De la caza a la agricultura

Las cosas que concuerdan sólo en algo negativo, o sea, en algo que no tienen, no concuerdan realmente en nadaBaruch Spinoza, filósofo holandés.


 

Inmediatamente después de la represión del 4 de julio de 2011, un grupo de meridanos, tan generoso como plural, levantó la voz y salió a las calles a demandar justicia. El gobierno ejerció un control de daños mediante una estrategia dual: en primer término, acudió a su usual cerco informativo para evitar que aquellos sin acceso a internet o al Diario de Yucatán pudieran enterarse de lo acontecido. En segundo lugar, se apoyó en el afán de protagonismo de algunos panistas para diseminar la versión de que realmente todo se había tratado de un conflicto entre partidos.

 

El éxito de esta estrategia está hoy a la vista de todos. Con una tardía retirada que fue, y sigue siendo, muy poco creíble, el PAN dio al PRI los baldes de agua necesarios para apagar el breve fuego que por unos instantes amenazó con incendiarles el edificio completo. El movimiento surgido alcanzó su tope a los pocos días de la golpiza y a partir de entonces el volumen de las voces que protestaban ha disminuido al mismo ritmo al que éstas han perdido adeptos hasta convertirse en un susurro prácticamente inaudible. Actualmente, un puñado de personas, en su mayoría mayores de 50 años, mantiene viva la veladora testimonial de lo que pudo haber sido un despertar social sin precedente.

 

Para la mayor parte de los jóvenes universitarios y los profesionistas que se manifestaron indignados, el 4 de julio se quedó en 2011. No es posible pisar terrenos seguros en le intento de explicar las causas del éxodo descrito. Tendremos que conformarnos, al menos por ahora, a transitar en los terrenos de la hipótesis para entender factores que pueden incidir en este alejamiento. El caso de #Yosoy132 Yucatán puede ofrecer algunas luces en este sentido.

 

En su muy recomendable texto “La primavera yucateca: la emergencia del movimiento #yosoy132 Yucatán (UADY, 2013), el antropólogo Rodrigo LLanes Salazar explica algunos de los motivos que llevaron a que este movimiento empezara aglutinando, en su primer evento público, a más de 2,000 personas, y terminara convocando, hacia el final de su vida, a tan sólo 2. En este trabajo, Llanes Salazar describe puntualmente cómo el apartidismo inicial de #yosoy132 se tambaleó ante filias y fobias partidistas, y cómo los intentos de imponer verticalmente liderazgos terminaron por atentar contra la esencia horizontal de este movimiento.

 

Si consideramos que la democracia “se basa en el respeto y el interés por el otro, que a su vez se fundan en la capacidad de ver a los demás como seres humanos y no como meros objetos” (Nussbaum 2014), entonces serían los universitarios quienes tendrían las mejores credenciales democráticas en nuestro país.

 

De acuerdo a la Encuesta nacional de discriminación 46 % de quienes tienen como grado máximo primaria no estarían dispuestos a vivir bajo el mismo techo que una persona –familiar o no- con alguna discapacidad o de distinta raza, 40% no aceptarían a vivir con un homosexual y 44% no vivirían con alguien de otra religión. En el caso de quienes tienen grado universitario o superior, ninguno de estos rubros rebasa el 9% (Enadis, 2010). Los universitarios mexicanos realizan más actos de solidaridad que los que no tienen este grado.

 

Sin embargo, los jóvenes –no necesariamente universitarios- votan por debajo del promedio nacional y no parecen particularmente interesados en actividades democráticas no electorales. Los universitarios participan más en organizaciones sociales que el resto de los mexicanos, pero la mayoría de estas agrupaciones no tienen relación con temas políticos o de derechos humanos. Apenas 11% cree poder influir en las acciones de sus gobernantes –porcentaje idéntico al de las personas que no tienen ningún tipo de educación- (INE, 2014).

 

Es posible inferir que la politización, explicita o velada, de los movimientos sociales podría ahuyentar a buena parte de los universitarios que podrían estar interesados en sumarse a las causas que estos movimientos defienden.

 

A tres años de los sucesos del 4 de julio de 2011, las organizaciones de la sociedad civil yucatecas que defienden causas democráticas están obligadas a replantear su estructura –operativa y humana-, sus modos y sus prioridades si pretenden incidir en la vida pública del estado. Por bien sustentadas que estén, las denuncias de corruptelas y componendas no gozarán de la empatía de un segmento de la población mientras se perciba –y los universitarios siempre lo perciben- que éstas surgen de la agenda del satélite disimulado de un determinado partido político o de intereses particulares que van más allá de la causa abanderada.

 

Las organizaciones que tengan las mejores intenciones deben entender que nunca llegarán muy lejos si no empiezan estableciendo las condiciones necesarias para la edificación de una verdadera cultura democrática. Para ello se requiere empezar desde la base, educando con paciencia sobre temas existenciales antes que políticos y reflexionando públicamente sobre las grandes cuestiones humanas; usualmente dejadas de lado para atacar, con más ímpetu que razón, las consecuencias de la ausencia de reflexión sobre éstas.

 

De acuerdo a la filósofa Martha Nussbeaum (2014), las humanidades son básicas para desarrollar algunas aptitudes fundamentales en una democracia. Figuran entre éstas: reconocer a los otros ciudadanos como personas con los mismos derechos, interesarse en la vida de los otros y entender las consecuencias que cada política implica para las oportunidades de otros, imaginar cuestiones complejas, emitir un juicio crítico sobre los dirigentes políticos con una idea realista y bien fundamentada, pensar en el bien común de la nación como un todo y concebir a la nación como parte de un orden mundial complejo.

 

Las verdaderas humanidades conciben al ser humano como un proyecto en constante construcción y nunca terminado. El futuro siempre puede ser mejor que el presente. Una cosmovisión de esta naturaleza es necesariamente crítica e inconforme con el estado actual de cosas.

 

El recuerdo del 4 de julio de 2011 debe servir entonces como testimonio de la necesidad de que las organizaciones de la sociedad civil no supediten lo más importante a lo más inmediato; de la urgencia de dar un salto civilizatorio que les lleve a dejar de ser bandas de cazadores furtivos para convertirse los agricultores que tanta falta le hacen a nuestra democracia.

 


 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

https://asalgadoborge.wordpress.com/

 

*Maestro en Estudios Humanísticos con especialidad en Ética (ITESM). Profesor y director en la Universidad Marista de Mérida.

 

Artículo publicado originalmente en el Diario de Yucatán el 6 de julio de 2014:  http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/4-de-julio-el-salto-civilizatorio-pendiente

 

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