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“Sin querer queriendo”

En la industria cultural desaparece tanto la crítica como el respeto: a la crítica le sucede el juicio pericial mecánico, y al respeto el culto efímero por la celebridadMax Horkheimer y Theodor Adorno, filósofos alemanes.


Las figuras icónicas partidas suelen ser inmediatamente idealizadas por el imaginario colectivo, adquiriendo sus triunfos y talentos un aura que confiere a todo cuestionamiento un tufo sacrílego. De ahí que el momento más impopular para hacer un análisis crítico de la influencia social de un adorado personaje popular es cuando éste recién ha fallecido. De ahí que resulte indispensable no dejar de hacerlo.

 

El pasado viernes falleció uno de los grandes ídolos de la televisión mexicana. Roberto Gómez Bolaños, Chespirito, fue guionista, actor, director y productor de un exitosísimo programa cómico que inició en 1970 y cuyos personajes y frases célebres forman parte de la cultura popular mexicana. 25 años de transmisión ininterrumpida, e innumerables repeticiones en el canal más visto del par de cadenas que integran el duopolio televisivo, garantizan que muy pocos mexicanos no le conozcan. Ha muerto Roberto Gómez, un ser humano. Sus familiares y amigos deben estar tristes, pero sus seguidores pueden estar tranquilos. No han muerto, ni morirán, sus adorados personajes, quienes vivirán, para bien o para mal, en el imaginario colectivo o en el torrente de retransmisiones que seguramente seguirá a su fallecimiento y que se extenderá por muchos años más.

 

Pero la popularidad, o las alegrías brindadas a millones de mexicanos que agigantaron a Chespirito no deben hacer que se pierda de vista todo lo que su enorme sombra contribuyó a ocultar. En un contexto diferente, uno con diversas opciones para el televidente, con medios libres y con gobiernos democráticos, lo que un actor cómico hubiera dicho o dejado de decir resultaría prácticamente intrascendente. Si la naturaleza de su programa cobra relevancia social y política es porque Chespirito fue parte clave en un proyecto televisivo diseñado para entretener, anestesiar o distraer a millones de personas.

 

Se podrá argumentar en su defensa que probablemente Gómez Bolaños nunca tuvo la intención directa de contribuir a este proceso; pero es indudable que lo hizo. Sea por candidez, por indiferencia, con conocimiento de causa o “sin querer queriendo”, Chespirito fue un engrane del sistema enajenante de Emilio Azárraga Milmo; una pieza principal de la auto bautizada “televisión para jodidos” de un auto declarado “solado del PRI”.

 

La inocencia individual de la parte no lo exime de su responsabilidad de las acciones del todo al que es inherente cuando su pertenencia a éste es voluntaria. En este sentido, Chespirito y sus personajes fueron una importante vitrina en la que se exhibía, como en tantos otros programas de Televisa –particularmente en las telenovelas-, un mundo en el que la pobreza material es romantizada, en el que se invita indirectamente aceptar la realidad como inmutable y en el que no hay noción de la injusticia. Si la miseria no es impedimento para la autorealización, ¿por qué cuestionarla?. Si un niño cuya casa es un barril puede ser feliz, ¿quién es el televidente para levantar la voz y exigir que la realidad sea distinta?

 

La posibilidad de movimiento real también queda aniquilada con la fuerza de la repetición, que conduce siempre al mismo sitio. En este sentido, Chespirito instauró en México una “escuela” de humor con formato circular, y por tanto cerrado, en el que la trama deja su lugar a la infinita repetición de un puñado de líneas simpáticas en todas las ocasiones permitidas por las configuraciones posibles de un pequeño grupo de espacios físicos y personajes determinados.

 

Cuando la ventana por la que se mira la realidad resulta ser la falsa imagen representada en un cuadro, cuando las palabras que se escuchan son las mismas de ayer y son también las que se escucharán mañana , cuando la sintaxis y conceptos del lenguaje han quedado pulverizados, cuando todo es siempre lo mismo, la pasividad del televidente queda finalmente garantizada. Los programas y personajes de Chespirito formaron parte de un consorcio cuyas intenciones en este sentido siempre han sido muy claras.

