Archivos por Etiqueta: capitales

Discutamos el salario mínimo

En los primeros tres minutos se hizo el universo. Precisamente todo está pasando aquí y ahora. –Gustavo Cerati, músico argentino.


 

El debate sobre si es conveniente aumentar el salario mínimo en México puede ser enfocado a través dos interrogantes con perspectivas complementarias: ¿sería justo incrementar por decreto el salario mínimo?. ¿Sería útil, para la mayoría de los mexicanos, que éste se eleve?

 

13% de las personas ocupadas en México, formal o informalmente, ganan el salario mínimo. [1]En 20 años este salario ha experimentado en México una pérdida de su poder de compra real de 29%. Dos parámetros ayudan a entender lo que esta merma significa en la vida de un trabajador. El primero es la canasta básica. Desde 1995 el precio de la canasta básica ha aumentado 192.4% más que el salario mínimo. El salario mínimo actual debería de ser de $98.72 tan sólo para mantener el nivel de vida que tenía la población urbana de 1995[2]. El segundo parámetro es la Canasta Alimenticia Recomendable, que desde 1987 a la fecha tiene un crecimiento acumulado de 4,773%. El salario tan sólo ha crecido 940% en el mismo período.[3]

 

Es evidente que dejar el salario a merced del libre mercado ha sido contraproducente para los trabajadores mexicanos peor pagados. El mercado regula ineficientemente el salario porque las relaciones humanas involucradas en los contratos y despidos son mucho más complejas que los mercados de bienes físicos.[4] De acuerdo a un análisis elaborado por la UNAM, un trabajador que gana el salario mínimo en México genera el valor de su sueldo con sólo laborar 9 minutos; lo que produce en el resto de su jornada de trabajo (7 horas con 51 minutos), se queda en las arcas del gobierno y las empresas[5]. Los trabajadores de bajos ingresos no carecen de las habilidades necesarias para desempeñar sus trabajos, sino del poder de negociación para presionar por una mejor repartición de las utilidades que están ayudando a generar.[6]

 

La relación entre patrones y trabajadores se caracteriza por un natural estira y afloja. Los primeros quieren un trabajo más productivo a un menor precio, mientras que los segundos quieren una mejor remuneración por el tiempo que dedican a su trabajo. El muy superior poder –económico y político- del capital empresarial es contrarrestado por la capacidad de negociación de los siempre más numerosos trabajadores agrupados en sindicatos. Empero, en México apenas 10% de los trabajadores pertenecen a algún sindicato [7] y buena parte de estas organizaciones se encuentra en manos de líderes corruptos que, en vez de velar por el bienestar de sus trabajadores, se conforman con vender al mejor postor su capacidad de pastorear a sus agremiados. El aumento al salario mínimo, estándar laboral fundamental diseñado para proteger a los trabajadores, es una política de la mayor importancia para compensar su evidente impotencia en la defensa de sus mejores intereses[8].

 

No existe evidencia que a los aumentos de productividad laboral sigan aumentos en el salario de los trabajadores: las pruebas apuntan a lo contrario. En México, lo sabemos muy bien: mientras más ha subido nuestra productividad, más han bajado, en términos reales, nuestros salarios. Entre 1998 y 2013 productividad aumentó 15%, pero sólo 3 industrias de 22 mantienen un crecimiento de sus salarios por arriba del crecimiento de su productividad [9]. Esto significa que el salario mínimo en 2014 debería rondar los 100 pesos[10]. Tal parece que, tal como señalan algunos economistas norteamericanos, el problema con el mercado de los salarios bajos no es la calidad de los trabajadores, sino la calidad de los trabajos[11] que podría deberse, en parte, a nuestro capitalismo de cuates y a la poca inversión en investigación y tecnología.

 

Es correcto afirmar que existe una relación entre salario y productividad; pero, de acuerdo al premio Nobel en economía Joseph Stiglitz, ésta fluye en sentido inverso al que normalmente se supone. La teoría denominada “Salario eficiente” postula que mientras más se le pague a un trabajador, éste resultará más productivo, se sentirá más leal a la compañía (hay menos deserciones) y trabajará más duro para mantener su empleo[12]. Las compañías pagarán más a algunos de sus trabajadores –es cierto- ; pero lo que los negocios “pierden” temporalmente por pagar un mayor salario es compensado, con creces, con la menor deserción de su planta laboral, con la mayor productividad de sus empleados y, finalmente, con mayores utilidades para los accionistas de estas empresas[13] .

 

Aumentar el salario mínimo no sólo es justo, sino que también es racional. Las empresas yucatecas resultarían, en este sentido, beneficiadas del aumento en los salarios mínimos. Valdría la pena preguntarnos si, siguiendo la misma lógica, no sería posible afirmar que un aumento importante en el salario mínimo contribuiría también a abatir la informalidad haciendo más atractivos los trabajos en la economía formal.

