La increíble historia del “pederasta solitario” y su árbol de manzanas podridas

SinEmbargo,

Cuando hace más de 20 años un grupo de hombres acusó públicamente a Marcial Maciel de haber abusado de ellos,[1] los círculos sociales cercanos al fundador de la llamada “Legión de Cristo” cerraron filas alrededor de su “santo padre”.Pocos años después llegaron investigaciones periodísticas, como la de Carmen Aristegui, que dejaban ver las acciones criminales de Maciel. Las opiniones de los férreos defensores del sacerdote pederasta no se movieron.

Las acusaciones y testimonios de sus víctimas fueron calificados como fabricaciones o intentos casi diabólicos de descarrilar a aquel ser semidivino. Los intelectos más débiles o los aliados económicos o políticos más cercanos a la “Legión” continuaron repitiendo como mantra la inocencia y la persecución de la que era víctima su adorado. ¿Acaso no fueron muchos “santos” perseguidos en su momento? En paralelo, algunos periodistas críticos fueron amenazados.[2]

Para la mayoría, el despertar necesitó de un balde de agua fría. Esto es lo que ocurrió casi diez años después, en 2006, cuando el Vaticano retiró el sacerdocio a Marcial Maciel, 63 años después de recibir la primera denuncia en su contra, como castigo por sus abusos sexuales. Esta decisión, tomada por el sucesor de Juan Pablo II, Papa amigo, protector y aliado de Maciel, subrayó públicamente la culpabilidad del sacerdote mexicano y tiró por la borda el argumento de la persecución al mártir. Sin embargo, el Vaticano de Benedicto XVI no sometió a su legionario a un proceso canónico alegando su “avanzada edad”, condenándolo apenas a “una vida discreta de oración y penitencia”.[3] Ese fue todo el castigo que el pederasta serial y probable autor intelectual de otros delitos enfrentó en vida.

La decisión del Vaticano no sólo no rozó siquiera a la “Legión”, sino que contribuyó en la construcción de lo que el reconocido experto Bernardo Barranco ha llamado la tesis del “pederasta solitario”: la ridícula pero repetida idea de que Maciel operó a espaldas de su congregación y de todos sus aliados dentro y fuera de la iglesia.[4] Sólo un ser auténticamente demoniaco pudo ser capaz de tejer una trama tan siniestra sin ser detectado. La encarnación de la santidad se convirtió como por arte de magia en el mal encarnado; una manzana podrida como las puede haber en cualquier lado.

Defender la tesis del “pederasta solitario” fue, desde el principio, un sinsentido de ida y vuelta.

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