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Astrocapitalismo

SinEmbargo, 05-06-2020

El Falcon 9 despegó de Florida con una misión principal: llevar a dos astronautas a la Estación Espacial Internacional. Con este cohete, se elevaron también las emociones de millones de personas que siguieron y celebraron este evento. Hay tres razones principales detrás de este fenómeno. Las tres, a mi juicio, están relacionadas con el astrocapitalismo, una tendencia en la exploración espacial que amerita ser revisada.

¿Gran Salto?

Para algunas personas, el despegue del Falcon 9 fue digno de celebración porque este hecho representa un gran salto en la exploración espacial. Incluso hubo quienes llegaron a comparar su sentir con el que experimentaron cuando Neil Armstrong pisó por primera vez la superficie de la luna.[1] Este tipo de paralelismos tienen poco sentido. Y es que la semana pasada, en términos de alcance, la humanidad no dio algún paso adicional a los que ya antes había dado. Hasta 2011, los viajes a la Estación Espacial Internacional eran regulares y, por lo mismo, pasaban prácticamente desapercibidos para el público.

Lo que realmente acaparó la atención de tantas personas la semana pasada fue el hecho de que los astronautas viajaran, por primera vez, en un cohete elaborado por la compañía privada SpaceX; una empresa promete privatizar exitosamente los viajes espaciales. Por ponerlo en términos de un extasiado comentarista, “el éxito de SpaceX es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad… en los tiempos en que Estados Unidos debate los méritos del socialismo, SpaceX nos ha dado un testimonio increíble del poder de la empresa libre estadounidense”.[2] Bienvenidos entonces al astrocapitalismo.

Pero esta euforia astrocapitalista ignora por completo el contexto del que ha surgido este fenómeno. En realidad, la alianza del Gobierno estadounidense con SpaceX representa el último clavo en el ataúd de un proyecto de cooperación internacional moribundo. En 1967, 90 países firmaron el “Tratado del Espacio Exterior”.

Este tratado especifica en su primer artículo que “la exploración espacial tendría que ser llevada a cabo en beneficio de todos los Estados, sin importar su grado de desarrollo económico o científico, y que el espacio tendría que ser provincia de toda la humanidad”.

En otras partes del acuerdo se menciona que “las naciones deben promover la cooperación” en la investigación del espacio y que las naciones firmantes deben considerar, en aras de la igualdad, cualquier solicitud de otras naciones a observar las condiciones de los vuelos al espacio.[3]

El 1970 se intentó dar un paso adicional para hacer el alcance del tratado más claro. Se propuso establecer que el espacio sería “herencia común para toda la humanidad”. Esto implicaba un bloqueo efectivo a la posibilidad de trasladar la comercialización de lo público en la Tierra al espacio. Todos los seres humanos, por el hecho de ser humanos, tendrían derecho a acceder al conocimiento u oportunidades derivadas de la exploración del espacio.

Sin embargo, este intento fue percibido como “socialista” y terminó por ende bloqueado por intereses poderosos. Esta tendencia dio un giro de 180 grados cuando, más adelante, el congreso de Estados Unidos aprobó una ley que busca asegurar que ese país pueda mantenerse como el líder en el “comercio global espacial” y que faculta a su gobierno a interpretar al tratado de forma que minimice las regulaciones y obligaciones que de éste se derivan.[4]

Recurrir a SpaceX, una empresa privada, es una forma de evitar colaborar con otras naciones y de empezar una batalla de intereses económicos en el espacio. O, por ponerlo en términos más claros, su alianza con empresas privadas, en lugar de hacerlo con otros países, es el último paso de Estados Unidos en su intento de mandar al proyecto de cooperación y a la idea de una “herencia común para toda la humanidad” efectivamente al carajo. En este sentido lo ocurrido la semana pasada en Florida es sí que es un gran paso, pero uno hacia atrás.

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Johnny Escutia: el pseudorey y su furia

Un reclamo de Ana Luz, una usuaria de Twitter, puso los reflectores sobre una canción en la que el rapero Johnny Escutia, conocido como “el Rey de la Furia”, detalla explícitamente sus supuestas intenciones de matar a una conocida youtuber.

Johnny es un hombrecillo enojado al que despotricar desde su trono imaginario le hace sentir empoderado. Lo único que hace a Johnny comercialmente relevante es su disposición a narrar, explícitamente y en sus formas más aberrantes, agresiones contra mujeres y niñas.