 

A pesar de que su salario mínimo tiene un poder de compra real mucho mayor que el mexicano, en los últimos meses los estadounidenses también han discutido el aumento de este estándar. La única preocupación que es considerada genuinamente relevante para la mayoría de los economistas norteamericanos tiene que ver con la posibilidad de que incremento a su salario mínimo genere despidos ante la imposibilidad inicial de algunas empresas de adaptarse a sus nuevos gastos[14]. Sin embargo, de acuerdo a Paul Krugman –otro premio Nobel en economía-, este incremento no sólo no generaría despidos, sino que elevaría significativamente el nivel de vida de los trabajadores. Krugman presenta y compara casos reales como evidencias para respaldar su posición[15] .

 

Existe un acuerdo casi unánime entre economistas de que elevar el salario mínimo reduciría la pobreza –principalmente la alimentaria- y la desigualdad[16]. Recientemente un grupo de más de 600 reconocidos economistas, que incluye a siete premios Nobel, enviaron una carta a Barack Obama en la cual aseveraban que el incremento al salario mínimo en Estados Unidos estimularía a su economía al incrementar el consumo. Las empresas tienden a compensar los costos iniciales del aumento salarial siendo más productivas o congelando las prestaciones de sus más altos ejecutivos y no encareciendo sus productos o despidiendo a sus trabajadores peor pagados[17] .

 

Todo parece indicar que un aumento al salario mínimo en México sería tan justo como útil, pero todos los argumentos merecen ser escuchados y este debate apenas ha comenzado.

 

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

https://asalgadoborge.wordpress.com/

 

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en ética. Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 Discutamos el salario mínimo.pdf

 

 

[1] http://www.maspormas.com/opinion/columnas/salario-minimo-y-democracia-en-mexico-por-ppmerino

[2] http://www.animalpolitico.com/blogueros-democratas-deliberados/2014/08/06/arriba-el-salario/

[3] http://cam.economia.unam.mx/el-salario-minimo-en-mexico-de-la-pobreza-la-miseria-perdida-del-78-66-del-poder-adquisitivo-del-salario-reporte-de-investigacion-117/

[4] http://www.nytimes.com/2013/02/18/opinion/krugman-raise-that-wage.html?pagewanted=print

[5] http://www.jornada.unam.mx/2012/05/07/economia/023n1eco

[6] http://economix.blogs.nytimes.com/2013/12/04/the-minimum-wage-and-the-laws-of-economics/

[7] http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2014/08/71822.php

[8] http://www.nytimes.com/2014/02/09/opinion/sunday/the-case-for-a-higher-minimum-wage.html?_r=0

[9] http://www.paradigmas.mx/productividad-y-salarios-en-la-industria-mexicana/

[10] http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/aumentar-el-salario-minimo-es-reconocer-la-productividad-laboral.html

[11] http://economix.blogs.nytimes.com/2013/12/04/the-minimum-wage-and-the-laws-of-economics/

[12] http://www.nytimes.com/2014/02/09/opinion/sunday/the-case-for-a-higher-minimum-wage.html?_r=0

[13] http://www.nytimes.com/2014/02/28/opinion/business-and-the-minimum-wage.html

 [14] http://www.washingtonpost.com/opinions/harold-meyerson-a-higher-minimum-wage-may-actually-boost-job-creation/2014/05/21/463bd80e-e112-11e3-9743-bb9b59cde7b9_story.html

[15] http://www.nytimes.com/2013/12/02/opinion/krugman-better-pay-now.html?pagewanted=print

[16] http://www.washingtonpost.com/blogs/wonkblog/wp/2014/01/04/economists-agree-raising-the-minimum-wage-reduces-poverty/

[17] http://www.nytimes.com/2014/02/28/opinion/business-and-the-minimum-wage.html

 

Hombres, lobos y esperanza

  Para los oprimidos, la excepcionalidad es permanente: hay una clase de hombres, y ellos lo saben, que han costeado el bienestar de otrosManuel-Reyes Mate, filósofo español.


 

Los individuos que conforman las élites poderosas tienden a ser más malvados que quienes no forman parte de éstas.

 

Un estudio realizado por Michael Inzlicht y Sukhvinder Obhi, ha comprobado que las personas que tienen altas posiciones de poder son “menos capaces de adoptar las perspectivas visuales, cognitivas o emocionales que las personas sin acceso al poder” (The New York Times 25/07/2014); es decir, son menos empáticas.    El camino hacia la respuesta a la pregunta “¿por qué son menos empáticos los poderosos?” es, empero, uno de doble sentido.

 

La empatía consiste en adoptar un estado de mente que incluye dos enfoques y no sólo uno. De acuerdo a Simon Baron-Cohen (The Science of evil, 2011, Basic books), cuando nuestra atención tiene exclusivamente un enfoque unipersonal, perseguimos nuestros planes, y acciones sin considerar sus consecuencias para terceros; mientras que cuando somos empáticos identificamos lo que otra persona está pensando o sintiendo y respondemos a ello con alguna emoción que consideramos adecuada.

