Cacheteando a México

La crítica a la barbarie presupone un lugar exterior a la misma del que poder juzgarlaManuel-Reyes Mate, filósofo español


 

La bofetada que Manuel Velasco Coello propinó en público a uno de sus colaboradores despertó la indignación de millones de mexicanos y puso en riesgo los sueños presidenciales del joven gobernador chiapaneco.

 

Gracias a este penoso incidente este enorme muñeco inflable, al que tanto dinero se le ha invertido, ha recibido un letal pinchazo por donde escapará eventualmente el aire con que sostiene sus aspiraciones. Al suceso, de suyo increíble y lamentable, siguió algo aún más inverosímil. Un día después de la bofetada original, el gobernador chiapaneco daba otra cachetada, ésta dirigida a todos los mexicanos, al ofrecer, en un evento público controlado, una acartonada disculpa por su acción, a la que calificó cínicamente de “incidente accidental”.

 

Pero el de Velasco no se trató de un incidente aislado ni de un accidente. Día a día nuestra clase política se encarga de cachetear a los mexicanos y de alegar cualquier disparate cuando son descubiertos in fraganti. La descomposición del sistema de partidos mexicano es evidente y es posible afirmar que hemos pasado de una realidad nacional a la que José Agustín describió magistralmente como “tragicomedia mexicana” -ridícula, es verdad, pero con cierta estructura- a una suerte de teatro del absurdo sustraído de toda su esencia.

 

El mundo de lo absurdo se caracteriza por su disfuncionalidad, el movimiento de sus partes es errático y la coherencia inexistente; en él absolutamente todo puede pasar, pero finalmente nada importa. No tenemos que ir muy lejos para comprobar que la mayoría de nuestra clase política cohabita en el escenario de un gran teatro del absurdo sin ningún sentido.

 

A las dos bofetadas de Velasco podemos sumar una colección de eventos recientes, entre los que figura la reaparición de Raúl Salinas, exonerado de enriquecimiento ilícito, a bordo de un BMW con valor de 2.2 millones de pesos; la presencia de César Duarte, gobernador priista de Chihuahua acusado de utilizar recursos públicos para crear y financiar ¡su propio banco!, en el marco de una sesión del Senado cuyo tema era la justicia y su penosa respuesta ante los señalamientos al panista Javier Corral; la delirante queja de los panistas calderonistas que acusan a los panistas maderistas de excluyentes, cuando éstos les han pagado exactamente con la misma moneda que recibieron del ex presidente; la desbandada en el PRD que motivó las vestiduras rasgadas, con lloriqueo incluido, de su corrupta dirigencia y las precandidaturas de Cuauhtémoc Blanco y de un payaso por sendas alcaldías.

 

En un escenario en el que todo es absurdo no importa lo que se haga. Mucho menos importa lo que se diga. En su más reciente número (24/01/2015), la revista “The Economist” retrata a la perfección los alcances de lo absurdo en México. Este influyente semanario critica severamente al presidente Peña Nieto y al secretario de hacienda Videgaray por “no entender que no entienden”. “The Economist” asegura que, ante las acusaciones de conflicto de interés y corrupción en su contra, “Peña y Videgaray insisten en que no han hecho nada ilegal. Están perdiendo el punto. En las democracias modernas, en cuya lista México aspira entrar, el rascarse las espaldas mutuamente como parece que lo han hecho con Grupo Higa resulta un comportamiento inaceptable”.

 

En nuestro teatro del absurdo lo indefendible es siempre defendido con la vehemencia con la que se defiende un condenado a muerte que es inocente. Empero, la consistencia o evidencias de los argumentos que se presentan para ello sale sobrando y se sigue la lógica del loro: es irrelevante lo que se diga o cómo se diga; lo único que importa es no quedarse callado. Nuestra clase política apuesta a que los medios alineados al poder harán el resto y a que la gente aceptará dócilmente cualquier tontería.

 

Sin embargo, cada “incidente accidental” representa una gota adicional dentro de un vaso cada vez más lleno. La aprobación del presidente y la confianza en las instituciones se encuentran por los suelos. Probablemente en los comicios de este año habrá una abstención mayúscula y el porcentaje de votos nulos registrará un récord histórico. La buena noticia es que los mexicanos somos conscientes de lo absurdo de nuestra clase política y que estamos cada vez más hartos de ella; pero nuestro gran reto es no permitir que en la frustración se incube el nihilismo.

 

No somos el único país harto de su clase política y antes que dar gusto a los que a cachetadas pretenden negarlo todo, bien podríamos mirar ejemplos de proyectos alternativos en construcción como el de Podemos en España,  un movimiento conformado por jóvenes indignados con la partidocracia que sorprendió por su altísima aceptación en las más recientes elecciones y que, a pesar de sus divisiones y de los importantes retos a los que se enfrenta, constituye un ejemplo de lo que se puede alcanzar cuando se concibe a un movimiento más como un método de hacer democracia que como un producto partidista (“The Nation”, 02/02/2015) o el de Syriza en Grecia, coalición que obtuvo un histórico triunfo en las más recientes elecciones en este país en gran medida debido al rechazo juvenil a los corruptos modos de la élites oligárquicas.

 

Es evidente que un esfuerzo de esta naturaleza es impensable para 2015 y, a pesar de que es posible imaginarlo presente en 2018, su consolidación o un efecto contundente se antoja aún remoto.

 

La empinada cuesta arriba no debe ser nunca pretexto para la inacción o para la negación de toda posibilidad. Si todo y todos llegamos a formar parte del teatro del absurdo, lo absurdo se convertirá en lo único existente y dejará de ser concebido como absurdo. Los intentos de afirmar ideales en medio de este caos constituyen la única forma de evidenciar a lo absurdo como absurdo y de lograr que siga apareciendo ante nosotros como absurdo.

 

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

 

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