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México: fábrica de esclavos

Un esclavo es un individuo privado de su libertad por la acción de otra persona o por alguna fuerza que le somete. En tanto que es una privación, la esclavitud sólo puede ser entendida como antítesis de la libertad; es decir, como lo opuesto a la posibilidad de un individuo de autodeterminarse.

Ahora sabemos que, contrario a lo que las añejas tesis escolásticas sostenían, la libertad es en realidad una meta inalcanzable. Determinados en buena medida por nuestra propia naturaleza, y por nuestra constitución y experiencias personales, los individuos sólo podemos ser parcialmente libres. No importa lo que hagamos, siempre encontraremos elementos externos –el mundo- o internos –nuestras pasiones- que fungirán como límites infranqueables que restrinjan nuestro poder de obrar. Todos somos, por lo tanto, en alguna medida esclavos. Lo anterior no inutiliza nuestros esfuerzos por alcanzar la mayor libertad posible, pero sí revela lo compleja que resulta la lucha en pos de nuestro humano anhelo de ser libres.

En este contexto, resulta de la mayor importancia la estructura que un gobierno logre ofrecer a sus ciudadanos para que éstos puedan protegerse y ampliar, hasta donde alcancen, su margen de libertad.

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http://www.sinembargo.mx/opinion/01-05-2015/34175

El diluvio que viene

Un funcionario más decidió usar bienes públicos para sus fines particulares. David Korenfeld, entonces titular de la Conagua, fue fotografiado justo cuando abordaba junto con su familia, maletas en mano, un helicóptero de la dependencia que encabezaba. Korenfeld se disponía a iniciar sus vacaciones, pero no contaba con que un vecino suyo, indignado por lo que veía, capturaría y subiría a internet las imágenes de este penoso momento.

Las críticas en redes sociales no se hicieron esperar. Korenfeld intentó esbozar una explicación y se disculpó admitiendo su culpa. Así, el ex funcionario justificó su uso de la aeronave estatal por una supuesta lesión en su rodilla. La indignación arreció ante lo inverosímil de sus argumentos y ante las versiones de su posible destino vacacional. Korenfeld, promotor y operador de una peligrosa ley que pretende privatizar el suministro de agua en México, finalmente tuvo que admitir que mintió y se vio forzado a pedir su renuncia. Gracias al escándalo generado también se ha hecho del conocimiento público que desde 2013 el gobierno federal no reporta quiénes usan helicópteros y aviones y para qué los usan (Sinembargo.mx, 07/04/2015).

El caso de Korenfeld ha servido de pretexto para reabrir el debate sobre los alcances de la presión ejercida por los mexicanos en redes sociales sobre nuestros gobernantes: ¿es su renuncia un gran triunfo ciudadano o se trata simplemente de un insignificante caso que se diluirá entre los miles que diariamente son denunciados y que no obtienen respuesta alguna? En realidad, reducir el debate a esta dicotomía impide analizar un escenario que es mucho más complejo que eso.

El poder de las redes sociales no funciona como un interruptor binario. Esta fuerza viene en grados y depende de diversos factores coyunturales que interactúan todos a la vez. En este sentido, es de particular relevancia para los mexicaos inventariar y analizar los elementos que llevaron a que la cabeza de Korenfeld, un funcionario cercano al presidente de la república, sea ofrecida al público en charola de plata.

Por principio de cuentas, es preciso recordar que nos encontramos en plena campaña electoral. Las denuncias y las críticas ciudadanas son particularmente efectivas cuando éstas pueden tener un efecto directo en las urnas. Desgraciadamente, nuestra memoria es corta y cuando un caso se presenta lejano a las elecciones la probabilidad de que el electorado se olvide de éste es grande. Las vísperas electorales también tienen la característica de que los partidos opositores suelen denunciar con mayor dureza los deslices del partido en el poder.

Otro factor que debemos incluir en este análisis es la fortaleza del gobernante al que responde el funcionario denunciado. Enrique Peña Nieto se encuentra en su más bajo nivel de aprobación desde que asumió la presidencia del país. En gran parte esto se debe a los escándalos derivados de reportajes en medios independientes –entre los que destaca el de Carmen Aristegui- que se han venido difundiendo continuamente en las propias redes sociales. De acuerdo a la más reciente encuesta del periódico Reforma (26/03/2015) 57% de los ciudadanos, 78% de los universitarios y 82% de los líderes mexicanos le reprueba al presidente. Un presidente, gobernador o alcalde al que le llueve sobre mojado tiene muchas mas posibilidades de ceder ante la opinión pública que uno que goza de la confianza ciudadana.

Un tercer elemento a considerar es que las redes sociales se nutren de una dinámica de información cruzada entre internautas críticos y medios de comunicación independientes. Desde el momento en que Vizcaino hizo públicas sus fotografías diversos medios independientes nacionales y locales –como el Diario de Yucatán– empezaron a replicarlas junto con las mentirosas declaraciones iniciales de Korenfeld y las opiniones de analistas sobre el caso.

