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Renovarse o Morir

Cuando Enrique Peña Nieto estaba en campaña, dijo que su ejemplo a seguir era Adolfo López Mateos. Probablemente intentando replicar la fórmula de ese presidente de mediados del siglo XX, Peña colocó a dos “columnas” para sostener su proyecto: Luis Videgaray —y su grupo—, a cargo de lo relacionado con economía y hacienda pública, y Miguel Ángel Osorio Chong —y su grupo—, a cargo de las tareas políticas de gobernación.

 

Cinco años después, los contrastes son evidentes: mientras que López Mateos, con sus grandes defectos, se retiró de la presidencia gozando de una gran aprobación, Peña se va como el presidente mexicano más repudiado del que se tenga registro; López Mateos era el presidente orador, Peña batalla para conectar sus oraciones; los años de López Mateos fueron parte de una época “dorada” en materia económica y de orgullo nacional —el desarrollo estabilizador—, mientras que en el actual sexenio se han pronunciado los efectos del neoliberalismo salvaje y la desesperanza. Pero un contraste adicional parece estar en gestación; uno no anticipado, pero dirigido intencionalmente por el propio presidente: su despedida.

 

Lo más probable es que el PRI no retenga la presidencia en 2018. La corrupción será el tema que defina la elección presidencial del próximo año, y los escándalos del gobierno federal y gobiernos estatales pasarán factura al PRI. De acuerdo con una encuesta de María de Las Heras, 51% de los mexicanos considera que el PRI es el partido más asociado con la corrupción, 43% piensa que es el partido más deshonesto y 43% piensa que es el más irresponsable (“Aristegui Noticias” 08/08/2017). Además, una encuesta elaborada por “Reforma” (20/07/2017) revela que apenas dos de cada 10 mexicanos aprueban la gestión del gobierno de Peña Nieto y ocho de cada 10 considera que “las cosas se le están saliendo de control; es decir, que el presidente “no tiene las riendas del país”.

 

El presidente podrá no tener las riendas del país, pero lo cierto es que aún sujeta firmemente las riendas de su partido. La semana pasada, el PRI llevó a cabo, en el marco de su Asamblea, diversas mesas de trabajo que incluyeron la definición de criterios y modificaciones rumbo a 2018. Para los priistas, quizás el más relevante de todos los asuntos a debatir era la apertura o no de los “candados” que impedían que su canditat@ fuera un individuo “externo” sin al menos 10 años de militancia en ese partido.

 

De esta forma, se formaron dos grupos claramente identificables: aquellos a favor de permitir que una persona “simpatizante” o de preferencia tecnócrata y “ciudadan@” pudiera representar a su partido, y aquellos que preferían un militante “tradicional” apoyado por “las bases” priistas. Peña Nieto impulsaba la primera de estas opciones pues esta abriría la puerta a que personas como José Antonio Meade —secretario de Hacienda y más cercano al PAN que al PRI— termine obteniendo la candidatura. El segundo grupo, representado visiblemente por Ivonne Ortega y Ulises Ruiz, buscaba probablemente que la candidatura quedara en manos de militantes como Osorio Chong, Manlio Fabio Beltrones o, en una de esas, la propia Ortega. Pero a diferencia de López Mateos, que eligió como su sucesor a intolerante y radical secretario de gobernación por encima de su exitoso secretario de hacienda, Peña Nieto parece haber optado por el grupo de los tecnócratas —que no exitosos— por encima del de los políticos duros —probablemente aún menos exitosos—.

 

Así, días antes de la reunión, en una entrevista para el periódico digital “Sinembargo.mx”, Ivonne Ortega amenazó: “Si la élite del PRI impone a su candidato en 2018, las bases le darán la espalda”. La élite, claro, es el grupo cercano al presidente; las bases, desde luego, los sectores que respaldan a Ortega. El impresentable Ulises Ruiz siguió la misma línea y en un discurso en Campeche exclamó: “¡La militancia ya está hasta la madre de las imposiciones y de que no se le respete, ahora queremos quitar requisitos y abrir el partido, ¿a quién?, si tenemos militantes, hombres y mujeres, que pueden representarnos, ¿por qué quitar esos requisitos y ofender a la militancia?”. (“Proceso”, 10/08/2017).

 

Pero exclamaciones o no, Ortega y Ruiz fueron derrotados rotundamente. Peña Nieto tuvo la suficiente fuerza para abrir la puerta al grupo de tecnócratas y “simpatizantes ciudadanos” relacionados con el PRI. Si bien lo anterior no es suficiente para que la persona que aparecerá en las boletas salga de este grupo, la modificación efectuada sí es una condición necesaria para que esto ocurra. Claro, no se puede perder de vista que esto no garantiza que el perfil elegido finalmente sea uno presentable.

 

En este contexto, resulta muy revelador que algunos de los principales referentes intelectuales del PRI, que los hay, se hayan manifestado públicamente a favor de este cambio y de otro tipo de proyecto. Así, por ejemplo, la doctora en historia y exgobernadora de Yucatán Dulce María Sauri dijo en una entrevista a “Reforma” (09/08/2017) que el perfil del candidato presidencial de su partido debe ser “una persona honorable, tanto en su vida familiar como en su desempeño público, y que sea capaz —desde la plataforma del PRI— de innovar lo necesario, que sepa reconocer lo que funciona de aquello que se ha hecho mal, para cambiarlo… si nos equivocamos, a la vuelta está un candidato o candidata poco competitivo o atractivo a la mayoría de la ciudadanía sin partido”; y que “el compromiso más sólido que el PRI puede tomar como resultado de esta asamblea es echar a andar el Sistema Nacional Anticorrupción, a nivel nacional y estatal”.