Por desgracia, es evidente que el suyo no es un caso aislado. Prueba de ello es que a Ana Luz le llovieron inicialmente amenazas de muerte por exhibirlo. Es claro que no faltan quienes apoyan o aplauden a este rapero en redes sociales o quienes comparten su forma de ver el mundo. Este público constituye una piara que merece un enfoque atento y serio: la conformada por pseudoreyes enfurecidos. Es de esta piara de dónde ha salido Johnny.

Este fenómeno puede ser analizado desde distintos ángulos. Sin embargo, me enfocaré aquí en uno que considero particularmente relevante y poco explorado en México: la relación entre el caso de Johnny y la llamada manosfera, un entramado de espacios disponibles en internet, incluyendo blogs y foros de discusión, que se han convertido en auténticas incubadoras machistas.

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La verdadera y trágica historia del robo de líquido de rodillas

Publicado en Sinembargo.mx, 08/05/2020

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En México hay quienes creen que la COVID-19 es un invento maquinado por algunos médicos para atraer personas a hospitales y sacarles el líquido de sus rodillas. Cuenta la historia que el líquido sinovial es un bien codiciado en todo el mundo, tan o más valioso que el oro. Por ende, médicos, científicos y -obviamente- hasta funcionarios gubernamentales habrían confabulado para extraer este preciado líquido de aquellos ingenuos que acepten ser internados en hospitales.

Esta teoría es tan absurda como increíble. Justamente por ello puede resultar graciosa y ha sido objeto de todo tipo de burlas y memes -mi favorito muestra a los conquistadores quemando los pies a Cuauhtémoc mientras le anuncian que necesitan el líquido de sus rodillas-. Por ponerlo en las palabras de un popular comentarista, “lo del líquido de las rodillas ha sido de lo más pendejo/divertido/inverosímil que ha sucedido en esta cuarentena. Excelente servicio”.[1]

Sin embargo, por ridícula que pueda parecer, esta historia implica un componente serio que amerita ser reconocido. Y es que su tono pasa de la comedia a la tragedia cuando se considera el contexto del que forma parte y los efectos este contexto está generando.

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AMLO, la caricatura

Publicado en SinEmbargo, 24-04-2020

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No hay persona en México que no conozca a la caricatura. Para el Gobierno de AMLO fue, durante algún tiempo, una herramienta invaluable. Pero recientemente se ha convertido en una de las piedras más pesadas atadas al Presidente.

La caricatura consiste en ese personaje con el que el AMLO se ha autoidentificado; un personaje que le ha permitido construir una conexión extraordinaria -aquí de amor, allí de odio- con millones personas. No es necesario romperse mucho la cabeza para identificar su naturaleza. La caricatura incluye secuencias bien conocidas, como la repetición esperable de una colección de dichos, la constante simplificación de asuntos complejos, una peculiar cadencia, y un gran acervo de “punchlines” tan polémicas como ingeniosas.

En alguna medida, todos estamos familiarizados con la caricatura. Sin embargo, no todos reaccionamos igual ante ella. Hay al menos tres formas distintas de procesarla que vale la pena poner sobre la mesa.

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Ave scientia

SinEmbargo

 

“Para aquellos que querían un mundo sin vacunas… aquí está un mundo sin UNA vacuna”. Este mensaje circula en un tweet y va dirigido a los “anti-vaxxers”, un grupo de personas que normalmente “no cree” en las vacunas.

Aunque es pronto para notar todos sus efectos, ya es posible reconocer que el COVID-19 tendrá un impacto radical en las sociedades humanas. Muchas consecuencias de ese impacto, como la recesión económica que se viene, serán debilitadoras o difíciles de reparar. Pero otras podrían hacernos entender la poca importancia que hemos dado a aspectos fundamentales de nuestra vida en sociedad. Este ha sido el caso de la ciencia, un conjunto de conocimientos que en la era de la posverdad grupos como los “anti-vaxxers” buscan enterrar.

Para ver por qué empecemos notando que avance de la infección anti-ciencia en el mundo contemporáneo puede dividirse en al menos tres compartimientos.

(1) En un primer cajón se puede colocar a conjuntos semiformales. Por ejemplo, los antivaxxers, los terraplanistas o quienes se enganchan en teorías de conspiración. La presencia de estos grupos es tan real como increíble. En Reino Unido circula la idea de que lo que enferma a la gente no es el COVID-19, sino la señal de las torres de la red 5G que recién ha sido instalada. Apenas hace unos días, un grupo de personas literalmente atacó las torres.

