Estatuas impresentables

Diario de Yucatán, 21-06-2020

Esta semana tuve la oportunidad de participar en un interesante foro organizado por Luis Herrera Albertos, empresario y columnista del periódico El Financiero. El titulo del evento: “¿Derribar o no a los Montejo”? En este artículo respondo a dos preguntas fundamentales surgidas en este foro.

¿Por qué remover?

Para responder a esta pregunta, es importante iniciar reconociendo una característica fundamental de algunas estatuas. Me refiero al hecho de que hay estatuas que son colocadas en espacios públicos con la intención de honrar u homenajear a ciertos personajes por sus acciones. Uno puede cuestionar si las contribuciones de estos personajes ameritan el homenaje, pero lo cierto es que dedicarles una estatua pretende exaltarlos y reconocerles. Así, en Estagira se ha colocado una estatua de Aristóteles por la titánica contribución de este filósofo en distintas áreas, en Washington una de Franklin D. Roosvelt, presidente que sacó a Estados Unidos de una de sus peores crisis, o en Pretoria una de Nelson Mandela, el hombre que terminó en Sudáfrica con el terrible Apartheid.

Alguien podría alegar que no todas las estatuas son levantadas para homenajear a personas. Esto, claro está, es cierto. Hay estatuas que son manifestaciones artísticas ajenas a la representación de un personaje y otras representan a figuras míticas o individuos que no existieron. Pero lo importante para efectos de esta discusión es que hay algunas estatuas, como las mencionadas arriba, que son construidas para homenajear a personajes por lo que se percibe como sus contribuciones a la sociedad y presentarlos como referentes.

La estatua de los Montejo es uno de estos casos. Esto se ve magnificado por un elemento discutido por el doctor Rodrigo Llanes en su artículo de la semana pasada: esta estatua está “uno de los sitios más emblemáticos de Mérida… las acciones que se realizan en esos lugares, así como los monumentos que se levantan en ellos, resultan más relevantes, adquieren significados más importantes, envían mensajes más contundentes.”

La característica de las estatuas que he señalado hasta ahora no es controvertida. Sin embargo, ésta suele ser ignorada en el debate. Pero esta característica cobra relevancia cuando se considera que, por su naturaleza, una estatua representa a un personaje completo. Por ende, no puede contextualizar o separar los aspectos positivos de los negativos del personaje. Por ende, si una estatua ha sido levantada para honrar a una persona o institución por sus acciones, y si esa estatua representa a una persona o institución que ejerció la opresión racial, entonces estatua estaría honrando también la opresión ejercida por esa persona o institución. En una sociedad que condena el racismo, un personaje que ejerció la opresión racial no puede caer en este supuesto.

Mucho se ha dicho sobre lo poco claro que es el término “opresión racial”. Hay varias maneras de definir este término, pero lo que no es negociable es que la “opresión racial” incluye, como mínimo, instancias de asesinato, de violación, de tortura o de esclavización de una persona o grupo de personas por motivos de raza. Por ende, si una persona asesinó, o violó, o torturó, o esclavizó por motivos de raza, esta persona es claramente un opresor racial. Con base en esta definición, la conquista fue uno de los actos de opresión racial más claros de la historia. Tal como dijo Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad, “la Conquista, que fue…una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias”.

Alguien podría alegar que hay que mirar hacia delante, y que la estatua de los Montejo debe ser dejada pues éstos son nuestros “fundadores”; que retirarla implica negar o desconocer nuestro origen. Pero esta objeción es débil. Un ser humano que ha nacido como producto de una violación pude conocer el acto que le ha brindado su existencia e identificar a la figura del padre que le ha constituido biológica y socialmente, sin poner sus fotografías en la sala de su casa o mirarlo con admiración.

De la misma forma, los países colonizados debemos tener presente la historia de nuestra colonización e identificar a sus perpetradores sin homenajearlos y colocarlos en pedestales. Tal como ha escrito el reconocido historiados David Olusaga, retirar estas estatuas “no es un ataque a la historia. Retirarlas es historia. Este es uno de esos momentos históricos cuya llegada significa que las cosas no pueden regresar nunca a cómo fueron antes (The Guardian, 08/06/2020).

¿Cómo saber qué remover?

Para saber qué estatuas debemos remover, es preciso empezar por definir un criterio. Aquí he sugerido que tomemos provisionalmente opresión racial, entendida en el sentido mínimo presentado arriba, como este criterio. Si un personaje asesinó, torturó, violó o esclavizó a una persona o grupo de personas por motivos de la supuesta inferioridad de su supuesta raza, este personaje es un opresor racial, y su estatua debe ser retirada.

