Candidatos mercancías

Los partidos políticos han empezado una disputa por el voto de los mexicanos y es claro que el exhibicionismo publicitario será una de sus principales estrategias para convencer a aquellos electores aún indecisos.

Apenas han transcurrido dos semanas de campaña y el país ya está tapizado de espectaculares, de posters y de anuncios móviles que muestran caras, slogans y colores. La radio y la televisión, saturados de brevísimos spots en los que apenas alcanza a colarse alguna frase montada sobre la onda de melodías originales o piratas. Una foto del siempre sonriente candidato abrazando a alguno de sus “buenos amigos”, de preferencia una persona con alguna condición de vulnerabilidad -los políticos suelen encontrar su amistad particularmente estimulante-, un ritual coronado por un bailoteo populachero rodeado de los extáticos fans y gloriosos mítines controlados de principio a fin generan una imagen que se difundirá durante los próximos días para demostrar al público la cercanía del político con el pueblo en aras de sellar la venta del “producto”.

La publicidad política proyecta a los candidatos y a los partidos como mercancías –igual que cajas de cereal o papel higiénico- y asume que los votantes son potenciales clientes. Esta analogía mercantil no es del todo irracional. El capitalismo como la democracia comparten la base común de que seres humanos concebidos como libres pueden competir por obtener la preferencia de otros seres humanos igualmente libres. Este principio es válido para la dinámica de mercado implicada en cualquier actividad comercial y lo es también para la campaña de cualquier candidato.

Al menos en la teoría, tanto el capitalismo como la democracia tienen como uno de sus puntos más brillantes el presupuesto de que los seres humanos somos por nacimiento iguales y que nada nos debe impedir desarrollarnos libremente hasta donde queramos o podamos. A la dinámica deberían supervenir beneficios económicos y políticos adicionales para una sociedad. En el capitalismo la libre competencia debería significar que cualquiera que se esfuerce y se distinga por la calidad o por el precio de su producto terminará siendo premiado mediante el éxito económico. También los consumidores deben ganar al obtener buenos productos a precios bajos. En la democracia esta dinámica significa que los partidos han de competir presentado las mejores propuestas, a los candidatos con mejor perfil y trayectoria más confiable. Por su parte, los electores deberían obtener el beneficio de contar con los mejores gobernantes y los mejores proyectos.

Esta analogía se fractura, empero, cuando consideramos que las democracias modernas no están fundamentadas en la selección de un producto para consumo personal sino en el reconocimiento efectivo de la existencia del conflicto social o político, es decir, la manifestación del enfrentamiento entre demandas sociales-intereses contrapuestos procedentes de distintos actores políticos grupales. Estas demandas son llevadas a la arena electoral por los partidos políticos, quienes representan intereses, asumen demandas sociales e intermedian entre el sistema social y el sistema político (“La delimitación del concepto de partido político”, Trotta, 2012). Los partidos también deberían de racionalizar los conflictos sociales agrupando opiniones individuales en torno a un número limitado de opciones ideológicas.

En la presente contienda electoral los partidos políticos mexicanos deberían entonces, si pretenden ser útiles a la sociedad, racionalizar y explicitar nuestros conflictos sociales y no limitarse venderse, como los productos que pueblan las repisas de un supermercado, con base en empaques, caras, fotos o logos llamativos. Tampoco sirven a la democracia los eventos controlados repletos de clientelas sometidas; representaciones teatrales que fungen como las vitrinas del producto-candidato y que por tanto son inútiles para contraponer o enfrentar argumentos.

Estamos aún a muy buen tiempo de revindicar a dos formatos principales que pueden, contribuir a que, aunque sea mínimamente, los partidos políticos en campaña cumplan con su función como explicitadores y racionalizadores del conflicto sociopolítico. El primero de ellos son los debates –nótese la letra “s” final -. Cada debate debería de caracterizarse por una confrontación abierta y flexible que permita a los candidatos el tiempo suficiente para desarrollar sus propuestas y también para criticar las del adversario. En este sentido, la utilidad de los debates que organizarán los distintos organismos electorales dependerá en gran medida del formato que se termine pactando. Los candidatos no tendrían por qué rehuir a esquemas que permitan el rebate y la confrontación civilizada.

Además de la calidad de los debates, resulta de la mayor importancia su cantidad. No existe ningún motivo democrático para que los candidatos no acepten debatir en tantos foros como sean invitados. La prioridad de la campaña de un candidato genuinamente democrático –es decir, que no se considera un mero producto- no puede ser tomarse fotos abrazado de personas de la tercera edad, sino desarrollar sus propuestas y argumentos con tanto detalle como el tiempo se los permita. Se supone que a nuestros políticos no les motiva el dinero o el poder, sino la articulación de un proyecto. De cada enfrentamiento real de propuestas se debería de producir la mejora de las mismas y una audiencia mucho más informada.

Un segundo formato que contribuiría a explicitar el conflicto social son los foros con público organizados por universidades o medios independientes –esto excluye automáticamente a Televisa y a TV Azteca- donde los candidatos puedan exponer sus propuestas, pero donde también se puedan ver retados intelectualmente. De acuerdo a la más reciente Envud (2012) a mayor nivel educativo corresponde un mayor interés en asuntos políticos.  Las universiddes constituyen, por tanto, un ambiente ideal para este tipo de eventos,  al contar con audiencias más participativas, críticas e informadas que el promedio de los ciudadanos. Este tipo de esquema es particularmente valioso porque las respuestas a las preguntas del moderador y de audiencia pueden ser articuladas posteriormente como parte de proyectos integradores que permitirían al electorado, a través de su difusión en medios de comunicación indepedientes, comparar a profundidad todas las plataformas.

Si bien es cierto que las campañas políticas se montan en los mismas estrategias y en la misma estructura industrial mediática sobre la que se articulan las campañas promocionales de productos y servicios, mal haríamos en aceptar que esto legitima automáticamente que los partidos y los candidatos se transformen en mercancías. La actitud que cada candidato asuma durante la campaña nos revelará si estamos ante un ser humano dispuesto trabajar por la democracia o ante un producto empaquetado que pertenece más bien a la repisa de un supermercado y que, como tal, es inerte, igual a los de su serie de producción y desechable; es decir, ante un medio diseñado con el único fin de obtener nuestro dinero.

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