Estos grupos abrazan las posiciones anti ciencia en parte porque ello les dan una sensación de seguridad y de control. De esta forma “adquieren” un “conocimiento” privilegiado que el resto de la sociedad, engañada por las élites intelectuales, no alcanza a imaginar.

(2) En un cajón vecino habría que poner a los grupos de poder que se benefician de las posiciones anti-ciencia, como grupos religiosos ultraconservadores y sus satélites o movimientos políticos afines. Por ejemplo, en Brasil, Jair Bolsonaro ha afirmado, sin base científica alguna y contradiciendo los hechos, que “a los brasileños nunca les pega nada” y ha dicho que cree posible que algunas personas hayan sido infectadas desde hace semanas pero que ya cuenten con anticuerpos desarrollados para combatir a ese virus.[1]

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COVID-19: ¿Vive y deja morir?

SinEmbargo,

 

El COVID-19 ha abierto para gobiernos en todo el mundo lo que aparenta ser el dilema moral por excelencia.

Primer cuerno del dilema.

Por una parte, hay quienes consideran que es un deber fundamental evitar todas las muertes humanas que sean evitables, sin importar el costo que ello implique. La idea central es que la vida humana es un principio moral innegociable; es decir, que no hay nada que justifique el sacrificio de aquellas personas que respiran. Si este enfoque implica altos costos económicos o sociales, que así sea. Luego habrá tiempo de lidiar con las consecuencias de las medidas adoptadas.

En lo individual, probablemente la voz más notable en este sentido hasta el momento es la del Gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo. Recientemente este Demócrata lo puso así: “Mi madre no es sacrificable. No vamos a aceptar la premisa de que la vida humana es desechable. Y no vamos a poner una cifra en dólares a la vida humana.”[1] Nueva York ha adoptado, consecuentemente, políticas “de cierre” mucho más agresivas que las sugeridas por el Gobierno de Donald Trump. En lo colectivo, la comunidad médica y científica ha exigido, casi unánimemente aplicar este enfoque, pues es el único que probadamente ha frenado, al menos en el corto plazo, las muertes por COVID-19.

Pero no es necesario negar que la vida humana no tiene precio para dejar de ver que este enfoque enfrenta un problema evidente: la posibilidad de su aplicación exitosa depende del contexto. Por ejemplo, la gente en Reino Unido puede permanecer en casa unas cuantas semanas, y vivir con sus ahorros o con sueldo pagado al 80 por ciento por su Gobierno. En esos lugares, el “cierre” por pandemia se vive de forma análoga a como lo hacen las clases altas de México.

Es fácil exigir el “cierre total” instalados en la comodidad de una sala listos para “binge-watchear” Netflix o para disfrutar de todas esas lecturas pendientes con la alacena retacada de provisiones. Pero en países como el nuestro, donde el Gobierno no cuenta con recursos suficientes, donde la mayoría de las empresas no tienen recursos para pagar nóminas estando paradas, y donde la economía informal y vivir al día son la norma, pedir “cierre total” puede representar, literalmente, dejar morir de hambre a muchas personas.

Continuar leyendo: https://www.sinembargo.mx/27-03-2020/3755579

La increíble historia del “pederasta solitario” y su árbol de manzanas podridas

SinEmbargo,

Cuando hace más de 20 años un grupo de hombres acusó públicamente a Marcial Maciel de haber abusado de ellos,[1] los círculos sociales cercanos al fundador de la llamada “Legión de Cristo” cerraron filas alrededor de su “santo padre”.Pocos años después llegaron investigaciones periodísticas, como la de Carmen Aristegui, que dejaban ver las acciones criminales de Maciel. Las opiniones de los férreos defensores del sacerdote pederasta no se movieron.

Las acusaciones y testimonios de sus víctimas fueron calificados como fabricaciones o intentos casi diabólicos de descarrilar a aquel ser semidivino. Los intelectos más débiles o los aliados económicos o políticos más cercanos a la “Legión” continuaron repitiendo como mantra la inocencia y la persecución de la que era víctima su adorado. ¿Acaso no fueron muchos “santos” perseguidos en su momento? En paralelo, algunos periodistas críticos fueron amenazados.[2]

Para la mayoría, el despertar necesitó de un balde de agua fría. Esto es lo que ocurrió casi diez años después, en 2006, cuando el Vaticano retiró el sacerdocio a Marcial Maciel, 63 años después de recibir la primera denuncia en su contra, como castigo por sus abusos sexuales. Esta decisión, tomada por el sucesor de Juan Pablo II, Papa amigo, protector y aliado de Maciel, subrayó públicamente la culpabilidad del sacerdote mexicano y tiró por la borda el argumento de la persecución al mártir. Sin embargo, el Vaticano de Benedicto XVI no sometió a su legionario a un proceso canónico alegando su “avanzada edad”, condenándolo apenas a “una vida discreta de oración y penitencia”.[3] Ese fue todo el castigo que el pederasta serial y probable autor intelectual de otros delitos enfrentó en vida.

