Renovarse o Morir

Cuando Enrique Peña Nieto estaba en campaña, dijo que su ejemplo a seguir era Adolfo López Mateos. Probablemente intentando replicar la fórmula de ese presidente de mediados del siglo XX, Peña colocó a dos “columnas” para sostener su proyecto: Luis Videgaray —y su grupo—, a cargo de lo relacionado con economía y hacienda pública, y Miguel Ángel Osorio Chong —y su grupo—, a cargo de las tareas políticas de gobernación.

 

Cinco años después, los contrastes son evidentes: mientras que López Mateos, con sus grandes defectos, se retiró de la presidencia gozando de una gran aprobación, Peña se va como el presidente mexicano más repudiado del que se tenga registro; López Mateos era el presidente orador, Peña batalla para conectar sus oraciones; los años de López Mateos fueron parte de una época “dorada” en materia económica y de orgullo nacional —el desarrollo estabilizador—, mientras que en el actual sexenio se han pronunciado los efectos del neoliberalismo salvaje y la desesperanza. Pero un contraste adicional parece estar en gestación; uno no anticipado, pero dirigido intencionalmente por el propio presidente: su despedida.

 

Lo más probable es que el PRI no retenga la presidencia en 2018. La corrupción será el tema que defina la elección presidencial del próximo año, y los escándalos del gobierno federal y gobiernos estatales pasarán factura al PRI. De acuerdo con una encuesta de María de Las Heras, 51% de los mexicanos considera que el PRI es el partido más asociado con la corrupción, 43% piensa que es el partido más deshonesto y 43% piensa que es el más irresponsable (“Aristegui Noticias” 08/08/2017). Además, una encuesta elaborada por “Reforma” (20/07/2017) revela que apenas dos de cada 10 mexicanos aprueban la gestión del gobierno de Peña Nieto y ocho de cada 10 considera que “las cosas se le están saliendo de control; es decir, que el presidente “no tiene las riendas del país”.

 

El presidente podrá no tener las riendas del país, pero lo cierto es que aún sujeta firmemente las riendas de su partido. La semana pasada, el PRI llevó a cabo, en el marco de su Asamblea, diversas mesas de trabajo que incluyeron la definición de criterios y modificaciones rumbo a 2018. Para los priistas, quizás el más relevante de todos los asuntos a debatir era la apertura o no de los “candados” que impedían que su canditat@ fuera un individuo “externo” sin al menos 10 años de militancia en ese partido.

 

De esta forma, se formaron dos grupos claramente identificables: aquellos a favor de permitir que una persona “simpatizante” o de preferencia tecnócrata y “ciudadan@” pudiera representar a su partido, y aquellos que preferían un militante “tradicional” apoyado por “las bases” priistas. Peña Nieto impulsaba la primera de estas opciones pues esta abriría la puerta a que personas como José Antonio Meade —secretario de Hacienda y más cercano al PAN que al PRI— termine obteniendo la candidatura. El segundo grupo, representado visiblemente por Ivonne Ortega y Ulises Ruiz, buscaba probablemente que la candidatura quedara en manos de militantes como Osorio Chong, Manlio Fabio Beltrones o, en una de esas, la propia Ortega. Pero a diferencia de López Mateos, que eligió como su sucesor a intolerante y radical secretario de gobernación por encima de su exitoso secretario de hacienda, Peña Nieto parece haber optado por el grupo de los tecnócratas —que no exitosos— por encima del de los políticos duros —probablemente aún menos exitosos—.

 

Así, días antes de la reunión, en una entrevista para el periódico digital “Sinembargo.mx”, Ivonne Ortega amenazó: “Si la élite del PRI impone a su candidato en 2018, las bases le darán la espalda”. La élite, claro, es el grupo cercano al presidente; las bases, desde luego, los sectores que respaldan a Ortega. El impresentable Ulises Ruiz siguió la misma línea y en un discurso en Campeche exclamó: “¡La militancia ya está hasta la madre de las imposiciones y de que no se le respete, ahora queremos quitar requisitos y abrir el partido, ¿a quién?, si tenemos militantes, hombres y mujeres, que pueden representarnos, ¿por qué quitar esos requisitos y ofender a la militancia?”. (“Proceso”, 10/08/2017).