 

Si bien los últimos años no han sido los principales actores dentro de su partido, a nadie debe sorprender la existencia de este tipo de perfiles dentro del PRI. Recordemos que, a pesar de todos sus vicios de sobra conocidos y analizados, el PRI no siempre estuvo en manos de la banda de trogloditas que, para desgracia de su partido y de México, en años recientes han ocupado las primeras planas de periódicos locales o nacionales. Y sí. Una posibilidad real es que la crisis dentro del PRI, y probable derrota en 2018, han orillado a Enrique Peña Nieto a apelar a la razón y buscar que su partido “no se equivoque” seleccionando al candidato “menos competitivo”, cosa que hubiera ocurrido en caso de que este hubiera emergido de “la militancia”.

 

Los motivos exactos y puntuales que han llevado al presidente a tomar esta decisión son inescrutables. Sin embargo, sí es posible entender que con su proyecto encallado y con su partido en riesgo de pasar de la presidencia a la irrelevancia, las simpatías del presidente se hayan alejado de la generación que hundió al país —y al propio presidente— y que su intención se hubiera alineado finalmente a la de aquellos priistas más respetados o con mayores facultades de discernimiento. Para desgracia de los mexicanos, esto está ocurriendo en 2017 y no en 2012.

 

A estas alturas, lo hecho, hecho está y un triunfo del PRI en la elección presidencial de 2018 sería una pésima noticia para México —como están las cosas, incluso es posible cuestionar si el PRI merece sobrevivir más allá de 2018 —. La democracia asume la capacidad de evaluar, premiar y castigar de los electores. Cualquier gobierno que presente indicadores como los que lega Peña Nieto —o como los que legó Felipe Calderón— no merecería el premio de la confianza o de la continuidad en ninguna democracia medianamente funcional.

 

Sin embargo, lo anterior no nos debe impedir distinguir que si el PRI, por el motivo que sea, decidiera presentar un candidato verdaderamente “honorable”, si optara por dar espacio a sus figuras más respetables o si apoyara en los hechos causas ciudadanas a las que ha dado la espalda —como el Sistema Nacional Anticorrupción—, este partido estaría obligando en automático al frente PAN-PRD y a Morena a elevar sus estándares y presentar individuos o proyectos más serios y genuinamente transformadores. Sin importar las razones del PRI, de una competencia de esta naturaleza los mexicanos sólo podemos salir ganando.— Edimburgo, Reino Unido.

 

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Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM)

Batallas de Yucatán

La democracia presupone la posibilidad de que existan individuos autónomos, capaces de conocer sus propios intereses y de decidir libremente quiénes son las personas ideales para representarles. Para alcanzar cualquiera de los tres estadios anteriores se requiere de un elemento fundamental: información.

Evidentemente los seres humanos somos incapaces de estar en más de un lugar a la vez y de percibir más allá de lo que nos permiten nuestros sentidos. Estas limitaciones naturales son parcialmente compensadas gracias a los medios de comunicación, a través de los cuales nos enteramos de lo que no se nos aparece directamente. Dependemos, por lo tanto, de la prensa libre —impresa, electrónica o digital— para obtener la información que nos lleve al ejercicio pleno de nuestros derechos democráticos.

El pasado 2 de mayo, Hernán Casares Cámara, reportero de Diario de Yucatán, fue agredido en la ciudad de Mérida frente a policías estatales por un grupo de 25 personas. Casares Cámara, periodista con más 30 años de trayectoria, investigaba los movimientos en una bodega donde decenas de personas cargaban una camioneta con material que serviría para la actual campaña del PRI. Yucatán es gobernado por este partido.

Por el momento, ninguna autoridad ha dado una explicación satisfactoria sobre lo ocurrido. Se ha asegurado que la bodega no es propiedad del PRI —aunque en realidad es completamente irrelevante quién es el propietario del inmueble que probablemente se renta a terceros—, pero el colectivo Mayaleaks recientemente dio a conocer unas fotografías de personas con camisetas de este partido moviendo bolsas en el interior de la bodega. Debido a la importancia que el ataque de hace unos días reviste, medios nacionales, internacionales e importantes organizaciones de la sociedad civil han dado cobertura a este indignante atropello.

Yucatán es uno de los estados más seguros de la república y dista mucho de tener los niveles de violencia o de represión que caracterizan a otras entidades; pero todo parece indicar que existe un grupo de personas dispuestas a censurar el ejercicio del periodismo independiente a través del uso de la fuerza. Vale la pena recordar que no es la primera vez que un reportero de Diario de Yucatán es agredido.

Es bien sabido que en México ser periodista es una tarea de altísimo riesgo. De acuerdo con el informe anual publicado por “Freedom House” (2015), nuestro país es una de las 65 naciones, de las 190 evaluadas, que no tiene libertad de prensa. En la última década, que comprende el sexenio completo de Felipe Calderón (PAN) y lo que llevamos del sexenio de Peña Nieto (PRI), la libertad de prensa en México ha disminuido. Esto no es todo. Otro importante informe, el de la organización “Reporteros sin Fronteras” (2015), revela que México se encuentra entre los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo.

Los ataques contra periodistas son asuntos de interés público. De acuerdo con el doctor Sergio Aguayo Quezada, en gran medida el desarrollo democrático de Yucatán es superior al de otros estados porque desde hace casi un siglo existe un medio fuerte  —el Diario de Yucatán— capaz de fungir como contrapeso del gobierno estatal y de la prensa a su servicio. En este contexto, la impunidad de la agresión a Hernán Casares sería una pésima señal de que, por una parte, el poder político en Yucatán es capaz de atacar al medio más importante de la región sin que exista ninguna consecuencia por ello. De mantenerse impune esta agresión, sus implicaciones para libertad de prensa y para el futuro de la democracia en Yucatán serían sumamente negativas.