La decisión del Vaticano no sólo no rozó siquiera a la “Legión”, sino que contribuyó en la construcción de lo que el reconocido experto Bernardo Barranco ha llamado la tesis del “pederasta solitario”: la ridícula pero repetida idea de que Maciel operó a espaldas de su congregación y de todos sus aliados dentro y fuera de la iglesia.[4] Sólo un ser auténticamente demoniaco pudo ser capaz de tejer una trama tan siniestra sin ser detectado. La encarnación de la santidad se convirtió como por arte de magia en el mal encarnado; una manzana podrida como las puede haber en cualquier lado.

Defender la tesis del “pederasta solitario” fue, desde el principio, un sinsentido de ida y vuelta.

En nuestras caras

SinEmbargo,

Una feroz competencia por toda la información relacionada con nuestros rostros está en marcha. Cada vez son más los gobiernos, las empresas privadas y hasta las iglesias que buscan controlar la distribución o uso de tecnología para vincular caras y datos.[1] Estos eventos suceden a la vista de todos, literalmente en nuestras caras, sin mayor regulación o control. Dos casos paradigmáticos pueden ser útiles para entender por qué lo que ocurre tendría que importarnos.

(1) El primer caso paradigmático a revisar está relacionado con China. De acuerdo con una investigación de The New York Times, el Gobierno chino ha venido instalado una cantidad descomunal de cámaras de videovigilancia.[2] Muchas de estas cámaras se encuentran ocultas -por ejemplo, en árboles- y su red alcanza incluso poblaciones rurales donde a duras penas hay energía eléctrica. Esta red de hardware es acompañada de un poderoso software que permite el reconocimiento facial inmediato, y de una base de datos donde se almacena información de cada individuo, desde sus huellas digitales hasta sus historiales laborales, fiscales o políticos.

La idea detrás del “Estado de vigilancia” chino es clara: saber todo de todos representa para un Gobierno la última forma de control sobre la ciudadanía. Y es que, a través de esta estrategia, el Gobierno de Xi Jinping busca, en un sentido preventivo, intimidar todos los individuos que habitan ese país para disuadirlos de cuestionar al Gobierno. En un sentido reactivo, gracias a la información recabada ese Gobierno puede castigar a las personas que le resultan potencialmente incómodas. Ambos sentidos han sido probados en China con mayor dureza sobre minorías, y se liga a los campos de concentración en los que el Gobierno chino busca “reformar” a musulmanes.[3]

Es tentador pensar que la presencia de semejante aparato, digno de las más negativas distopías, es impensable fuera China. Sin embargo, es un hecho plenamente documentado que el “Estado de vigilancia” chino es material de exportación. Por ejemplo, ese país ha vendido recientemente tecnología a naciones africanas o latinoamericanas, como Ecuador.[4] La exportación ocurre también, más sutilmente, a través de la empresa Huawei; una organización estrechamente vinculada financiera y operativamente con el Gobierno chino. De esta forma, emisarios de diversas ciudades del mundo, como Mérida, viajan a china para observar demostraciones de productos que prometen, a cambio de una inversión económica relativamente baja, hacer a sus ciudades “inteligentes”.[5]

Para seguir leyendo: https://www.sinembargo.mx/14-02-2020/3729982

 

Deepfakes (falsificaciones profundas)

SinEmbargo,

 

Son una de las amenazas más serias para nuestra democracia y para nuestra confianza en la información que obtenemos en línea. El periódico The Guardian los considera “una respuesta del siglo 21 al photoshopeo” capaz de cambiar el desempeño de mercados financieros, influir en votantes y provocar tensión religiosa”. [1] The New York Times los ha calificado como “una herramienta que puede obnubilar la información para siempre”.[2] Se trata de los deepfakes, una tecnología disponible desde 2017 que consiste en la fabricación de fotos, videos o audios que representan eventos que nunca ocurrieron protagonizados por personas reales.

