De instituciones y aviones de madera

El estremecimiento objetivado de una imagen consistente se convierte en signo del dominio consolidado de los privilegiadosMax Horkheimer y Theodor Adorno, filósofos alemanes.


 

Tanto los mitos como los ritos que se desarrollan a su alrededor han acompañado al ser humano a lo largo de su paso por este mundo; tiempo en el que historias y figuras han ido apareciendo y desapareciendo del planeta. Por motivos diversos, como su ubicación al principio y al final del recorrido de la razón humana, los mitos se nos presentan de forma tan natural en nuestra vida que rara vez reflexionamos sobre los mismos; siendo las manifestaciones percibidas como exóticas los recordatorios más explícitos de su existencia.

 

Una de estas manifestaciones poco convencionales del mito en el siglo XXI es el culto “cargo” –denominado también culto al cargamento-, que se produce en las sociedades tribales de algunas islas del pacífico suroccidental. Durante la segunda guerra mundial algunos de estos territorios, entre los que figura Nueva Guinea, fueron utilizados por los dos bandos en conflicto para establecer sus respectivas bases militares.

 

Los habitantes de esta zona, cuyo contacto con otras culturas era hasta entonces muy limitado o nulo, vieron aparecer en sus cielos aviones de los cuales se extraían cajas que contenían artefactos y mercancías inimaginables para los locales que los soldados compartieron, en muchas ocasiones, con éstos. Al terminar la guerra, los extranjeros abandonaron las islas para no volver, pero algunos autóctonos esperan hasta el día de hoy su regreso. Alrededor de este mito, parte de estas sociedades ha creado ritos que incluyen desde la adoración a visitantes específicos del pasado hasta ceremonias que implican réplicas de aviones de madera.

 

Es fácil entender, desde la razón, que ninguna ceremonia tiene el poder para traer de regreso el “cargo” anhelado. Por más empeño que se ponga a la repetición de acciones asociadas a un fenómeno, cuando éstas no son causas suficientes o directas para que el hecho se vuelva a presentar, el esfuerzo ritual es claramente fútil.

 

Los mexicanos no adoramos aviones de madera, pero sí que rendimos culto a figuras que de las que esperamos “cargo”. Uno de ellos es el maltrecho entramado institucional cuyas fachadas de cartón, subsumidas bajo el viejo régimen, ahora se presentan como la flamante estructura sobre la que se sostiene nuestra nación. No pongo en duda, ni por asomo, la necesidad de que una democracia esté sustentada en instituciones sólidas y funcionales; pero me parece que debemos aceptar que muchas de las que tenemos el día de hoy son aparatos dedicados a repetir acciones sin contenido, rituales que no les acercan un ápice a la consecución del objetivo para el cual éstas supuestamente fueron diseñadas.

 

Por ejemplos no paramos. Institutos para el combate a la corrupción decorativos, partidos políticos poco representativos, comisiones para el desarrollo de pueblos indígenas que discriminan a quienes deben sacar adelante, reclusorios convertidos en cuarteles de operación de criminales, instituciones de salud que permiten partos en sus patios o muertes prevenibles en sus inmediaciones, policías que no previenen el crimen, institutos electorales en control de gobernadores, comisiones de derechos humanos que victimizan a la víctima o que solapan abusos sistémicos, una suprema corte de justicia que perdona de un plumazo a municipios el desvío de impuestos cobrados a sus trabajadores… la lista llega hasta donde uno quiera.

 

En Yucatán lo sabemos muy bien. La actuación de todo el aparato institucional ante la exponencial –e injustificable- multiplicación de pasivos del ISSTEY es un inmejorable botón de muestra. También lo son muchos de los programas y acciones de dependencias encargadas del desarrollo social, cuyo caso municipal acertadamente critica Carlos Luis Escoffie Duarte (Diario de Yucatán 24/07/2014), y que me permito extender a sus análogos estatal y federal. Tenemos, en el papel, todo el diseño institucional necesario para mejorar nuestras condiciones de vida, pero claramente esto no está ocurriendo en la práctica.

 

Es por ello que resulta especialmente indignante cuando se intenta esconder esta pobreza institucional bajo un manto de demagogia. Día con día se presentan, con bombo y platillo, programas sin contenido y se celebran acciones de gobierno mínimas, como si de grandes logros se tratasen. En su actual campaña publicitaria, el gobierno de Yucatán manifiesta a la perfección esta tendencia invitándonos a aceptar o aplaudir la presencia de un símbolo como significante del cumplimiento de los compromisos electorales adquiridos; metas tan abstractas que en su renglón de logros cabe prácticamente todo lo que uno quiera colocar.

 

Muchas de nuestras instituciones y las formas que les rodean son símbolos vaciados de sentido que representan una realidad muy distinta a las objetivos y funciones que enarbolan como razón de ser. Éstas nacieron, para conveniencia del poder político de la época, para ser adoradas como representantes de la esperanza de democracia y de justicia social, y recientemente tan sólo se han transformado para dar cabida a los poderes fácticos de la actualidad. Dado que no conocemos algo diferente, el riesgo es aceptar este estado de cosas como algo natural o eterno.

 

Mientras esta situación no nos resulte incómoda, seguiremos adorando a figuras huecas esperando a que, por obra de algún milagro, éstas nos devuelvan las migajas de un “cargo” que nosotros producimos en primer lugar. Si queremos que nuestras instituciones dejen de ser un mito, tenemos que empezar por llenarlas de sentido y transformarlas en un medio que nos permita acceder a bienes que el día de hoy sólo sabemos añorar. La meta no debe ser entonces destruir el avión de madera, sino construir uno de verdad.

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

https://asalgadoborge.wordpress.com/

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

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