Crónica de un fracaso anunciado

Reconocerse como hombre muerto permite luchar por mantenerse vivo por tanto tiempo como sea posibleGeorge Orwell, escritor británico


Decepcionados de la democracia y asfixiados en la estrechez de nuestro desempeño económico, a estas alturas es claro que estamos muy lejos de soñar algo parecido al sueño mexicano.

 

Los diagnósticos para nuestra presente enfermedad están a la orden del día y muchos de éstos ofrecen elementos realmente clarificadores que ayudan a entender algunos de los principales obstáculos impiden el desarrollo de nuestro país. Corrupción, impunidad, violencia, modelo económico fallido, pobreza, ignorancia… son todos males que inciden en mayor o menor medida en nuestro trágico estado de cosas actual. Sin embargo, poco suele hablarse de un escenario, aparentemente irracional, pero no por ello menos real: la posibilidad de el desastre que vivimos haya sido producido y sea sostenido a propósito.

 

Ésta es precisamente la tesis que defienden Daron Acemoglu y James Robinson en su aclamado libro “Por qué fracasan las naciones” (“Crítica”, 2012). Quizás el argumento más contraintuitivo contenido en este texto es que a las élites les conviene mantener sistemas extractivos -aquellos sistemas cuyo objetivo es la extracción de rentas y riqueza de una parte de la sociedad para beneficiar a otra de sus partes-, por lo que bloquean toda la posibilidad de surgimiento de nuevos escenarios que pondrían en riesgo su poder. Se trata de la lógica del colonialismo.

 

Acemoglu y Robinson parten de la base de la relación de doble vía existente entre poder político y poder económico y postulan que quienes logran hacerse del primero pueden determinar la estructura del segundo que más convenga a sus intereses, y postulan que los beneficiarios del régimen extractivo no tienen ningún incentivo para poner en riesgo el poder que detentan. El ejemplo más claro de este fenómeno es la vida que llevan algunos dictadores africanos que, a pesar de la miseria de sus pueblos, poseen aviones de lujo, castillos repletos de oro o aeropuertos particulares. No es difícil ver la relación entre este estilo de vida y el de algunos de los integrantes de la clase política o de la oligarquía mexicanas. Tampoco resulta complicado aceptar, como los mismos autores mencionan, que México es un país que ha estado, salvo por brevísimos lapsos, dominado desde la colonia por élites extractivas.

 

El crecimiento de la clase media detona el crecimiento económico de un país y suele venir acompañado por un incremento en la conciencia social de quienes la integran, circunstancia que pone en riesgo el estado de cosas del que se benefician las élites extractivas. Esta tesis puede ser respaldada adicionalmente con uno de los principales planteamientos esgrimidos por Thomas Piketty en su libro “El capital en el sigo XXI” (FCE, 2014), quien demuestra que el crecimiento económico rápido merma el porcentaje de participación del capital en la generación de la riqueza de una sociedad.

 

Contrario a lo que ocurre con los sistemas extractivos, las instituciones inclusivas permiten las libertades necesarias para la innovación y la competencia, generando la posibilidad de “destrucciones creativas” que no sólo alteran la distribución económica, sino que incoan cambios políticos. Ejemplo de éstas son la revolución industrial o la revolución digital. Es por tanto un error dejarse llevar por el sentido común y suponer que a los beneficiarios del actual sistema les convenga que se genere desarrollo económico. Es este uno de los principales motivos por los que las élites económicas en sistemas extractivos suelen ser profundamente conservadoras.

 

En este contexto no sería casualidad que desde hace 30 años México siga un modelo económico, aplaudido por buena parte de las élites económicas y políticas, que genera tasas de crecimiento muy por debajo de lo que se necesita para incorporar a millones de personas a la economía formal.  A pesar de que desde el inicio de nuestra historia los mexicanos no hemos conocido más que regímenes extractivos, en este momento nos enfrentamos a una de las peores crisis de nuestra historia reciente. El caos presente crea una coyuntura que obligará a que se produzca algún cambio. Ante esta circunstancia, se abren dos posibles escenarios:

 

El primero es que las instituciones extractivas sean reemplazadas por otro tipo de instituciones extractivas -algo muy similar a lo que ocurrió después de la independencia o después de la revolución-. El segundo es que la flaqueza del actual modelo termine por desbaratarlo y que la sociedad mexicana, más participativa y crítica que nunca, logre tener la fuerza suficiente como para sentar las bases de instituciones inclusivas que permitan que todos los seres humanos de este país tengan la oportunidad de ser educados y de desarrollarse libremente. Lo que ocurrirá depende en gran parte de la participación de la sociedad en lo público y de un raigambre de factores políticos impredecible. Y también de la suerte.

 

“Por qué fracasan los países” ha sido aclamado a nivel mundial y un buen número de analistas lo consideran ya un libro fundamental para entender los orígenes de la desigualdad y de la pobreza en el mundo. Los mexicanos nos asombramos cómo, en medio de este caos, seguimos siendo un país de pobres con multimillonarios y políticos ricos. Consecuentemente solemos preguntarnos cómo es posible que nuestras autoridades cometan errores económicos infantiles, que se condonen miles de millones de pesos en impuestos a los grandes contribuyentes o que no se entienda que, mientras no tengamos salarios dignos que permitan la construcción de un mercado interno sólido, no podremos crecer económicamente.

 

La respuesta que nos dan Acemoglu y Robinson es contundente: “No lo hacen bien no porque se equivoquen o por su ignorancia, sino a propósito”. Sólo en la medida en que tomemos en serio esta tesis podremos entender sus alcances y evitar que continúe definiendo el rumbo de nuestro actual fracaso.- Mérida, Yucatán.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

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Crónica de un fracaso anunciado

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