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Stephen Hawking y el fin de la humanidad

Sabemos que los procesos de evolución aleatoria pueden producir una inteligencia de nivel humano porque ya lo han hecho antes al menos una vezNick Bostrom, filósofo sueco


 

Una advertencia de Stephen Hawking no es algo que uno pueda tomar con ligereza y menos aún cuando se trata de una alerta sobre el fin de la especie humana.

 

En días pasados, este reconocido astrofísico británico alertó al mundo sobre los peligros de la inteligencia artificial, tecnología que a su juicio eventualmente se volverá autoconsciente y terminará por eliminar y reemplazar a los seres humanos en el planeta. A pesar de que el mensaje de Hawking no es novedoso, la prominencia del mensajero ha producido que el tema ocupe las primeras planas de un buen número de medios alrededor del mundo.

 

Desde 1956 parte de la comunidad científica y filosófica ha venido pronosticando el inminente ascenso de la inteligencia artificial —creada en 1940— y debatiendo los alcances de ésta; pero hasta hace muy poco para el gran público este tipo de proyecciones parecían más producto de un arrebato demencial que un análisis serio. El tiempo le ha dado la razón a los científicos y a los filósofos. Con el correr de los años, muchas de las más aventuradas predicciones sobre la inteligencia artificial se han materializado. Pero un estallido aún más espectacular está por producirse; uno que hará palidecer las capacidades de los robots industriales, de los automóviles que se conducen solos y de los sistemas operativos más avanzados de nuestro tiempo.

 

Se estima que entre 2025 y 2040 las máquinas habrán alcanzado la misma capacidad y velocidad de procesamiento que el cerebro humano. Es evidente que la ficción ha alcanzado la realidad más rápido de lo esperado y que importantes amenazas y oportunidades se nos abren con su llegada. Una muy buena idea de sus alcances se configura en la respuesta a una interrogante que, como suele ocurrir con tantas otras, por básica ha sido dejada de lado: ¿por qué no nos dimos cuenta antes?

 

En su influyente libro “Race against the machine” (Carrera contra la máquina), Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee ofrecen dos conceptos clave para responder a esta pregunta. El primero es la Ley de Moore —bautizada así en honor a Gordon Moore, cofundador de Intel— que originalmente postulaba que la capacidad de los microprocesadores se duplica cada 12 meses. En su versión actualizada y comprobada esta ley establece que la capacidad de las máquinas medida en términos de velocidad de procesadores y la mejora de los algoritmos se duplica cada 18 meses.

 

El segundo concepto ofrecido por Brynjolfsson y McAfee, estrechamente vinculado con el primero, puede ser llamado “sigilo de la multiplicación exponencial” —el término es propuesto por el autor de esta columna— y es explicado por Kevin Drum (“The Observer”, 13/05/2013) tomando como ejemplo un famoso y enorme lago norteamericano llamado Lago Michigan. Drum propone efectuar un experimento mental como caso análogo y proporcional al desarrollo de la Inteligencia Artificial. El experimento de Drum consiste en suponer, por principio de cuentas, que estamos en 1940 —año en que da inicio a la inteligencia artificial— y que podemos vaciar por completo el contenido del lago Michigan.

 

Después debemos imaginar que se nos pide llenar el espacio vaciado de nuevo, pero se nos impone para ello una regla: podemos empezar el día uno vertiendo en el lecho vacío el agua contenida en un vaso —aproximadamente 30 mililitros—. A partir de ese momento podemos regresar cada 18 meses a depositar el doble de la cantidad depositada la vez inmediata anterior; es decir, 60 ml la segunda vez, 120 ml la tercera y así sucesivamente.

 

En 1970, 30 años después de haber iniciado este proceso, habríamos depositado apenas el equivalente al agua de una piscina casera. En 2000, otros 30 años después, apenas habríamos logrado cubrir toda la superficie con una delgada capa de agua de apenas un par de centímetros de altura. Sin embargo, siguiendo la misma lógica, en el año 2020 ya habríamos logrado una profundidad de 12 metros, y para 2040 ya habríamos terminado de llenar el lecho vacío.