También es indispensable no perder de vista la humanidad de los sujetos agredidos. El trabajo de Hernán Casares, que tiene en su haber un Premio Nacional de Periodismo, está conformado por importantes investigaciones incisivas y críticas. Si un periodista con este perfil trabajando para este medio puede ser atacado impunemente, entonces ningún periodista yucateco puede sentirse seguro.

El periodismo lo hacen los periodistas y éstos son, de suyo, una “subespecie” muy particular. El pasado viernes  José Gil Olmos, reportero de la “Revista Proceso”, presentó “Batallas de Michoacán”, su más reciente libro, en la ciudad de Mérida. Gil Olmos ha dedicado los últimos años de su carrera a investigar estallidos de violencia en México, como las autodefensas y las guerrillas. Desafiando amenazas directas, riesgos y, de acuerdo con su testimonio, incluso intentos de soborno, este reportero se ha mantenido firme en su línea independiente y crítica. Sin las investigaciones que él y otros periodistas han realizado sobre estos fenómenos, los mexicanos sabríamos muy poco de ellos.

Uno de los momentos más altos de su interesante plática fue cuando se le preguntó qué le motivaba a seguir adelante a pesar de todas las adversidades y de lo poco lucrativa que resulta en términos económicos su profesión. Don José respondió, palabras más, palabras menos, que claramente no era el dinero lo que le movía. Tampoco sus hijos, pues dijo que no tiene. Lo que echa a andar a este hombre son “los hijos de los demás”; es decir, le mueve una cosmovisión humanista que le lleva a poner al bien común como causa de vida.

En un mundo en el que las ganancias económicas fungen como el fin único alrededor del cual se articulan todos los medios, para algunas personas resultará incomprensible una concepción semejante de la existencia humana. Incluso hay muchos seudoperiodistas que viven de la publicidad gubernamental, de los sobornos o del vil chantaje. En este sentido, la existencia de personas capaces de entender que su profesión no es una mercancía y dispuestas a defender el libre ejercicio de la misma es hoy para nuestra sociedad un activo invaluable.

Los gobernantes verdaderamente democráticos tienen la obligación de proteger al periodismo y a los seres humanos en los que se encarna, sin importar lo críticos que puedan ser el medio o el individuo que lo ejercen. En ocasiones la agresión puede provenir del propio Estado y entonces la sociedad hace bien en exigir el castigo a los funcionarios agresores. Si embargo, también podría darse el caso de que ésta sea producida por terceros. Cuando esto ocurre, el Estado se convierte, en caso de estancarse en la inacción, en cómplice.

La demanda de justicia ante los ataques al periodismo trasciende tanto al periodista como al medio. Tal como lo afirmara Carmen Aristegui al ser censurada por MVS y, muy probablemente, por el gobierno federal, este tipo de batallas son, en realidad, por la libertad. El día de hoy lo mínimo que nos toca a los yucatecos es hacer visible nuestra solidaridad con Hernán Casares y con Diario de Yucatán. Al defender su libertad estamos defendiendo también la nuestra. La presente y la futura.

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Batallas de Yucatán

Candidatos mercancías

Los partidos políticos han empezado una disputa por el voto de los mexicanos y es claro que el exhibicionismo publicitario será una de sus principales estrategias para convencer a aquellos electores aún indecisos.

Apenas han transcurrido dos semanas de campaña y el país ya está tapizado de espectaculares, de posters y de anuncios móviles que muestran caras, slogans y colores. La radio y la televisión, saturados de brevísimos spots en los que apenas alcanza a colarse alguna frase montada sobre la onda de melodías originales o piratas. Una foto del siempre sonriente candidato abrazando a alguno de sus “buenos amigos”, de preferencia una persona con alguna condición de vulnerabilidad -los políticos suelen encontrar su amistad particularmente estimulante-, un ritual coronado por un bailoteo populachero rodeado de los extáticos fans y gloriosos mítines controlados de principio a fin generan una imagen que se difundirá durante los próximos días para demostrar al público la cercanía del político con el pueblo en aras de sellar la venta del “producto”.

La publicidad política proyecta a los candidatos y a los partidos como mercancías –igual que cajas de cereal o papel higiénico- y asume que los votantes son potenciales clientes. Esta analogía mercantil no es del todo irracional. El capitalismo como la democracia comparten la base común de que seres humanos concebidos como libres pueden competir por obtener la preferencia de otros seres humanos igualmente libres. Este principio es válido para la dinámica de mercado implicada en cualquier actividad comercial y lo es también para la campaña de cualquier candidato.

Al menos en la teoría, tanto el capitalismo como la democracia tienen como uno de sus puntos más brillantes el presupuesto de que los seres humanos somos por nacimiento iguales y que nada nos debe impedir desarrollarnos libremente hasta donde queramos o podamos. A la dinámica deberían supervenir beneficios económicos y políticos adicionales para una sociedad. En el capitalismo la libre competencia debería significar que cualquiera que se esfuerce y se distinga por la calidad o por el precio de su producto terminará siendo premiado mediante el éxito económico. También los consumidores deben ganar al obtener buenos productos a precios bajos. En la democracia esta dinámica significa que los partidos han de competir presentado las mejores propuestas, a los candidatos con mejor perfil y trayectoria más confiable. Por su parte, los electores deberían obtener el beneficio de contar con los mejores gobernantes y los mejores proyectos.

Esta analogía se fractura, empero, cuando consideramos que las democracias modernas no están fundamentadas en la selección de un producto para consumo personal sino en el reconocimiento efectivo de la existencia del conflicto social o político, es decir, la manifestación del enfrentamiento entre demandas sociales-intereses contrapuestos procedentes de distintos actores políticos grupales. Estas demandas son llevadas a la arena electoral por los partidos políticos, quienes representan intereses, asumen demandas sociales e intermedian entre el sistema social y el sistema político (“La delimitación del concepto de partido político”, Trotta, 2012). Los partidos también deberían de racionalizar los conflictos sociales agrupando opiniones individuales en torno a un número limitado de opciones ideológicas.

