La igualdad de los sexos

Si me hubiesen hecho vivir en el tronco de un árbol seco, sin otra ocupación que mirar la flor del cielo sobre la cabeza, me habría acostumbrado poco a pocoAlbert Camus, filósofo francés.


El brillante discurso pronunciado por la actriz Emma Watson el pasado 20 de septiembre con motivo del lanzamiento del la campaña de la ONU “He for She” (“Él por Ella”), ha dado un impresionante impulso a un movimiento mundial que busca obtener la solidaridad de los hombres en la lucha por la igualdad de género.

 

Como consecuencia de una largo y tortuoso proceso, desde hace menos de un siglo en la mayor parte del mundo hombres y mujeres somos iguales ante la ley. Para quienes nacimos y crecimos en este contexto, la igualdad legal de los sexos es normal; lo contrario sería impensable. Sin embargo, la inequidad se sigue presentando en los hechos. Aún en países altamente desarrollados las mujeres tienen menos oportunidades laborales que los hombres, se encuentran políticamente subrepresentadas y suelen toparse con “techos de cristal”; barreras invisibles que les impiden desarrollar su potencial humano y profesional.

 

Con su mensaje, Emma Watson ha revindicado para esta generación el injustamente desacreditado término feminismo: “la creencia de que hombres y mujeres deben tener iguales oportunidades; la teoría de la igualdad política, económica y social de los sexos”. Basados en esta definición, tanto las mujeres como los hombres podemos y debemos ser feministas. Para ello es preciso deshacernos, por principio de cuentas, de una serie de prejuicios que nublan nuestra visión y que nos llevan a creer que el statu quo es un escenario justo e imperturbable.

 

Detrás del velo del derecho positivo vigente se ocultan remanentes sistémicos que perpetúan la inequidad entre los sexos. Uno de los más profundos de éstos es la concepción de que el “hombre y la mujer no son iguales sino complementarios”. Nadie puede discutir que hombres y mujeres puedan ser complementarios; pero la complementariedad no es un asunto de sexo ni de género. A fin de cuentas, todo lo que existe en este universo, a su nivel más profundo, es complementario. La complementariedad por la que los antifeministas abogan no es, empero, una interrelación horizontal de corte sustancial, sino una vertical de subordinación y dependencia. Se trata de una complementariedad de la especie que se da entre un piloto y un copiloto; de un mero eufemismo para limitar a la mujer a tomar los roles despreciados o no asumidos por los hombres.

 

En todo caso, el argumento de que la complementariedad se deriva de la diferencia, empleado para la justificación de la asignación de roles sociales, no se sigue necesariamente. Y es que, en tanto que las normas sociales no son nunca completamente objetivas o imparciales, no pueden estar libres de sospecha. Un par de elementos simples con las mismas cualidades pueden unirse, sin subordinarse uno al otro, para formar un elementos compuestos de mayor complejidad. En este sentido, los átomos que forman nuestro cuerpo son complementarios y tienen las mismas cualidades. De la misma forma, radicalizando el argumento conservador, existen elementos desiguales que se complementan, pero para producir su autodestrucción, como ocurre con la materia y la antimateria.

 

Pero que algo no se siga necesariamente no implica que este algo no pueda ocurrir. Las diferencias cognitivas entre mujeres y hombres son reales y las conexiones de nuestros cerebros son, de hecho, diferentes. En primer término, esto no tendría por qué ser, como se alega en algunos círculos, evidencia de que a cada sexo corresponden por naturaleza diferentes derechos y obligaciones. La condición de hombre o de mujer sólo es concebible como predicado del sujeto “ser humano”. Los derechos humanos a los que tenemos acceso –que implican la libertad de autodeterminación -no tendrían por qué estar, en cuanto humanos, sujetos a la genitalidad o a un determinado modo de pensar. Lo que hombres y mujeres tenemos en común es infinitamente más vasto y sustancial que nuestras superficiales diferencias de sexo o de género.

 

La discusión sobre las diferencias de fondo entre los sexos es zanjada de tajo cuando tomamos en cuenta investigaciones que revelan que las diferencias cognitivas entre hombres y mujeres son generadas, en grado importante, por los roles de género que la propia sociedad espera que cada uno de los sexos desempeñe (“The Economist”, 02/08/2014). Con base en esta importante evidencia, es posible inferir que el subdesempeño de las mujeres en matemáticas, por citar tan sólo un ejemplo, no estaría determinado por su sexo, sino por crecer en un entorno social que reduce el potencial de su humanidad a un conjunto determinado de roles de género.

 

Uno de los argumentos centrales del discurso de Emma Watson es que tanto hombres como mujeres estamos aprisionados en nuestros estereotipos de género. Ambos sexos sufren las consecuencias de los prejuicios, aunque claramente son las mujeres las que se llevan la peor parte. Con la asignación de roles de género a cada uno de los sexos, los seres humanos hemos construido una versión más del denominando “efecto pigmalión”, que se produce cuando nuestras expectativas regulan la forma en que actuamos o las decisiones que tomamos y terminan, por ende, cumpliéndose.

 

Los mexicanos vivimos en una sociedad cuyas reglas no escritas continúan limitando más a las mujeres que a los hombres. Reconocerlo debe obligarnos a hacer algo al respecto. La identificación y desarticulación de esta asignación de roles resultaría fundamental para permitir que las mujeres mexicanas tengan las mismas oportunidades de desarrollar su potencial que los hombres; pero también para que los hombres podamos reconciliarnos con nuestra sensibilidad y para que no continúe la discriminación hacia aquellos integrantes de un sexo que asuman el rol de género atribuido al otro sexo.

 

En el camino hacia la igualdad de oportunidades para todos, es mucho lo que se ha avanzado y es mucho lo que queda por recorrer. Aquellos hombres que aspiramos a vivir en una sociedad más libre, más justa y más equitativa para todos los seres humanos sin excepción no podemos negar nuestra solidaridad a la fase presente de una larga lucha en la que históricamente hemos dejado solas las mujeres. Hoy, más que nunca, tenemos motivos de sobra para ser feministas.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

https://asalgadoborge.wordpress.com/

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

 

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