 

El punto de Drum es que, con base en la Ley de Moore, durante los primeros 70 años parecería que hay grandes avances; pero en los últimos 15 años, aparentemente de la nada, habríamos terminado el trabajo. De manera análoga al experimento mental del Lago Michigan, la capacidad de solución de problemas de las máquinas de 2040 será comparable a la de un ser humano y parecerá haber ocurrido de repente.

 

Las máquinas con inteligencia artificial sustituirán trabajos humanos que considerábamos irreemplazables y diversos sistemas autónomos —autorreparables y autoprogramables— comenzarán a convivir con nosotros. El problema es que, a diferencia de lo que ocurre con las personas, las máquinas continuarán duplicando su poder cada 18 meses. Si el ascenso de la inteligencia artificial nos tomará por sorpresa, es en buena medida porque éste ha sido tan silencioso como veloz y constante.

 

Stephen Hawking sabe que, como consecuencia natural de la Ley de Moore, la inteligencia artificial se encuentra a punto de entrar en la fase de crecimiento exponencial y que los seres humanos no estamos preparados para lidiar con las consecuencias de este acelerado proceso.

 

Su pronóstico, claramente fatalista, no es, empero, el único disponible. También hay quienes aseguran que a los seres humanos terminará por ocurrirles algo similar a lo que les ha ocurrido a los gorilas —las máquinas inteligentes no nos aniquilarán, pero tampoco nos necesitarán— y quienes consideran que por más inteligente que sea una máquina, ésta jamás podrá desarrollar una conciencia similar a la humana y que, por lo tanto, estará siempre subordinada a nuestras necesidades.

 

En este momento lo único seguro es que los seres humanos muy pronto tendremos entre nosotros nuevos e insospechados compañeros. Por ahora sigue en nuestras manos la determinación del papel que queremos que éstos jueguen en nuestra sociedad. De continuar produciendo más y mejores máquinas en automático, y sin encausar este proceso, en unos años quizás ya no tengamos la oportunidad de decidir o descubramos que los papeles se han invertido. En este sentido, sería una muy mala idea tirar la advertencia de Hawking en un saco roto.

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM).

 

 

@asalgadoborge

 

antoniosalgadoborge@gmail.com

 

 

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Stephen Hawking y el fin de la humanidad

A través del universo

El hombre puede conocer; por lo tanto, puede ser libreKarl Popper, filósofo austriaco


A principios del siglo XIX el egiptólogo inglés William John Bankes emprendió un viaje a Egipto, país donde descubrió, justo a las afueras de las ruinas del templo de Isis ubicado en la isla de Philae, un enorme obelisco rosado en cuya superficie de granito se encontraban dos series de palabras, una grabada en griego antiguo y otra en jeroglíficos egipcios.

 

El interés de Bankes en este artefacto fue tal que ordenó su inmediato traslado a Inglaterra, donde se dedicó a estudiar sus inscripciones bilingües. El explorador se percató entonces de que entre las palabras griegas se encontraba la que representaba el nombre de Cleopatra y, después de un arduo trabajo, pudo ubicar un jeroglífico egipcio al que identificó como su equivalente.

 

El descubrimiento de Bankes fue fundamental para “romper” el hasta entonces misterioso código de los jeroglíficos egipcios y para entender así las inscripciones en el obelisco de Philae y muchos otros artefactos con grabados egipcios, entre los que figura la piedra de Rosetta.

 

Dos siglos después, los seres humanos hemos dado un paso fundamental en nuestro objetivo de descifrar otro lenguaje, uno muchísimo más complejo y fundamental que el egipcio. La semana pasada, después de 10 años de haber iniciado una travesía a través de nuestro sistema solar, la nave Rosetta pudo cumplir su misión de depositar una sonda llamada Philae en la superficie de un cometa ubicado a más de 500 millones de kilómetros de la Tierra. Su misión: “Abrir el cerrojo y liberar los secretos ocultos dentro de su helado cofre de más de 4,600 millones de años” (ESA, 2014).

