es tal que se ha vuelto insostenible.

 

Contrario a lo que puede parecer, una auténtica redefinición estructural no es ni irracional ni inalcanzable. Un experimento interesante es el actual gobierno de Evo Morales en Bolivia. A pesar de su pequeño tamaño y de lo limitado de su infraestructura, Bolivia es un ejemplo que parece demostrar, con éxito, que es posible concebir al ser humano como centro del progreso y no como combustible del mismo.

 

El resultado está a la vista: esta nación sudamericana es una de los pocos países del mundo donde, en los últimos años, la desigualdad se ha reducido en lugar de ampliarse. La pobreza se ha reducido en 43% y la pobreza extrema en 25%, el salario real ha aumentado en 87.7% y el crecimiento económico ha sido sostenido. A pesar de que la mayoría de las utilidades de los bancos y de las empresas petroleras privadas son para el gobierno, Bolivia ha logrado retener y atraer grandes inversiones sin perder soberanía y ha recuperando bienes públicos que estaban en manos de particulares. Como consecuencia de todo lo anterior, la luna de miel entre el pueblo boliviano y su clase política –encabezada por Morales- se mantiene.

 

Lo que los mexicanos necesitamos no es consumir más eficientemente nuestro “combustible”, sino transitar a un modelo de país en el que los seres humanos sean el objetivo principal del progreso. Soy consciente de que una visión de esta especie difícilmente vendrá, en estado puro, de la mayoría de nuestra clase política. Es por ello que lo que se debe señalar a quienes carecen de coraje moral es que el combustible se ha desbordado, y que estamos en un escenario límite en el que cualquier fricción con el pueblo podría terminar de incendiar a todo el país.

 

Mientras que Bolivia mira hacia 2015 con fundado optimismo cantando al mundo el sueño boliviano, México se encuentra al borde del colapso entonando al unísono un cada vez más estruendoso lamento mexicano. En este contexto, y dado el papel que la ciudadanía atribuye a las instituciones en este desastre, nuestra clase política se jugará el próximo año su supervivencia.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Publicado originalmente en: http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/canto-boliviano-lamento-mexicano

Canto boliviano, lamento mexicano

Desigualdad y destino

La dominación se transforma en administraciónHerbert Marcuse, filósofo alemán


 

Mérida es una de las ciudades con mejor calidad de vida en el país. Sin embargo, los meridanos que pueden ir de compras a los modernos centros comerciales que caracterizan al norte de esta ciudad son una minoría. 90% de todo el dinero gastado en Mérida proviene del 30% de sus habitantes. Consecuentemente, 10% del gasto total de los meridanos se divide entre el 70% de los ciudadanos restantes.

 

La desigualdad es, sin duda, uno de los problemas más graves de nuestra era. Las políticas neoliberales iniciadas en la década de los 1980, que apostaban por reducir al mínimo la intervención del Estado en política económica y en las bondades autorregulatorias del libre mercado, han probado su fracaso espectacularmente. En buena parte del mundo, incluidos México y Estados Unidos, la riqueza se ha acumulado en los estratos socioeconómicos más altos y la movilidad social se ha estancado, situación que ha puesto en tela de juicio las promesas y la viabilidad de un modelo económico que genera más perdedores que ganadores.

 

En este contexto, muchos de los argumentos históricamente sostenidos por los críticos del capitalismo han sido revindicados. El marxismo ha resurgido desmitificado (“The Guardian”, 04/07/2012) ya no como sistema salvador o como uno villano, sino como un conjunto de categorías alejadas de la ortodoxia, cuya pertinencia es hoy tan vigente como lo fue en sus orígenes (“The Nation”, 05/05/2014). Sin embargo, los yucatecos, como la mayoría de los mexicanos normalmente alienados y ajenos al contexto internacional, no estamos discutiendo las causas y los efectos de la desigualdad, que debería preocuparnos al menos por dos razones fundamentales.

 

La primera se puede englobar en la categoría justicia. Bajo el argumento de que la economía sigue leyes inmutables e incuestionables -como las leyes de la física-, desde el espectro neoliberal suele desestimarse la pertinencia de discutir la justicia o injusticia de nuestro modelo económico. La economía no sigue, empero, reglas análogas a las de la física. Por principio de cuentas, el ser humano no “crea” las leyes de la naturaleza sino que las descubre. En este sentido, el enorme mérito de científicos como Newton o Einstein no consiste en haber inventado leyes cosmológicas, sino en su capacidad de capturar y explicitar patrones contraintuitivos en sus trascendentales teorías.

