Cuando la barbarie nos alcanza

Y lo que más me asustó, cuando el enemigo se me acercó, fue descubrir que su cara se veía exactamente como la míaBob Dylan, músico y poeta norteamericano.


 

Para Marco

 

Hasta hace pocos días, la historia de José, un joven universitario quintanarroense de humildes orígenes, era una de superación y de esperanza.

 

El apoyo de su madre, el respaldo de una fundación y las puertas abiertas de una universidad privada yucateca se habían convertido para José en una plataforma; una base desde la cual él impulsaba su sueño de mejorar las condiciones materiales de su familia y vencer así al denso torrente adverso de realidad que condena a millones de mexicanos en condiciones de pobreza a la inmovilidad social.

 

Como estudiante universitario, José hizo absolutamente todo bien. Se presentó valiente en un entorno que le era desconocido, puso siempre por delante su máximo esfuerzo en cada una de las materias que cursó y brindó lo mejor de sí, en todo momento, a su madre, a su mejor amiga y a todos los que le tendieron la mano. No estaba dispuesto a desperdiciar la oportunidad abierta ni a defraudar a quienes le habían brindando su confianza. Nadie contaba con que la ubicua violencia que azora a nuestra sociedad se encarnaría en el aún más joven muchacho que la semana pasada entró a la modesta casa de José en Cancún en calidad de ladronzuelo, y que, sin alguna razón, por el simple hecho de toparse con el universitario descansando en el sofá de la sala, salió huyendo a través del patio trasero convertido en un vulgar asesino.

 

A estas alturas, para pocos es un secreto que algo se pudre rápidamente en nuestra sociedad. Los niveles de violencia aumentan sin control y nos hundimos en las oscuras profundidades de la barbarie. El fondo no es siquiera divisable. Esta caída libre no es exclusiva de Cancún ni de México. Si pretendemos entender el contexto en el que gestan tragedias como la de José, es necesario abrir la perspectiva para contar con una imagen más comprensiva.

 

De acuerdo a un informe de la ONU, la tasa de homicidios a nivel mundial se encuentra en franco declive, siendo Latinoamérica es la única región del planeta donde este indicador se ha incrementado en la última década. Para el semanario británico The Economist (12/07/2014), esto se debe a varios factores, entre los que se encuentran la estrategia de combate a los cárteles de las drogas, los bajos salarios, la desigualdad, el flujo de armas y, sobre todo, las policías y los sistemas penales fallidos.

 

En su magnífico artículo titulado “Los niños de la guerra contra las drogas” (The New York Times 11/07/2014), Sonia Nazario explica que el exponencial incremento de menores centroamericanos que deciden migrar a Estados Unidos es producto de la violencia sin control que carcome a sus países de origen; en buena medida fruto podrido de una irracional “guerra contra las drogas”.

 

A través de Honduras -el país más violento de Latinoamérica y donde 1 de cada 9 niños puede ser asesinado (The Economist, 12/07/2014)- pasa 79% de la cocaína sudamericana, superando la ganancia anual que esta actividad ilegal produce al producto interno bruto hondureño. Nazario describe un entorno en el que asesinatos, violaciones y extorsiones a menores de edad son la norma. Muchas escuelas están en control del crimen organizado, que a través de sus reclutas más jóvenes exige derecho de piso u obliga a trabajar para cárteles a otros estudiantes. Aunque parezca increíble, incluso hay zonas donde se cobra a los maestros un “impuesto por educar”. La frase de una joven de 19 años resume la desesperanza: “mejor huir que dejar que me maten aquí”.

 

En nuestro país la tendencia de homicidios se disparó en el segundo año del gobierno de Felipe Calderón, superando cualquier registro en nuestra historia reciente. Durante 6 años, Calderón intentó convencernos de que el aumento los homicidios era producto de enfrentamientos entre criminales –como si éstos no fueran seres humanos-; sin embargo, de acuerdo a Fernando Escalante Gonzalbo (Nexos, 01/01/2011) aún si se sustrae el número de bajas de estos enfrentamientos la tasa de homicidios ha aumentado en todos los estados -con excepción de Yucatán- sin importar su ubicación o sus características.

 

En México, la violencia es la peste del siglo XXI. Se calcula que durante el sexenio de calderonista se perpetraron la desorbitante cantidad de 120 mil homicidios. Para el periódico francés Le Monde, nuestro país se encuentra en una “espiral de barbarie” que se ha diseminado por todo el territorio nacional y que “no deja títere sin cabeza”. Esta “espiral de barbarie” impregna diversos ámbitos de la vida nacional; manifestándose con claramente en feminicidos, violencia escolar o pandillerismo entre otros. Le Monde no duda en afirmar que ésta se debe en buena medida al fracaso rotundo de la estrategia militar de combate al narcotráfico, y sentencia: “tanta violencia parece haber echado por la borda todos los tabús sobre el respeto a la persona” (Proceso, 23/08/2012).

 

A este desastre hay que sumar que nuestro país es el más desigual de la OCDE, que nuestro salario mínimo es el más bajo de Latinoamérica –sólo arriba de Haití- (El Economista (11/05/2014) y que nuestra economía ha crecido la mitad de lo que lo ha hecho el promedio de las economías latinoamericanas (La Jornada, 20/08/2013). México es el único país de Latinoamérica donde ha aumentado la pobreza en los últimos 10 años (El Economista, 14/05/2013), mientras que entre 2001 y 2011 naciones como Argentina (-37.4%), Ecuador (-23.6%) y Venezuela (-22.9%) han logrado disminuciones remarcables (El País, 17/07/2012).

 

En teoría, cuando las personas aceptan someterse a las normas del contrato social que se plasma en las leyes de un Estado, lo hacen bajo el entendido de que los sacrificios a sus instintos y a su libertad individual valen la pena porque serán mayores los beneficios que los perjuicios de someterse a ciertas normas. Las amenazas a la seguridad y al desarrollo humano son, en este sentido, la muestra más fehaciente del fracaso de la razón de ser de una nación. ¿Qué sentido tiene respetar las normas de un país que no es capaz de garantizar las condiciones de vida mínimas?

 

La semana pasada, en la sala de la madre de José, se toparon frente a frente el sueño mexicano y la pesadilla mexicana; un ser humano en plenitud que contra toda inercia y pronóstico se labraba un futuro prometedor, y otro ser humano al que su sociedad condenó a una vida desesperanzada y sin sentido. El segundo terminó asesinando al primero.

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Cuando la barbarie nos alcanza.pdf

 

 

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