El auténtico “mexican moment”

En el México de hoy lo mínimo que se puede pedir a la democracia es que aspire a lo máximoLorenzo Meyer, historiador mexicano.


 

Del dolor de la tragedia podría erigirse un auténtico “mexican moment”. No es ni de lejos el que nuestras autoridades tenían en mente, pero es justo el que necesitamos.

 

La desaparición de 43 estudiantes normalistas a manos de policías en Guerrero, y la incapacidad o falta de voluntad de las autoridades de todos los niveles para dar con su paradero, han despertado en la sociedad mexicana una indignación sin precedentes. En un buen número de ciudades alrededor del mundo, lo mismo mexicanos que extranjeros han manifestado unánime y enérgicamente su repudio ante lo sucedido. La exigencia es una y no puede ser otra: justicia.

 

Encontrar a los 43 estudiantes y castigar a los culpables de su desaparición es, claramente, la escala más inmediata en la búsqueda de justicia y constituyen, con razón, las demandas más explícitas de los indignados. En este sentido, la justicia se produciría hasta que aparezcan los jóvenes normalistas y sean castigados todos y cada uno de los culpables -ya sea por acción o por inacción- de su desaparición. En esta lista tendrían que estar incluidas, desde luego, autoridades de los tres órdenes de gobierno.

 

Sin embargo, me parece que constituiría un grave error desaprovechar el momentum presente y limitar la exigencia de justicia a la solución de un caso particular, por indignante que este sea. Limitarla a este hecho específico equivaldría a convertir a la justicia en un concepto que el filósofo alemán Herbert Marcuse calificaría como “operacional terapéutico”. Marcuse considera que este tipo de conceptos “se vuelven falsos en la medida en que aíslan y dispersan los hechos, los estabilizan dentro de la totalidad represiva y aceptan los términos de esta totalidad como términos de análisis”.

 

Un análisis de este tipo es funcional, ya que se encierra en sí mismo y deja de lado la posibilidad de crítica real que implica trascender las fronteras del propio sistema. Para ilustrar como lo particular puede abolir a lo general, Marcuse utiliza el ejemplo de un trabajador de una compañía al que su salario no le alcanza para cubrir los gastos de la enfermedad de su mujer. Limitar el análisis de esta injusticia a las condiciones particulares de este trabajador o de la empresa en que trabaja, y pugnar por una mejora salarial para este individuo en específico como solución al problema, quita poder a la injusticia general producto de los procesos y condiciones en los que descansan los hechos injustos de una sociedad.

 

De manera análoga, limitar la demanda de justicia por lo acontecido en Guerrero a la aparición de los estudiantes o a el encarcelamiento de los culpables, es indispensable y necesario; pero resulta, en sí mismo, insuficiente. Peor aún, siguiendo a Marcuse, podría incluso resultar un ejercicio “terapéutico” que legitime el orden existente y que permita la preservación de las condiciones estructurales que han permitido la injusticia en primer lugar.

 

Las desapariciones de Iguala son tan sólo la grosera manifestación específica de una injusticia general cuyos componentes no son, en absoluto, exclusivos de Guerrero. Tanto los estudiantes normalistas como los criminales que los desaparecieron son grupos conformados por seres humanos marginados o reprimidos históricamente por el estado mexicano. La diferencia entre los unos y los otros es la naturaleza de su reacción ante la falta de oportunidades y ante el castigo de la sociedad en que tuvieron la desventura de nacer.

 

Lejos de constituir un caso aislado, tragedias como la ocurrida en Guerrero han ocurrido y seguirán ocurriendo en México hasta que no se cambie el orden de cosas en que éstas se gestan. Nuestro fallido modelo económico; nuestro sistema político basado en la corrupción, poco incluyente y poco representativo; la nula voluntad de nuestras autoridades para construir una base que permita nivelar las oportunidades de los desamparados; la violencia desencadenada por la “guerra” contra las drogas sin razón y sin sentido, empezada por Felipe Calderón -y continuada por Enrique Peña Nieto- y la represión perpetua e impune a auténticos líderes sociales son tan sólo algunos de los elementos sistémicos que han podrido nuestro tejido social y que han convertido a buena parte del país en un auténtico cagadal.

 

Si bien es cierto que las “renuncias” del gobernador de Guerrero y de un alto funcionario de la secretaría de gobernación constituyen grandes logros de la estruendosa demanda ciudadana, no debemos perder de vista que con estos movimientos el gobierno federal ha pretendido abrir una pequeña válvula para liberar un poco de presión y evitar que continúe incrementándose el malestar popular. Hacer justicia para los normalistas desaparecidos implica, por tanto, no aceptar como suficientes los “sacrificios” o las soluciones particulares y mantener el ímpetu presente hasta que se cambie de fondo la estructura represiva de nuestro sistema.

 

Todo parece indicar que nuestros sistemas económico y político han llevado su represión más allá de los límites que habían garantizado, hasta hace unos días, su perpetuación. Dadas las masivas manifestaciones de solidaridad, físicas y virtuales, de miles de mexicanos, y dada la poca importancia que los indignados han dado hasta el momento a los argumentos y cesiones gubernamentales, es probable que nos encontremos ante la oportunidad histórica de generar las condiciones que permitan que se derrumbe la base misma de la injusticia y de la opresión; de que la justicia sea completa para los estudiantes de Ayotzinapa y para los millones de mexicanos marginados por sus gobiernos y olvidados por el resto de su sociedad.

 

Ese sí que sería un auténtico “mexican moment”.

 

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Publicado originalente en: http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/el-autentico-mexican-moment

El auténtico "mexican moment"

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