La política del pararrayos

Diario de Yucatán, .

 

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Andrés Manuel López Obrador no mintió cuando dijo que, ante la violencia contra las mujeres, no está metiendo la cabeza en la arena o evadiendo su responsabilidad; que la suya no es la “política del avestruz”. En este tema, como en otros, AMLO parece estar haciendo lo opuesto, adoptando lo que bien podría llamarse la “política del pararrayos”.

La función de un pararrayos consiste en interceptar rayos y evitar que éstos dañen la estructura de un edificio. Dado que los rayos suelen impactar el objeto más alto en una zona, esto se logra en parte a través de una vara metálica, normalmente de cobre, que es colocada en la parte más alta de la construcción. La descarga recibida es canalizada través de unos cables que unen la vara con el suelo. Así, la estructura, y quienes se encuentran dentro de ésta, permanecen a salvo.

Cuando se trata de asuntos adversos, en lugar de meter la cabeza en la arena, el presidente busca absorber el impacto en lo personal para evitar daños a su proyecto. La idea es que su enorme popularidad le permitiría absorber, sin mayor riesgo, descargas que de otra forma podrían afectar a su gobierno. En este sentido, parte fundamental de esta estrategia pasa por alzar la mano y por personalizar todos los cuestionamientos.

Hasta hace unos días, la “política del pararrayos” había permitido al presidente contrarrestar la fuerza mediática de sus adversarios políticos, que a través de redes de bots, algunos medios o algunos periodistas buscan crear una narrativa de pánico.

En el otro extremo, claro está, una red semejante opera en apoyo al actual gobierno. Lo importante aquí es que, guste o no la estrategia, poniendo el foco de atención en su persona el presidente había podido sostener la voz cantante y contener el efecto de las cargadas mediáticas en su contra.

Pero la “política del pararrayos” terminó fulminando al presidente esta semana. AMLO buscó a toda costa absorber en su persona el efecto de la indignación y de las protestas por la persistencia de la impresionante violencia contra las mujeres en México —particularmente la gran movilización articulada alrededor del feminicidio de la pequeña Fátima—.

Sin embargo, en esta ocasión algo salió muy mal; la respuesta del presidente a esta emergencia no sólo no la desarticuló, sino que generó la peor crisis a la que su gobierno se ha enfrentado hasta ahora. Hay al menos tres factores que explican por qué este es el caso.

(1) El primero tiene que ver con que la violencia contra las mujeres es un problema tan real y concreto como extendido. De acuerdo con cifras oficiales, entre 2015 y 2019 ocurrieron más de 3,500 feminicidios, y entre 2013 y 2018 el porcentaje de mujeres que dice sentirse inseguras pasó de 74.8% a 82.1% (Envipe, 2018). Según el Inegi, 3 de cada 10 mujeres han sufrido acoso callejero y 66.1% de las mujeres han sufrido alguna vez en su vida agresiones de tipo sexual, física o laboral. Apenas el año pasado 15,849 mujeres fueron violadas en México (“El País”, 18/01/2020).

Plantear un problema de esta magnitud en términos de intentos de opacar sus proyectos o de golpearle políticamente a un presidente es ofensivo. Al mal encauzar una demanda genuina y bien fundamentada, AMLO, el primer presidente con un gabinete paritario, terminó replicando la indiferencia machista a la que se enfrentan millones de mujeres.

Al hablar del uso político del tema que hacen sus adversarios, dibujó un escenario en términos de una lucha entre hombres centrada en su persona, reproduciendo así el androcentrismo que tanto daño ha hecho a México y al mundo.

En este sentido, la periodista Carmen Aristegui, con la entereza y contundencia que le son características, pidió públicamente al presidente “no equivocarse en el tema de la violencia contra las mujeres y entender que el paro feminista convocado para el próximo 9 de marzo no es un intento golpista contra su gobierno o una acción de la derecha. Es ofensivo decir que el paro de mujeres quiere derrocarlo” (“Aristegui Noticias”, 21/02/2020).

Desde luego, alguien podría decir que los rivales políticos del presidente han buscado colgarse del malestar y achacarle a AMLO una tragedia que se cocinó durante sus propios gobiernos. Esto, desde luego, es cierto —la desmemoria de Felipe Calderón y la del PAN, son, particularmente, de pena ajena—. Pero a ello se puede responder que es normal en una democracia que los rivales políticos busquen capitalizar el descontento —probablemente lo mismo estaría ocurriendo en sentido contrario—.

