Sexo, mentiras y video

Gonzalo N Santos, fallecido revolucionario y cacique mexicano, retrató, probablemente sin proponérselo, el estándar moral de buena parte de sus correligionarios. Cuando al corrupto y sanguinario general potosino le preguntaron si no conocía el significado de la moral, éste respondió cínicamente que sí, que desde luego lo conocía; “la moral –explicó- es el árbol que da moras”.

 

En los últimos días, la maltrecha moral de nuestra clase política ha estado en el epicentro del debate público nacional. Un video dado a conocer por Reporte Índigo expuso una fiesta privada en la que un puñado de legisladores y funcionarios panistas bebían, bailaban y manoseaban a trabajadoras de un “table dance” contratadas para amenizar el evento. El escándalo generado ha costado a Luis Villareal su cargo como coordinador de los diputados panistas.

 

Buena parte de la discusión generada por estas imágenes ha girado en torno a si lo que en éstas se refleja constituye o no una inmoralidad y, en caso afirmativo, en la gravedad de la misma. Es por ello que he considerado fundamental abordar este tema partiendo de la base de una distinción clara – subrayada anteriormente en esta misma columna- entre dos niveles de ética. La “ética de mínimos” consiste en los principios básicos universalizables como la libertad y la justicia; es decir, lo que consideramos que es aplicable para absolutamente todos los seres humanos. Por su parte, la “ética de máximos” se fundamenta en convicciones o creencias subjetivas cuya universalización contradeciría a la “ética de mínimos” y que, por tanto, están limitados al fuero individual por los principios generales establecidos por la “ética de mínimos”.

 

En este sentido, la promiscuidad de los legisladores panistas claramente no constituye una violación a la “ética de mínimos” y, adecuadamente, no está penada por la ley. Nuestros diputados pueden tener encuentros sexuales en la cantidad y especie que mejor les parezca sin afectar a sus representados. El límite de la libertad individual que establece la “ética de mínimos” es la libertad de las otras personas, por lo que la vida sexual de nuestros legisladores debería de ser irrelevante para el ejercicio de su función.

 

Sin embargo, en los actos filmados asoman elementos que podrían rebasar a la inocua promiscuidad. La inmoralidad de las acciones que aparecen en el video estribaría en el muy probable uso de dinero público para patrocinar la fiesta –ante la opacidad creada por nuestros propios legisladores, me encuentro entre quienes piensan que debemos asumir la existencia de malversación de fondos-, en el terrible contexto en el que se tejen las redes de prostitución en nuestro país, en la actitud de cosificación y monetización de la mujer y en la no disparatada posibilidad de que este tipo de fiestas sean parte de un estilo de vida que se utiliza para tejer alianzas y celebrar pactos ajenos al interés nacional; violaciones todas de principios que deberían ser considerados parte de la “ética de mínimos”.

 

Es evidente que ninguna de las posibilidades anteriores se acerca a las peores historias a las que nos tienen acostumbrados nuestros gobernantes. En Yucatán, Ligia Canto, una abuela arrestada injustamente, acaba de ser liberada después de haber sido trasladada a un penal de máxima seguridad acusada falsamente de clonar tarjetas de crédito. Su único crimen fue defender a su hija y a sus nietos. Las autoridades locales simplemente la dejaron a su suerte y la comisión estatal de derechos humanos se enfundó en su ya clásico disfraz de avestruz.Lo mismo puede decirse del dinero que diversos municipios retuvieron a sus trabajadores para luego desaparecerlo y quedárselo a deber a la secretaría de hacienda, de la deuda pública de la mayoría de los estados, de la demencial guerra calderonista, de la infame estela de luz, de nuestro injusto modelo económico o de las más recientes legislaciones secundarias aprobadas por el congreso. Bajo el criterio establecido en párrafos anteriores, se trataría de inmoralidades más perniciosas que las implicadas en la fiesta panista y que, empero, no han despertado el mismo nivel de indignación en nuestra sociedad que éstas últimas.

 

Los panistas han sido atizados por el bumerán formado por sus anacrónicos intentos, tan antiguos como su propio partido, de publicitar su “ética de máximos” como un proyecto de “ética de mínimos” para la nación. Para su desventura – y para la de nuestro sistema político-, las personas solemos atribuir mayor veracidad y autoridad a las imágenes que a los documentos o reportajes de investigación basados en textos, y, al menos para los mexicanos con una “ética de máximos” con elementos claramente conservadores o moralinos, el sexo fuera del matrimonio se encuentra entre las más graves inmoralidades que puede cometer un ser humano. No debe sorprender que el juicio mediático en contra de los panistas involucrados haya sido especialmente severo.

 

El video dado a conocer por Reporte Índigo no ha revelado la ruptura del PAN con los estándares básicos de la “ética de mínimos” –honestidad, respeto a los derechos humanos, justicia…-. Su traición y desprecio a estos principios es de sobra conocida desde hace décadas, y ha sido comprobada con creces y ad nauseam durante los sexenios de Vicente Fox y, especialmente, de Felipe Calderón. Ante la falta de virtudes públicas –“ética de mínimos”- el PAN pone por delante la supuesta ausencia de vicios privados –“ética de máximos”-.

 

Las imágenes de la fiesta han sido en buena medida tan poderosas porque éstas retratan gráficamente la forma en que algunos legisladores reproducen en privado el desprecio a la “ética de mínimos” que demuestran en el ejercicio de sus funciones públicas, y, lo que es peor para los panistas, el video caricaturiza grotescamente la tartufería de muchos de sus encumbrados y lo vaciado de sentido de la “ética de máximos” que tanto pregonan.

 

Sobre las ruinas de una “ética de mínimos” que ayudaron a demoler, y sin la fachada de su cuestionable “ética de máximos” para mostrar a sus bases más conservadoras, los dirigentes panistas se rasgan en público sus vestiduras presentándose como víctimas. A sus espaldas, cuelga la versión azul de un estandarte cuya figura central es un árbol de moras; un gigantesco telón de fondo que garantiza su ridículo.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM).

 

Adaptación de escrito originalmente en el Diario de Yucatán el 17 de agosto de 2014.

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