En nuestras caras

SinEmbargo,

Una feroz competencia por toda la información relacionada con nuestros rostros está en marcha. Cada vez son más los gobiernos, las empresas privadas y hasta las iglesias que buscan controlar la distribución o uso de tecnología para vincular caras y datos.[1] Estos eventos suceden a la vista de todos, literalmente en nuestras caras, sin mayor regulación o control. Dos casos paradigmáticos pueden ser útiles para entender por qué lo que ocurre tendría que importarnos.

(1) El primer caso paradigmático a revisar está relacionado con China. De acuerdo con una investigación de The New York Times, el Gobierno chino ha venido instalado una cantidad descomunal de cámaras de videovigilancia.[2] Muchas de estas cámaras se encuentran ocultas -por ejemplo, en árboles- y su red alcanza incluso poblaciones rurales donde a duras penas hay energía eléctrica. Esta red de hardware es acompañada de un poderoso software que permite el reconocimiento facial inmediato, y de una base de datos donde se almacena información de cada individuo, desde sus huellas digitales hasta sus historiales laborales, fiscales o políticos.

La idea detrás del “Estado de vigilancia” chino es clara: saber todo de todos representa para un Gobierno la última forma de control sobre la ciudadanía. Y es que, a través de esta estrategia, el Gobierno de Xi Jinping busca, en un sentido preventivo, intimidar todos los individuos que habitan ese país para disuadirlos de cuestionar al Gobierno. En un sentido reactivo, gracias a la información recabada ese Gobierno puede castigar a las personas que le resultan potencialmente incómodas. Ambos sentidos han sido probados en China con mayor dureza sobre minorías, y se liga a los campos de concentración en los que el Gobierno chino busca “reformar” a musulmanes.[3]

Es tentador pensar que la presencia de semejante aparato, digno de las más negativas distopías, es impensable fuera China. Sin embargo, es un hecho plenamente documentado que el “Estado de vigilancia” chino es material de exportación. Por ejemplo, ese país ha vendido recientemente tecnología a naciones africanas o latinoamericanas, como Ecuador.[4] La exportación ocurre también, más sutilmente, a través de la empresa Huawei; una organización estrechamente vinculada financiera y operativamente con el Gobierno chino. De esta forma, emisarios de diversas ciudades del mundo, como Mérida, viajan a china para observar demostraciones de productos que prometen, a cambio de una inversión económica relativamente baja, hacer a sus ciudades “inteligentes”.[5]

Para seguir leyendo: https://www.sinembargo.mx/14-02-2020/3729982

 

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