Lo importante aquí es separar dos elementos: (a) estamos ante una verdadera emergencia que el gobierno debe atender de inmediato y (b) al encarar esta emergencia como lo ha hecho, el presidente sólo ha logrado colgarse sobre los hombros un costo político adicional al que naturalmente le correspondía.

(2) El segundo factor que explica el fracaso de la “política del pararrayos” tiene que ver con la narrativa que el presidente empleó para aludir a los orígenes del problema. Cuando AMLO admitió que la emergencia es real, la relacionó directamente con el desastre social generado por el neoliberalismo.

Este desastre, claro está, es un hecho y la descomposición del tejido social que el neoliberalismo ha generado no está en duda. Esto es, tal como escribió la periodista y ensayista Susan Crowley, “el Presidente no se equivocó al responsabilizar al neoliberalismo como causante de un montón de crímenes, entre ellos los feminicidios”. Pero, tal como Crowley nota, “el problema es que, en su obstinación y ganas de tener la razón, dejó de lado que el origen de los crímenes en contra de las mujeres obedece a muchas causas.” (“Sinembargo.mx”, 21/02/2020).

Entre estas causas es posible incluir al machismo endémico que concibe a las mujeres como individuos sin agencia social, económica y sexual. También al terror que los avances de la lucha feminista por la igualdad generan en algunos hombres, que se manifiesta en parte en intentos de control de la arena pública.

Reducir el asunto al neoliberalismo es ofensivo, en primer lugar, porque manda el mensaje de que raíces muy reales, aquellas que millones de mujeres viven en carne propia, no están siendo arrancadas. Tal como planteó Isabel Orizaga en Animal Político, estamos ante “una realidad que exige a la sociedad y sobre todo a las autoridades informarse para poder desarmar este sistema jerárquico y discriminatorio que mantiene a las mujeres, nada más y nada menos que la mitad de nuestra población, presas de las formas más aberrantes de violencia y apelando una y otra vez a su derecho a vivir”.

Pero también lo es porque si el neoliberalismo es lo que mantiene este problema entonces el “fin del neoliberalismo” tendría que ser el fin del problema. Y como el gobierno de AMLO se identifica como “no-neoliberal”, entonces el problema termina con ellos. Pero es evidente que las cosas no son tan fáciles.

(3) El tercer factor que explica la crisis generada por la “política del pararrayos” pasa por el grado excesivo de responsabilidad que, para bien y para mal, atribuye al gobierno federal. El problema es que la trágica reacción institucional ante la violencia machista rebasa, por mucho, al gobierno de la república. En México el machismo institucionalizado no hace gran distinción entre gobiernos federal y estatales. Ejemplo de ello es la impunidad cercana al 100% en casos de violación o hasta en feminicidios. También hay que incluir en esta lista la revictimización o la venganza que sufren buena parte de las mujeres que denuncian a sus agresores. El resultado: 99.7% de delitos de violencia sexual contra mujeres no se denuncia (“Expansión”, 22/01/2020).

Al poner el foco de la atención en su persona, el presidente se lo está quitando, por ejemplo, a aquellos gobernadores que, como el de Yucatán, que prefieren guardar silencio ante la tragedia que viven las mujeres en sus estados. Es decir, con su estrategia AMLO aceptó cargar en lo individual un costo político que tendría que ser compartido. También les quitó responsabilidad a los poderes Judicial y Legislativo. Finalmente, marginó a organizaciones de la sociedad civil que tendrían que ser sus aliadas.

Los tres factores anteriores ayudan a explicar por qué la “política del pararrayos” terminó fulminando a AMLO esta semana. La equivocación principal del presidente fue intentar utilizar una estrategia que le había funcionado para transformar una protesta enorme y genuina, un drama cotidiano para millones de mujeres, en un asunto político centrado en su persona. Pero el presidente no vio venir la fuerza de la descarga. Una fuerza que, a partir de ahora, tendrá que respetar y atender con más cuidado.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

@asalgadoborge

Antonio Salgado Borge

Candidato a doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo). Maestro en Filosofía (Universidad de Edimburgo) y maestro en Estudios Humanísticos (Itesm)

 

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