En la presente contienda electoral los partidos políticos mexicanos deberían entonces, si pretenden ser útiles a la sociedad, racionalizar y explicitar nuestros conflictos sociales y no limitarse venderse, como los productos que pueblan las repisas de un supermercado, con base en empaques, caras, fotos o logos llamativos. Tampoco sirven a la democracia los eventos controlados repletos de clientelas sometidas; representaciones teatrales que fungen como las vitrinas del producto-candidato y que por tanto son inútiles para contraponer o enfrentar argumentos.

Estamos aún a muy buen tiempo de revindicar a dos formatos principales que pueden, contribuir a que, aunque sea mínimamente, los partidos políticos en campaña cumplan con su función como explicitadores y racionalizadores del conflicto sociopolítico. El primero de ellos son los debates –nótese la letra “s” final -. Cada debate debería de caracterizarse por una confrontación abierta y flexible que permita a los candidatos el tiempo suficiente para desarrollar sus propuestas y también para criticar las del adversario. En este sentido, la utilidad de los debates que organizarán los distintos organismos electorales dependerá en gran medida del formato que se termine pactando. Los candidatos no tendrían por qué rehuir a esquemas que permitan el rebate y la confrontación civilizada.

Además de la calidad de los debates, resulta de la mayor importancia su cantidad. No existe ningún motivo democrático para que los candidatos no acepten debatir en tantos foros como sean invitados. La prioridad de la campaña de un candidato genuinamente democrático –es decir, que no se considera un mero producto- no puede ser tomarse fotos abrazado de personas de la tercera edad, sino desarrollar sus propuestas y argumentos con tanto detalle como el tiempo se los permita. Se supone que a nuestros políticos no les motiva el dinero o el poder, sino la articulación de un proyecto. De cada enfrentamiento real de propuestas se debería de producir la mejora de las mismas y una audiencia mucho más informada.

Un segundo formato que contribuiría a explicitar el conflicto social son los foros con público organizados por universidades o medios independientes –esto excluye automáticamente a Televisa y a TV Azteca- donde los candidatos puedan exponer sus propuestas, pero donde también se puedan ver retados intelectualmente. De acuerdo a la más reciente Envud (2012) a mayor nivel educativo corresponde un mayor interés en asuntos políticos.  Las universiddes constituyen, por tanto, un ambiente ideal para este tipo de eventos,  al contar con audiencias más participativas, críticas e informadas que el promedio de los ciudadanos. Este tipo de esquema es particularmente valioso porque las respuestas a las preguntas del moderador y de audiencia pueden ser articuladas posteriormente como parte de proyectos integradores que permitirían al electorado, a través de su difusión en medios de comunicación indepedientes, comparar a profundidad todas las plataformas.

Si bien es cierto que las campañas políticas se montan en los mismas estrategias y en la misma estructura industrial mediática sobre la que se articulan las campañas promocionales de productos y servicios, mal haríamos en aceptar que esto legitima automáticamente que los partidos y los candidatos se transformen en mercancías. La actitud que cada candidato asuma durante la campaña nos revelará si estamos ante un ser humano dispuesto trabajar por la democracia o ante un producto empaquetado que pertenece más bien a la repisa de un supermercado y que, como tal, es inerte, igual a los de su serie de producción y desechable; es decir, ante un medio diseñado con el único fin de obtener nuestro dinero.

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Cumbres desbarrancadas

Los alumnos del último año de preparatoria del Instituto Cumbres de la ciudad de México nunca imaginaron el revuelo que causaría el video que encargaron y protagonizaron con motivo de su ceremonia de graduación.

 

El escándalo que provocaron fue de tal magnitud, que apenas unos días después de que empezara a circular su corto promocional en internet la Dirección de esta exclusiva escuela -privada y sólo para varones- tuvo que aclarar públicamente que el video en cuestión “de ningún modo representa los valores y principios del colegio, los alumnos, familias y egresados” y que “la dirección del colegio no tenía conocimiento del contenido”. ¿Qué es lo que resultó tan ofensivo de un video preparatoriano para los millones de mexicanos que han visto sus imágenes?

 

La trama del video referido es la siguiente: un grupo de jóvenes estudiantes del Instituto Cumbres se prepara para su graduación. Los actores son alumnos reales. Uno de los requisitos indispensables para montar la fiesta es contar con compañía femenina, por lo que los estudiantes deciden convocar, mediante anuncios en forma de volantes, a todas las chicas interesadas a participar en un casting con el fin de seleccionar al puñado de privilegiadas que habrán de acompañarles en esta ceremonia.

 

Aparentemente los muchachos ejercen una fuerza de atracción gravitacional sobre las mujeres, porque las siguientes imágenes muestran a un ejército de desbocadas jóvenes buscando hacerse de un lugar en el evento mediante dos formatos complementarios. Algunas de ellas persiguen a los protagonistas del video en calles, bares y hasta en el interior de sus domicilios. En cada escena se presentan atmósferas, lugares y bienes materiales que representan los lujos y la estética propios del estatus económico de los graduandos.

 

El video muestra también a un segundo grupo de emocionadas jovencitas formadas en una fila esperando su turno para participar en la audición. Vestidos con elegantes trajes, y sentados en sendas sillas, cinco de los estudiantes del Instituto Cumbres, acompañados por dos mayordomos y por un leopardo a manera de mascota, observan desfilar una por una a las aspirantes, quienes bailan en solitario para ellos buscando afanosamente ser las seleccionadas. Claramente el nombre de este juego es poder: poder sobre otros seres humanos subordinados, poder sobre la naturaleza, poder sobre la mujer.