 

Durante casi tres décadas, Chespirito fue parte del sistema del PRI, aunque en las tres últimas elecciones presidenciales, ya con su programa fuera del aire, hizo campaña a favor de los candidatos del PAN. En 2012 el comediante incluso agradeció a Felipe Calderón, sin aparente sarcasmo o visos cómicos – el humor negro nunca fue lo suyo -,por todos los “éxitos” de su gobierno (CNN, 28/11/2014), aunque no explicó con mayor detalle a qué logros se refería exactamente.

 

Incluso el último aliento de Chespirito tendrá implicaciones políticas. Su muerte se ha producido en uno de los momentos más delicados de la historia moderna de nuestro país, por lo que algunos medios la aprovecharán como un espectacular distractor que desvíe la atención de la audiencia ante la tremenda crisis de legitimidad del actual gobierno federal, situación que ha desencadenado una importante ola de protestas y de represiones.

 

El fallecimiento de Gómez Bolaños será absorbido y procesado por la televisión en el mismo formato y con la misma intención con que fue incorporada su vida. La partida del ser humano conmoverá al público al ser presentada como la muerte de sus personajes y la pantalla chica dedicará largos homenajes al “Chavo” y compañía, quienes, siguiendo un recorrido tan circular como el de sus historias, terminarán, sin querer queriendo, por hacer su último gran servicio a Televisa y al presidente.

 

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Sin querer queriendo

La extinción de los zombis

Cambié al no cambiar para nadaEddie Vedder, músico estadounidense.


Si los tres mosqueteros no son lo mismo 20 años después, mucho menos podrían serlo con 30 años adicionales sobre sus espaldas. Nada en este planeta es eterno y lo que tarda en morir para dar paso a algo nuevo envejece desde la perspectiva de aquello que se renueva.

 

Contrario a lo que suele suponerse, la dictadura instaurada por el PRI nunca ha sido perfecta. Ésta dependía, en gran medida, de la preservación de la conciencia política de la mayoría de los mexicanos en un estado cuasi zombi. La figura del zombi, popularmente conocida gracias a películas de terror -casi siempre muy malas-, es empleada por los estudiosos de la filosofía de la mente para debatir la posibilidad de que existan seres físicamente idénticos a los humanos, pero autómatas o carentes de conciencia.

 

Evidentemente, los zombis no tendrían cabida en los regímenes democráticos, ya que la democracia se basa en el precepto de que todos los seres humanos tienen la capacidad de ser autónomos y de que están facultados para velar por sus mejores intereses. El modelo de “democracia” mexicano, por el contrario, surgió debido a la necesidad de autoconservación de un esquema de repartición de los bienes públicos en manos de unas pocas manos privadas para el que que resultaba indispensable la manutención de una ciudadanía enajenada, acrítica y corporativamente manipulable. Es por ello que nuestra versión de democracia ha sido, desde sus inicios, profundamente antidemocrática.

 

Sin embargo, los seres humanos nunca pueden ser completamente reducidos a zombis ni en lo individual ni como colectivo. Consecuentemente, el sistema político mexicano nunca ha podido excluir del todo la posibilidad de que se eleven un puñado de potentes espíritus y voces rebeldes; brotes anómalos que, debido a su inferioridad numérica, y a la falta de medios para transmitir sus ideas, han podido ser detectados y engullidos de una forma u otra por el mismo sistema.

 

El movimiento estudiantil de 1968 y el levantamiento zapatista han sido dos de los principales flujos adversos a los que se ha tenido que enfrentar el régimen priista, para efectos prácticos virtualmente indistinguible de los gobiernos panistas o perredistas. En ambos casos el presidente en turno no supo aceptar la legitimidad de las protestas y el origen de sus causas; en ambos casos terminó pagando los costos políticos de su ceguera, teniendo que ser su sucesor quien implementara los mecanismos de contención necesarios para la supervivencia del sistema.

 

Nuestro sistema político se encuentra actualmente ante la que es quizás la más grave crisis a la que ha enfrentado desde su fundación a principios del siglo XX. Los torrentes de mexicanos que se han manifestado en apoyo a los padres de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos en Guerrero, y la solidaridad de millones a través de redes sociales o pláticas de café, no tiene precedentes en términos cuantitativos o cualitativos. Ahora sabemos que Ayotzinapa no es de ninguna forma un caso excepcional sino la trágica manifestación particular de un estado de cosas que afecta las vidas de la mayoría de los mexicanos.

