Hombres, lobos y esperanza

  Para los oprimidos, la excepcionalidad es permanente: hay una clase de hombres, y ellos lo saben, que han costeado el bienestar de otrosManuel-Reyes Mate, filósofo español.


 

Los individuos que conforman las élites poderosas tienden a ser más malvados que quienes no forman parte de éstas.

 

Un estudio realizado por Michael Inzlicht y Sukhvinder Obhi, ha comprobado que las personas que tienen altas posiciones de poder son “menos capaces de adoptar las perspectivas visuales, cognitivas o emocionales que las personas sin acceso al poder” (The New York Times 25/07/2014); es decir, son menos empáticas.    El camino hacia la respuesta a la pregunta “¿por qué son menos empáticos los poderosos?” es, empero, uno de doble sentido.

 

La empatía consiste en adoptar un estado de mente que incluye dos enfoques y no sólo uno. De acuerdo a Simon Baron-Cohen (The Science of evil, 2011, Basic books), cuando nuestra atención tiene exclusivamente un enfoque unipersonal, perseguimos nuestros planes, y acciones sin considerar sus consecuencias para terceros; mientras que cuando somos empáticos identificamos lo que otra persona está pensando o sintiendo y respondemos a ello con alguna emoción que consideramos adecuada.

 

Baron-Cohen aclara que la empatía no es un interruptor binario con una posición de encendido y una de apagado. La empatía se da en diferentes niveles y la mayor parte de los seres humanos tiende a encontrarse en la media. Sin embargo, esto no impide que existan individuos con cero empatía. Para quienes se ubican en lo más bajo de esta escala, lastimar a otras personas no significa absolutamente nada y no experimentan ni culpa ni remordimiento por cualquier daño causado; es decir, entran en la categoría de lo que comúnmente denominamos como personas “malvadas”. Los seres humanos que llegan a estos extremos han recibido algún importante daño cerebral o se han deshumanizado como consecuencia de condiciones de vida hostiles y severas.

 

Es evidente que resulta mucho más fácil llegar al poder siendo malvado en países como el nuestro, donde el estado de derecho es prácticamente inexistente. Algunos de quienes ocupan las más altas posiciones de poder político o económico probablemente se encojan de hombros ante la tardía confirmación de que, en efecto, el hombre será siempre el lobo del hombre. El poder sería, según éstos, para los pocos iluminados que se han despojado de las redes moralinas que mantienen a las masas a ras de suelo; un bien exclusivo para los capaces de entender que las reglas del gran juego de la civilización se han construido sobre la necesidad de reprimir la maldad humana y que la ventaja en esta lucha darwiniana la tendrá quien logre subirse al ring sin guantes.

 

El reconocido primatólogo holandés Frans de Waal (Primates and philosohers: how morality evolved, 2006, Princeton University Press) pone por delante décadas de su impresionante trabajo para demostrar que una visión de esta especie no sólo es científicamente errónea, sino que traiciona a la naturaleza misma del ser humano. De Waal ha descubierto muestras de empatía, desde las reacciones más básicas hasta manifestaciones casi humanas, en diversas especies animales. Los seres humanos estamos equipados, desde nuestros orígenes, para necesitar unos de otros. Lejos de contradecir la teoría de la evolución, la empatía –convertida en moralidad por los humanos- es un mecanismo producido por la misma naturaleza para garantizar la supervivencia de la mayoría de los miembros de una especie.

 

Mediante el estudio de nuestros ancestros más directos, Frans de Waal ha comprobado que “perro no come perro” y que el ser humano es cooperativo y social por naturaleza. La empatía es uno de los bloques básicos con los que se ha construido la civilización, aunque claramente esto no impide que la civilización pueda destruir sus propios cimientos. Las distinciones “nosotros-ellos” establecidas sobre motivos religiosos o políticos, la racionalidad instrumental y un sistema económico basado en la competencia son algunos de los elementos civilizatorios que han sumido a la humanidad en un estado de lucha interna permanente y sin sentido.

 

Quizás parte de la explicación de por qué los poderosos son menos empáticos estribe en que la civilización ha logrado erigir estructuras que privilegian la explotación sobre la cooperación y que premian a aquellos que logran dejar la mayor cantidad de escrúpulos en el camino. En este contexto, el sistema político y económico mexicano, cuyos principales usos y costumbres son de sobra conocidos, sería tan sólo una de las versiones más destructivas de esta condición.

 

Pero el asunto no termina aquí. El principal hallazgo de Inzlicht y Obhi es que cuando los individuos acceden a posiciones con poder sus cerebros experimentan modificaciones neuronales que les vuelven insensibles ante los pensamientos y sensaciones de otros. Una posible explicación sería la sensación de que, una vez teniendo el poder, simplemente ya no es necesaria la cooperación y que se puede, si se desea, disponer de los otros como meros instrumentos. Por mejores que sean las intenciones de determinado gobernante o capitán de empresa, a mayor cantidad de poder –es decir, menos restricciones para su margen de acción- mayor probabilidad tendrá de erosionar su empatía o de tornarse malvado.

 

Por si esto no fuera suficiente, existe además un importante dique que dificulta la salida de este trampa. Baron-Cohen señala que, debido a que el sistema de la empatía funciona también para percatarnos de cómo somos percibidos por los otros, conforme perdemos empatía, perdemos también la capacidad de darnos cuenta que estamos perdiendo empatía. Esto explicaría en parte importante la aparente “empatía cero” de buena parte de las (todo)poderosas elites mexicanas, quienes se mueven libres en un sistema diseñado a su medida y sin ningún contrapeso.

 

Lejos de ofrecer visiones pesimistas del ser humano, los recientes estudios sobre la empatía revelan que en realidad somos empáticos –o, si se quiere, “buenos”- y cooperativos por naturaleza. Quienes se encuentran en la cumbre de los grupos de poder no sólo no representan al promedio de empatía de la humanidad, sino que tienden a moverse muy por debajo del mismo. Desgraciadamente, es este pequeño grupo el que determina, en muchos sentidos, el rumbo del progreso moldeando la civilización a su imagen y semejanza.

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

asalgadoborge@gmail.com

 

@asalgadoborge

 

https://asalgadoborge.wordpress.com/

 

Columna publicada originalmente en el Diario de Yucatán el 10 de agosto de 2014: yucatan.com.mx/editoriales/opinion/por-que-son-menos-empaticos-los-poderosos

Hombres, lobos y esperanza.pdf

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