El “internet de las cosas”

Lo que ve una persona depende tanto de a qué mira como también de qué le ha enseñado a ver su experiencia visual y conceptual previaThomas Kuhn, filósofo de la ciencia estadounidense.


 

La mudanza gradual de las telecomunicaciones y de los mercados al ciberespacio ha generado que la cantidad de actividades en línea, el tiempo que dedicamos a éstas y sus efectos en el mundo físico sean cada vez mayores.

 

Por el momento, el mundo “real” y el mundo “virtual” convergen, casi exclusivamente, en las pantallas de computadoras, de teléfonos celulares o de tabletas. Apenas 1% de las cosas que podrían contar con una conexión a internet están equipadas hoy con la tecnología necesaria para acceder a esta red (“The Guardian”, 25/10/2013), por lo que la mayor parte de nuestras actividades cotidianas ocurren offline. Empero, dado que la intensidad del explosivo proceso de hiperinflación cibernética dista mucho de haber disminuido, podemos afirmar que el mundo “virtual” pronto se hará omnipresente en nuestras vidas. Es cuestión de tiempo para que el restante 99% de los aparatos que podrían tener, y que actualmente no tienen, acceso a internet alcancen a sus más avanzados hermanos “inteligentes”.

 

Este proceso está en marcha y tiene nombre. El “internet de las cosas” –o internet de todo- es el neologismo empleado para denominar a la red conformada por aparatos inteligentes que, equipados con sensores, detectan eventos relacionados con su uso y crean un registro histórico de cada una de las actividades para las cuales han sido diseñados. Los artefactos que integran el “internet de las cosas” están también interconectados, por lo que comparten información y reaccionan de forma sincronizada ante eventos específicos. Se estima que para 2020 habrá en el mundo 30 mil millones de dispositivos equipados con capacidades para relacionarse entre sí de forma interactiva y para recolectar datos de sus usuarios humanos (“Mother Jones” 25/04/2014).

 

La posibilidad de que nuestros aparatos transmitan por medio de internet información que hasta el día de hoy es, a grandes rasgos, confidencial abre la puerta para simplificar o mejorar parte de nuestra vida. Así, un cepillo de dientes eléctrico podría recabar información sobre posibles caries en los molares que limpia y presentar al usuario un reporte cada determinado tiempo, o un aire acondicionado modificar la temperatura de una sala en función de su registro de la temperatura de los cuerpos presentes en ella.

 

Pero el “internet de las cosas” no se queda en las capacidades de registro o de diagnóstico de los artefactos que le conforman. Dado que sus objetos estarán conectados entre sí a través de una plataforma –sistema operativo o lenguaje compartido- en común, estos productos podrán intercambiar información que les permita operar de forma coordinada. Con un simple comando de voz como “cine” las luces de una sala de televisión podrían atenuarse, las cortinas descender, la televisión encenderse y la plataforma de videos en línea preferida de su propietario sintonizarse en una película sugerida de acuerdo a sus gustos. Los exponentes más avanzados de este tipo de sistema son Google Glass y el automóvil sin conductor, artefacto que se encuentra actualmente en desarrollo.

 

A pesar de potenciales comodidades y beneficios como los descritos líneas arriba, un escenario donde la presencia del “internet de las cosas” es la norma dista mucho de ser utópico. Es lógico suponer que, con la llegada de esta tecnología, el proceso de datificación –tomar todos los aspectos del mundo y convertirlos en datos- al que actualmente son sometidas todas nuestras actividades en línea crecerá exponencialmente. A estas alturas, para pocos es un secreto que tanto gobiernos como algunas grandes empresas constantemente recolectan e interpretan los metadatos –registros omnicomprensivos de datos- que pueden obtener de los ciberanutas. La perspectiva de un mundo en el que la mayoría de los aparatos con los que interactuamos datifiquen permanentemente nuestras acciones reduciría, al mínimo, nuestro cada vez más estrecho margen de privacidad.

 

También se verán afectadas nuestras capacidades de evaluación y de análisis. Una de las más importantes funciones de los artefactos conectados al “internet de las cosas” es su facultad de anticipar los deseos y necesidades humanos antes de que seamos conscientes de los mismos o, incluso, antes de que éstos se generen. De esta forma, un sensor en el jardín de una casa puede detectar que es momento de podar el césped basado en un registro histórico de podas anteriores y, gracias a esta detección, mandar una alerta al teléfono móvil del propietario del predio o enviar directamente una alerta de servicio a una empresa dedicada a la jardinería.

 

Pero considero que el mayor riesgo que el “internet de las cosas” conlleva es la pérdida de parte importante de la libertad humana. Si existe un registro de nuestros metadatos, las empresas que los han archivado pueden conocer y predecir nuestros patrones de conducta. Dado que estas empresas son también los fabricantes de los productos con sensores y con acceso a internet, es fácil predecir que estas compañías orientarán el consumo de sus clientes generando alertas o cursos de acción sugeridos para anticipar sus juicios. Empero, si las opciones sugeridas a un individuo se circunscriben a las características del perfil generado por sus metadatos, y su proceso de evaluación ha sido maquilado previamente por una o varias empresas, su posibilidad de cambio autónomo, de romper sus propios paradigmas o de abrir los ojos a lo diferente, momentos triunfales del espíritu humano, se reduciría de forma importante.

 

El “internet de las cosas” crece velozmente y el ritmo de su galope no amainará en un futuro cercano. Por el momento, su evolución encuentra su estadio más adelantado a nivel industrial; pero en meses recientes algunas de las compañías más importantes del mundo han invertido miles de millones de dólares (“The Guardian”, 9/04/2014) en la adquisición de aquellas empresas que han logrado establecer algún tipo vinculación inteligente para sus productos en hogares.

 

Las casas y los espacios públicos serán gradualmente poblados por aparatos inteligentes. Predecir con exactitud el abanico completo de las consecuencias que el “internet de las cosas” generará a su paso es una tarea irrealizable. Por el momento, lo que sí podemos hacer es tratar de entender nuestra relación con la tecnología presente para, a partir de esta base de comprensión, analizar las amenazas o a las oportunidades que su indetenible onda expansiva traerá a nuestras vidas.

 

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

asalgadoborge.wordpress.com

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM).

 

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