 

Explicar el origen del agua en el planeta Tierra contiúa siendo problemático. Conocemos con detalle el proceso que ha dado origen a la vida, pero no el origen algunos de los elementos primigenios que le permitieron florecer en nuestro planeta. Por eso es tan relevante estudiar cometas, objetos que se han formado a distancias muy lejanas al Sol y que, debido a sus bajas temperaturas, han mantenido las condiciones prevalecientes cuando el sistema solar y la Tierra nacieron, incluida la presencia de los bloques básicos de la vida. Philae acompañará a un cometa -67P/Churyumov–Gerasimenko-  en su ruta hacia el Sol y registrará la evolución que se presenta en su anfitrión en su trayecto. Durante el viaje, la sonda taladrará en la superficie del cometa en busca de elementos que puedan dar pistas del origen de la galaxia, de la Tierra y de la vida en nuestro planeta.

 

Sin importar los resultados que la Misión Rosetta obtenga -Philae ha entrado en un período de reposoindefinido por falta de energía-, su hazaña constituye un impresionante triunfo de la mente humana. Apenas en el siglo XVII la cosmovisión dominante establecía a la Tierra como centro físico del universo y al ser humano como centro conceptual de todo lo existente. Resulta increíble que estos animales racionales que veían en cada cometa un dios o una señal divina hayan logrado colocar con una precisión fuera de serie en la “cabeza” de un objeto con forma de pato de goma y del tamaño de Central Park que surca el espacio jupiteriano a más de 60,000 kilómetros por hora, una caja de apenas dos metros de extensión cuyo peso es, debido a la gravedad del cometa, el equivalente al de una hoja de papel en la Tierra.

 

Sin embargo, por desgracia, en varias partes del mundo se está produciendo un reflujo conservador que amenaza seriamente el futuro de proyectos como la Misión Rosetta y de importantes líneas de investigación científica. Para no irnos muy lejos, en las más recientes elecciones estadounidenses el Partido Republicano obtuvo la mayoría de los escaños en el Senado; triunfo con el que ha asegurado el control de ambas cámaras. Así, tenemos representantes, senadores y gobernadores republicanos que “no creen” en el cambio climático, que buscan retirar la teoría de la evolución de los libros de texto, que aseguran que la edad real de la Tierra es 5,000 años o que pretenden rasurar el presupuesto destinado a ciencia e investigación por considerarlo superficial.

 

El torrente de pensamiento libre del que se nutren las mentes curiosas e inquisitivas que han permitido el espectacular desarrollo científico no es inagotable. La civilización occidental no sería la primera -probablemente tampoco la última- en levantar el hacha de la ignorancia para destruir su desarrollo intelectual y construirse prisiones ideológicas con sus restos. Parte de lo que ha generado que históricamente el pensamiento científico sea tan vulnerable es que éste no ha sido nunca accesible a mayorías impedidas.

 

Es por ello que, además de indagar en los qués, los por qués y los cómos de todo lo existente, la ciencia no puede rehuir a dos tareas fundamentales íntimamente ligadas; a saber, la responsabilidad de que no cuestionar el statu quo implica, aunque sea indirectamente, ser partícipes en su preservación, y el compromiso de generar consecuentemente la base técnica necesaria para aliviar y prevenir parte importante del sufrimiento y de la miseria, intelectuales y materiales, de millones de seres humanos.

 

La Misión Rosetta es nuestro más reciente logro en una larga serie de intentos de entender nuestra posición en el cosmos a través del desciframiento de su lenguaje. Un espectacular recordatorio de que cada nuevo descubrimiento astronómico que nos empequeñece físicamente nos demuestra a su vez lo grandiosas que nuestras mentes pueden llegar a ser. Un recordatorio, también, de que la probada capacidad de la humanidad de dar la espalda a los logros de su propio espíritu no sólo no debe ser subestimada, sino que debe ser permanentemente contenida.

