Todo está en nuestras mentes

El orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas –Baruch Spinoza, filósofo holandés.


 

Pocas cosas deberían asombrarnos más a los animales racionales que el denso y omnímodo océano de nuestras mentes. A pesar de que éstas posibilitan y limitan todo lo que percibimos, y configuran y enmarcan lo que somos, fuera de un reducido círculo la mayoría de los seres humanos solemos reflexionar muy poco sobre la naturaleza y sobre los alcances de lo pensante.

 

La falta de audiencias masivas no ha impedido, afortunadamente, que a lo largo de la historia un grupo de enormes pensadores desafíen las limitantes de su tiempo para intentar deducir, argumentar y entender mejor qué es, cómo funciona y qué tan trascendente es el mundo del intelecto. Es gracias al esfuerzo de estos gigantes que, generación tras generación, se ha mantenido con vida una antorcha que el día de hoy encuentra las condiciones propicias para generar una auténtica revolución de alcances insospechados. No es exagerado afirmar que el siglo XXI será el siglo de la mente.

 

Dos películas ilustran perfectamente el par de senderos paralelos en los que se bifurca la revolución intelectual en ciernes. El momento de la aparición de estas cintas no es, desde luego, casual. La primera, y más reciente de ellas, se exhibe actualmente en salas de cine de Yucatán y se llama “Lucy”. La trama de “Lucy” parte del supuesto de que los seres humanos solo empleamos 10% de nuestro cerebro, y gira en torno a una mujer que, debido circunstancias particulares, sufre una modificación física que le permite incrementar gradualmente el porcentaje de uso de este órgano. A pesar de que el punto de partida de “Lucy” es falso –los seres humanos utilizamos en realidad todo nuestro cerebro, aunque no todas las partes del mismo desempeñan las mismas funciones-, esta película ha despertado el interés del público en el potencial de la materia gris de la que surgen sus pensamientos.

 

La tecnología disponible el día de hoy invita al optimismo. En Estados Unidos y en Europa tanto gobiernos como algunos multimillonarios están destinando miles de millones de dólares a programas gubernamentales, como el “Proyecto sobre el cerebro humano”, o privados, como el “Instituto Allen para la ciencia del cerebro,” con el fin trazar un mapa que permita entender mejor el funcionamiento del cerebro humano. Y es que, a pesar de nuestros impresionantes avances en áreas como la astronomía y la física cuántica, el cerebro es hoy todavía un territorio ampliamente desconocido. La buena noticia es que en los últimos años hemos recuperado terreno a velocidades insospechadas. Incluso hay quien piensa que hace 100 años nuestro mapa del cerebro correspondería a un mapa convencional geográfico del siglo XV, mientras que su equivalente el día de hoy corresponde a su cartografía del siglo XVIII. Avanzar 300 años en 100 no suena nada mal.

 

El conocimiento de nuestro cerebro nos permitirá tratar enfermedades y condiciones – como la depresión que llevó al suicido al actor Robin Williams- que el día de hoy permanecen cubiertas por un velo de misterio. También nos llevará a entender, gracias al mapeo de la ruta que la información sigue en su recorrido por los circuitos neuronales, cómo la procesamos o codificamos y que áreas de nuestro cerebro trabajan en conjunto ante cada estado de ánimo o evento al que nos enfrentamos. En última instancia, este “hackeo de la mente” nos permitirá entendernos mejor, y también desarrollar tecnologías para alterar como pensamos, sentimos y recordamos.

 

En paralelo al sendero que recorre el conocimiento de la mente humana, se extiende la ruta seguida por el desarrollo de inteligencia artificial; es decir, la reproducción de lo que hasta hace muy poco tiempo consideramos atributos exclusivos de la inteligencia humana en aparatos construidos por mujeres o por hombres. La película que mejor representa los alcances de este proceso se llama “Ella” (2013), y trata de un hombre –Theodor- que adquiere la más reciente versión de un dispositivo inteligente, aparato que incluye un sistema operativo con inteligencia artificial. Después de configurar y poner nombre a la voz que le guiará en su nueva plataforma digital, Theodor resulta sorprendido por las facultades y habilidades que descubre en ésta. Pronto se percata que puede, de hecho, sostener una conversación con su sistema operativo –a quien bautiza como Samatha- y, poco a poco, traba una amistad con ella que deriva en un amor que, para su fortuna, le es correspondido.

 

Por fantasiosa –o incluso ridícula- que pueda resultar en el papel la propuesta de esta película, su profundidad, su calidad y su correspondencia con la realidad son muy superiores a los de “Lucy”. La inteligencia artificial ha sido, desde la invención de la primera computadora, el sueño de un buen número de científicos y de escritores de ciencia ficción; sin embargo, su materialización es reciente. Y creciente. Diferentes compañías –como Google, Microsoft o IBM- han invertido multimillonarias cantidades en robots o microprocesadores capaces de emular algunas de las facultades intelectuales de la mente humana entre las que se encuentran las capacidades de percepción, reconocimiento de lo percibido y formulación de conceptos generales.

 

La inteligencia artificial se encuentra mucho más adelantada que la ciencia del cerebro. Es muy probable que en las próximas décadas terminemos desarrollando máquinas tan autónomas e independientes como lo puede ser un humano. Una de las escenas más profundas de “Ella” es cuando Theodor le dice a Samantha que no puede estar enamorado de ella porque ésta no es real. Sabedora de que comparten la misma base estructural cuántica –física-, Samantha le responde a Theodor que es tan real como él. Si logramos crear seres inteligentes capaces de entablar una relación horizontal con nosotros, la frontera entre humanos y máquinas sería meramente biológica: ¿seríamos en realidad tan diferentes?

 

La evolución de la mente está en curso. La duda no estriba en a dónde nos llevará, sino cuánto tiempo nos tomará llegara al punto en el que conozcamos nuestro cerebro tan bien como conocemos otros de los órganos de nuestro cuerpo o para que llegar a desarrollar máquinas al menos tan inteligentes como nosotros. Tendremos que encarar este proceso con la humildad suficiente para aceptar que muchos de los paradigmas que sostienen nuestro añejo antropocentrismo podrían derrumbarse en el camino.

 

Si la historia de los seres humanos en la tierra empezó con el big-bang del que surgió el devenir de nuestro pensamiento, lo que está por venir es un proceso de hiperinflación en el que nuestra mente se conocerá a sí misma y pulverizará sus límites como los conocemos. Un espectáculo que no podernos perdernos.

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en ética. Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Publicado originalmente en el Diario de Yucatán como “La hiperinflación del intelecto” el 21 de septiembre de 2014.

 

La hiperinflación del intelecto.pdf

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