Canto boliviano, lamento mexicano

El provenir es la única especie de propiedad que los amos conceden de buena gana a los esclavosAlbert Camus, filósofo francés


A Enrique Peña Nieto el sonido de las campanas navideñas debe resultarle tan hermoso como el tintineo que escucha el boxeador que termina su segundo round contra las cuerdas.

 

2014 concluye con un malestar social sin precedentes. Las más recientes encuestas indican que tanto la presidencia como los principales actores del sistema político han perdido legitimidad. La confianza de los mexicanos en sus instituciones se encuentra en un punto crítico. Dentro de esta cascada de desprestigio, el presidente ha sido el político cuya imagen ha resultado, con justa razón, más deteriorada. Del ejecutivo se percibe corrupción, insensibilidad o incapacidad. En un acto por demás simbólico, muchos mexicanos comprarán y romperán esta navidad una “peñata”; que no es otra cosa que una piñata con la forma del presidente Peña Nieto.

 

A estas alturas tenemos, por un lado, un país que se cae en pedazos entre protestas y levantamientos y, por el otro, una pérdida total de confianza de los ciudadanos en el presidente, en los partidos políticos, en los legisladores o en la policía. A pesar de ello, la mayor parte de nuestra clase política ha reaccionado limitándose a apostar por sus usuales estrategias de negación o de divergencia. Claramente, quienes hoy usufructúan con nuestro sistema piensan que es posible “aguantar” esta tempestad y que las aguas regresarán, como suelen hacerlo con el tiempo, a su cauce. Pero en esta ocasión, se equivocan.

 

Alguna vez leí –soy incapaz de recordar la fuente- que la democracia no consiste en convencer a los adversarios de pensar igual, sino de convencerlos a actuar en el mismo sentido aunque los intereses que les muevan sean distintos. Lo primero que habría que hacer, si pretendemos salir de nuestro actual marasmo, es redefinir el problema mexicano de forma tal que a todos los implicados se les vuelva clara la urgencia de su solución. Me parece posible, en este sentido, conceptualizar a la corrupción, la violencia, la pobreza y a muchos de los factores que han puesto la viabilidad de este país en jaque como ramificaciones de una aberración cuya definición pasa, como toda definición lo hace, por la delimitación de sus causas.

 

Desde la conquista nuestro país no ha logrado deshacerse de una concepción errónea del progreso, misma que es inmejorablemente explicada por el filósofo español Reyes Mate: “el problema es saber si hacemos del progreso el objetivo de la humanidad, o de la humanidad el objetivo del progreso”. Los mexicanos nos hemos regido por la primera de estas opciones, y el ángel de nuestra historia –como dijera Walter Benjamin- contempla las ruinas de la opresión y del sufrimiento del pasado mientras es impulsado por el huracán del supuesto progreso.

 

El progreso ha adquirido diferentes formas a lo largo de la historia. Éste se trata hoy de competir, de exportar y de crecer como lo hace el primer mundo. Evidentemente, no hay nada de ilegítimo en estas metas, pero la situación luce distinta cuando, para alcanzarlas, se reduce a la mayoría de la población a la categoría de combustible; de instrumento desechable al cual se le puede explotar, mal pagar, silenciar o despojar en nombre del bienestar material que acerca estéticamente el entorno de un reducido número de mexicanos a cierta imagen de civilización. Siguiendo la misma lógica hacia afuera, nuestro país se ha convertido en instrumento de grandes capitales o naciones extranjeras. El salvajismo con que este modelo ha consumido a millones de mexicanos es tal que se ha vuelto insostenible.

 

Contrario a lo que puede parecer, una auténtica redefinición estructural no es ni irracional ni inalcanzable. Un experimento interesante es el actual gobierno de Evo Morales en Bolivia. A pesar de su pequeño tamaño y de lo limitado de su infraestructura, Bolivia es un ejemplo que parece demostrar, con éxito, que es posible concebir al ser humano como centro del progreso y no como combustible del mismo.

 

El resultado está a la vista: esta nación sudamericana es una de los pocos países del mundo donde, en los últimos años, la desigualdad se ha reducido en lugar de ampliarse. La pobreza se ha reducido en 43% y la pobreza extrema en 25%, el salario real ha aumentado en 87.7% y el crecimiento económico ha sido sostenido. A pesar de que la mayoría de las utilidades de los bancos y de las empresas petroleras privadas son para el gobierno, Bolivia ha logrado retener y atraer grandes inversiones sin perder soberanía y ha recuperando bienes públicos que estaban en manos de particulares. Como consecuencia de todo lo anterior, la luna de miel entre el pueblo boliviano y su clase política –encabezada por Morales- se mantiene.

 

Lo que los mexicanos necesitamos no es consumir más eficientemente nuestro “combustible”, sino transitar a un modelo de país en el que los seres humanos sean el objetivo principal del progreso. Soy consciente de que una visión de esta especie difícilmente vendrá, en estado puro, de la mayoría de nuestra clase política. Es por ello que lo que se debe señalar a quienes carecen de coraje moral es que el combustible se ha desbordado, y que estamos en un escenario límite en el que cualquier fricción con el pueblo podría terminar de incendiar a todo el país.

 

Mientras que Bolivia mira hacia 2015 con fundado optimismo cantando al mundo el sueño boliviano, México se encuentra al borde del colapso entonando al unísono un cada vez más estruendoso lamento mexicano. En este contexto, y dado el papel que la ciudadanía atribuye a las instituciones en este desastre, nuestra clase política se jugará el próximo año su supervivencia.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Publicado originalmente en: http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/canto-boliviano-lamento-mexicano

Canto boliviano, lamento mexicano

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