 

Para entender plenamente la dimensión de lo que se presenta en este video es preciso acudir a algunas de las categorías empleadas por el académico mexicano Ricardo Raphael en su más reciente libro titulado “Mirreynato, la otra desigualdad” (Planeta, 2015). La figura del Mirrey ha cobrado especial relevancia en nuestra sociedad en años recientes, por lo que vale la pena esbozar un intento de definición, de ninguna forma estático u omnicomprensivo, de este concepto. Un Mirrey es un ser humano joven del sexo masculino que posee una gran fortuna -muchas veces heredada- que disfruta exhibiendo su superior estatus económico mediante el derroche en lujos y para quien ser sólo es posible a través de aparecer ante otros mediante su superior tener. Los Mirreyes viven para demostrar que son Mirreyes.

 

Un elemento central en la figura del Mirrey, claramente identificado por Ricardo Raphael, es su marcado machismo. Este académico revela que la mayoría de los más altos puestos directivos en México aún son ocupados por hombres y que entre los multimillonarios mexicanos que han amasado fortunas en vida figuran muy pocas mujeres. Mientras que en los estratos económicos medios de nuestra sociedad las mujeres han venido ganando espacios y autonomía, en sus esferas más altas muchas de ellas siguen siendo concebidas como floreros.

 

La compañera del Mirrey, mejor conocida como Lobuki -derivado de “loba”- olfatea al Mirrey y busca acceder a su “estilo de vida”. De acuerdo con Raphael, el Mirrey es consciente de su interés, pero acepta. Su relación con su pareja es, a fin de cuentas, un contrato en el cual el hombre se compromete a dar bienes materiales y la mujer, relegada a un mero papel de objeto, accede a dar acompañamiento social, a procrear y criar hijos, y a fungir como un maniquí que portará bienes como ropa, joyas y bolsos que finalmente confirmarán el estatus del propio Mirrey en la sociedad. El video de los estudiantes del Cumbres tan sólo hace patente esta lógica de forma gráfica.

 

Desde luego que el Mirrey no tiene que limitarse siendo fiel a su pareja “oficial”. A mayores límites menor poder, por lo que parte de la ostentación mirreynal estriba en ser capaz de tener y de exhibir ante terceros la mayor cantidad posible de parejas temporales. Dentro del círculo machista esto no sólo no representa problema alguno, sino que es aplaudido, respetado y envidiado. El “table-dance” o los “viajes de solteros” son los templos en el que este pacto queda sacralizado.

 

Afortunadamente son cada vez más las mujeres y los hombres universitarios que luchan contra este ridículo y anacrónico formato. En mi trabajo como profesor y director en la Universidad Marista de Mérida he tenido la oportunidad de compartir clases con cientos de brillantes estudiantes universitarias que cursan una carrera buscando realizarse por medio de su profesión, que no conciben no ser autosuficientes y que de ninguna forma estarían dispuestas a regalar su voluntad a un tercero. También he podido convivir con muchos hombres que reconocen en sus compañeras a seres humanos tan o más capaces que ellos y que no las concebirían, bajo ninguna circunstancia, como trofeos o como objetos.

 

Como parte de uno de los cursos que me toca impartir, los estudiantes leen los capítulos 2 y 4 del libro “El laberinto de la soledad” de Octavio Paz. En este texto, el premio Nobel de literatura mexicano analiza cómo el machismo mexicano termina haciendo de la mujer un ser sin voluntad y sin capacidad de acción; un ídolo alrededor del cual se danza, pero que no desea, que no busca y que nunca propone. La mujer descrita por Paz es entonces un ser humano incompleto y mochado.

 

Semestre tras semestre el debate sobre este texto paciano me resulta tan enriquecedor como revelador. Suelen ser las mujeres las que más participan y quienes se hacen presentes con la fuerza y con la argumentación propias de quien no está dispuesto a reproducir un formato sexista en su generación. Ellas tienen voluntad, tienen inteligencia, tienen capacidad. No me cabe la menor duda de que muchas de las estudiantes de hoy aparecerán en la sociedad como agentes autónomos y libres que transformarán positivamente a nuestra sociedad. Nunca nadie se ha atrevido a pedir la palabra para contradecirlas.

 

De no entenderse en toda su insensata ridiculez, el formato sexista mirreynal puede ser tomado como ejemplo por jóvenes de clases medias y medias-altas. La carga ideológica machista y materialista que fluye como una cascada emanada desde las cumbres socioeconómicas de nuestra sociedad es contenible, pero para ello hace falta identificarla y criticarla públicamente. En este sentido es una excelente noticia que un video tan vulgar como el referido haya sido condenado por tantos mexicanos. Sólo en la medida en que los Mirreyes sean sujetos al escarnio y al repudio explícito de nuestra sociedad será posible derrocar a su nefasto régimen.- Mérida, Yucatán.

 

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¡Precaución! Partido tóxico para la democracia

Cada voto que reciba el Partido Verde contaminará más nuestra ya muy enferma democracia. Le cuento por qué.

 

Desde hace varias semanas el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) ha emprendido una agresiva estrategia que incluye tácticas claramente ilegales. Mientras los demás partidos guardaron las formas y respetaron superficialmente la prohibición de contratar anuncios en momentos y formatos específicos, el Verde repartía tarjetas de “beneficios”, lentes o vales y tapizaba lo mismo ciudades , que salas de cine y frecuencias de televisión y radio.

