Gobiernos ante la crítica

Diario de Yucatán, 30-08-2020

Es común concebir a la democracia como el hecho de poder elegir libremente y a través de elecciones justas a quienes nos gobiernan. Esta concepción es, en parte, cierta. Las elecciones libres y justas son un elemento necesario para constituir una democracia. Esto es, la ausencia de este elemento es un indicador claro de que no estamos ante un contexto democrático.

Sin embargo, la celebración de elecciones libres y justas no es un elemento suficiente para constituir una democracia. Para que este se el caso se requiere, adicionalmente, que exista (a) respeto a los derechos humanos, (b) libertad de asociación, (c) libertad de expresión, (d) acceso al poder, (e) un sistema plural de partidos, (f) la separación de poderes, (g) independencia del poder judicial, (h) transparencia y rendición de cuentas e (i) una prensa libre, plural e independiente (https://www.un.org/en/sections/issues-depth/democracy/)

En lo individual, ninguno de los anteriores elementos es suficiente para constituir una democracia, pero cada uno es necesario para que este sea el caso. Esto es, sólo un sitio donde la colección de estos elementos está presente puede ser llamado una democracia. En consecuencia, para ser congruente, cualquier gobernante que se diga respetuoso de las prácticas democráticas tendría que defender todos y cada uno de los puntos anteriores.

En este artículo me enfocaré en el último de estos puntos: (i) la existencia de una prensa libre, plural e independiente. Argumentaré que hay evidencias que sugieren que, siguiendo distintas vías, tanto el presidente de México como el gobernador de Yucatán se resisten a aceptar este elemento.

El presidente

Es un hecho sobradamente conocido que AMLO descalifica sistemáticamente a sus críticos durante sus conferencias mañaneras. Este recurso suele ser celebrado por los fanáticos más empedernidos del presidente. El sentido de la descalificación presidencial suele reverberar a través de dos palabras popularizadas en este sexenio: “fifí” y “chayotero”.

Mientras que la primera se refiere al carácter elitista de la persona crítica, la segunda implica que quien critica lo hace porque o bien ante la salida de la derecha del poder ha dejado de recibir dinero del gobierno para alabarlo o porque actualmente recibe dinero de los opositores al presidente. “Chayotero” es entonces quien besa o pega porque se le paga.

En un sentido, el presidente tiene razón: en México decenas o cientos de medios de comunicación recibían cuantiosos recursos del gobierno federal. En algunos casos, la línea acrítica de estos medios a gobiernos anteriores, y su actual criticismo al gobierno actual están directamente correlacionados con este fenómeno.

Un problema evidente con esta estrategia es su inconsistencia. Del hecho de que lo que describe el presidente o sus seguidores sea real no se sigue necesariamente que todos los medios que recibían publicidad del gobierno se dedicaban a lustrarle las botas. Por ejemplo, tanto el gobierno de Enrique Peña Nieto como el del propio AMLO se han anunciado en Diario de Yucatán, pero este medio ha sido crítico con ambos. Esto es, generalizar implica caer en imprecisiones.

Sin embargo, el problema más grande de esta estrategia tiene que ver con su naturaleza y sus efectos. La idea de dividir entre “nosotros y ellos”, “conmigo o contra mí”, es uno de los recursos más evidentes en el “manual” del populista del siglo XXI. A esta idea pertenecen las descalificaciones generalizadas a la prensa tradicional. Esto es lo que hace Donald Trump cuando llama fake fews -noticias falsas- o corruptos a todos y cada uno de los medios o periodistas que le cuestionan. Algo similar hace Jair Bolsonaro, en Brasil.

Este escenario es funcional para los gobernantes que lo promueven. Por una parte, contribuye a polarizar a la población y a confirmar así el apoyo de su base más dura -por ejemplo, busca reelegirse montando en este caballo-. Por otra, complica la vida a los medios, organizaciones o periodistas que buscan ejercer su función de forma crítica e independiente. Estas personas no pueden satisfacer a los fanáticos que pertenecen a alguno de los dos bandos en disputas y, por ende, se convierten en enemigos de ambos.

Esto es lo que ocurrí cuando el presidente calificó a Proceso como un medio “amarillista” por criticarlo en una portada. A este simple señalamiento, siguieron acusaciones de los fanáticos del presidente llamando a Proceso “chayotero”. Poco cuentan las décadas de periodismo crítico y el hecho de que basta con revisar las últimas diez portadas de este semanario para notar que su línea sigue documentando y criticando sin distinción de partido. Para ser claro, Proceso sigue ejerciendo el periodismo independiente y crítico a pesar de que hay un gobierno con el que parece tener afinidades ideológicas.

La pregunta es, como diría el clásico: ¿y qué querían que hiciera Proceso? ¿Renunciar a su independencia y crítica para dedicarse a aplaudir al gobierno actual?

