Cansados de vivir con miedo

La rebeldía es en el hombre el rechazo a ser tratado como cosa y ser reducido a la simple historiaAlbert Camus, filósofo y escritor francés


Como de un truco de magia se tratase, durante décadas los dueños de nuestro sistema político lograron que la atención del público se enfocara en la mano con la que representaban una parodia a la que titularon “democracia”, al tiempo que, con la otra, escondían su podredumbre bajo de la alfombra sobre la que se asentaba toda su escenografía.

 

En un principio el engaño fue prácticamente imperceptible, por lo que la fetidez de lo oculto sólo despertó la sospecha de los espectadores de olfato más agudo. Pero la masa debajo de la alfombra creció tanto y tan rápido que ésta terminó por rasgarse, emergiendo así a la superficie las enormes cantidades de heces por tanto tiempo escondidas

 

Increíblemente, la obra estaba tan bien montada que la mayoría de los espectadores siguieron sin percatarse de lo que frente a sus ojos ocurría. Sin embargo, para su propia desgracia, y para la de todos los espectadores, los actores no midieron que la montaña de porquería continuaría ascendiendo hasta encontrarse con el ventilador que colgaba del techo de la sala. El espectáculo se suspendió abruptamente cuando todos los presentes se descubrieron salpicados por una lluvia de desperdicios. Indignado, el público recriminó con firmeza y exigió una explicación a los actores; pero éstos, embarrados de pies a cabeza, tan sólo hicieron aún más bochornoso el espectáculo recriminándose mutuamente por el apestoso batidero.

 

La tragedia de Ayotzinapa es un doloroso caso ejemplar que ha evidenciado el estado de putrefacción de nuestro sistema político. Esta aberración no hubiera sido posible sin el abandono y las represiones priistas en Guerrero, sin la irresponsable y contraproducente estrategia bélica del gobierno del panista Felipe Calderón, sin el cómplice pragmatismo del PRD y de sus aliados -presentes y pasados-, sin la ausencia de estado de Derecho y de un marco institucional fuerte, o sin la corrupción de toda la partidocracia nacional, entre muchos otros factores.

 

De la más honda tragedia ha surgido, empero, una inmejorable e inédita oportunidad para romper la barrera de entrada que los partidos han construido alrededor de lo público. La descomposición de la realidad nacional es tan dramática, que ha captado hoy la atención de millones de personas que de otra forma probablemente hubieran permanecido sin notar la mano que esconde los desperdicios. Hoy como nunca, millones de mexicanos, particularmente universitarios, están cansados y hartos de vivir asustados ante tanta podredumbre. Son muchos los que se han incorporado a un movimiento -físico y virtual- que exige a coro justicia y reclama incluso la renuncia del presidente.

 

Pero a la naciente esperanza le aguardan importantes obstáculos en su camino. Por principio de cuentas, resulta indispensable dejar en segundo plano la bandera que se enarbola en torno a la exigencia de una renuncia presidencial. Paradójicamente, el principal riesgo de tomar como principal causa la renuncia del presidente es que el presidente termine renunciando. Si bien es cierto que en este escenario quedaría demostrada la fuerza de un pueblo inconforme con su gobernante y se marcaría de alguna forma a nuestro sistema político, el problema es que en México el presidente suele ser tan sólo la cara más visible del proyecto de un grupo que no dudaría en sacrificar a su figura más valiosa con tal de continuar gozando de privilegios. En este sentido, el presidente podría fungir como el pararrayos que permita la supervivencia de los poderes fácticos que controlan nuestro sistema político y de los intereses internacionales que han apostado por el actual modelo mexicano.

 

Por otra parte, es preciso no perder de vista la insipiencia del movimiento de protesta y lo endeble de nuestra cultura política. Muchos de quienes se han interesado por primera vez en los asuntos públicos podrían dar por concluida su participación una vez logrado su principal objetivo o, peor aún, frustrarse -como la generación que creyó en Vicente Fox- en el muy probable caso de no lograrlo. En ambos casos, el movimiento seguramente se convertiría en blanco fácil de estrategias gubernamentales y mediáticas que muy pronto intentarán dinamitar a los grupos estudiantiles que hoy encabezan las protestas.

 

Para que el movimiento de protesta logre refundar al estado mexicano y limpiar a nuestro sistema político es necesaria una estrategia bifásica integrada por dos corrientes complementarias y fundamentales; a saber, el crecimiento del tamaño del movimiento y el crecimiento del alcance de sus demandas.

 

El movimiento de protesta requiere continuar incrementando su peso específico -medido en el número de personas que participan activamente en la demanda de justicia- si realmente pretende contar con la fuerza necesaria para doblar al sistema y obligar pacíficamente a sus actores a actuar contra sus intereses particulares mediante la construcción de una agenda nacional basada en las demandas y las propuestas ciudadanas. El movimiento logrará crecer en la medida en que se convierta en un medio para que la cultura política llegue a ciudadanos que el día de hoy permanecen desmovilizados.

 

La segunda corriente, paralela a la primera, consiste en la integración de una agenda compuesta por una serie escalonada de exigencias que partan de una demanda firme y sostenida de justicia por lo ocurrido en Ayotzinapa, pero que tenga como objetivos principales cambios estructurales puntuales que no sólo deriven en la remoción de funcionarios corruptos o ineptos, sino que impidan la llegada de los que actualmente serían sus reemplazos naturales.

 

Ha quedado en evidencia que cada vez más mexicanos están cansados de vivir con miedo, de la injusticia, de la opresión y de la corrupción. Nuestro gran reto es mantener esta fuerza creciente y lograr que de la sociedad civil surjan los mecanismos para sanear el putrefacto marco institucional sobre el que hoy se sostiene nuestra democracia. Para ello no necesitamos revoluciones inspiradas, sino formar ciudadanos rebeldes que, como dijera Albert Camus, sean capaces de encaminarse en un combate perpetuo hacia la verdad.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

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