 

Baron-Cohen aclara que la empatía no es un interruptor binario con una posición de encendido y una de apagado. La empatía se da en diferentes niveles y la mayor parte de los seres humanos tiende a encontrarse en la media. Sin embargo, esto no impide que existan individuos con cero empatía. Para quienes se ubican en lo más bajo de esta escala, lastimar a otras personas no significa absolutamente nada y no experimentan ni culpa ni remordimiento por cualquier daño causado; es decir, entran en la categoría de lo que comúnmente denominamos como personas “malvadas”. Los seres humanos que llegan a estos extremos han recibido algún importante daño cerebral o se han deshumanizado como consecuencia de condiciones de vida hostiles y severas.

 

Es evidente que resulta mucho más fácil llegar al poder siendo malvado en países como el nuestro, donde el estado de derecho es prácticamente inexistente. Algunos de quienes ocupan las más altas posiciones de poder político o económico probablemente se encojan de hombros ante la tardía confirmación de que, en efecto, el hombre será siempre el lobo del hombre. El poder sería, según éstos, para los pocos iluminados que se han despojado de las redes moralinas que mantienen a las masas a ras de suelo; un bien exclusivo para los capaces de entender que las reglas del gran juego de la civilización se han construido sobre la necesidad de reprimir la maldad humana y que la ventaja en esta lucha darwiniana la tendrá quien logre subirse al ring sin guantes.

 

El reconocido primatólogo holandés Frans de Waal (Primates and philosohers: how morality evolved, 2006, Princeton University Press) pone por delante décadas de su impresionante trabajo para demostrar que una visión de esta especie no sólo es científicamente errónea, sino que traiciona a la naturaleza misma del ser humano. De Waal ha descubierto muestras de empatía, desde las reacciones más básicas hasta manifestaciones casi humanas, en diversas especies animales. Los seres humanos estamos equipados, desde nuestros orígenes, para necesitar unos de otros. Lejos de contradecir la teoría de la evolución, la empatía –convertida en moralidad por los humanos- es un mecanismo producido por la misma naturaleza para garantizar la supervivencia de la mayoría de los miembros de una especie.

 

Mediante el estudio de nuestros ancestros más directos, Frans de Waal ha comprobado que “perro no come perro” y que el ser humano es cooperativo y social por naturaleza. La empatía es uno de los bloques básicos con los que se ha construido la civilización, aunque claramente esto no impide que la civilización pueda destruir sus propios cimientos. Las distinciones “nosotros-ellos” establecidas sobre motivos religiosos o políticos, la racionalidad instrumental y un sistema económico basado en la competencia son algunos de los elementos civilizatorios que han sumido a la humanidad en un estado de lucha interna permanente y sin sentido.

 

Quizás parte de la explicación de por qué los poderosos son menos empáticos estribe en que la civilización ha logrado erigir estructuras que privilegian la explotación sobre la cooperación y que premian a aquellos que logran dejar la mayor cantidad de escrúpulos en el camino. En este contexto, el sistema político y económico mexicano, cuyos principales usos y costumbres son de sobra conocidos, sería tan sólo una de las versiones más destructivas de esta condición.

 

Pero el asunto no termina aquí. El principal hallazgo de Inzlicht y Obhi es que cuando los individuos acceden a posiciones con poder sus cerebros experimentan modificaciones neuronales que les vuelven insensibles ante los pensamientos y sensaciones de otros. Una posible explicación sería la sensación de que, una vez teniendo el poder, simplemente ya no es necesaria la cooperación y que se puede, si se desea, disponer de los otros como meros instrumentos. Por mejores que sean las intenciones de determinado gobernante o capitán de empresa, a mayor cantidad de poder –es decir, menos restricciones para su margen de acción- mayor probabilidad tendrá de erosionar su empatía o de tornarse malvado.

 

Por si esto no fuera suficiente, existe además un importante dique que dificulta la salida de este trampa. Baron-Cohen señala que, debido a que el sistema de la empatía funciona también para percatarnos de cómo somos percibidos por los otros, conforme perdemos empatía, perdemos también la capacidad de darnos cuenta que estamos perdiendo empatía. Esto explicaría en parte importante la aparente “empatía cero” de buena parte de las (todo)poderosas elites mexicanas, quienes se mueven libres en un sistema diseñado a su medida y sin ningún contrapeso.

 

Lejos de ofrecer visiones pesimistas del ser humano, los recientes estudios sobre la empatía revelan que en realidad somos empáticos –o, si se quiere, “buenos”- y cooperativos por naturaleza. Quienes se encuentran en la cumbre de los grupos de poder no sólo no representan al promedio de empatía de la humanidad, sino que tienden a moverse muy por debajo del mismo. Desgraciadamente, es este pequeño grupo el que determina, en muchos sentidos, el rumbo del progreso moldeando la civilización a su imagen y semejanza.

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

https://asalgadoborge.wordpress.com/

 

Columna publicada originalmente en el Diario de Yucatán el 10 de agosto de 2014: yucatan.com.mx/editoriales/opinion/por-que-son-menos-empaticos-los-poderosos

Hombres, lobos y esperanza.pdf