La extinción de los zombis

Cambié al no cambiar para nadaEddie Vedder, músico estadounidense.


Si los tres mosqueteros no son lo mismo 20 años después, mucho menos podrían serlo con 30 años adicionales sobre sus espaldas. Nada en este planeta es eterno y lo que tarda en morir para dar paso a algo nuevo envejece desde la perspectiva de aquello que se renueva.

 

Contrario a lo que suele suponerse, la dictadura instaurada por el PRI nunca ha sido perfecta. Ésta dependía, en gran medida, de la preservación de la conciencia política de la mayoría de los mexicanos en un estado cuasi zombi. La figura del zombi, popularmente conocida gracias a películas de terror -casi siempre muy malas-, es empleada por los estudiosos de la filosofía de la mente para debatir la posibilidad de que existan seres físicamente idénticos a los humanos, pero autómatas o carentes de conciencia.

 

Evidentemente, los zombis no tendrían cabida en los regímenes democráticos, ya que la democracia se basa en el precepto de que todos los seres humanos tienen la capacidad de ser autónomos y de que están facultados para velar por sus mejores intereses. El modelo de “democracia” mexicano, por el contrario, surgió debido a la necesidad de autoconservación de un esquema de repartición de los bienes públicos en manos de unas pocas manos privadas para el que que resultaba indispensable la manutención de una ciudadanía enajenada, acrítica y corporativamente manipulable. Es por ello que nuestra versión de democracia ha sido, desde sus inicios, profundamente antidemocrática.

 

Sin embargo, los seres humanos nunca pueden ser completamente reducidos a zombis ni en lo individual ni como colectivo. Consecuentemente, el sistema político mexicano nunca ha podido excluir del todo la posibilidad de que se eleven un puñado de potentes espíritus y voces rebeldes; brotes anómalos que, debido a su inferioridad numérica, y a la falta de medios para transmitir sus ideas, han podido ser detectados y engullidos de una forma u otra por el mismo sistema.

 

El movimiento estudiantil de 1968 y el levantamiento zapatista han sido dos de los principales flujos adversos a los que se ha tenido que enfrentar el régimen priista, para efectos prácticos virtualmente indistinguible de los gobiernos panistas o perredistas. En ambos casos el presidente en turno no supo aceptar la legitimidad de las protestas y el origen de sus causas; en ambos casos terminó pagando los costos políticos de su ceguera, teniendo que ser su sucesor quien implementara los mecanismos de contención necesarios para la supervivencia del sistema.

 

Nuestro sistema político se encuentra actualmente ante la que es quizás la más grave crisis a la que ha enfrentado desde su fundación a principios del siglo XX. Los torrentes de mexicanos que se han manifestado en apoyo a los padres de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos en Guerrero, y la solidaridad de millones a través de redes sociales o pláticas de café, no tiene precedentes en términos cuantitativos o cualitativos. Ahora sabemos que Ayotzinapa no es de ninguna forma un caso excepcional sino la trágica manifestación particular de un estado de cosas que afecta las vidas de la mayoría de los mexicanos.

 

Las respuestas del gobierno federal ante las manifestaciones y muestras de inconformidad desbordadas que fluyen por todo el país han sido erráticas y contradictorias. Después de semanas de protestas masivas ha quedado en evidencia que el primer instinto primordial de nuestras autoridades es autoritario, pero también que los canales del autoritarismo tradicional ya no pueden funcionar como durante tanto tiempo lo hicieron.

 

En estas circunstancias, las iracundas respuestas del presidente y de la primera dama ante los cuestionamientos producidos a raíz del revelador reportaje en el que Aristegui Noticias hizo del conocimiento público las condiciones en que la familia presidencial adquirió una casa con valor multimillonario ponen en evidencia lo que hasta ahora parece ser un diagnóstico equivocado que subestima una realidad que toca cada vez con mayor intensidad la puerta de Los Pinos.

 

El usual cerco informativo impuesto por la mayoría de los medios tradicionales -las televisoras en primerísimo lugar- se ha visto claramente desbordado gracias a los medios digitales, y la presencia de un puñado de personas que se suman a las manifestaciones con el único fin de reventarlas sembrando violencia ha sido claramente identificada por usuarios de redes sociales. La indignación de los ciudadanos mejor informados se ve, con justa razón, profundamente exacerbada ante la identificación de estrategias que buscan terminar artificialmente con las protestas desestimando sus causas.

 

A pesar de la casi completa falta de estado de derecho y de la virtual inexistencia de la mayoría de las funciones básicas que comprende la idea de Estado, tal parece que desde las entrañas del sistema resulta sumamente complicado comprender, o al menos aceptar, la más remota posibilidad de que exista una inconformidad genuina de cientos de miles de personas capaces de movilizarse voluntariamente sin necesidad de ser acarrerados o manipulados por terceros. Ante su presente crisis de legitimidad, el agotado sistema político mexicano ha operado no acudiendo a la acción comunicativa, que implica siempre el diálogo con seres humanos a los que se reconoce como tales, sino disparando lo que queda de unos resortes autoritarios que el paso del tiempo ha vuelto oxidados e inoperantes.

 

Las manifestaciones de las últimas semanas han generado un cortocircuito en buena parte de nuestra clase política porque demuestran que nuestro sistema no está preparado para lidiar con tantas personas distintas a los zombis políticos de los que por tanto tiempo dependió. Los mexicanos nos estamos moviendo, nuestro sistema político no. Ningún mosquetero puede ser el mismo cincuenta años después.

 

asalgadoborge@gmail.com
@asalgadoborge

 

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM)

 

http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/la-extincion-de-los-zombis

 

La extinción de los zombis

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