 

Las respuestas del gobierno federal ante las manifestaciones y muestras de inconformidad desbordadas que fluyen por todo el país han sido erráticas y contradictorias. Después de semanas de protestas masivas ha quedado en evidencia que el primer instinto primordial de nuestras autoridades es autoritario, pero también que los canales del autoritarismo tradicional ya no pueden funcionar como durante tanto tiempo lo hicieron.

 

En estas circunstancias, las iracundas respuestas del presidente y de la primera dama ante los cuestionamientos producidos a raíz del revelador reportaje en el que Aristegui Noticias hizo del conocimiento público las condiciones en que la familia presidencial adquirió una casa con valor multimillonario ponen en evidencia lo que hasta ahora parece ser un diagnóstico equivocado que subestima una realidad que toca cada vez con mayor intensidad la puerta de Los Pinos.

 

El usual cerco informativo impuesto por la mayoría de los medios tradicionales -las televisoras en primerísimo lugar- se ha visto claramente desbordado gracias a los medios digitales, y la presencia de un puñado de personas que se suman a las manifestaciones con el único fin de reventarlas sembrando violencia ha sido claramente identificada por usuarios de redes sociales. La indignación de los ciudadanos mejor informados se ve, con justa razón, profundamente exacerbada ante la identificación de estrategias que buscan terminar artificialmente con las protestas desestimando sus causas.

 

A pesar de la casi completa falta de estado de derecho y de la virtual inexistencia de la mayoría de las funciones básicas que comprende la idea de Estado, tal parece que desde las entrañas del sistema resulta sumamente complicado comprender, o al menos aceptar, la más remota posibilidad de que exista una inconformidad genuina de cientos de miles de personas capaces de movilizarse voluntariamente sin necesidad de ser acarrerados o manipulados por terceros. Ante su presente crisis de legitimidad, el agotado sistema político mexicano ha operado no acudiendo a la acción comunicativa, que implica siempre el diálogo con seres humanos a los que se reconoce como tales, sino disparando lo que queda de unos resortes autoritarios que el paso del tiempo ha vuelto oxidados e inoperantes.

 

Las manifestaciones de las últimas semanas han generado un cortocircuito en buena parte de nuestra clase política porque demuestran que nuestro sistema no está preparado para lidiar con tantas personas distintas a los zombis políticos de los que por tanto tiempo dependió. Los mexicanos nos estamos moviendo, nuestro sistema político no. Ningún mosquetero puede ser el mismo cincuenta años después.

 

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@asalgadoborge

 

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM)

 

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La extinción de los zombis

Cansados de vivir con miedo

La rebeldía es en el hombre el rechazo a ser tratado como cosa y ser reducido a la simple historiaAlbert Camus, filósofo y escritor francés


Como de un truco de magia se tratase, durante décadas los dueños de nuestro sistema político lograron que la atención del público se enfocara en la mano con la que representaban una parodia a la que titularon “democracia”, al tiempo que, con la otra, escondían su podredumbre bajo de la alfombra sobre la que se asentaba toda su escenografía.

 

En un principio el engaño fue prácticamente imperceptible, por lo que la fetidez de lo oculto sólo despertó la sospecha de los espectadores de olfato más agudo. Pero la masa debajo de la alfombra creció tanto y tan rápido que ésta terminó por rasgarse, emergiendo así a la superficie las enormes cantidades de heces por tanto tiempo escondidas

 

Increíblemente, la obra estaba tan bien montada que la mayoría de los espectadores siguieron sin percatarse de lo que frente a sus ojos ocurría. Sin embargo, para su propia desgracia, y para la de todos los espectadores, los actores no midieron que la montaña de porquería continuaría ascendiendo hasta encontrarse con el ventilador que colgaba del techo de la sala. El espectáculo se suspendió abruptamente cuando todos los presentes se descubrieron salpicados por una lluvia de desperdicios. Indignado, el público recriminó con firmeza y exigió una explicación a los actores; pero éstos, embarrados de pies a cabeza, tan sólo hicieron aún más bochornoso el espectáculo recriminándose mutuamente por el apestoso batidero.

