¿Buenos por naturaleza?

Publicado en Diario de Yucatán.

Una de las grandes preguntas en filosofía política y ética es si el ser humano es bueno o malo por naturaleza. En “Human Kind” (“Bondad Humana”), su más reciente libro, el historiador holandés Rutger Bregman, pone en tela de juicio algunas de nuestras intuiciones más arraigadas y responde a esta pregunta, especialmente relevante en tiempos oscuros, con una historia de esperanza.

LA FALSA PREMISA

El eje central de “Bondad Humana” es que la civilización está construida, al menos en parte, sobre una falsa premisa: la idea de que los seres humanos mostramos una cubierta decorativa de civilidad que, ante la amenaza más pequeña, puede resquebrajarse para revelar nuestra naturaleza egoísta e individualista. En este sentido, el Estado, como antes la religión, operarían como un mecanismo para mantenernos en jaque y contener el surgimiento de nuestra “verdadera naturaleza”.

Si usted piensa que esta narrativa es evidentemente verdadera, no está sola. Confieso que antes de leer el libro de Bregman yo también consideraba plausible esta historia. ¿De dónde proviene nuestra aceptación de esta historia? Apelar a experiencias personales aleatorias para justificarla implicaría cometer un error básico. Como bien se dice, “hecho” no es el plural de “anécdota”.

En nuestra defensa, ésta es la historia estándar que absorbemos, directa o indirectamente, a lo largo de nuestras vidas.  Por principio de cuentas, las principales teorías económicas suelen aceptar irreflexivamente la idea de que las personas buscan fundamentalmente maximizar sus beneficios. Esto no es todo. La teoría de la evolución, un hecho científicamente probado, parece apuntar a que un individuo opera, principalmente, con el fin de garantizar su supervivencia. A lo anterior tenemos que sumar las historias de seres humanos que abundan en la cultura popular, desde Hollywood hasta la academia nos “recuerdan” constantemente los terribles casos de seres humanos pierden su coraza de civilidad para convertirse en bestias agresivas.

Gracias al rigor propio de las personas dedicadas a estudiar profesionalmente la historia, y tras una exhaustiva investigación académica, Bregman nos muestra una y otra vez, pruebas en mano, que la“narrativa estándar” está mal fundada y que no corresponde con la realidad. No alcanzaría el espacio para abordar todos los casos discutidos en “Bondad Humana” o para hacerle justicia al libro. Sin embargo, vale la pena presentar tres ejemplos destacables que desafían esta narrativa.

(A)  EL HOMO CACHORRO

El Homo sapiens convivió durante miles de años con el Homo neanderthalensis. A pesar de que el segundo era más voluminoso, más fuerte y que tenía un cerebro más grande, los neandertales se extinguieron y los humanos, al menos por el momento, no. ¿Cómo explicar esta diferencia en términos evolutivos?

Hace más de cincuenta años, un científico ruso pidió fondos al gobierno de su país para estudiar cualidades físicas de una especie de zorros en una locación remota. En realidad, el proyecto era una fachada. En aquel entonces el gobierno ruso prohibía estudios de genética evolutiva y este científico quería saber si era posible convertir, a través de generaciones de cruzas seleccionadas, a zorros salvajes en animales tan amigables como perros. La idea era seleccionar para su reproducción exclusivamente a los zorros que fueran más “amigables” con los seres humanos.

El primer avance se produjo después de algunas generaciones cuando algunos zorros empezaron a mover la cola cuando la científica o el científico a cargo del experimento se les acercaban. Algunas generaciones después, algunos zorros empezaron a llorar cuando los humanos les dejaban solos. Con el paso de más generaciones los zorros se convirtieron en animales cariñosos, amigables y capaces de “leer” a los seres humanos.

Esto no es todo. Las personas a cargo del estudio notaron que mientras más amigables eran los zorros, sus rasgos físicos eran más parecidos a los de un cachorro: menos pelo y menor tamaño. Estas características hacen más débil al individuo, pero están correlacionadas en distintos animales con la capacidad de colaborar y solidarizarse con otros. Esta es la diferencia entre los seres humanos y los neandertales.

Los logros de los seres humanos no se basan, por ende, en nuestra fuerza o en nuestro poder cognitivo bruto, sino en que hemos evolucionado y prosperado con base en la cooperación y la empatía. Un chimpancé tiene mayor potencial cognitivo que un bebé humano. La diferencia es que el bebé humano está equipado para empatizar y y colaborar con otras personas. Los mecanismos de control y coerción social no construyen esta base.