 

La reacción del Instituto Nacional Electoral (INE) ante esta afrenta ha sido tan lenta y débil que esta situación ha pasado de lo ridículo a lo grotesco. El PVEM ha pagado cientos de millones de pesos en multas, pero ha desafiado abiertamente a la autoridad electoral al continuar replicando las mismas acciones por las que ha sido sancionado. El Verde ha entendido perfectamente que sus multas las paga con nuestros impuestos y que con ellas puede comprarse impunidad. La ecuación es muy sencilla: al final del día el PVEM está invirtiendo en el pago de un sobreprecio -multas- por el privilegio de anunciarse en exclusiva. Negocio redondo.

 

A la ilegalidad y mezquindad de la estrategia Verde es preciso sumar otros dos factores. Su publicidad consiste en una mezcla entre el uso de la imagen de estrellas de televisión como carta de presentación y narrativas sentimentaloides. Este formato está diseñado para encontrar eco en los segmentos del electorado menos informados. Así, este partido es capaz de mostrarse “fresco”, de atribuirse tramposamente méritos intrascendentes o de lanzar promesas populistas sin sustento.

 

Finalmente, a la ilegalidad de la campaña y a lo mezquino de la publicidad del PVEM, hay que agregar que el electorado mexicano, harto con justa razón de sus instituciones y en particular con su partidocracia, castigará en 2015 de forma más severa al PRI, al PAN y al PRD; los tres partidos con más posiciones ejecutivas y legislativas en México. Las encuestas más recientes revelan que el PVEM estará disputando, junto al PRD y MORENA, el puesto de tercera fuerza política del país.

 

Es un gravísimo error considerar al Partido Verde como una opción electoral para castigar a nuestro sistema de partidos. El principal problema del PVEM no es que tenga vicios que exhiben otros partidos; el problema es que en el Verde no se puede encontrar más sustancia que esos vicios. En realidad, este partido no es ni siquiera un partido político ya que no es una entidad de interés público, no contribuye a explicitar demandas sociales legítimas, ni busca prioritariamente obtener el poder. Tampoco es ecologista. Entre su filas militan cazadores o depredadores y ha apoyado causas desde propuestas anti ecologistas hasta la pena de muerte. El PVEM ha sido expulsado de la coalición de partidos verdes europea y no es reconocido por Greenpeace. ¿Qué es y para qué sirve entonces el Verde?

 

Es bien sabido que el PVEM es un negocio privado cuyo dueño es Jorge Emilio González Martínez, conocido como el “Niño Verde” porque heredó esta franquicia desde muy joven de manos de su padre. Entre los mexicanos más informados la reputación de este personaje está por los suelos. Dado que es él quien manda en este partido, vale la pena recordar brevemente un par de momentos representativos de su trayectoria.

 

Hace unos años González fue detenido en un retén en la ciudad de México, donde dio a los agentes un nombre falso. Posteriormente se resistió al arresto con la ayuda de sus guardaespaldas, que terminaron advirtiendo a los policías “no saben con quién se meten. es el Niño Verde”, y finalmente logró, amparado por su fuero, evadir la sanción. Al salir el caso a la luz pública, el “Niño Verde” se vio obligado a pedir una disculpa y a pagar las horas de detención que su afrenta ameritaba. Peor aún, González también fue captado en vídeo negociando, a cambio de un soborno de 20 millones de pesos, la gestoría de un permiso de construcción para un hotel en Quintana Roo. Cuando el vídeo fue difundido, el dueño del PVEM aseguró que lo “chamaquearon” y que en realidad era él quien le estaba poniendo una trampa al corrupto empresario para luego denunciarlo.

 

Recapitulemos: el PVEM no es partido, no es verde y es propiedad privada de un dueño corrupto. Sin embargo, por si eso no fuera suficiente, más lastimosa aún es la lógica con la que opera. Durante los primeros años de su existencia el Partido Verde buscaba desesperadamente mantener el porcentaje mínimo de votación para preservar el registro que le garantizara poder obtener, año con año, una jugosa tajada del presupuesto. Pero pronto aprendió que el verdadero negocio estaba en otro lado. Actualmente el Verde ha diversificado sus fuentes de ingresos y se ha convertido una verdadera comercializadora político-electoral.

 

Por principio de cuentas, el PVEM vende su apoyo electoral al partido que más ofrezca por éste. Algunos analistas políticos especializados en temas electorales han señalado que el PRI no hubiera ganado la elección de 2012 sin el apoyo del Verde. En segundo lugar, en vez de servir como vehículo para representar a los mexicanos, el PVEM ha entendido los beneficios de vender los espacios plurinominales a los que tendrá acceso a los grandes capitales que puedan pagar por ellos. Ejemplo de lo anterior es la candidatura de Ninfa Salinas Pliego, hermana del dueño de TV Azteca e integrante de la denominada “telebancada”. El Verde se renta al mejor postor como una suerte de vientre subrogado en el que se incuban los intereses de los poderes fácticos.

 

Finalmente, el PVEM goza también de los beneficios de haberse convertido en un partido satélite del PRI. Producto de la pésima gestión del actual ejecutivo federal este último partido ha estado perdiendo preferencias electorales mientras que el Verde las ha ido ganando. Es por ello que para algunos estamos ante la conformación de una “marca alterna” del PRI (Sinembargo.mx, 25/03/2015) que cumple con la doble función de presentarse ante el electorado con una imagen más fresca y de recibir las multas del árbitro electoral.

 

Los mexicanos estamos hartos de nuestra partidocracia. Es entendible que busquemos opciones nuevas y que no queramos saber absolutamente nada de los partidos tradicionales. Sin embargo, por las razones expuestas anteriormente, lo peor que podemos hacer es otorgar nuestro voto a un partido altamente tóxico para nuestra democracia. En futuras entregas de esta columna serán analizadas otras posibilidades. En cuanto al Partido Verde, me sumo por este medio a la propuesta que han hecho Denise Dresser y otros académicos: no tiene razón de existir y su registro como partido político debería ser anulado.- Mérida, Yucatán.