 

No ocurre lo mismo con las “leyes” económicas. Éstas distan mucho de ser absolutas y han sido urdidas gradualmente por los seres humanos en nuestro caminar por este planeta y seguramente dejarán de existir cuando termine nuestro ciclo en la Tierra. Claramente sería tan inútil como insensato quejarnos de la subordinación de la Tierra al poder de la gravedad solar y exigir a la naturaleza que dé a nuestro planeta un trato y un lugar similares a los del Sol; pero no tiene nada de descabellado exigir que las reglas del juego de un sistema creado por humanos sean justas para todas las mujeres y hombres cuyas vidas dependen de éstas.

 

Aunque en ocasiones tenga fuertes tintes deterministas, la economía no sigue un patrón necesitarista. Ambos conceptos -necesitarismo y determinismo- postulan que dadas ciertas causas se producirán ciertos efectos. La diferencia estriba en que, mientras que el necesitarismo implica que las causas están dadas de antemano y no pueden ser modificadas -son necesarias-, el determinismo deja abierta la posibilidad de que las causas no se produzcan necesariamente, aunque una vez producidas, sus efectos estarán determinados. No es ni natural ni necesario que un yucateco o un mexicano pobre, por el hecho de nacer pobre, esté condenado a morir pobre. Evidentemente tampoco es justo, pero de mantenerse las mismas causas actuales, seguro se mantendrán los mismos efectos.

 

La segunda razón por la que la desigualdad debería preocuparnos tiene que ver con consideraciones de corte utilitario. Aun quienes consideran la injusticia como una variable sistémica residual deberían preocuparse por los efectos que nuestra creciente desigualdad augura. En los últimos años, el producto interno bruto de México ha crecido casi al mismo ritmo que la población, estancamiento del que la desigualdad puede ser una de sus causas determinantes. Incluso el Fondo Monetario Internacional, uno de los principales e incondicionales promotores de las políticas económicas neoliberales, ha tenido que admitir que la desigualdad termina por dañar gravemente al crecimiento económico (FMI, 12/04/2014).

 

Es precisamente la desigualdad la barrera que produce que muchos de los negocios meridanos limiten su enfoque a 30% del mercado potencial. El restante 70% apenas sobrevive y no puede entrar en el juego de deseos que desata el consumo capitalista. Nuestro mercado es raquítico e insuficiente para repartir entre todos los yucatecos que aspiran a ser emprendedores -lo cual ocasiona a su vez que no se generen nuevos y mejores empleos- y, encima de todo, las dificultades económicas que muchas empresas locales atraviesan se han acentuado por la llegada de competidores foráneos.

 

Poco o nada están haciendo nuestras autoridades estatales o federales por diseñar estrategias sociales, económicas, científicas y educativas destinadas a redistribuir eficientemente los recursos de los que disponen para combatir la condiciones que permiten la injusticia y para generar consumidores que conformen un mercado interno boyante. En vez de ello, la apuesta parece limitarse a repartir algunos bienes materiales a posicionar algunos productos locales fuera de nuestro estado -tarea que será cada vez más difícil dado nuestro cada vez más marcado rezago tecnológico- y atraer inversiones extranjeras que ven en nosotros la oportunidad de hacerse provisionalmente de mano de obra barata. A corto plazo, el único elemento extraordinario que podría alterar este estado de cosas es un aumento importante en los salarios mínimos.

 

Bajo el esquema actual de cosas, la gran división expuesta seguro se mantendrá y como consecuencia de ello se seguirá cocinando a fuego lento la peligrosa mezcla resentimiento-frustración que ha venido descomponiendo nuestro tejido social y que se materializa en patologías cada vez más comunes como la informalidad, la mendicidad o la delincuencia. Aunque este desalentador destino no es de ningún modo necesario, por el momento nuestro futuro sí parece estar fatalmente determinado.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

Texto publicado originalmente en el Diario de Yucatán el 10 de octubre de 2014.

 

La gran división.pdf