 

La tragedia de Ayotzinapa es un doloroso caso ejemplar que ha evidenciado el estado de putrefacción de nuestro sistema político. Esta aberración no hubiera sido posible sin el abandono y las represiones priistas en Guerrero, sin la irresponsable y contraproducente estrategia bélica del gobierno del panista Felipe Calderón, sin el cómplice pragmatismo del PRD y de sus aliados -presentes y pasados-, sin la ausencia de estado de Derecho y de un marco institucional fuerte, o sin la corrupción de toda la partidocracia nacional, entre muchos otros factores.

 

De la más honda tragedia ha surgido, empero, una inmejorable e inédita oportunidad para romper la barrera de entrada que los partidos han construido alrededor de lo público. La descomposición de la realidad nacional es tan dramática, que ha captado hoy la atención de millones de personas que de otra forma probablemente hubieran permanecido sin notar la mano que esconde los desperdicios. Hoy como nunca, millones de mexicanos, particularmente universitarios, están cansados y hartos de vivir asustados ante tanta podredumbre. Son muchos los que se han incorporado a un movimiento -físico y virtual- que exige a coro justicia y reclama incluso la renuncia del presidente.

 

Pero a la naciente esperanza le aguardan importantes obstáculos en su camino. Por principio de cuentas, resulta indispensable dejar en segundo plano la bandera que se enarbola en torno a la exigencia de una renuncia presidencial. Paradójicamente, el principal riesgo de tomar como principal causa la renuncia del presidente es que el presidente termine renunciando. Si bien es cierto que en este escenario quedaría demostrada la fuerza de un pueblo inconforme con su gobernante y se marcaría de alguna forma a nuestro sistema político, el problema es que en México el presidente suele ser tan sólo la cara más visible del proyecto de un grupo que no dudaría en sacrificar a su figura más valiosa con tal de continuar gozando de privilegios. En este sentido, el presidente podría fungir como el pararrayos que permita la supervivencia de los poderes fácticos que controlan nuestro sistema político y de los intereses internacionales que han apostado por el actual modelo mexicano.

 

Por otra parte, es preciso no perder de vista la insipiencia del movimiento de protesta y lo endeble de nuestra cultura política. Muchos de quienes se han interesado por primera vez en los asuntos públicos podrían dar por concluida su participación una vez logrado su principal objetivo o, peor aún, frustrarse -como la generación que creyó en Vicente Fox- en el muy probable caso de no lograrlo. En ambos casos, el movimiento seguramente se convertiría en blanco fácil de estrategias gubernamentales y mediáticas que muy pronto intentarán dinamitar a los grupos estudiantiles que hoy encabezan las protestas.

 

Para que el movimiento de protesta logre refundar al estado mexicano y limpiar a nuestro sistema político es necesaria una estrategia bifásica integrada por dos corrientes complementarias y fundamentales; a saber, el crecimiento del tamaño del movimiento y el crecimiento del alcance de sus demandas.

 

El movimiento de protesta requiere continuar incrementando su peso específico -medido en el número de personas que participan activamente en la demanda de justicia- si realmente pretende contar con la fuerza necesaria para doblar al sistema y obligar pacíficamente a sus actores a actuar contra sus intereses particulares mediante la construcción de una agenda nacional basada en las demandas y las propuestas ciudadanas. El movimiento logrará crecer en la medida en que se convierta en un medio para que la cultura política llegue a ciudadanos que el día de hoy permanecen desmovilizados.

 

La segunda corriente, paralela a la primera, consiste en la integración de una agenda compuesta por una serie escalonada de exigencias que partan de una demanda firme y sostenida de justicia por lo ocurrido en Ayotzinapa, pero que tenga como objetivos principales cambios estructurales puntuales que no sólo deriven en la remoción de funcionarios corruptos o ineptos, sino que impidan la llegada de los que actualmente serían sus reemplazos naturales.

 

Ha quedado en evidencia que cada vez más mexicanos están cansados de vivir con miedo, de la injusticia, de la opresión y de la corrupción. Nuestro gran reto es mantener esta fuerza creciente y lograr que de la sociedad civil surjan los mecanismos para sanear el putrefacto marco institucional sobre el que hoy se sostiene nuestra democracia. Para ello no necesitamos revoluciones inspiradas, sino formar ciudadanos rebeldes que, como dijera Albert Camus, sean capaces de encaminarse en un combate perpetuo hacia la verdad.

 

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

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