Violencia contra las mujeres: erupciones de poder

Es forzoso reconocer la medida en que la cultura reposa sobre la renuncia a las satisfacciones instintuales- Sigmund Freud, filósofo austriaco.


 

La naturaleza es sumamente hostil con el ser humano. Nuestra constitución física e intelectual, y nuestra estructura comunitaria, son, en buena medida, resultado de la interacción con un medio ambiente agresivo en el que la vida debe esforzarse permanentemente por perseverar. Las cosas pueden ser aún más complicadas. Lo son para aquellos seres humanos que, víctimas de los dogmas y prejuicios de su comunidad, deben esforzarse adicionalmente por luchar contra un sistema que les agrede. A lo largo de la historia, las mujeres han formado parte de este último grupo.

 

En días pasados Laura Bates, fundadora del “Proyecto sexismo cotidiano”, una colección de experiencias de inequidad de género de más de 10,000 mujeres, dio cuenta en el periódico británico The Guardian (26/06/2014) de un fenómeno silencioso, pero sorprendentemente común. En algún punto de sus vidas, cientos de mujeres inglesas, de diferentes edades y condiciones, han sido testigos en lugares públicos –estación de metro, autobús, parques…- , de algún acto de masturbación o de exhibición genital masculina dirigida hacia sus personas. De acuerdo a una encuesta llevada a cabo por YouGov, 4 de cada 10 mujeres británicas son acosadas en espacios públicos (The Guardian, 25/05/2012).

 

Cuando Bates investigó más al respecto, descubrió que muchas niñas, de edades tan tempranas como los 11 años, califican los incidentes de acoso como “normales”. La reacción más común de las mujeres ante éstos es la modificación de sus patrones de conducta –rutas, horarios…- con el fin de evitarlos. Bates concluye, basada en la edad y vulnerabilidad de las víctimas, que se trata de un tipo de crimen que, como la violación, tienen en la búsqueda de poder y de control a uno de sus móviles principales.

 

Esta tendencia no es, de ninguna forma, exclusiva de Inglaterra. En Estados Unidos, 83% de las niñas de entre 12 y 16 años sufren algún tipo de acoso sexual en las escuelas públicas. Si las mujeres inglesas o las norteamericanas se sienten vulnerables, la ausencia de estado de derecho en nuestro país deja a las mexicanas en un estado de indefensión con pocos alicientes para denunciar a sus agresores. En este sentido, resulta sumamente indicativo que del rubro que el INEGI (2013) denomina “otros delitos” -que incluye manoseo, exhibicionismo, intento de violación u hostigamiento-, 82% de las víctimas sean mujeres.

 

De acuerdo al INEGI, en México, 16% de las mujeres dijo haber sido violentada en el ámbito comunitario, rubro que incluye trabajo, escuela y otros espacios públicos . De este universo, 86% sufrió algún tipo de intimidación y sólo 4.6% pidieron ayuda. Del total de las mujeres que buscaron apoyo 38.3% afirma que las autoridades no hicieron nada o que no les hicieron caso. Circunscribo este análisis a la violencia en el ámbito público, ya que ésta cobra especial relevancia si consideramos que los espacios comunitarios fueron, durante mucho tiempo, propiedad exclusiva del hombre, mientras que las mujeres fueron relegadas a ejercer sus actividades en el fuero del espacio privado.

 

Como es bien sabido, en buena medida gracias a presiones evolutivas, los machos humanos desarrollaron un mayor tamaño físico que las hembras. Mientras que las segundas tienen una capacidad de reproducción limitada –sólo es posible un embarazo a la vez- los primeros pueden pelear permanentemente por las hembras disponibles. Esta circunstancia garantizó que los machos fueran más fuertes, más aptos para proveer alimentos y por tanto, capaces de someter físicamente al sexo opuesto. Con el paso del tiempo, el hombre civilizado institucionalizó su dominio sobre la mujer mediante el derecho religioso o positivo plasmado en textos cuyo sentido ofrece el mejor peritaje caligráfico posible.

 

En las últimas décadas las mujeres en las sociedades occidentales han logrado avances tan importantes como insuficientes. Hoy en día nadie en su sano juicio podría considerar a la mujer como un ser humano de segundo nivel –una simple compañera para el hombre-, y la equidad entre sexos suele establecerse desde los más profundos cimientos constitucionales de las naciones. Sin embargo, los intentos de someter a las mujeres no han desaparecido; todo parece indicar que los mecanismos de antaño tan sólo se han dejado su lugar a erupciones de poder masculinas que se caracterizan, en muchas ocasiones, por su violencia física o psicológica.

 

La lista de las manifestaciones violentas del hambre de dominio de los hombres es larga. Ésta es encabezada en México por sus versiones físicas más atroces, como los aberrantes índices de feminicidios, la trata de personas o las violaciones. Empero, me parece posible afirmar que éstas son las notas más altas de una melodía que, como aterradora banda sonora, acompaña a muchas mujeres mexicanas a lo largo de sus vidas, y que puede marcar la pauta de su caminar por el mundo.

 

Como bien sabía Baruch Spinoza, el miedo es una ansiedad inconstante producida por la percepción de la existencia de un estado de cosas que, aunque inciertas, se conciben como amenazantes. Cuando las amenazas dudosas se vuelven peligros seguros, el miedo se convierte en desesperación. Tanto el miedo como la desesperación aplastan a la persona que los experimenta, limitando su capacidad de acción y relegándola a la espera pasiva propia de la reacción. Mientras más decisiones se tomen buscando evadir peligros externos, menos autónomo, y por tanto menos libre, será el individuo.

 

Los hombres nos las hemos arreglado para que el movimiento siga siendo una opción peligrosa para las mujeres. Después de una emancipación que parecía imposible, a las afueras de una prisión conservadora en la que durante milenios se intentó encarcelar sus cuerpos y sus mentes, las mujeres occidentales no han encontrado aún un espacio de libertad equiparable al que gozamos los hombres, sino una serie de obstáculos en un campo minado que amenazan con limitar su margen de acción posible en el mundo.

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

asalgadoborge@gmail.com

@asalgadoborge

https://asalgadoborge.wordpress.com/

 

Artículo publicado originalmente en el Diario de Yucatán el 3 de agosto de 2014. http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/erupciones-de-poder

 

Erupciones de poder.pdf

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