 

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Partido tóxico para la democracia.pdf

#EndefensadeAristegui

Algo va muy mal cuando una empresa de telecomunicaciones emprende públicamente una feroz campaña con el fin de orillar a su periodista estelar a renunciar.

El pasado miércoles MVS tapizó los principales diarios del país e inundó sus espacios comerciales con un comunicado en el que advertía, con una rudeza desmesurada, que no permitiría ningún “abuso de confianza” por parte de sus colaboradores. No hacía falta incluir el nombre del destinatario de este mensaje. Las amenazas de MVS aludían directamente a la periodista Carmen Aristegui, quien horas antes había firmado, a título personal, pero presentándose como parte de la empresa para la cual trabaja, un convenio para echar a andar un portal para recibir denuncias ciudadanas anónimas denominado “Mexicoleaks”.

Al día siguiente MVS anunció el despido “por pérdida de confianza” de dos integrantes del equipo de Aristegui: el reportero Irving Huerta y el jefe de información Daniel Lizárraga. En su programa del viernes, la periodista hizo un llamado para que se reinstale inmediatamente a sus colaboradores. MVS respondió publicando los “nuevos lineamientos para sus noticieros”, entre los que figura de manera destacada la creación de un comité editorial que deberá dar su aprobación previa a todo trabajo de investigación realizado por los periodistas de esta empresa.

Es evidente que la reacción de MVS no obedece a una lógica comercial o periodística. De mantenerse dicha compañía en su postura, Aristegui probablemente terminará por renunciar (Actualización: Aristegui fue despedida por MVS el pasado 15 de marzo) y esta empresa, que en teoría obtiene sus ganancias de la venta de espacios comerciales en sus programas, estará sacrificando al noticiario de radio más escuchado del país y su “producto” más exitoso. Carmen Aristegui es la razón indiscutible por la que el público sintoniza la “primera emisión” de los noticiarios de esta cadena. Su audiencia se iría con ella.

El sentido de esta cruzada delirante de MVS contra su directora y más prestigiada colaboradora está en otro lado. Todos los eventos descritos anteriormente giran sobre el mismo eje. Tanto Huerta como Lizárraga estuvieron directamente involucrados en la investigación que reveló la existencia y los pormenores de la “casa blanca” de Enrique Peña Nieto. Muchos temas de enorme trascendencia para la vida nacional que la falta de espacio no permite enlistar, han sido dados a conocer originalmente o abordados con una profundidad sin paralelo en este programa. Los nuevos “lineamientos” de MVS están claramente encaminados a que nunca más pueda publicarse un reportaje con la independencia editorial plena que caracteriza a Aristegui. No más “casas blancas”.

Es claro que después de los años que Aristegui ha invertido en abrir y sostener un espacio libre y crítico, el medio para el que trabaja pretende ahora forzar su salida sin despedirla técnicamente. Un periodista independiente tiene dos líneas de defensa contra los embates del poder al que critica. Una de ellas es el medio en que publica. Mientras mayor sea el peso específico de la radiodifusora o espacio en cuestión, más probabilidades habrá de que el periodista pueda ser protegido. En un contexto autoritario, si el medio le da la espalda a su colaborador en conflicto con el poder, éste queda expuesto e inerme ante aquellos cuyos abusos denunció. Sin embargo, también hay un alto costo para el medio, que pierde la credibilidad en su interior, debilita la moral o calidad de sus trabajadores y termina, eventualmente, degradando su labor periodística.

Pero más allá del medio para el que publica su trabajo, hay una segunda barrera protectora para los periodistas independientes y críticos: su audiencia. En 2011, durante el sexenio de Felipe Calderón, MVS despidió a su periodista más influyente muy probablemente por presiones surgidas desde Los Pinos; pero terminó reinstalando a Carmen ante la presión popular en redes sociales y en las calles.

Gracias a su impecable trayectoria, Aristegui se ha llegado a convertir en un ícono del periodismo nacional cuyo nombre es asociado con integridad profesional, independencia periodística y espíritu crítico. Esta periodista, cuya contribución a la democracia mexicana es invaluable, encarna hoy ideales humanos fundamentales, como la valentía o la honestidad; bienes escasísimos en la radio o televisión nacionales. Muchísimos mexicanos lo saben y la prueba está en que sus muestras de apoyo en redes sociales han sido avasalladoras. En apenas un par de días, fueron recolectadas más de 130,000 firmas en apoyo a su causa y el hashtag -etiqueta de Twitter- #EndefensadeAristegui se reprodujo cientos de miles de veces. Aunado a ello, un importante número de reconocidos académicos y periodistas, de diversos orígenes e ideologías, han manifestado públicamente su solidaridad para con ella.

Hoy más que nunca es preciso defender los espacios de libertad ganados. Desde el regreso del PRI a Los Pinos, periódicos como los de Grupo Healy en Baja California han sido amenazados, portales independientes como Sinembargo.mx han sido atacados y otros medios, comunicadores y programas han sido sutilmente saboteados. Ante una presión de tal magnitud, algunos medios de comunicación han terminado por claudicar ante el gobierno. Con ellos, claudica también una parte de nuestras posibilidades de entender y de cambiar nuestro presente.

En un mensaje dado durante más reciente programa, Aristegui advirtió: “No tenemos derecho a aceptar lo que parece ser ya no un aroma sino un vendaval autoritario de regresiones… Hay hoy en México un clima sumamente preocupante y este panorama no lo podemos aceptar… Esta batalla, no lo dude nadie, es una batalla por nuestra libertad, es una batalla por el derecho a expresarnos, es una batalla por el derecho a saber, es en defensa de los periodistas y, por tanto, en defensa de la sociedad”.