Los deepfakes son fabricados a través de una forma de inteligencia artificial (IA) llamada deep learning (aprendizaje profundo), y pueden utilizar como input fotografías reales o generadores de caras basados en algoritmos. Aunque por el momento se utilizan principalmente en la industria del porno, los deepfakes más famosos actualmente incluyen a Barack Obama insultando a Donald Trump o a Mark Zuckerberg jactándose de que tiene el control de los datos robados a miles de millones de personas. Si bien
los hay de todas las calidades, con el tiempo la disponibilidad y nivel de precisión de los deepfakes irá aumentando. Y con ello la oportunidad de convertirlos en armas políticas o personales.

Empecemos distinguiendo los alcances de esta tecnología. En realidad, los deepfakes son una continuación de los llamados de shallowfakes (falsificaciones superficiales); normalmente videos sacados de contexto o editados por medio de herramientas primitivas. Los shallowfakes suelen ser burdos o evidentes; pero ello no ha impedido que sean compartidos y creídos por millones de personas.

En esta categoría caen un video de la congresista Nancy Pelosi manipulado para disminuir su velocidad con el fin de dar la apariencia de que arrastraba sus palabras o se enredaba en ellas. A pesar de lo obvio de este efecto, este video, difundido frecuentemente como “Nancy Pelosi borracha”, tuvo un gran impacto y sido visto millones de veces. [3] También cae en esta categoría un collage de fotografías de AMLO saludando y abrazando a mujeres compartido en Facebook por México Libre Playa del Carmen. Este collage fue acompañado del texto “cómo podría estar en contra del acoso si aprovecha su cargo para ejercerlo. Repugnante #AMLOAcosador”. A pesar de lo patético y convenenciero de este intento, algunas personas han llegado a ver en fotos no problemáticas lo que México Libre quiere que vean.

Los shallowfakes son un punto de referencia obligado, pues anuncian tres aspectos relevantes de los deepfakes:

Para seguir leyendo: https://www.sinembargo.mx/28-02-2020/3738459

Caballeros (y damas) del zodiaco

SinEmbargo,

Algunas prácticas que parecían estar al borde de la extinción, como la astrología, la magia, el tarot o la angelología, han iniciado la segunda década del segundo milenio de nuestra era con fuerza renovada.[1]

Las evidencias de esta tendencia saltan a la vista lo mismo en charlas informales que en la multiplicación de espacios dedicados a reunir a la gente interesada en estos temas. El mundo digital también da cuenta de ello. Por ejemplo, el tráfico en aplicaciones o sitios construidos para generar narrativas asociadas a los signos del zodiaco se ha incrementado exponencialmente. Algo similar ocurre con las secciones de medios tradicionales que incluyen contenidos relacionados con la astrología.[2]

Si creencias como las mencionadas arriba parecían ir de salida es, en buena medida, porque éstas conflictúan con hechos o evidencias científicas que la mayoría reconoce como verdaderos.

En este sentido, uno de los aspectos que llaman más la atención en su reemergencia es el puente que se ha construido entre ciencias y pseudociencias. Y es que parte de las personas que buscan entenderse a través de sus perfiles zodiacales o cartas astrales, o que están convencidas de la compañía de ángeles en sus vidas, no considera problemático la combinación entre estas creencias y las evidencias científicas que, de ser plenamente aceptadas, vuelven a estas creencias insostenibles.

Así, hay quienes aceptan hechos astronómicos -como que la Tierra gira alrededor del Sol o que la gravedad es una fuerza real- y, al mismo tiempo, suscriben esoterismos que no tienen cabida en una descripción científica del universo -como las cartas astrales-. O hay quienes creen en su existencia en el espacio-tiempo, pero piensan que seres inmateriales, que por definición están fuera del espacio-tiempo y que no tienen cualidades materiales, les siguen en su movimiento en el espacio, en el transcurso de sus vidas o interactúan con ellos.

Otro aspecto recurrente en las instancias de este fenómeno es el tomar un hecho científicamente probado como punto de partida para luego construir, con este hecho como base, inferencias sin respaldo.

De esta forma, del hecho de que buena parte de nuestro cuerpo es agua y del hecho de que la luna afecta las mareas se supone que se sigue que las posiciones de los astros en general determinan, en el momento mismo en que nacemos, nuestra personalidad y, a través de nuestra vida, la forma como nos comportamos. Y del hecho de que existen fuerzas en el universo -la gravedad, el electromagnetismo, la fuerza nuclear fuerte y la fuerza nuclear débil- y del hecho que estas fuerzas se manifiestan incluso en nuestros cuerpos se infiere que uno puede transmitir ‘fuerza positiva’ a otras personas porque ‘finalmente todos somos fuerza’.

Para seguir leyendo: https://www.sinembargo.mx/03-01-2020/3705659

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