También surgieron medios que intentaron defender lo indefendible con alabanzas al funcionario o con matices sobre la gravedad de su falta. En el extremo está un texto de Carlos Mota en El Financiero (08/04/2015) donde el autor asegura que la indignación por lo ocurrido trae “un hedor a complejo de inferioridad sin igual” de mexicanos acomplejados porque no pueden viajar en helicóptero. Sin embargo, ante la evidencia gráfica y la calidad y prestigio de los medios independientes que aún tenemos en México, la opinión pública pudo reconocer con claridad lo evidente.

El caso de Korenfeld llegó a internet gracias a que su vecino Ignacio Vizcaino Tapia, un ciudadano que (a) hasta donde se sabe no tiene vínculo con ningún partido político, (b) consciente de lo que estaba mirando,  (c) decidió registrar el momento por medio de su cámara y (d) generar una denuncia pública en redes sociales. La respuesta de Vizcaino al ser cuestionado por el periódico digital Sinembargo.mx sobre lo que le movió ese día a actuar cómo lo hizo es una verdadera joya de ciudadanía: “Es muy indignante. Da mucho coraje que estas personas usen recursos de la Nación para beneficio propio cuando hay tantas necesidades en el país. Yo soy así. Creo que todos los mexicanos deberíamos denunciar cuando vemos abusos. Yo creo que si los mexicanos no nos dejáramos, nuestra realidad sería otra. Eso les he inculcado a mis hijos, a no dejarse, a no agacharse.”

También es importante no perder que el  volumen de la masa de ciudadanos críticos es también un factor determinante. Las redes sociales permiten conocer información de manos de gente en la que se confía y esto le da particular valor a lo que en ella se lee. Los mexicanos que cuentan con acceso a internet son cada día más y esta cifra tan sólo continuará creciendo. Esto significa que el efecto de las información y de la crítica en ellas podría convertirse en un verdadero diluvio para nuestros gobernantes. Los teléfonos inteligentes y las tabletas pueden ser adquiridos a precios mucho más accesibles que las computadoras. No es lo mismo 20% de mexicanos con acceso a internet a que 50%.

Finalmente, la narrativa o la forma en que se pueden contar la historia es también un elemento de peso. El caso de Korenfeld es mucho menos grave que muchas de los casos de corrupción que son denunciados por medios independientes o ciudadanos en redes sociales, pero éste apela más a la emoción que a la razón. El funcionario mintió e hizo uso, para fines recreativos, de un bien público tangible que, a diferencia de los contratos amañados o los desvíos de recursos, es también fotografiable. En el imaginario colectivo, las imágenes y la historia son más poderosos que los números.

En conclusión, el argumento de que los alcances limitados del poder de las redes sociales las vuelven una herramienta inútil es insostenible. Las redes sociales funcionan como herramienta para empoderar a los ciudadanos, aunque aún no con la eficiencia o con las frecuencia que todos quisiéramos. Sin embargo, la semilla está plantada y el retoño empieza a tomar forma. Mal haríamos en arrancarlo o despreciarlo en lugar de regarlo y cuidarlo tan sólo porque aún no es el frondoso árbol que muchos esperamos.

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El discreto desencanto de nuestra burguesía

Existen personas incapaces de reconocerse en el espejo. Quienes sufren de este trastorno no encuentran en el espejo su propio reflejo, sino ilusiones que representan a seres humanos completamente distintos a ellos o versiones modificadas de sí mismos. Este tipo de padecimiento, producido por enfermedades neuronales o lesiones cerebrales, suele ir de la mano con otro, llamado agnosia de espejo, que consiste en no poder identificar las superficies reflejantes como tales.

La contraproducente desfachatez con que algunos funcionarios exhiben y disponen de los beneficios cosechados bajo la sombra del poder en México puede entenderse si consideramos a nuestra clase política como paciente de una incapacidad análoga a la generada por la agnosia de espejo.

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http://www.sinembargo.mx/opinion/10-04-2015/33543

El auténtico “mexican moment”

En el México de hoy lo mínimo que se puede pedir a la democracia es que aspire a lo máximoLorenzo Meyer, historiador mexicano.


 

Del dolor de la tragedia podría erigirse un auténtico “mexican moment”. No es ni de lejos el que nuestras autoridades tenían en mente, pero es justo el que necesitamos.

 

La desaparición de 43 estudiantes normalistas a manos de policías en Guerrero, y la incapacidad o falta de voluntad de las autoridades de todos los niveles para dar con su paradero, han despertado en la sociedad mexicana una indignación sin precedentes. En un buen número de ciudades alrededor del mundo, lo mismo mexicanos que extranjeros han manifestado unánime y enérgicamente su repudio ante lo sucedido. La exigencia es una y no puede ser otra: justicia.