(B) LOS ESTUDIOS DUDOSOS

Probablemente la lectora o el lector haya leído alguna vez sobre el famoso “estudio de la prisión” elaborado en la Universidad de Stanford. Supuestamente, un grupo de estudiantes fue dividido en guardias y prisioneros para simular la vida dentro de una prisión. De acuerdo con Philip Zimbardo, el autor de este estudio, al poco tiempo los guardias comenzaron a hacer sus reglas. Entre éstas estaban maltratar a los prisioneros, numerarlos para despersonalizarlos, encadenarlos y someterlos a castigos corporales. La conclusión: cuando no hay “control institucional” las personas se convierten en bestias.

Bregman presenta evidencias y registros que muestran que esta conclusión no se sigue de lo que realmente ocurrió en el estudio. El estudio fue una gran farsa. Las personas a cargo del estudio dieron explícitamente instrucciones a los guardias de cómo tratar a los prisioneros. Los guardias fueron tratados como asistentes para estudiar a los prisioneros, y nunca fueron considerados sujetos de estudio. Pero esto no impidió a Zimbardo alterar su reporte y salir a los medios a publicitar su “gran hallazgo”. Bregman muestra cómo otros experimentos que llegan a conclusiones similares están viciados de origen.

En realidad, cuando se ha intentado replicar con profesionalismo experimentos semejantes lo que ocurre es lo opuesto. Los guardias terminan jugando cartas con los prisioneros, se vuelven amigos y salen a tomar cervezas juntos. La reacción común no es maltratar o abusar, sino intentar socializar. Lo mismo ocurre cuando esta dinámica se ha reproducido en otros escenarios, como campamentos de verano.

Es más, Bregman muestra con evidencias que durante siglos la mayoría de los soldados en guerras no disparaban sus armas. Tuvieron que diseñarse entrenamientos especiales, mecanismos para despersonalizar al enemigo y armas para atacar a distancia para que la mayoría de las personas implicadas en una guerra se animase a asesinar a otras. Esto es, es extremadamente complicado llevar a un ser humano a matar o agredir a otro.

(C) EL SEÑOR DE LAS MOSCAS

¿Qué pasaría si se deja a un grupo de adolescentes solos en una isla desierta durante meses? De acuerdo con la popular novela “El señor de las moscas” de William Golding, los jóvenes primero se sentirían felices; per luego se volverían unos contra los otros, terminarían generando bandos en conflicto, agrediéndose y viviendo en anarquía.  Esta es historia, que ha sido llevada al cine y ha influido profundamente en la cultura popular, es también falsa.

“El señor de las moscas” es una historia de ficción. Sin embargo, por fortuna tenemos un caso que muestra lo que realmente sucedería en un escenario semejante. Hace algunos años, un grupo de adolescentes terminó varado en una isla desierta cerca de Oceanía por más de un año. Cuando un barco australiano los encontró, los jóvenes habían construido una especie asentamiento perfectamente organizado. Se dividían el trabajo en equipo; cuando alguien enfermaba y se convertía en una carga los demás no le abandonaban: le cuidaban y hacían su trabajo por él; cuando algún conflicto surgía todos cooperaban para encontrar una rápida solución dialogada. Hoy algunos de los jóvenes náufragos son mejores amigos.

Bregman muestra que el mismo espíritu de cooperación suele surgir en las peores tragedias. Por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial Londres o Berlín fueron bombardeados y aislados por sus enemigos pensando que esta situación terminaría derivando en caos y agresiones entre sus habitantes. Pero la gente no se volvió egoísta o agresiva, como esperaron sus atacantes. Lo contrario fue cierto: las personas se solidarizaron y procuraron ayudar a otras personas en el momento complicado.

Lo mismo ocurrió en Estados Unidos tras el paso del Huracán Katrina en Nueva Orleáns. Inicialmente la prensa reportó vandalismo generalizado, violaciones y asesinatos. Sin embargo, uno a uno los casos sensacionalistas fueron probados falsos. Lo que sí se multiplicó fueron las muestras de solidaridad y apoyo entre la población.

EFECTO PIGMALIÓN

Los anteriores ejemplos son apenas versiones comprimidas de algunos de los muchos casos que Rutger Bregman describe con lujo de detalle en su libro. La colección de casos es importante, pues uno de los argumentos centrales de este historiador holandés es que reconocer que nuestras intuiciones están equivocadas es crucial para mejorar nuestra vida en sociedad.

Cuando la sociedad, el sistema económico -capitalista, socialista o comunista- y la cultura presuponen una versión del ser humano egoísta, individualista o agresivo, estas características terminan por volverse reales. Es decir, se genera una suerte de efecto Pigmalión. Es fácil ver por qué. Quienes viven a la defensiva esperando la próxima agresión y desconfiando de otros pueden encontrar tentador dar el primer golpe a manera de defensa preventiva. Y, cuando todos actuamos así, terminamos por ver nuestra profecía autocumplida.

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