Tiene razón. La circunstancia presente rebasa el ámbito privado o individual y se ha vuelto un asunto del mayor interés público. El programa de Carmen Aristegui es, sin duda, el espacio de crítica y deliberación más influyente de México. Más allá de sus enormes cualidades y de la admiración y respeto con que muchos desde hace años la miramos, Aristegui es una figura que representa hoy a todos aquellos periodistas y medios que día a día ejercen su derecho de libertad de expresión y que muestran a la sociedad la realidad nacional desmaquillada.

Si se le cierra la puerta a ella, se le puede cerrar a cualquiera y entonces sí que todos nos quedaremos afuera, al menos por un buen rato. La defensa de Carmen Aristegui contra la censura es la defensa de los muchos que queremos un país diferente contra los pocos que se esmeran en preservar lo actualmente existente; del interés colectivo contra los poderes fácticos; de los que sueñan con libertad e igualdad contra los que buscan resucitar, a cómo dé lugar, nuestra extinta “moral de siervo”.- Mérida, Yucatán.

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Los alfileres que nos sostienen

La violencia como medio es siempre, o fundadora de derecho o conservadora de derecho. En caso de no revindicar alguno de estos dos predicados, renuncia a toda validezWalter Benjamin, filósofo alemán


 

Resulta sumamente alentador que, tras recorrer un larguísimo y empedrado camino, en las sociedades occidentales más avanzadas un buen número de libertades -entre las que figuran notablemente las políticas, las sexuales y las religiosas- formen ya parte de un creciente catálogo de derechos humanos básicos que sólo a los reaccionarios más obcecados parecen incomodar.

 

Empero, si bien es cierto que el tamaño y el diseño estructura de derechos que nos hemos construido han mejorado con el tiempo,  tal parece que nuestra fijación con la seguridad, un derecho básico de todo ser humano y la principal razón de ser del Estado, se ha convertido en uno de los principales móviles para violar derechos humanos en nuestro país.

 

Vale la pena recordar que durante las últimas décadas el sobredimensionamiento, ya sea intencionado o por falta de entendimiento, de las verdaderas causas de amenazas para la seguridad individual o colectiva, como el consumo de drogas o el terrorismo, ha llevado a un buen número de naciones a emprender auténticas guerras con el pretexto de proteger a sus sociedades de estos peligros. Los mexicanos lo sabemos muy bien. En nuestro país el combate al terrorismo y al consumo y tráfico de sustancias ilícitas se mimetizan en la desastrosa “guerra contra el narco”. No es casualidad que la cantidad y la magnitud de las violaciones a derechos humanos se haya disparado en nuestro país desde que Felipe Calderón emprendiera su “guerra”.

 

El problema fundamental de las políticas públicas basadas en estrategias bélicas es que se suelen terminar violentando libertades fundamentales en aras de proteger a los ciudadanos de sí mismos o de amenazas poco probables. En el marco de cruzadas dogmáticas como la “guerra contra el terror” o su análoga “guerra contra las drogas”, algunos gobiernos han implementado medidas que van desde la pérdida de la privacidad en línea, producto del ciberespionaje preventivo, hasta el cambio de leyes fundamentales que garantizan libertades básicas o la militarización de los equipos y de las tácticas de policías civiles; acciones que son justificadas inicialmente como necesarias para proteger a los habitantes de una nación, pero que en realidad otorgan licencia a las autoridades para su permanente vigilancia, represión o para limitar el margen de su libertad de acción.

 

Un par de ejemplos ayudan a entender el tamaño de algunos de los “fuegos” que se pretende apagar con gasolina. ¿Tiene sentido  pagar los altísimos costos en términos de vidas, libertades o monetarios de la guerra iniciada por Felipe Calderón y continuada por Enrique Peña Nieto en nombre de la “protección” de 0.7% de los consumidores de drogas mexicanos han perdido su autonomía -es decir, son adictos- a alguna sustancia (ENA, 2012)? La probabilidad de que un estadounidense sea asesinado por un terrorista en Estados Unidos es de uno en 3.5 millones, por lo que la pregunta lógica es ¿cuánto están dispuestos a sacrificar los norteamericanos para reducir esta posibilidad a uno en 4.5 millones? (“LA Times”, 28/08/2011).

 

El título de uno de los informes de “Human Rights Watch” (2011) retrata a la perfección el saldo que la estrategia detrás de esta irracional cruzada ha dejando a su paso en nuestro país: “Ni seguridad, ni derechos”. México se ha convertido en una marca internacionalmente identificada como sinónimo de territorio en el que el Estado fomenta la violencia y viola impune y constantemente derechos humanos. Así se nos ve, con razón, desde afuera. Para terminar de ensombrecer el panorama, en medio de este río revuelto, en algunas partes del país lo mismo se atenta contra periodistas que contra activistas o luchadores sociales.

 

Ante la indiferencia o la sumisión al poder de muchas de las comisiones estatales de derechos humanos -entre las que se encuentra la Codhey-, en este contexto resplandece la importancia de organizaciones defensoras de derechos humanos internacionales con presencia en México como “Amnistía Internacional”, “Human Rights Watch” o “Artículo 19″o nacionales, como “Hermanos en el camino”, cuyo aporte es invaluable.

 

No es momento para escatimar nuestra solidaridad a aquellos que nos mantienen con vida muchos de los derechos humanos de los habitantes de nuestro país. Sería imperdonable darles la espalda ignorándolos o regateándoles nuestro apoyo. Este tipo de asociaciones, en mancuerna con la prensa libre e independiente, son dos de los alfileres que sostienen la posibilidad de que el momento presente sea superado y de que México pueda algún día ser reconstruido con los restos rescatables de su naufragio

 

 

@asalgadoborge

 

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

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Los alfileres que nos sostienen

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