Criticamos, luego existimos

Las opiniones y costumbres falsas ceden gradualmente ante los hechos y los razonamientos; pero para que los hechos y razones produzcan alguna impresión sobre el espíritu, es necesario que se les presenteJohn Stuart Mill, filósofo inglés


Uno de los principales errores que comenten los enemigos de la crítica es reducirla a su sentido más vulgar. Para sus detractores, ésta es casi exclusivamente sinónimo de agresión y ataque personal. Se equivocan. La crítica a temas y personajes de interés público no debe ser concebida como un asunto personal, inútil u ofensivo. Por el contrario, en el presente texto se argumentará que la cantidad y constancia de la crítica pública es un factor determinante para la calidad de una democracia.

 

En su sentido filosófico y más poderoso, la crítica encarna una de las características más luminosas de la mente humana; una potencialidad que nos distingue de otras especies y que consiste en nuestra capacidad de juzgar las cosas con base en una serie de principios determinados. Evidentemente, no se puede criticar aquello que no se conoce, por lo que la crítica presupone, por principio de cuentas, un conocimiento previo, aunque sea mínimo, del tema que será criticado. A pesar de que puede parecer una auténtica perogrullada, este principio básico y fundamental suele perderse de vista. Es por ello que no debe dejar de ser reiterado: para criticar algo es necesario, cuando menos, saber de su existencia.

 

Pero la crítica no se limita al conocimiento o descripción de un suceso, sino que implica también un juicio sobre aquello que se conoce. Un juicio es la afirmación o negación de una idea determinada; un posicionamiento personal derivado de una operación de nuestro entendimiento consistente en comparar una cosa con otra o una cosa con una serie de estándares preestablecidos. La utilidad que la crítica reviste para el funcionamiento de un régimen democrático sólo queda completamente clarificada cuando la crítica forma parte de lo que el filósofo alemán Emmanuel Kant denominó “uso público de la razón”, que consiste en la libertad de exponer y defender un argumento enfrente de otros.

 

Parte fundamental que se hace a la crítica es que ésta es, en sí misma, insuficiente para producir una mejora en los hechos. Frases de la especie “de nada sirve la crítica si no hay acción” y “los mexicanos somos muy buenos para criticar” constituyen lugares comunes en la sociedad mexicana, pero son falsas. Del proceso explicado anteriormente se deriva que la crítica es ya en sí misma una acción. Las acciones intelectuales no son menos acciones que las acciones físicas. Incluso hay quienes piensan que las acciones intelectuales son más valiosas ya que anteceden a las físicas y representan más dignamente al ser humano. Ni qué decir de la crítica pública que requiere no sólo una acción interna, sino de una externa -su expresión-.

 

La crítica pública es una acción fundamental para una democracia por dos motivos.

 

En primer término, ésta constituye una fuente continua de mejora en el campo de las ideas y un requisito fundamental para la corrección de errores y para el progreso del ser humano. En la arena política, la crítica pública permite que las diferentes ideas sean contrastadas y que los ciudadanos puedan evaluar qué argumento les resulta más convincente -una especie de proceso de selección natural de las ideas-. En segundo lugar, la crítica pública representa para las élites económicas y políticas la constatación de que sus abusos y errores no pasan inadvertidos; de que existe un sector de la sociedad consciente e inconforme dispuesto a hablar públicamente de aquello que no le parece y, por ende, de difundir los argumentos que sustentan su inconformidad y de convencer a terceros.

 

En el debate público los conflictos sociales se hacen explícitos, situación que permite que sean conocidos por más personas que, a su vez, pueden emitir un juicio público o privado sobre aquello de lo que se han enterado. Esto representa presión para las élites, que tendrán que, cuando menos, relajar estructuras extractivas y adoptar posiciones más inclusivas si pretenden evitar su caída. Es así como funcionan las democracias de los países más desarrollados.

 

Nuestro problema no es “que nos quedemos en la crítica”, sino que no tenemos aún una sociedad lo suficientemente crítica. Si Felipe Calderón puede recibir más de un millón de pesos al mes como pensión, si José Murat puede tener millones de dólares en propiedades en Estados Unidos, si los mexicanos con cuentas millonarias en Suiza pueden no ser investigados, si las televisoras pueden dictar el son al que bailan los legisladores y si millones de pesos pueden ser derrochados en Yucatán en hospitales sin concluir y en los estudios fantasmas de un tren fantasma es porque la mayoría de los mexicanos y de los yucatecos ni siquiera está al tanto de estos eventos.

 

Para que este tipo de indignantes aberraciones dejen de ser la norma en nuestro sistema político, es necesario que los individuos ajenos a lo público detonen una reacción en cadena pasando a ser parte de la masa crítica de nuestra sociedad. En una democracia cuando la masa -conformada por personas- se vuelve masa crítica, deja de ser masa y se transforma en ciudadanía. Mientras nuestra masa no sea lo suficientemente crítica lo más probable es que cualquier cambio en nuestro sistema sea meramente estético y que la estructura de explotación vigente sea preservada por quienes lleguen al poder. Es esto lo que ha venido ocurriendo en cada cambio de régimen desde la conquista y es esto exactamente lo que ocurrió con la llegada del PAN a la presidencia.

 

Lo mejor que podemos hacer por nuestra democracia es no buscar soluciones mágicas, violentas o confiar en la bondad de un partido o candidato determinado, sino alentar el proceso de formación de una masa crítica haciendo uso de nuestra razón pública y propiciando que cada vez más personas se materialicen y existan en la arena política. Si bien es cierto que una formación de esta naturaleza no se da de un día para otro, ésta constituye el único camino seguro para la construcción de una verdadera democracia.

 

La buena noticia es que en estos momentos los mexicanos nos encontramos en una coyuntura que ha permitido el surgimiento de una ciudadanía que critica y participa en lo público como nunca. Una sociedad en la que existe una importante masa enajenada y sin interés en lo público es una sociedad dócil y servil. Una sociedad conformada mayoritariamente por un público informado y crítico representa una fuerza política, social y electoral que amenaza seriamente al estado de cosas que han construido para sí los ganadores de nuestro sistema extractivo.

 

Para estos últimos un pueblo que no critica será siempre un pueblo que no existe.- Mérida, Yucatán.

 

Criticamos luego existimos

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