Ladrillos en nuestro muro

 

 

“Progreso” no es un término neutral; se mueve hacia fines específicos, y estos fines son definidos por las posibilidades de mejorar la condición humana- Herbert Marcuse, filósofo alemán.

 

 

En “The Wall” (“El Muro”), uno de los álbumes más influyentes de la historia del rock, el legendario conjunto británico Pink Floyd narra la historia de Pink; un hombre que ladrillo a ladrillo fue construyendo un muro que le aisló por completo, para bien y para mal, del mundo real.

 

El sentido del muro es, desde luego, metafórico. En realidad Pink se recluyó en sí mismo intentando, a toda costa, permanecer lo más “cómodamente entumido” para protegerse de sus más amenazantes temores y traumas.

 

Que los seres humanos muchas veces construimos muros en lo individual es cosa clara. En este sentido hay tantos muros como personas, y a cada quien le toca encarar el suyo con la estrategia y con las herramientas de las que alcance a hacerse a lo largo de su vida. Propongo al lector que tomemos el concepto central de “The Wall” para postular que, de manera análoga, también como sociedad hemos construido un gran muro; y que es preciso identificar algunos de los ladrillos que le conforman si es que pretendemos alguna vez derribarle.

 

Los síntomas de nuestra insensibilidad y de nuestro “cómodo entumecimiento” están a la vista de todos. Ante las crecientes manifestaciones de descomposición social, nuestra respuesta automática parece orientada a recluirnos en privadas residenciales – subciudades amuralladas dentro de nuestra propia ciudad-, a contratar seguridad privada o a construir bardas cada vez más altas. De algún modo, los tres ejemplos anteriores son parte de un mismo muro que ayuda a sus constructores a no ser vistos, pero que también les impide ver; un muro que protege encapsulando.

 

Nuestro sentido de la responsabilidad se encuentra parcialmente atrofiado. Nos quejamos de que nuestra economía no crece, pero no hemos sido capaces de deshacernos del egoísmo neoliberal –fracaso rotundo- para poner por delante un sistema redistributivo que permita que el 50% de la población que vive en condiciones de pobreza en México cuente con las herramientas necesarias para vivir dignamente y autodeterminarse; meta que permitiría, para efectos económicos, fortalecer el mercado interno y crecer el tamaño de nuestra economía.

 

Es más cómodo ignorar a los pobres si les concebimos como culpables de su propia suerte en vez de reconocer los factores históricos que han generado y que perpetúan la grosera desigualdad que prevalece en nuestro país; es más fácil mitigar cualquier viso de culpa mediante obras de caridad –loables por sí mismas- que luchar contra las estructuras que han generado la necesidad de regalar a quienes más lo necesitan; es menos doloroso quitar a los ambulantes de las calles que atender las causas de la economía informal…

 

Colaboramos en la construcción del muro prácticamente en automático. Cada vez es menos necesario acudir a los esquemas de dominio de antaño empleados en las sociedades disciplinarias. Nos encontramos en una sociedad de control, caracterizada por maquinarias que organizan y manipulan directamente los cerebros y los cuerpos para llevarlos a un estado autónomo de alienación. Se trata de un nuevo paradigma de poder, nombrado por Focault biopoder, “una situación donde lo que está en juego es la producción y la reproducción de la vida misma” (Hardt y Negri, 2002: 38).

 

Con el indispensable apoyo de los medios de comunicación masivos, los grandes intereses particulares -entre los que se encentran, desde luego, las televisoras- inculcan al resto de la sociedad la lógica de que intentar hacerse de una rebanada cada vez más grande de un pastel que no crece –y que no crecerá bajo las reglas actuales- no implica tomar fragmentos de las rebanadas de otras personas (Stiglitz, 2011) y de que el statu quo es natural; debiendo ser preservado y respetado, como la propia naturaleza, a toda costa.

 

Sin embargo, el inconmensurable espíritu humano hace que el entumecimiento general no sea nunca posible sin el empleo del algún tipo de anestesia. Para ello tenemos una infinidad de opciones de entretenimiento que no tienen como fin exaltar lo humano, sino “matar el tiempo”, y necesidades de consumo creadas que equiparan el tener personal con el ser en el mundo necesariamente compartido por todos los humanos.   Entretenimiento y consumismo constituyen los ladrillos con los que se termina de cerrar el muro.

 

Al igual que Pink, en lugar de racionalizar y de enfrentar nuestros más grandes pendientes, hemos construido como sociedad un muro para aislarnos de éstos. Nuestro “cómodo entumecimiento” es, empero, engañoso; éste nos impide vivir plenamente nuestra propia existencia y disfrutarla junto con otras personas.

 

Si bien es cierto que la insensibilidad ante los problemas de otros hace que la vida en comunidad parezca más segura y más manejable, ésta también nos impide percatarnos de la magnitud del dolor que experimentan otros seres humanos y nos conduce a subestimar la existencia de serias necesidades que han deteriorado velozmente el tejido social. Finalmente, la capacidad de sentir dolor es el mecanismo natural más eficiente para prevenirnos del peligro.

 

 

asalgadoborge@gmail.com @asalgadoborge

 

 

* Maestro en Estudios Humanísticos (ITESM). Profesor y director de la Universidad Marista de Mérida.

(Publicado en el Diario de Yucatán el 4 de mayo de 2014 http://yucatan.com.mx/editoriales/opinion/los-ladrillos-en-nuestro-muro)

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