 

asalgadoborge@gmail.com
@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

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A través del universo

El “internet de las cosas”

Lo que ve una persona depende tanto de a qué mira como también de qué le ha enseñado a ver su experiencia visual y conceptual previaThomas Kuhn, filósofo de la ciencia estadounidense.


 

La mudanza gradual de las telecomunicaciones y de los mercados al ciberespacio ha generado que la cantidad de actividades en línea, el tiempo que dedicamos a éstas y sus efectos en el mundo físico sean cada vez mayores.

 

Por el momento, el mundo “real” y el mundo “virtual” convergen, casi exclusivamente, en las pantallas de computadoras, de teléfonos celulares o de tabletas. Apenas 1% de las cosas que podrían contar con una conexión a internet están equipadas hoy con la tecnología necesaria para acceder a esta red (“The Guardian”, 25/10/2013), por lo que la mayor parte de nuestras actividades cotidianas ocurren offline. Empero, dado que la intensidad del explosivo proceso de hiperinflación cibernética dista mucho de haber disminuido, podemos afirmar que el mundo “virtual” pronto se hará omnipresente en nuestras vidas. Es cuestión de tiempo para que el restante 99% de los aparatos que podrían tener, y que actualmente no tienen, acceso a internet alcancen a sus más avanzados hermanos “inteligentes”.

 

Este proceso está en marcha y tiene nombre. El “internet de las cosas” –o internet de todo- es el neologismo empleado para denominar a la red conformada por aparatos inteligentes que, equipados con sensores, detectan eventos relacionados con su uso y crean un registro histórico de cada una de las actividades para las cuales han sido diseñados. Los artefactos que integran el “internet de las cosas” están también interconectados, por lo que comparten información y reaccionan de forma sincronizada ante eventos específicos. Se estima que para 2020 habrá en el mundo 30 mil millones de dispositivos equipados con capacidades para relacionarse entre sí de forma interactiva y para recolectar datos de sus usuarios humanos (“Mother Jones” 25/04/2014).

 

La posibilidad de que nuestros aparatos transmitan por medio de internet información que hasta el día de hoy es, a grandes rasgos, confidencial abre la puerta para simplificar o mejorar parte de nuestra vida. Así, un cepillo de dientes eléctrico podría recabar información sobre posibles caries en los molares que limpia y presentar al usuario un reporte cada determinado tiempo, o un aire acondicionado modificar la temperatura de una sala en función de su registro de la temperatura de los cuerpos presentes en ella.

 

Pero el “internet de las cosas” no se queda en las capacidades de registro o de diagnóstico de los artefactos que le conforman. Dado que sus objetos estarán conectados entre sí a través de una plataforma –sistema operativo o lenguaje compartido- en común, estos productos podrán intercambiar información que les permita operar de forma coordinada. Con un simple comando de voz como “cine” las luces de una sala de televisión podrían atenuarse, las cortinas descender, la televisión encenderse y la plataforma de videos en línea preferida de su propietario sintonizarse en una película sugerida de acuerdo a sus gustos. Los exponentes más avanzados de este tipo de sistema son Google Glass y el automóvil sin conductor, artefacto que se encuentra actualmente en desarrollo.

 

A pesar de potenciales comodidades y beneficios como los descritos líneas arriba, un escenario donde la presencia del “internet de las cosas” es la norma dista mucho de ser utópico. Es lógico suponer que, con la llegada de esta tecnología, el proceso de datificación –tomar todos los aspectos del mundo y convertirlos en datos- al que actualmente son sometidas todas nuestras actividades en línea crecerá exponencialmente. A estas alturas, para pocos es un secreto que tanto gobiernos como algunas grandes empresas constantemente recolectan e interpretan los metadatos –registros omnicomprensivos de datos- que pueden obtener de los ciberanutas. La perspectiva de un mundo en el que la mayoría de los aparatos con los que interactuamos datifiquen permanentemente nuestras acciones reduciría, al mínimo, nuestro cada vez más estrecho margen de privacidad.

