Un poderoso caballero

Los hombres se procuran con mucha mayor facilidad lo que necesitan mediante la ayuda mutua… sólo uniendo sus fuerzas pueden evitar los peligros que los amenazanBaruch Spinoza, filósofo holandés


 

No es ningún secreto que un buen número de seres humanos admira genuinamente a aquellas personas que acumulan grandes capitales. El alto estatus social que los multimillonarios detentan podría ser consecuencia natural de nuestro sistema económico, cuyo esquema de competencia genera que el grado de éxito sea medido en términos de acumulación de recursos que siempre resultan escasos. Existen, empero, motivos para sospechar de algunos de los elementos que componen la estructura que sostiene a esta admiración.

 

La ideología dominante, que suele emanar de los poderosos y por tanto favorecerles, ha sido difundida y magnificada por los medios masivos desde su origen. Una notable consecuencia de la conquista ideológica del imperio del dinero es que tanto los medianos empresarios como los pequeños suelen considerarse parte de la misma “liga”, y por ende del mismo grupo de interés, que los grandes capitales. Así, cuando se trata de defender sus mejores intereses, los pequeños se refugian bajo el paraguas de los más poderosos sin percatarse los primeros que lo más benéfico para ellos no es el bienestar de los grandes capitales, sino el bienestar de las mayorías.

 

Contrario a lo que ocurre con los monopolios y con los jugadores dominantes, para que los pequeños y medianos tengan algún beneficio, y para que su seguridad no esté en entredicho, el “pastel” que representa la economía en su conjunto debe crecer de abajo hacia arriba. Tal como ha expuesto el economista francés Thomas Piketty, los grandes capitales son los principales beneficiarios del escaso crecimiento económico.

 

A los pequeños y medianos empresarios les cambiaría para muy bien la vida una regulación que genere una reducción de la pobreza en 25% y de la pobreza extrema en 43%. También les vendría de maravilla un aumento de 88% en el salario mínimo real de sus posibles clientes o un crecimiento de la economía mayor que el de cualquier período en los últimos 35 años. Bolivia ha logrado todo lo anterior durante los ocho años de gobierno socialista de Evo Morales (“The Guardian”, 14/10/2014). Sin embargo, gracias a su constante denueste en medios masivos de comunicación -propiedad, coincidentemente, de multimillonarios-, el término socialismo, normalmente confundido con el comunismo, produce pánico en buena parte de la clase empresarial mexicana.

 

Por otra parte, uno de los principales problemas del México contemporáneo es que se ha llegado a admirar a quienes acumulan fortunas, sin importar el origen de la riqueza. Se trata de un tema de la mayor relevancia, ya que no es lo mismo tener como referencia a un empresario emprendedor que ha forjado su fortuna a base de trabajo y de innovación -aquí el “cómo” es inseparable del “qué”- que admirar a un empresario o político corrupto o a criminales que se presentan como poderosos caballeros por el hecho de ser multimillonarios.

 

Para nublar más el panorama, todo parece indicar que en nuestro país los mismos estímulos operan en un sentido y en otro. De acuerdo con un texto de Viridiana Ríos para la revista “Este País”, tanto los jefes de carteles como los grandes capitalistas tienen varias cosas en común: en ambos casos “se trata de hombres de negocios, se encuentran a la cabeza de empresas altamente redituables y, sobre todo, ambos valoran altamente la eficiencia, la independencia y la capacidad”. A lo anterior hay que sumar que al menos en México las dos categorías mencionadas tienen el “atractivo” adicional de prácticamente garantizar la privilegiada condición de estar por encima de la ley.

 

Pero más trascendente resulta el argumento que postula que esta tendencia de admiración a los ricos y poderosos se debe a la relación existente entre belleza y utilidad, postulado por el filósofo escocés Adam Smith en su fundamental pero poco conocida obra titulada “La teoría de los sentimientos morales”. De acuerdo con Smith, la causa por la que algo nos agrada es porque lo consideramos útil; es decir, porque sugiere placer o comodidad. La opulencia y el nivel de vida de las clases más adineradas, percibida por el espectador como una disposición de medios útil para alcanzar la felicidad. Es por ello que para muchos resulta tan atractiva.

 

Para Smith se admira a los millonarios por aquello que se asume que éstos disfrutan. Los beneficios que los poderosos obtendrán al ser observados con simpatía y admiración por las masas invitan al ser humano a interesarse en la vanidad; “el hombre rico se congratula de sus riquezas porque siente que ellas naturalmente le atraen la atención del mundo” (Smith, 1997:123). Su conducta, por los motivos expuestos en el párrafo anterior, es observada con deferencia y se vuelve aspiracional para los espectadores.

 

Empero, de nuevo los “qués” opacan a los “cómos”, ya que no se suele tener en cuenta que muy probablemente todos los sacrificios necesarios para lograr poder y riqueza pueden hacer palidecer sus posibles beneficios. Smith concluye que ni el poder ni el dinero proporcionan la verdadera satisfacción; ambos son insignificantes por sí mismos porque revelan tan sólo una belleza de disposición de cosas calculada como óptima para suscitar el placer, pero no producen directamente placer.

 

El análisis smithiano anticipa con notable precisión a una revelación que en la actualidad resuena cada día con mayor intensidad: contrario a lo que el sentido común parece sugerir, la admiración de los grandes capitalistas por el poder o dinero que detentan no conduce ni puede conducir a nuestra sociedad a un mejor estadio; la confirmación de que el culto al dinero tan sólo producirá poderosos caballeros y no hará de este mundo uno mejor o más feliz.- Mérida, Yucatán.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

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