 

Pero exclamaciones o no, Ortega y Ruiz fueron derrotados rotundamente. Peña Nieto tuvo la suficiente fuerza para abrir la puerta al grupo de tecnócratas y “simpatizantes ciudadanos” relacionados con el PRI. Si bien lo anterior no es suficiente para que la persona que aparecerá en las boletas salga de este grupo, la modificación efectuada sí es una condición necesaria para que esto ocurra. Claro, no se puede perder de vista que esto no garantiza que el perfil elegido finalmente sea uno presentable.

 

En este contexto, resulta muy revelador que algunos de los principales referentes intelectuales del PRI, que los hay, se hayan manifestado públicamente a favor de este cambio y de otro tipo de proyecto. Así, por ejemplo, la doctora en historia y exgobernadora de Yucatán Dulce María Sauri dijo en una entrevista a “Reforma” (09/08/2017) que el perfil del candidato presidencial de su partido debe ser “una persona honorable, tanto en su vida familiar como en su desempeño público, y que sea capaz —desde la plataforma del PRI— de innovar lo necesario, que sepa reconocer lo que funciona de aquello que se ha hecho mal, para cambiarlo… si nos equivocamos, a la vuelta está un candidato o candidata poco competitivo o atractivo a la mayoría de la ciudadanía sin partido”; y que “el compromiso más sólido que el PRI puede tomar como resultado de esta asamblea es echar a andar el Sistema Nacional Anticorrupción, a nivel nacional y estatal”.

 

Si bien los últimos años no han sido los principales actores dentro de su partido, a nadie debe sorprender la existencia de este tipo de perfiles dentro del PRI. Recordemos que, a pesar de todos sus vicios de sobra conocidos y analizados, el PRI no siempre estuvo en manos de la banda de trogloditas que, para desgracia de su partido y de México, en años recientes han ocupado las primeras planas de periódicos locales o nacionales. Y sí. Una posibilidad real es que la crisis dentro del PRI, y probable derrota en 2018, han orillado a Enrique Peña Nieto a apelar a la razón y buscar que su partido “no se equivoque” seleccionando al candidato “menos competitivo”, cosa que hubiera ocurrido en caso de que este hubiera emergido de “la militancia”.

 

Los motivos exactos y puntuales que han llevado al presidente a tomar esta decisión son inescrutables. Sin embargo, sí es posible entender que con su proyecto encallado y con su partido en riesgo de pasar de la presidencia a la irrelevancia, las simpatías del presidente se hayan alejado de la generación que hundió al país —y al propio presidente— y que su intención se hubiera alineado finalmente a la de aquellos priistas más respetados o con mayores facultades de discernimiento. Para desgracia de los mexicanos, esto está ocurriendo en 2017 y no en 2012.

 

A estas alturas, lo hecho, hecho está y un triunfo del PRI en la elección presidencial de 2018 sería una pésima noticia para México —como están las cosas, incluso es posible cuestionar si el PRI merece sobrevivir más allá de 2018 —. La democracia asume la capacidad de evaluar, premiar y castigar de los electores. Cualquier gobierno que presente indicadores como los que lega Peña Nieto —o como los que legó Felipe Calderón— no merecería el premio de la confianza o de la continuidad en ninguna democracia medianamente funcional.

 

Sin embargo, lo anterior no nos debe impedir distinguir que si el PRI, por el motivo que sea, decidiera presentar un candidato verdaderamente “honorable”, si optara por dar espacio a sus figuras más respetables o si apoyara en los hechos causas ciudadanas a las que ha dado la espalda —como el Sistema Nacional Anticorrupción—, este partido estaría obligando en automático al frente PAN-PRD y a Morena a elevar sus estándares y presentar individuos o proyectos más serios y genuinamente transformadores. Sin importar las razones del PRI, de una competencia de esta naturaleza los mexicanos sólo podemos salir ganando.— Edimburgo, Reino Unido.

 

asalgadoborge@gmail.com

@asalgadoborge

Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM)

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