 

También se verán afectadas nuestras capacidades de evaluación y de análisis. Una de las más importantes funciones de los artefactos conectados al “internet de las cosas” es su facultad de anticipar los deseos y necesidades humanos antes de que seamos conscientes de los mismos o, incluso, antes de que éstos se generen. De esta forma, un sensor en el jardín de una casa puede detectar que es momento de podar el césped basado en un registro histórico de podas anteriores y, gracias a esta detección, mandar una alerta al teléfono móvil del propietario del predio o enviar directamente una alerta de servicio a una empresa dedicada a la jardinería.

 

Pero considero que el mayor riesgo que el “internet de las cosas” conlleva es la pérdida de parte importante de la libertad humana. Si existe un registro de nuestros metadatos, las empresas que los han archivado pueden conocer y predecir nuestros patrones de conducta. Dado que estas empresas son también los fabricantes de los productos con sensores y con acceso a internet, es fácil predecir que estas compañías orientarán el consumo de sus clientes generando alertas o cursos de acción sugeridos para anticipar sus juicios. Empero, si las opciones sugeridas a un individuo se circunscriben a las características del perfil generado por sus metadatos, y su proceso de evaluación ha sido maquilado previamente por una o varias empresas, su posibilidad de cambio autónomo, de romper sus propios paradigmas o de abrir los ojos a lo diferente, momentos triunfales del espíritu humano, se reduciría de forma importante.

 

El “internet de las cosas” crece velozmente y el ritmo de su galope no amainará en un futuro cercano. Por el momento, su evolución encuentra su estadio más adelantado a nivel industrial; pero en meses recientes algunas de las compañías más importantes del mundo han invertido miles de millones de dólares (“The Guardian”, 9/04/2014) en la adquisición de aquellas empresas que han logrado establecer algún tipo vinculación inteligente para sus productos en hogares.

 

Las casas y los espacios públicos serán gradualmente poblados por aparatos inteligentes. Predecir con exactitud el abanico completo de las consecuencias que el “internet de las cosas” generará a su paso es una tarea irrealizable. Por el momento, lo que sí podemos hacer es tratar de entender nuestra relación con la tecnología presente para, a partir de esta base de comprensión, analizar las amenazas o a las oportunidades que su indetenible onda expansiva traerá a nuestras vidas.

 

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

asalgadoborge.wordpress.com

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM).

 

El "internet de las cosas".pdf

Todo está en nuestras mentes

El orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas –Baruch Spinoza, filósofo holandés.


 

Pocas cosas deberían asombrarnos más a los animales racionales que el denso y omnímodo océano de nuestras mentes. A pesar de que éstas posibilitan y limitan todo lo que percibimos, y configuran y enmarcan lo que somos, fuera de un reducido círculo la mayoría de los seres humanos solemos reflexionar muy poco sobre la naturaleza y sobre los alcances de lo pensante.

 

La falta de audiencias masivas no ha impedido, afortunadamente, que a lo largo de la historia un grupo de enormes pensadores desafíen las limitantes de su tiempo para intentar deducir, argumentar y entender mejor qué es, cómo funciona y qué tan trascendente es el mundo del intelecto. Es gracias al esfuerzo de estos gigantes que, generación tras generación, se ha mantenido con vida una antorcha que el día de hoy encuentra las condiciones propicias para generar una auténtica revolución de alcances insospechados. No es exagerado afirmar que el siglo XXI será el siglo de la mente.

