Charlie y su fábrica de libertad

Se puede someter a un hombre vivo y reducirlo al estado histórico de cosa. Pero si muere rehusando, reafirma una naturaleza humana que rechaza el orden de cosasAlbert Camus, filósofo francés


El mortal ataque contra el periódico francés Charlie Hebdo representa en realidad un atentado contra la libertad de expresión en todo el mundo. Característica fundamental de las auténticas democracias liberales, y bien escaso fuera de los países occidentales más desarrollados, la libertad de opinar y criticar es constantemente amenazada por fuerzas absolutistas que no ven en las ideas de otros una oportunidad de corregir los propios errores, sino una amenaza.

 

Charlie Hebdo es un irreverente semanario que a través de creativos editoriales gráficos satiriza sin distinción a representantes de autoridades civiles y religiosas. Fueron precisamente los cartones dedicados al profeta Mahoma los que podrían haber desencadenado la furia de un puñado de hombres enmascarados que, embriagados por su intolerante fanatismo, acribillaron a balazos a cartonistas, editores y trabajadores del rotativo, probablemente con el fin de intimidar a los medios occidentales e influir en la forma en que éstos tratan al Islam.

 

Crudo, lacerante y hasta ofensivo, Charlie Hebdo encarna el espíritu de la libertad de expresión llevado hasta su manifestación más completa. La acidez de sus críticas no debe asustarnos. En la tradición liberal no hay verdades absolutas ni idea definitivas y, aunque las hubiera, de cualquier forma no podríamos estar seguros de ellas ya que nosotros somos nuestros propios jueces. Todo ser humano se equivoca y la única fuente de mejora es la corrección constante de nuestros errores por parte de terceros. Siguiendo esta lógica es como hemos hilvanado nuestros principales logros como especie y cómo algunas naciones han logrado sus sociedades abiertas.

 

Defensor de los valores de la ilustración, en su texto “Sobre la libertad” (1859), el filósofo inglés John Stuart Mill dedica un capítulo a exponer la importancia de la libertad de pensamiento y de expresión. Mill asegura que incluso “las creencias de la humanidad que cuentan con mayores garantías no poseen más protección que una invitación constante al mundo entero a demostrar su falta de fundamento”; dar por cierta una proposición o idea sin escuchar a quienes piensan diferente equivale a autoerigirnos como jueces infalibles de nuestros propios pensamientos. Consecuentemente, todos los seres humanos tenemos el derecho irrestricto de exponer nuestras ideas -toda idea es una afirmación- y de criticar o contradecir libremente las de otros, incluso si esto les ofende.

 

Suponer que lo ofensivo de un comentario puede ser motivo para su censura es abrir las puertas a la cancelación de opiniones divergentes. Bajo esta premisa, cualquier autoridad podría pedir que se dejen de publicar comentarios negativos en su contra aludiendo posibles daños a su frágil y sensible persona. En un mundo de libertades, algunas de las cuales pueden contraponerse, se deben defender siempre las más generales y fundamentales. Y pocas pueden ser más importantes que la posibilidad de dar nuestra opinión; así sea la única que vaya en sentido contrario al de la mayoría o se hieran con ésta algunas susceptibilidades. Es por ello que la sanción a lo ofensivo -siempre circunstancial y subjetivo- nunca debe ser legal ni mucho menos física, sino social.

 

El atentado contra Charlie Hebdo es lamentado y condenado en todo el mundo. Esta tragedia nos ha explicitado de la forma más cruda posible la necesidad de defender, a toda costa, a la libertad de expresión y a sus actuales artesanos. A los mexicanos, nos recuerda que en nuestro país la libertad de expresión es minada sistemáticamente y que tenemos una difícil lucha pendiente en casa. México es, de acuerdo con la organización Reporteros Sin Fronteras (2014), uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo -el 152  de 180 – seguido inmditamente por Iraq y apenas por debajo de Angola, Túnez, Afganistán o Palestina.

 

Existen dos vías principales por los que la libertad de expresión es sofocada en México. La primera consiste en agresiones físicas no muy distintas a la empleada en París, pero debido a su origen, mucho más silenciosas y frecuentes. De acuerdo con un informe de la organización Artículo 19 (18/03/2014), las agresiones contra periodistas en nuestro país son cosa de todos los días y van en aumento. En 2013 se incrementaron en 59 % con respecto al año anterior. Sesenta por ciento de los ataques contra periodistas en México son cometidos por funcionarios de distintos niveles de gobierno. Es decir, en diversos estados de la república ejercer el periodismo independiente es literalmente jugarse la vida.

 

La segunda vía por la que se limita la libertad de expresión en México consiste en la grosera cantidad de dinero que nuestros gobiernos emplean para promocionar el cumplimento de sus obligaciones o, de plano, para engañar a los ciudadanos mediante la difusión de mentiras con fines electorales. De acuerdo con el periódico “Reforma” (6/01/2015), el gobierno federal gastó en publicidad en 2014 ¡$1,908 millones! De esta forma se asegura de obtener opiniones favorables y de mantener a un buen número de medios en los que se anuncia. En muchos estados, sobre todo en los que no cuentan con un medio independiente fuerte -como lo es, por ejemplo, el Diario de Yucatán- , las voces críticas no encuentran espacios y quedan limitadas a las redes sociales o a medios con poca participación de mercado.

 

Todo parece indicar que en México el principal peligro para la libertad de expresión son nuestras propias autoridades. Los fundamentalistas que pretenden extinguir las críticas no son un puñado de extremistas desquiciados, poco representativos y creyentes en una utopía teocrática, sino los usufructuarios de una muy particular utopía cleptocrática en cuyo nombre se ha erigido el sistema que marca el rumbo de toda una nación. El resultado es el mismo: la imposición de la imagen de una realidad unidimensional, la extinción de una libertad fundamental indispensable para la construcción de otras capacidades humanas básicas y una de las partes más luminosas de nuestro espíritu permanentemente ahogada.

 

Excurso

 

El pasado 8 de enero falleció don Julio Scherer García, considerado por muchos como el periodista mexicano más importante del siglo XX y uno de los más grandes defensores de la libertad de expresión en nuestro país. Scherer fundó en 1976 la revista “Proceso”, catedral desde entonces del periodismo mexicano crítico e independiente, y un referente indispensable para el autor de esta columna. Descanse en paz.- Mérida, Yucatán.

 

asalgadoborge@gmail.com
@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

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