Los Montejo esclavizaron, asesinaron y torturaron mayas. Por ende, “x ejerció opresión racial” puede ser perfectamente leída como “los Montejo ejercieron opresión racial”. Dado que a aceptamos que “si una estatua ha sido levantada en un lugar público en honor a un personaje que ejerció opresión racial, esa estatua debe ser eliminada”, entonces la estatua de los Montejo debe ser eliminada.

Alguien podría objetar que terminaremos removiendo estatuas de personajes que tuvieron también impactos positivos. Pero por la naturaleza de las estatuas, no hay impacto positivo que justifique poner arriba de un pedestal a un opresor racial. Por ejemplo, para Bélgica, Leopoldo II fue un personaje positivo. El bienestar actual de las personas que habitan aquel país no se explica sin las riquezas que se acumularon durante su reinado. Su estatua lleva 150 años homenajeándolo. Es decir, es un hecho que este rey benefició a algunas personas y generó prosperidad dentro de su país. Sin embargo, lo hizo ejecutando acciones de opresión racial terribles, e inadmisibles desde cualquier óptica, que no pueden ser disociadas de su persona. Por ende, su estatua cae en nuestro supuesto.

Las estatuas de los colonizadores en América, empezando por el propio Cristóbal Colón, caen, con mayor razón en nuestro supuesto. En su más reciente libro, el historiador Rutger Bregman explica que Colón, cuando legó a las Bahamas se sorprendió de lo pacíficos que eran sus habitantes. En su diario, Colón escribió: “no llevan armas, no las conocen siquiera”. Entonces le vino una “genial” idea: “serían excelentes sirvientes… con cincuenta hombres podríamos someterlos a todos y obligarlos a hacer lo que se nos venga en gana”. Al año siguiente, regresó con 500 hombres e inició el comercio trasatlántico de esclavos. Cincuenta años después, sólo 1 % de la población original de estas islas permanecía en ellas’ (Humankind, 2020).

Hay quienes objetan que quitar estatuas implica “borrar nuestra memoria histórica”. Esto es falso. La memoria histórica puede ser conservada a través de libros de texto y museos dedicados a presentar información contextualizada. Por ejemplo, en Alemania no hay estatuas de Hitler, pero sus acciones se enseñan en escuelas y existen museos dedicados a recordar sus terribles actos de opresión racial. Las personas que son educadas en Alemania saben perfectamente lo que esto implicó, se avergüenzan de ello y concientizan a nuevas generaciones. Y todo ello sin levantar estatuas de Hitler en plazas públicas (Sinembargo, 19/06/2020). ¿Qué hacer con las estatuas de opresores raciales que sean retiradas? Diversos historiadores han sugerido enviarlas a museos. Ahí pueden ser preservadas, exhibidas y contextualizadas para fines pedagógicos.

Hay quienes han argumentado que si quitamos estatuas, entonces también debemos destruir haciendas o iglesias. Este argumento está basado en un pobre uso de la argumentación analógica. Una estatua sirve exclusivamente para honrar o enaltecer a alguien que vemos como referente. Los edificios como haciendas o iglesias fueron construidos con motivos funcionales en mente -las iglesias incluso son actualmente capital social positivo.

También hay quienes alegan que no es cierto que las estatuas han sido levantadas para honrar a opresores raciales. Esta objeción comete el error de confundir (a) “haber sido levantado para honrar a personajes que fueron opresores raciales ” con (b) “haber sido levantado para honrar a personajes por opresores raciales”. Lo primero no implica lo segundo. Pero es suficiente para retirar las estatuas.

Finalmente, algunas personas han objetado que quitar las estatuas de opresores raciales no terminará con la opresión racial. Nada de lo que aquí he dicho implica que este es el caso. Esto es, aquí NO he dicho que retirar monumentos a opresores raciales es suficiente para eliminar la opresión racial. Lo que sí he argumentado es que esas estatuas no tienen razón de ser y que son un símbolo nuestro poco entendimiento de la opresión.

Conclusión

La estatua de los Montejo, y toda estatua que represente a alguien que haya ejecutado asesinato, violación, tortura o esclavización de una persona o grupo de personas por motivos de raza, debe ser removida y enviada a un museo. Para decidir si las estatuas que representen otro tipo de acciones negativas deben ser retiradas, más análisis será necesario. Pero las de opresores raciales deben irse. Y es que no podemos cambiar las partes horribles de nuestra historia, pero sí podemos elegir a qué personas queremos enaltecer cómo nuestros referentes.

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