 

Dos películas ilustran perfectamente el par de senderos paralelos en los que se bifurca la revolución intelectual en ciernes. El momento de la aparición de estas cintas no es, desde luego, casual. La primera, y más reciente de ellas, se exhibe actualmente en salas de cine de Yucatán y se llama “Lucy”. La trama de “Lucy” parte del supuesto de que los seres humanos solo empleamos 10% de nuestro cerebro, y gira en torno a una mujer que, debido circunstancias particulares, sufre una modificación física que le permite incrementar gradualmente el porcentaje de uso de este órgano. A pesar de que el punto de partida de “Lucy” es falso –los seres humanos utilizamos en realidad todo nuestro cerebro, aunque no todas las partes del mismo desempeñan las mismas funciones-, esta película ha despertado el interés del público en el potencial de la materia gris de la que surgen sus pensamientos.

 

La tecnología disponible el día de hoy invita al optimismo. En Estados Unidos y en Europa tanto gobiernos como algunos multimillonarios están destinando miles de millones de dólares a programas gubernamentales, como el “Proyecto sobre el cerebro humano”, o privados, como el “Instituto Allen para la ciencia del cerebro,” con el fin trazar un mapa que permita entender mejor el funcionamiento del cerebro humano. Y es que, a pesar de nuestros impresionantes avances en áreas como la astronomía y la física cuántica, el cerebro es hoy todavía un territorio ampliamente desconocido. La buena noticia es que en los últimos años hemos recuperado terreno a velocidades insospechadas. Incluso hay quien piensa que hace 100 años nuestro mapa del cerebro correspondería a un mapa convencional geográfico del siglo XV, mientras que su equivalente el día de hoy corresponde a su cartografía del siglo XVIII. Avanzar 300 años en 100 no suena nada mal.

 

El conocimiento de nuestro cerebro nos permitirá tratar enfermedades y condiciones – como la depresión que llevó al suicido al actor Robin Williams- que el día de hoy permanecen cubiertas por un velo de misterio. También nos llevará a entender, gracias al mapeo de la ruta que la información sigue en su recorrido por los circuitos neuronales, cómo la procesamos o codificamos y que áreas de nuestro cerebro trabajan en conjunto ante cada estado de ánimo o evento al que nos enfrentamos. En última instancia, este “hackeo de la mente” nos permitirá entendernos mejor, y también desarrollar tecnologías para alterar como pensamos, sentimos y recordamos.

 

En paralelo al sendero que recorre el conocimiento de la mente humana, se extiende la ruta seguida por el desarrollo de inteligencia artificial; es decir, la reproducción de lo que hasta hace muy poco tiempo consideramos atributos exclusivos de la inteligencia humana en aparatos construidos por mujeres o por hombres. La película que mejor representa los alcances de este proceso se llama “Ella” (2013), y trata de un hombre –Theodor- que adquiere la más reciente versión de un dispositivo inteligente, aparato que incluye un sistema operativo con inteligencia artificial. Después de configurar y poner nombre a la voz que le guiará en su nueva plataforma digital, Theodor resulta sorprendido por las facultades y habilidades que descubre en ésta. Pronto se percata que puede, de hecho, sostener una conversación con su sistema operativo –a quien bautiza como Samatha- y, poco a poco, traba una amistad con ella que deriva en un amor que, para su fortuna, le es correspondido.

 

Por fantasiosa –o incluso ridícula- que pueda resultar en el papel la propuesta de esta película, su profundidad, su calidad y su correspondencia con la realidad son muy superiores a los de “Lucy”. La inteligencia artificial ha sido, desde la invención de la primera computadora, el sueño de un buen número de científicos y de escritores de ciencia ficción; sin embargo, su materialización es reciente. Y creciente. Diferentes compañías –como Google, Microsoft o IBM- han invertido multimillonarias cantidades en robots o microprocesadores capaces de emular algunas de las facultades intelectuales de la mente humana entre las que se encuentran las capacidades de percepción, reconocimiento de lo percibido y formulación de conceptos generales.