 

Encontrar a los 43 estudiantes y castigar a los culpables de su desaparición es, claramente, la escala más inmediata en la búsqueda de justicia y constituyen, con razón, las demandas más explícitas de los indignados. En este sentido, la justicia se produciría hasta que aparezcan los jóvenes normalistas y sean castigados todos y cada uno de los culpables -ya sea por acción o por inacción- de su desaparición. En esta lista tendrían que estar incluidas, desde luego, autoridades de los tres órdenes de gobierno.

 

Sin embargo, me parece que constituiría un grave error desaprovechar el momentum presente y limitar la exigencia de justicia a la solución de un caso particular, por indignante que este sea. Limitarla a este hecho específico equivaldría a convertir a la justicia en un concepto que el filósofo alemán Herbert Marcuse calificaría como “operacional terapéutico”. Marcuse considera que este tipo de conceptos “se vuelven falsos en la medida en que aíslan y dispersan los hechos, los estabilizan dentro de la totalidad represiva y aceptan los términos de esta totalidad como términos de análisis”.

 

Un análisis de este tipo es funcional, ya que se encierra en sí mismo y deja de lado la posibilidad de crítica real que implica trascender las fronteras del propio sistema. Para ilustrar como lo particular puede abolir a lo general, Marcuse utiliza el ejemplo de un trabajador de una compañía al que su salario no le alcanza para cubrir los gastos de la enfermedad de su mujer. Limitar el análisis de esta injusticia a las condiciones particulares de este trabajador o de la empresa en que trabaja, y pugnar por una mejora salarial para este individuo en específico como solución al problema, quita poder a la injusticia general producto de los procesos y condiciones en los que descansan los hechos injustos de una sociedad.

 

De manera análoga, limitar la demanda de justicia por lo acontecido en Guerrero a la aparición de los estudiantes o a el encarcelamiento de los culpables, es indispensable y necesario; pero resulta, en sí mismo, insuficiente. Peor aún, siguiendo a Marcuse, podría incluso resultar un ejercicio “terapéutico” que legitime el orden existente y que permita la preservación de las condiciones estructurales que han permitido la injusticia en primer lugar.

 

Las desapariciones de Iguala son tan sólo la grosera manifestación específica de una injusticia general cuyos componentes no son, en absoluto, exclusivos de Guerrero. Tanto los estudiantes normalistas como los criminales que los desaparecieron son grupos conformados por seres humanos marginados o reprimidos históricamente por el estado mexicano. La diferencia entre los unos y los otros es la naturaleza de su reacción ante la falta de oportunidades y ante el castigo de la sociedad en que tuvieron la desventura de nacer.

 

Lejos de constituir un caso aislado, tragedias como la ocurrida en Guerrero han ocurrido y seguirán ocurriendo en México hasta que no se cambie el orden de cosas en que éstas se gestan. Nuestro fallido modelo económico; nuestro sistema político basado en la corrupción, poco incluyente y poco representativo; la nula voluntad de nuestras autoridades para construir una base que permita nivelar las oportunidades de los desamparados; la violencia desencadenada por la “guerra” contra las drogas sin razón y sin sentido, empezada por Felipe Calderón -y continuada por Enrique Peña Nieto- y la represión perpetua e impune a auténticos líderes sociales son tan sólo algunos de los elementos sistémicos que han podrido nuestro tejido social y que han convertido a buena parte del país en un auténtico cagadal.

 

Si bien es cierto que las “renuncias” del gobernador de Guerrero y de un alto funcionario de la secretaría de gobernación constituyen grandes logros de la estruendosa demanda ciudadana, no debemos perder de vista que con estos movimientos el gobierno federal ha pretendido abrir una pequeña válvula para liberar un poco de presión y evitar que continúe incrementándose el malestar popular. Hacer justicia para los normalistas desaparecidos implica, por tanto, no aceptar como suficientes los “sacrificios” o las soluciones particulares y mantener el ímpetu presente hasta que se cambie de fondo la estructura represiva de nuestro sistema.

 

Todo parece indicar que nuestros sistemas económico y político han llevado su represión más allá de los límites que habían garantizado, hasta hace unos días, su perpetuación. Dadas las masivas manifestaciones de solidaridad, físicas y virtuales, de miles de mexicanos, y dada la poca importancia que los indignados han dado hasta el momento a los argumentos y cesiones gubernamentales, es probable que nos encontremos ante la oportunidad histórica de generar las condiciones que permitan que se derrumbe la base misma de la injusticia y de la opresión; de que la justicia sea completa para los estudiantes de Ayotzinapa y para los millones de mexicanos marginados por sus gobiernos y olvidados por el resto de su sociedad.

 

Ese sí que sería un auténtico “mexican moment”.

 

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Publicado originalente en: http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/el-autentico-mexican-moment

El auténtico "mexican moment"