Ya sabemos por qué no aplaudimos

Lo mismo que individuos, hubo épocas mitómanasMarc Bloch, historiador francés.


 

Enrique Peña Nieto esperaba que le aplaudieran al finalizar un discurso en el que anunció una serie de nuevas medidas para combatir la corrupción. El silencio que obtuvo de los integrantes de la prensa que le escucharon provocó su molestia. “Ya sé que no aplauden”, espetó el visiblemente incómodo mandatario a los periodistas.

 

Los puntos anunciados por Peña Nieto son una respuesta a la indignación social derivada, dentro y fuera de México, por las investigaciones periodísticas de Carmen Aristegui y de “The Wall Street Journal”, que dan cuenta de indicios de corrupción y de conflicto de interés del Presidente y del secretario de Hacienda. Ambos funcionarios han hecho operaciones personales para adquirir propiedades con empresas constructoras que, a su vez, han recibido miles de millones de pesos en contratos del gobierno del Estado de México, cuando Peña y Videgaray eran gobernador y secretario de Finanzas respectivamente, y del actual gobierno federal.

 

Las nueve reglas de transparencia que se anunciaron el pasado martes con bombo y platillos son, en su mayoría, meros pronunciamientos sin contenido. El nuevo secretario de la Función Pública, nombrado por Peña y a quien Peña le ha encomendado investigar si el propio Peña o Videgaray incurrieron en un conflicto de interés, es, en sí mismo, un conflicto de interés por partida doble al ser parte del grupo político de estos dos funcionarios públicos desde hace décadas y ser hijo del abogado que defiende al líder sindical de Pemex. Más relevante resulta la impotencia legal que caracteriza a su puesto; aún si quisiera investigar a sus compañeros, su nombramiento no cambiará un ápice las reglas de este juego. Finalmente, es el propio partido del Presidente el que ha bloqueado la propuesta de un verdadero Sistema Nacional Anticorrupción, por lo que la real intención de las nuevas reglas debe ser puesta entre signos de interrogación.

 

Es evidente que no existe hasta el momento ni en el Presidente ni en su partido la más mínima intención de ir al fondo del problema de corrupción que carcome a México. El propio Peña ha dicho, una y otra vez, que acepta los hechos que se le imputan, pero que no considera que éstos constituyan ningún conflicto de interés. Tanto las medidas difundidas por Peña Nieto como su reacción ante la falta de aplausos de la prensa son una confirmación de la frase publicada en la revista “The Economist” sobre la incapacidad del presidente mexicano y de su equipo de darse cuenta de la naturaleza de sus actos y de la forma en que la sociedad los percibe: simplemente “no entienden que no entienden”.

 

En su excelente libro “Remolino” (Editorial Ink, 2014), Sergio Aguayo Quezada, investigador del Colegio de México, nos ofrece una importante luz para resolver el dilema de por qué nuestro presidente no entiende que no es mediante una comparación entre la cultura política existente en el Distrito Federal y la existente en el Estado de México. Mientras que el primero ocupa el cuarto lugar en el Índice de Desarrollo Democrático, el segundo se encuentra en el lugar 27. El doctor Aguayo define al Estado de México como “Una reliquia de la época dorada del autoritarismo mexicano”; un estado que no ha experimentado, desde hace más de 85 años, alternancia política -siempre ha sido gobernado por el PRI-, en el que no hay sociedad civil organizada que exija a sus gobernantes y en el que no existe el periodismo crítico. Es decir, el Estado de México es un estado en el que todos los medios publican, aplauden y celebran cualquier dicho o hecho del gobernador en turno.

 

El Presidente hizo toda su carrera en esta “reliquia”, por lo que él mismo es producto y causa de un contexto profundamente opaco y antidemocrático. Dado que Peña Nieto no conoce otro escenario, se entiende que no puede entender la falta de aplausos de la prensa o que la mayoría de los mexicanos desapruebe su gestión o perciba conflictos de intereses en donde otros probablemente sólo ven “gajes del oficio” de la política. Desgraciadamente, buena parte de la clase política mexicana, sin distinción de partidos, simplemente no puede empezar a entender la posibilidad de principios éticos fundamentales como la honestidad o la decencia.

 

El problema de la corrupción no es cultural, como argumentara el propio Presidente, sino sistémico. Concuerdo con quienes sostienen que la corrupción no es una variable residual de nuestro sistema político sino el pegamento que lo mantiene unido. Es bien sabido que en  todo el país existen funcionarios que se han hecho de casas, terrenos y fortunas al calor de su relación -o de sus familias- con empresas proveedoras del gobierno o por algún otro tipo de conflictos de interés. Sin embargo, por el momento sus propios partidos los esconden y cobijan, por lo que los ciudadanos no contamos con la posibilidad real de vigilarlos o de castigarlos legalmente.

 

Las resistencias son, en efecto, muy poderosas. Un botón de muestra es la declaración de Lorenzo Servitje, fundador de Bimbo, quien ante la bajísima popularidad del presidente, aseguró: “Peña Nieto está en su peor momento”, por lo que es necesario que “cerremos filas al servicio de México, pero apoyando a nuestro presidente” (Sinembargo.mx, 27/02/2015) . La declaración es desafortunada, pues apuesta explícitamente por conservar a favor de unos pocos lo actualmente existente a cualquier precio. Fue el entorno social crítico y adverso que preocupa a este empresario lo que obligó a Enrique Peña Nieto a salir al paso con algún tipo de respuesta ante la sociedad.

La clase política mexicana, es importante subrayarlo, es el dique roto que permite el flujo de un sistema diseñado para saquear, cuyas élites, políticas y económicas, pretenden mantener el estado actual de cosas y perpetuar la funesta división entre explotadores y explotados que caracteriza a nuestro país. Por lo tanto, en lugar de cerrar filas en apoyo al Presidente y cobijarlo con nuestros aplausos, como hace el sistema político mexiquense con sus gobernadores, los mexicanos deberíamos de hacer realidad nuestro proyecto democrático y aprovechar esta coyuntura.

 

En las próximas semanas tendremos la inmejorable oportunidad de transformar el malestar social presente en la presión suficiente para que nuestros legisladores se vean obligados a aprobar la creación de un verdadero Sistema Nacional Anticorrupción que termine, de una buena vez, con la posibilidad de que nuestros gobernantes continúen disponiendo de lo público para fines privados y rasgándose las vestiduras cuando en vez de aplaudirles se los reclamamos.- Mérida, Yucatán.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/ya-sabemos-por-que-aplaudimos

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