 

La inteligencia artificial se encuentra mucho más adelantada que la ciencia del cerebro. Es muy probable que en las próximas décadas terminemos desarrollando máquinas tan autónomas e independientes como lo puede ser un humano. Una de las escenas más profundas de “Ella” es cuando Theodor le dice a Samantha que no puede estar enamorado de ella porque ésta no es real. Sabedora de que comparten la misma base estructural cuántica –física-, Samantha le responde a Theodor que es tan real como él. Si logramos crear seres inteligentes capaces de entablar una relación horizontal con nosotros, la frontera entre humanos y máquinas sería meramente biológica: ¿seríamos en realidad tan diferentes?

 

La evolución de la mente está en curso. La duda no estriba en a dónde nos llevará, sino cuánto tiempo nos tomará llegara al punto en el que conozcamos nuestro cerebro tan bien como conocemos otros de los órganos de nuestro cuerpo o para que llegar a desarrollar máquinas al menos tan inteligentes como nosotros. Tendremos que encarar este proceso con la humildad suficiente para aceptar que muchos de los paradigmas que sostienen nuestro añejo antropocentrismo podrían derrumbarse en el camino.

 

Si la historia de los seres humanos en la tierra empezó con el big-bang del que surgió el devenir de nuestro pensamiento, lo que está por venir es un proceso de hiperinflación en el que nuestra mente se conocerá a sí misma y pulverizará sus límites como los conocemos. Un espectáculo que no podernos perdernos.

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en ética. Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Publicado originalmente en el Diario de Yucatán como “La hiperinflación del intelecto” el 21 de septiembre de 2014.

 

La hiperinflación del intelecto.pdf

Lentes inversoras

El principio del individualismo, el perseguir el autointerés, estaba condicionado a la proposición de que el autointerés era racionalHerbert Marcuse, filósofo alemán.


 

La pobreza material de Yucatán está directamente relacionada con la pobreza intelectual con que se ha manejando su economía; saber fundamental para el desarrollo de cualquier estado. Es evidente que Yucatán carece de un proyecto económico serio. Ya sea por la negligencia, la indiferencia o la falta de capacidad de nuestras autoridades, la economía yucateca, famélica desde hace décadas, se encuentra hoy estancada.

 

El reciente anuncio de la creación de un Centro para la Competitividad de Yucatán (CCY) con el fin de recolectar, analizar y dar sentido a información que permita diagnosticar los principales problemas económicos de nuestro estado, y aportar ideas para resolverlos -un proyecto cobijado por la Coparmex (Diario de Yucatán 11/05/2014)-, se enmarca en este contexto. El oscurantismo económico que nos ha caracterizado es tan denso que es fácil ver que un esfuerzo de esta naturaleza podría tener un efecto positivo en la economía de nuestro estado. Sin embargo, considero que existen elementos para afirmar que, para que el CCY tenga un valor real, éste debe cumplir con ciertas condiciones fundamentales.

 

Debido a su origen es lógico que uno de los fines de la constitución del CCY sea “apoyar a la comunidad empresarial yucateca”. Este objetivo no tendría por que estar totalmente reñido con la “utilidad social” postulada como otro de sus fines principales; pero la experiencia a nivel nacional e internacional nos demuestra que cuando las élites económicas logran influir en las políticas públicas, éstas no necesariamente benefician a las mayorías (“The New Yorker”, 18/04/2014). En este sentido, el CCY debe enfocar la economía desde una óptica que beneficie a la comunidad local, y no seguir una inercia ideológica que suele transportar los intereses de los grandes capitales nacionales e internacionales, contrarios, en muchas ocasiones, a los de los empresarios yucatecos.

 

El debate sobre las ideas que se discuten a nivel mundial suele tardar en llegar a Yucatán. El principal reto para el CCY será desembarazarse de los paradigmas plagados de anomalías que caracterizaron a las dos últimas décadas del siglo XX y abrir la puerta a teorías que han resultado mejores que sus competidoras. Recurro al filósofo Thomas Kuhn de nueva cuenta para resaltar que un cambio de paradigma no se limita a interpretar los datos actuales con otros ojos, sino que implica colocarse una suerte de “lentes inversoras” que permitan ver los mismos objetos con una luz diferente: “lo que antes eran patos ahora son conejos”. Con un cambio de paradigma se responde ante un mundo distinto, ya que la determinación misma de qué es un dato, y su estabilidad, depende de los instrumentos y conceptos empleados para interpretarlo (Kuhn, 2013).