Algo similar sucede con las organizaciones de la sociedad civil (OSC). Apenas esta semana, el presidente asoció los recursos recibidos por OSC, como Indignación en Yucatán, con la oposición de estas organizaciones al proyecto del Tren Maya.

Indignación es un referente en materia de derechos humanos y ha defendido al pueblo maya y construido capital social positivo durante décadas. Si acaso, tuviera que haber una afinidad ideológica entre esta organización y un gobierno que se dice antineoliberal. Sin embargo, ahora Indignación ha sido puesta en el reflector por un gobierno de izquierda y su nombre ha quedado manchado ante los seguidores acríticos del presidente. Aunque claramente Indignación no es prensa, las dinámicas de ambos casos son claramente paralelas.

El gobierno de AMLO lidia con la existencia de una prensa libre, plural e independiente descalificándola. Para ello, aprovecha la polarización y la alimenta. Con ello, además de mostrar su rechazo a uno de los elementos necesarios para la democracia, el actual presidente complica la labor de las personas que le critican y las pone en riesgo.

El gobernador

El gobernador de Yucatán no descalifica en público a sus críticos. Su gobierno rechaza a la prensa crítica e independiente de otra forma: marginándola o ignorándola.

En las conferencias de prensa del gobernador, a diferencia de las de AMLO, todo transcurre sin mayores sobresaltos. El gobernador no enfrenta preguntas críticas. Si este es el caso, es, en buena medida, por el entorno controlado en que estas conferencias se desarrollan. De acuerdo con algunos periodistas, el gobierno del estado ha “confiscado” momentáneamente teléfonos celulares antes de llevar a cabo reuniones con medios de comunicación o con empresarios.

A ello hay que sumar la nula disposición del gobierno del estado a abordar públicamente los aspectos que se le critican en la prensa. Como ya he comentado antes en este mismo espacio, la estrategia en este sentido parece ser apostar a que la sinfonía de medios incondicionales al gobierno terminen acallando las voces de quienes le critican.

La pluralidad siempre debe notarse o sonar para manifestarse. Pero el gobierno local busca borrar la pluralidad subiéndole el volumen a la unidad que, por los motivos que uno quiera, le aplaude incondicionalmente.

Finalmente, el gobierno de Mauricio Vila suele ignorar a la prensa crítica negándole la oportunidad de hacer cuestionamientos al gobernador o a los funcionarios de su gobierno. Por ejemplo, hace unas semanas el Diario invitó a Mauricio Díaz Montalvo, director de Cultur, para debatir en uno de sus foros de discusión. El tema de este foro era “Por un Chichén Mejor”. Era de esperarse que en este foro se abordarían temas complejos, como el problema del ambulantaje en esta zona arqueológica. De otra forma, el foro hubiese resultado trivial o irrelevante.

Pero el director de Cultur rechazó participar en este evento y, con ello, negó a la ciudadanía la posibilidad de enterarse de la forma en que su gobierno argumenta y explica su posición sobre un tema relevante al enfrentarse a preguntas complejas. Días después, el Diario buscó nuevamente a Díaz Montalvo para preguntarle sobre un plan de control de asistencia en zonas arqueológicas, pero el funcionario no tomó la llamada.

Lo anterior retrata de cuerpo completo la posición del gobierno local ante la prensa. Si al medio más antiguo e influyente del estado se le ignora, es fácil ver que con mayor facilidad se puede ignorar a medios independientes o críticos con menor alcance o solidez.

Para efectos de este artículo, lo importante es que el gobierno local ignora o desprecia consistentemente a la prensa cuando ésta le resulta incómoda; esto es, que la prensa sólo es buscada por la actual administración cuando se requieren reflectores y fotografías perfectamente curadas que encapsulen la visión surgida desde el gobierno del estado.

Desde luego, el gobierno de Mauricio Vila no inventó esta estrategia. En realidad, ésta forma parte de las muchas prácticas antidemocráticas promovidas por el PRI durante décadas. Si en el caso de AMLO llama la atención que un gobernante de izquierda adopte estrategias de populistas de derecha, en el caso de Vila resulta notable que un gobernante de un partido que se proclama como defensor de la democracia adopte prácticas abiertamente antidemocráticas.

Conclusión

La existencia de una prensa libre, plural e independiente es un elemento necesario o indispensable en una democracia: quienes rechazan este elemento, no aceptan plenamente la democracia. En este artículo he argumentado que tanto AMLO como Vila buscan limitar la libertad de la prensa, su pluralidad o su independencia. Mientras que el presidente lo hace descalificando y polarizando, el gobernador lo hace silenciando o ignorando. Y de ello se sigue que estamos ante gobernantes que, más allá de sus éxitos o fracasos, no terminan de aceptar la democracia.

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