Desigualdad y destino

La dominación se transforma en administraciónHerbert Marcuse, filósofo alemán


 

Mérida es una de las ciudades con mejor calidad de vida en el país. Sin embargo, los meridanos que pueden ir de compras a los modernos centros comerciales que caracterizan al norte de esta ciudad son una minoría. 90% de todo el dinero gastado en Mérida proviene del 30% de sus habitantes. Consecuentemente, 10% del gasto total de los meridanos se divide entre el 70% de los ciudadanos restantes.

 

La desigualdad es, sin duda, uno de los problemas más graves de nuestra era. Las políticas neoliberales iniciadas en la década de los 1980, que apostaban por reducir al mínimo la intervención del Estado en política económica y en las bondades autorregulatorias del libre mercado, han probado su fracaso espectacularmente. En buena parte del mundo, incluidos México y Estados Unidos, la riqueza se ha acumulado en los estratos socioeconómicos más altos y la movilidad social se ha estancado, situación que ha puesto en tela de juicio las promesas y la viabilidad de un modelo económico que genera más perdedores que ganadores.

 

En este contexto, muchos de los argumentos históricamente sostenidos por los críticos del capitalismo han sido revindicados. El marxismo ha resurgido desmitificado (“The Guardian”, 04/07/2012) ya no como sistema salvador o como uno villano, sino como un conjunto de categorías alejadas de la ortodoxia, cuya pertinencia es hoy tan vigente como lo fue en sus orígenes (“The Nation”, 05/05/2014). Sin embargo, los yucatecos, como la mayoría de los mexicanos normalmente alienados y ajenos al contexto internacional, no estamos discutiendo las causas y los efectos de la desigualdad, que debería preocuparnos al menos por dos razones fundamentales.

 

La primera se puede englobar en la categoría justicia. Bajo el argumento de que la economía sigue leyes inmutables e incuestionables -como las leyes de la física-, desde el espectro neoliberal suele desestimarse la pertinencia de discutir la justicia o injusticia de nuestro modelo económico. La economía no sigue, empero, reglas análogas a las de la física. Por principio de cuentas, el ser humano no “crea” las leyes de la naturaleza sino que las descubre. En este sentido, el enorme mérito de científicos como Newton o Einstein no consiste en haber inventado leyes cosmológicas, sino en su capacidad de capturar y explicitar patrones contraintuitivos en sus trascendentales teorías.

 

No ocurre lo mismo con las “leyes” económicas. Éstas distan mucho de ser absolutas y han sido urdidas gradualmente por los seres humanos en nuestro caminar por este planeta y seguramente dejarán de existir cuando termine nuestro ciclo en la Tierra. Claramente sería tan inútil como insensato quejarnos de la subordinación de la Tierra al poder de la gravedad solar y exigir a la naturaleza que dé a nuestro planeta un trato y un lugar similares a los del Sol; pero no tiene nada de descabellado exigir que las reglas del juego de un sistema creado por humanos sean justas para todas las mujeres y hombres cuyas vidas dependen de éstas.

 

Aunque en ocasiones tenga fuertes tintes deterministas, la economía no sigue un patrón necesitarista. Ambos conceptos -necesitarismo y determinismo- postulan que dadas ciertas causas se producirán ciertos efectos. La diferencia estriba en que, mientras que el necesitarismo implica que las causas están dadas de antemano y no pueden ser modificadas -son necesarias-, el determinismo deja abierta la posibilidad de que las causas no se produzcan necesariamente, aunque una vez producidas, sus efectos estarán determinados. No es ni natural ni necesario que un yucateco o un mexicano pobre, por el hecho de nacer pobre, esté condenado a morir pobre. Evidentemente tampoco es justo, pero de mantenerse las mismas causas actuales, seguro se mantendrán los mismos efectos.

 

La segunda razón por la que la desigualdad debería preocuparnos tiene que ver con consideraciones de corte utilitario. Aun quienes consideran la injusticia como una variable sistémica residual deberían preocuparse por los efectos que nuestra creciente desigualdad augura. En los últimos años, el producto interno bruto de México ha crecido casi al mismo ritmo que la población, estancamiento del que la desigualdad puede ser una de sus causas determinantes. Incluso el Fondo Monetario Internacional, uno de los principales e incondicionales promotores de las políticas económicas neoliberales, ha tenido que admitir que la desigualdad termina por dañar gravemente al crecimiento económico (FMI, 12/04/2014).

 

Es precisamente la desigualdad la barrera que produce que muchos de los negocios meridanos limiten su enfoque a 30% del mercado potencial. El restante 70% apenas sobrevive y no puede entrar en el juego de deseos que desata el consumo capitalista. Nuestro mercado es raquítico e insuficiente para repartir entre todos los yucatecos que aspiran a ser emprendedores -lo cual ocasiona a su vez que no se generen nuevos y mejores empleos- y, encima de todo, las dificultades económicas que muchas empresas locales atraviesan se han acentuado por la llegada de competidores foráneos.

 

Poco o nada están haciendo nuestras autoridades estatales o federales por diseñar estrategias sociales, económicas, científicas y educativas destinadas a redistribuir eficientemente los recursos de los que disponen para combatir la condiciones que permiten la injusticia y para generar consumidores que conformen un mercado interno boyante. En vez de ello, la apuesta parece limitarse a repartir algunos bienes materiales a posicionar algunos productos locales fuera de nuestro estado -tarea que será cada vez más difícil dado nuestro cada vez más marcado rezago tecnológico- y atraer inversiones extranjeras que ven en nosotros la oportunidad de hacerse provisionalmente de mano de obra barata. A corto plazo, el único elemento extraordinario que podría alterar este estado de cosas es un aumento importante en los salarios mínimos.

 

Bajo el esquema actual de cosas, la gran división expuesta seguro se mantendrá y como consecuencia de ello se seguirá cocinando a fuego lento la peligrosa mezcla resentimiento-frustración que ha venido descomponiendo nuestro tejido social y que se materializa en patologías cada vez más comunes como la informalidad, la mendicidad o la delincuencia. Aunque este desalentador destino no es de ningún modo necesario, por el momento nuestro futuro sí parece estar fatalmente determinado.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

asalgadoborge.wordpress.com

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*) Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida

 

Texto publicado originalmente en el Diario de Yucatán el 10 de octubre de 2014.

 

La gran división.pdf

 

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