 

La pretensión de generar empleos a través de maquiladoras que buscan mano de obra barata y que están orientadas a la exportación o a través de la industria de la construcción, representa preservar ad infinitum las paupérrimas condiciones de vida de la mayoría de los yucatecos y, con ello, el nulo crecimiento de las empresas locales y de la economía del estado. Yucatán es una de las entidades con más bajos niveles de salarios en un país cuyo salario mínimo es el segundo peor –sólo por arriba de Haití- de todo el continente; por lo que un cambio de paradigma económico se trata de un asunto de la mayor urgencia.

 

Afortunadamente, basta con mirar fuera de nuestras fronteras para descubrir que tenemos dónde apoyarnos. No es casualidad que el libro más vendido en Estados Unidos sea, contra toda probabilidad, “Capital en el siglo XXI”, del economista francés Thomas Pikkety; obra compleja de más de 500 páginas que tiene como temas principales la inevitabilidad de la concentración de la riqueza en el sistema capitalista, su efecto letal para el crecimiento económico y la necesidad de aplicar esquemas de gravamen progresivos para corregirla . Esta problemática ha sido abordada ampliamente por premios Nobel como Joseph Stiglitz y Paul Krugman, llegando a ser incluso reconocida públicamente por el Fondo Monetario Internacional (“The Guardian”, 26/02/2014).

 

Unas “lentes inversoras” también mostrarían al CCY que hay elementos que, a pesar de no ser considerados convencionalmente datos económicos, tienen una importancia mayor para el desarrollo de la economía que muchos de sus indicadores más sagrados. Es por ello que valdría la pena seguir los consejos de los presidentes de las universidades de Stanford y de Michigan (“The Washinton Post”, 14/11/2014) y asumir como prioridades primerísimas el establecimiento de condiciones que permitan el desarrollo de investigación científica, paso indispensable para alcanzar el grado de innovación que produce mayores utilidades y mejores fuentes de empleo, y de las humanidades, que ayudan a orientar el desarrollo hacia un rumbo democrático que evite escenarios totalitarios.

 

Hace 40 años el psicólogo norteamericano Walter Mischel condujo un experimento en el que dejaba a niños de 4 años sentados a solas en un cuarto enfrente de una mesa en la que se hallaba un malvavisco (“The Economist”, 03/03/2011). Antes de salir de la habitación, el psicólogo les explicaba a los pequeños que podían comerse el dulce sin problema; pero que, en caso de no hacerlo y de esperar a su regreso, recibirían adicionalmente otro malvavisco. Aquellos niños que fueron capaces de aguantar las ansias de devorar el primer malvavisco, es decir, de diferir la gratificación, obtuvieron en el transcurso de su vida académica mejores calificaciones, tuvieron una menor tasa de deserción de la universidad y tienen mejores trabajos que los que no pudieron contener su impulso inicial.

 

La política económica yucateca se ha basado, cuando bien nos va, en parches y remedos que suelen responder a intereses específicos. Un despegue económico con “utilidad social” pasa necesariamente por nuestra capacidad de aprender a diferir la utilidad particular presente en aras de establecer las condiciones generales necesarias para un beneficio mayor en el futuro. El éxito o fracaso de nuestra economía dependerá, por tanto, del alcance y de la calidad de nuestras lentes inversoras.

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

*Maestro en Estudios Humanísticos (ITESM). Profesor y director de la Universidad Marista.

 

(Artículo publicado en el Diario de Yucatán el 21 de mayo de 2014 http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/la-economia-yucateca-del-siglo-xxi-lentes-inversoras)

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